I.
II.
III.
IV.
V.
Hasta hace cinco años las disputas entre la comunidad judía cristiana y la comunidad LGBT crearon un caos por la dominación de Beverly Hills pero la sociedad LGBT de Los Ángeles y todo California se aliaron a dos diputadosen su afán por crear una igualdad en todo en California, por lo que apoyados por un grupo de empresarios, atletas, músicos y atletas fue que lograron una legislación para la creación de una zona exclusiva para esa comunidad.
El principal activista de ese movimiento y ahora alcalde de Beverly Hills, Travis Denker ha estado acondicionando una ciudad perfecta donde la igualdad prospera, pero lo que no se sabe era que en parte ese proyecto fue para encubrir ciertos negocios ilícitos que tenía con ciertas mafias internacionales. ¿Qué pasaría si la mafia decide cobrar favores?
ambientación
▲ Tu Pj debe tener un Nombre+Apellido o en su defenco un Pseudónimo.
▲ Debes subir tu ficha para obtener color
▲ Después de que tu ficha es aceptada, debes realizar tus Registros
▲ El mínimo de líneas por post es 10.
▲No olviden postear on-rol para mantener sus Pbs, 15 días sin actividad on-rol y perderás tu color
▲ Avisen sus ausencias y eviten perder sus Pbs
021

Elite

013

Burgherdom

002

Home Workers

012

Employees

010

Students

001

Press

003

Police

008

Criminals

Nuevo Skin

21 - 04 - 2016

Limpieza de Registros

12 - 03 - 2016

Skin de Otoño

Noviembre - 2015

Skin Primavera

28 - 04 - 2015

Normas Actualizadas

09 - 12 - 2014

Censo Obligatorio

Octubre - 2014

Apertura foro

25 - 10 - 2014

El foro está inspirado en las series de televisión "Desperate Housewives" y "Devious Maids", sin embargo la trama actual y el enfoque que se le ha dado corre a cargo del staff de Beverly Paradise. Así mismo se agradece a:
Paparazzi y Staff de Beverly Paradise, por la historia y trama.
Damien Aubriot : Modificaciones al skin, tablillas, tablones, y otros códigos.

También agradecemos los tutoriales de Glintz
Savage Themes
The Captain Knows Best y Foroactivo

Algunos recursos gráficos e imágenes han sido tomados de
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Mensaje por Invitado el Dom Ago 09, 2015 10:19 am
Ese post en un blog anónimo de cotilleos había enfurecido a Cayden Callaghan considerablemente. Realmente poco le importaba que en éste se le tildara de “daddy viudo devora-twinks”, y hasta se enorgulleció de que aquel sibilino bloguero hiciera alusión a su monstruosa virilidad -la exactitud de sus fuentes de información era algo digno del mejor periodismo-, pero no estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados tras ver publicada una insinuación de sus ilícitas actividades empresariales; adulteración de documentos y malversación de fondos privados. Aquello le hizo maldecir a todos los antepasados de quien había escrito semejante mierda y arrojar más de una bocanada de fuego por la boca. Sobre todo porque dichas acusaciones se acercaban más a la verdad que a la difamación. -Lamento haberle citado tan tarde, Sr. King, pero sólo a esta última hora de mi jornada puedo atender debidamente a la prensa-. Mintió Callaghan con la más encantadora sonrisa que encontró en su repertorio de tales. Su apretón de manos fue verdaderamente enérgico.

Si las fuentes de información de aquel tipo sentado ante la mesa que presidía su despacho eran fiables, las suyas no se quedaban atrás en cuanto a efectividad. Habían conseguido averiguar en poco más de cuarenta y ocho horas la identidad de aquel chismoso informador cibernético, trayéndolo ante él con el pretexto de que su superior deseaba ser entrevistado por alguien de su rigor y categoría. Poco sabía aquel enmascarado bloguero que su antifaz ya le había sido retirado de la cara. En cuanto pareció sentirse relajado, Cayden se puso en pie y usó la ventaja intimidatoria que le proporcionaba su altura. -Y a mis enemigos-. Añadió fríamente, acechando la reacción del otro tras escuchar su reveladora coletilla. Parecía un hombre muy civilizado, aunque bajo esa carísima camisa blanca y los impecables pantalones de pinzas se intuyera un musculoso guerrero. Los ojos grises, ligeramente oscurecidos por su furia contenida, dejaban entrever al tipo cruel e inclemente en que se transformaba cuando la ocasión lo requería. Apenas parpadearía al destrozar el culo -metafórica o literalmente- de aquel que se había atrevido a mancillar su nombre y, por ende, también el de su empresa.

-¿Puede explicarme qué coño significa esto?-. El directivo hizo girar un portátil que había frente a él, encarando su pantalla con la web de Ian para así mostrarle al que supuestamente debía ser su entrevistador el verdadero motivo de su interés por conocerle. Luego, durante los segundos de incómodo silencio consecutivos a su inquisición, se dirigió hacia la única vía de escape -descartando las ventanas de una treceava planta- que el otro podría emplear para huir de aquel despacho. Cerró la puerta con llave, guardándose después la misma en uno de sus bolsillos. -Responde a mi pregunta-. Su exigencia, proferida ya sin el respetuoso tratamiento de usted, restalló en el aire como un látigo. Entonces regresó a su mesa y apoyó el trasero en su orilla, también ambas manos, justo delante de su atractivo visitante. En espera de ver cumplida su orden inmovilizó a Ian con una aguda mirada, como si intentara leer su mente para de ese modo discernir cualquier apunte de verdad entre todas las mentiras y excusas hipócritas que, muy probablemente, emanarían de su boca.


Última edición por Cayden Callaghan el Lun Sep 14, 2015 3:21 pm, editado 1 vez
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Mensaje por Ian S. King el Dom Ago 09, 2015 11:43 am
¿Una entrevista a última hora? ¿Desde cuándo? A esa hora la redacción se encargaba de ultimar los detalles de lo que redactaron aquel día, sobre todo si era la víspera a la salida de la revista en kioscos. Sin embargo, le llegó una notificación de su jefe; debía entrevistar al señor Callaghan. ¿El mismo señor Callaghan contra el que despotricó hacía dos días en su blog anónimo? Bueno, más que despotricar había revelado su verdadera identidad, nada más. ¿Qué posibilidades había de que hubiesen descubierto que era él? En su mente, ninguna; escribía anónimamente. Lo que no tenía en cuenta era que existían localizadores de IP, rastreadores que podían averiguar en apenas minutos la residencia desde donde se escribió el artículo. Y, con la residencia, el nombre del escritor. Pero aquella empresa no haría eso, ¿verdad?

Se despreocupó mientras cogía lo necesario para la entrevista: su cuaderno, su ordenador y la grabadora. ¿Qué demonios le preguntaría? De camino a la empresa en el taxi fue informándose en su ordenador de la empresa con el fin de sacar alguna pregunta importante que realizar a tal tipo. Era casi de noche y al mirar el reloj observó que a esa hora solía estar dirigiéndose a su piso. Sin embargo, aquella noche iba a hacer una entrevista. Qué divertido. Suspiró y se bajó, pagando la cantidad justa al taxista.

♦ ♦


Negó con el rostro cuando Cayden se lamentó. —No se preocupe. Siempre nos tenemos que adaptar a lo que el entrevistado desee, señor Callaghan. ¿Cuándo dice que empezam...? —dejó la pregunta a medias al ver que el otro se levantaba. ¿Sus enemigos? ¿De qué iba aquello? Miró a ambos lados, esperando encontrarse con una cámara, esperando que le dijesen que aquello era una cámara oculta para la televisión. Incluso revisó las esquinas del techo y las estanterías, pero no había nada. Observó el rostro de Cayden, serio y severo, y frunció el ceño con ligereza. No entendía qué estaba ocurriendo.

Su vista viajó entonces al portátil del otro y, gracias a Dios, su rostro siguió igual. Nada de sorprenderse ni evidenciar al otro que era su página web. Se acercó a la pantalla y leyó el artículo como si lo leyese por primera vez. Sin embargo, tragó saliva al escuchar la llave bloquear la cerradura de la puerta de aquel despacho. Cuando el mayor se apoyó en el escritorio apartó la vista de la pantalla y alzó los ojos hacia él, encogiendo un hombro con ligereza. Tanta chulería y tanta mentira le costarían caro; tal vez un castigo que en el fondo se merecía. Porque quien jugaba con fuego se quemaba.

Parece ser que no le caes bien a un tal... —volvió a mirar la pantalla, fijándose en la firma del artículo—... señor TruthSpeaker. No se le ve muy amigable, tampoco... Aunque me pregunto si lo que ha escrito de usted es cierto. A usted le veo un hombre serio y maduro, ¿de veras siendo viudo disfruta atando a chicos jóvenes, o lo que sea que les haga, para luego mancillarlos con sexo? Espero que al menos los chicos estén dispuestos a hacerlo. Si no... sería considerado violación, ¿lo sabe, señor Callaghan?

No pudo evitar esbozar una sonrisa de satisfacción y algo de superioridad en sus labios al terminar, sin haber apartado la vista de los ojos de Cayden. Sin embargo, estaba más que claro quién tenía las que perder. Luego ladeó el rostro con un suspiro, observando las ventanas. Un piso demasiado alto; si escapaba, se mataría. Volvió a mirar la pantalla, ladeando el rostro. —Dígame, ¿qué diría su esposa, o su esposo, quien fuese, si viese esa faceta suya? Oh, perdone, qué indiscrección, aún no me ha contestado si es realmente como ese TruthSpeaker dice que es. A estas alturas de la conversación supongo que no habrá entrevista. Que usted quiere hablar de eso que alguien ha escrito sobre usted, ¿me equivoco?
Otra sonrisa triunfal mientras alzaba el rostro para verle.



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Mensaje por Invitado el Lun Ago 10, 2015 9:47 am
-Déjate de gilipolleces-. Vociferó Cayden cuando el otro terminó de dar rodeos y proferir insolencias; de mentirle sin reparos en su cara, básicamente. Semejante deambular por las ramas enfureció todavía más al escocés, que tuvo que contener sus impulsos de golpear a aquel tipo como si se tratara de uno de los sacos de boxeo del Aesthetic Gym. De manera mucho más sensata permaneció inmóvil, apoyado en el borde de su escritorio. Sin duda, sabía que la manera en que le superaba en altura lo desconcertaría. -Curiosa disculpa una evasiva… Pero no voy a permitir que salgas impune de este despacho haciendo uso de tu jodida labia. Simplemente vamos a llegar al fondo de este asunto-. El empresario volvió a rodear la enorme mesa de cristal en dirección a su silla de cuero. El resto de aquel minimalista aunque lujoso despacho tenía acabados metálicos, además de unas librerías de vidrio opaco en las que podían verse libros y archivadores, plantas con flores exóticas y piezas de alfarería muy valiosas. En una de las paredes había colgado un Picasso; tan auténtico como la mala reputación de su dueño. -La verdad es siempre algo muy relativo, Ian-. Filosofó el de marcado acento galés una vez volvió a tomar asiento, mucho más patente en esta ocasión su tono sarcástico. -Aunque no lo fue tanto en lo referente al tamaño de mi polla, según tu artículo-. Cayden resopló irónico en empatía a su propia chanza, harto pretenciosa aunque bastante lógica teniendo en cuenta la monstruosidad -por el momento dormida- que poseía entre las piernas. -Y si lo que quieres es que hablemos de violación...-. Aquella suspensión de palabras en lo argumentado, considerando el contexto, habría puesto los pelos de punta al más pintado. -¿Acaso no lo es también el hacer públicos los asuntos privados de otra persona?-. Obvio que su pregunta sonó retórica, pues ambos sabían perfectamente cual era la respuesta sin necesidad de consultar el código penal.

-Te diré lo que pienso hacer, Ian-. Anunció el mayor transcurrido un largo silencio, de repente, cual juez que tras una ardua deliberación acabara de resolver un veredicto. Entonces miró al “acusado” de manera penetrante tras apoyar la recia mandíbula en el espacio formado entre su dedo índice y pulgar, echando un poco hacia atrás la cabeza mientras se atusaba la barba corta de su cuello. -Voy a darte bien duro por el culo-. Dicha sentencia fue manifestada por Callaghan con una inflexión de voz que cualquier otro habría empleado para invitar a Ian a cenar, tan apático e inexpresivo que resultaba imposible distinguir si se refería a literalmente o tan solo hablaba en sentido figurado. -Lo que quise decir es que mis abogados lo harán por mí-. Una sonrisa taimada coronó su puntualización, consciente de que su fama de hedonista depravado, de lobo feroz para todos los “caperucitos” que pululaban por aquel peligroso bosque que era Beverly Hills, le habría hecho creer a su interlocutor que lo escuchado no fue sino una amenaza sexual en toda regla. -Disculpa si por un momento llegaste a pensar que mi sanción iba a serte administrada vía anal y no judicial-. El escocés rió entre dientes aquel supuesto equívoco. Luego hizo girar un poco la silla para así poder alzar las piernas con el propósito de estirarlas sobre la mesa, cruzados los pies en una postura arquetípica de los jefes y que siempre confería un aire de arrogancia a todo aquel que la adoptaba. En el caso de Callaghan simplemente lo acentuó. -Aunque créeme; agradecerás el tener que pagar una indemnización millonaria, por desmesurada que sea la cifra, a cambio de no ser castigado por mí aquí y ahora-. El moreno subrayó la sonrisa jactanciosa que se había instalado en sus labios, concluyendo para sus adentros que la expresión “salvar el culo” debió ser creada ex profeso para el Sr. King en su actual y comprometedora situación.
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Mensaje por Ian S. King el Lun Ago 10, 2015 12:04 pm
Su cara y su postura seguían impasables, firmes y serias, pero por dentro el miedo empezaba a hacer efecto en él. Cada vez que recordaba el sonido de la cerradura, los pelos de su nuca se erizaban. Negó suavemente con el rostro, sabiendo a cada segundo que pasaba que el otro tenía más que claro que había sido él. Su vista se perdió en el despacho y cuando habló de su entrepierna volvió a mirar sus ojos, frunciendo el ceño con rapidez. Le siguió mientras volví a la parte trasera del escritorio, intentando mirar en todo momento su rostro. Su respiración se cortó cuando dejó la frase de la violación en el aire, pero luego resopló con suavidad al referirse a temas legales. No se atrevía a hablar, así que prefirió que el otro terminase de regañarle, o lo que fuese que estaba haciéndole.

Su rostro pareció cubrirse de harina por la palidez que adaptó cuando le amenazó con darle por culo, y sus manos se aferraron con tanta fuerza al cuaderno de notas que llevaba que lo arrugó suavemente. Incluso cuando le aclaró que había sido una frase hecha siguió apretándolo, asustado. Se había metido en arenas movedizas y cada vez que intenta salir de ellas, es decir, hablar para convencer de forma inútil que no había escrito él tales cosas, se hundía más. Cogió aire y volvió a alzar la vista a los ojos de Cayden cuando se calló, negando con el rostro. —No tengo... no tengo tanto dinero... apenas tengo dinero como para costearme un abogado... señor Callaghan, puedo... puedo borrar el artículo. Reconozco que fui yo, ya que veo que lo sabe... apenas lo ha leído gente y quien lo haya leído le quitará importancia. Total, ¿quién cree un blog anónimo? —el suyo, al parecer, unos cuantos; varios temas de los que habló en su blog acabaron saliendo en prensa, aunque eran más relacionados con blanqueo de dinero y semejantes.

Fue juntando sus cosas una sobre la otra y se levantó y avanzó hacia atrás muy lentamente, como si no quisiera despertar a la bestia que había dormida dentro de Cayden. —Le pido mil y una disculpas, señor Callaghan... borraré el artículo en cuanto llegue a casa... por favor, deje que me marche... olvidemos esto. No tengo dinero para tal indemnización a menos que venda mi casa, pero me quedaría en la calle y perdería mi trabajo. Es sólo un artículo, por dios... —rió nerviosamente, con la voz temblorosa. Dio un respingo al chocar contra la puerta y sólo entonces recordó que estaba cerrada. No tenía escapatoria. Sus ojos verdes, algo húmedos por el miedo que sentía, miraron al mayor. Tragó saliva, sonoramente, a la espera de algo, aunque fuese un pequeño atisbo de entendimiento en la mirada fría del otro.



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Mensaje por Invitado el Mar Ago 11, 2015 5:43 am
Ian casi salta de la silla cuando el escocés hizo lo propio de la suya. Aquel ímpetu de Callaghan a la hora de levantarse fue a consecuencia de que el bloguero desenmascarado le preguntara, o se preguntara a sí mismo tras balbucear una sarta de excusas y de vanos intentos por convencer al otro de que no le demandara, que quién iba a creer lo escrito en un blog anónimo. -La prensa, por ejemplo-. Rugió el ejecutivo, hinchada la vena de su frente. -Y todo aquel que duda en si depositar la administración de sus terrenos y propiedades en nuestras manos o en las de la competencia-. La manera furiosa con la que Cayden replicó dicha cuestión, aún conteniendo gran parte de su bilis, hizo que Ian -alias TruthSpeaker- se pusiera en pie y retrocediera nervioso en dirección a la puerta. Mientras lo hacía, con el caminar inverso de un cangrejo, no dejó de manifestar entrecortadamente su arrepentimiento. Aunque todas sus disculpas resbalaron sobre la impertérrita máscara en que se había convertido el rostro del ejecutivo. Éste avanzó hacia donde aquel cervatillo acorralado se vio obligado a detenerse, muy lentamente, arremangándose los puños de la camisa y aflojándose después el nudo de la corbata mientras salvaba la distancia que les separaba. Con cada paso que daba el olor a miedo se hacía más evidente; y ese era el perfume que más estimulante se le antojaba. -La puerta está cerrada. Ya te advertí de que no iba a permitirte salir impune de esta situación ni del despacho-. El moreno se detuvo finalmente ante su presa, apoyando sendas palmas contra la puerta con el vil propósito de cercar su cuerpo entre el suyo y los recios antebrazos que quedaron a ambos lados de su cabeza. -Ian, Ian... Has sido un chico muy travieso. Y lo sabes-. Le susurró muy cerca de la boca, derramando sobre ésta un aliento cálido con efluvios del whisky de malta que había tomado justo antes de que él llegara. No tenía por costumbre beber en horas de trabajo, aunque hoy pensó que un par de tragos le ayudarían a apaciguar sus nervios y mantener así una actitud mucho más estoica ante aquel que de una manera tan cobarde le había difamado. -Y los chicos malos se merecen un castigo ejemplar-. Cayden no pudo evitar pensar que, si alguien le diera un dólar por cada vez que había dicho esa misma frase, alcanzaría a poder costearse una semana entera de alojamiento en la suite presidencial del Regent Beverly Wilshire.

Su silueta, la de su fornida anatomía, ensombrecía el semblante de un acongojado Ian. Alejados ya los dos de la mesa y de su lámpara, la iluminación en aquel recodo era ténue y azulada. La de un callejón solitario en mitad de la noche. -Te has bajado los pantalones ante mí en el sentido figurado de la expresión, y lo he disfrutado mucho, pero ahora quiero que lo hagas de una manera bastante más explícita-. Callaghan retiró los brazos al retroceder un paso. Sus pupilas eran ahora dos oscuros abismos en los que muy fácilmente se podía uno caer. Ninguna sonrisa o mueca alteraba sus curtidas facciones. -Te lo ordeno-. Le hizo saber con una frialdad que contrastaba con el ambiente de aquel despacho, el cual había empezado a caldearse a pesar del aire acondicionado. También la temperatura había aumentado considerablemente en su entrepierna, calentando unos bóxer que ya habían empezado a ejercer un poco de presión sobre su ligeramente engrosado miembro. -Después te darás la vuelta y retrocederás un poco para poder inclinarte hacia delante. Con las manos apoyadas en la puerta-. Su mandato fue acompañado de una acción que pareció inquietar aún más a quien no acababa de creerse lo que el empresario le estaba concretando. Se llevó ambas manos a la hebilla de su cinturón y lo desabrochó sin apartar la mirada del rostro de Ian. -Venga ya, guapito. ¿Qué te supone proporcionarme un poco de diversión a cambio de que después decida olvidarme de todo este asunto?-. Una sonrisa lupina crispó sus labios mientras empezaba a enrollar la correa en torno a uno de sus puños. Luego ésta desapareció de repente, cuando Cayden advirtió de que el miedo había paralizado al atractivo periodista hasta tal punto que difícilmente podría ver acatada su orden. También se esfumó el humor sardónico que por un instante había hecho que sus ojos grises volvieran a brillar, quizás arrastrado por el aire que expulsó violentamente de su nariz a tenor de lo agitado de las aletas de la misma. -Obedece de una maldita vez-. Gruñó el escocés, todo un experto en el arte de la intimidación, con un tono tan apremiante y alto que delató lo consciente que era de que se hallaban completamente a solas. Su secretaria era la última persona que solía quedar en aquella planta tras la puesta de sol, y Cayden le ordenó que se marchara a casa una vez hubiera recibido debidamente al Sr. King. Por lo tanto, ya nadie le escucharía gritar. Ni gemir.
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Mensaje por Ian S. King el Mar Ago 11, 2015 11:19 am
Su vista recorría el sitio con tanta rapidez que parecía tener un poder sobrenatural para ello. Pero lo que más le llamó la atención fue el cómo Cayden se arremangó la camisa y se aflojó la corbata. Ya está, va a destrozarme la cara contra la puerta, pensó mientras su respiración, irremediablemente, se intensificaba y aumentaba. Sus axilas comenzaron a sudar, humedeciendo la tela de su propia camisa. Sin embargo el ambiente, oscuro en aquella zona del despacho, no olía a sudor sino a miedo y a alcohol procedente éste de la boca del mayor. Sus verdes ojos se fijaron en los de Cayden, dejándole con éstos bien claro lo que estaba sufriendo. Tenía que estar bromeando...

No —sentenció de repente con firmeza cuando le ordenó que se bajaría los pantalones y se daría la vuelta. Sabía lo que aquello significaba y se negaba a hacerlo. Antes de escribir su noticia con aquellas revelaciones, Cayden le parecía atractivo. Cuando terminó de redactar su verdadera naturaleza, no le tenía mucho aprecio. Ahora, cualquier pequeña pizca de aprecio, atracción o cualquier sentimiento bueno hacia el Callaghan se habían esfumado tan pronto como su miedo floreció—... no. —. Volvió a repetir, con la voz quebrada de miedo.

No le hizo falta bajar la vista; con sólo escuchar el metal entrechocando entre sí y el cuero rozarse con la tela del pantalón mientras salía le dejó claro que se había quitado el cinturón. Bajó la vista hacia su mano, viendo que no lo había soltado. Así que si se negaba más de lo debido, le azotaría con el cinturón. Lo intuía. Y aunque nunca lo había probado, sabía que un golpe dado a propósito escocería y picaría para luego dejar paso al dolor. —No, señor Callaghan... ya... ya le pedí perdón... le prometí borrar el artículo... por favor, señor Callaghan, no vaya por la vía fácil... por favor... —se achantó cuando el otro se movió, aunque agradeció no sentir el cinturón contra su cuerpo... por ahora.

Sin embargo, aquel amago que el otro hizo le bastó para actuar. Tiró sus cosas al suelo y con las manos temblorosas se desabrochó el pantalón. Por sus mejillas cayeron varias lágrimas que, tras varios intentos de represión, salieron a la fuerza de sus ojos. —Señor Callaghan... e-estoy seguro de que hay una solución más viable para esto... —en cuanto se desabrochó el último botón el pantalón cayó por sí solo. A pesar de aún llevar puesta la ropa interior, le atacó un frío por las piernas que le hizo estremecerse. Se echó aún más hacia atrás, inútilmente, provocando que sus omóplatos se golpeasen con fuerza con la madera de la puerta, como si en un último intento ésta se fuese a abrir, o pudiese fusionarse con ella y escapar corriendo. Pero no, el despacho se hacía cada vez más pequeño, mientras con el rostro bañado por alguna que otra lágrima, sus ojos enrojecidos y sus labios temblorosos se sujetó la goma elástica de la ropa interior, asustado. En un último intento de compasión, sin aún dejar sus intimidades a la vista, alzó sus ojos hacia los de Cayden, que le sacaba unos centímetros de altura. No le sorprendió toparse con unas orbes grises, frías y vacías de sentimientos hacia él.



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Mensaje por Invitado el Miér Ago 12, 2015 2:59 pm
De poco sirvieron los últimos y desesperados intentos de Ian por hacerle entender a su agresor que podían resolver tan feo asunto de otro modo que no implicara la coacción sexual. Y claro que podrían llegar a un acuerdo mucho más racional que sexual si ambos pusieran de su parte. El único problema era que el empresario no pensaba desaprovechar la oportunidad que la propia irresponsabilidad periodística del otro le había brindado. Por lo que, ignorando todas sus tentativas de hacerle entrar en razón, Cayden aguardó impasible hasta ver acatada sólo a medias su órden. -He dicho de cara a la puerta-. El escocés acompañó el inflexible recordatorio de su mandato con un brusco agarre, haciendo girar al de pelo castaño como si se tratara de un rudo policía que se dispusiera a cachearle. Acto seguido, e igualmente tosco en su obrar, le obligó a que inclinara su torso hacia delante y a que apoyara las dos manos en la superficie de madera que le había impedido el huir de aquel despacho. -Bonito culo-. Le halagó Callaghan tras bajarle los calzoncillos, ligeramente ladeada la cabeza como si se hallara ante una obra maestra que mereciera ser vista desde todos los ángulos. -No me extraña que te esforzaras tanto en protegerlo-. Su comentario jocoso, humillante para el otro, llegó acompañado de una caricia a aquel perfecto par de glúteos que parecían pedirle a gritos que los azotara y, a su vez, suplicarle clemencia. -Relájate, vamos. Te dolerá mucho más si estás tenso-. Con su recomendación, Cayden reflexionó acerca de si alguien de su calaña se merecía realmente tales consideraciones. En cualquier caso Ian no pareció seguir su consejo, y aun así el ejecutivo no vaciló a la hora de levantar el cinturón. Le golpeó con él justo en la parte más rolliza del trasero, dejando el cuero su impronta sobre la carne blanca. El otro no gritó, solamente contuvo la respiración, aunque con el segundo impacto sí llegó a oídos del escoto un leve gimoteo. Antes de que pudiera tomar aire de nuevo, Callaghan hizo ondear de nuevo aquel improvisado látigo. Esta vez impactando en la sensible curva de las nalgas, rozándole los testículos. El azote fue un poco más intenso y sonoro que los dos anteriores, por lo que Ian se vio obligado a ahogar un grito de dolor con una de sus manos. El siguiente aún lo fue más, consiguiendo arrancarle el aullido que hasta entonces su víctima había tratado de reprimir. -Ya van cinco-. Musitó Cayden sin ánimo de perder la cuenta, regocijándose al saber que el otro se estaría preguntando: ¿Cinco de cuántos?

El cinturón rasgó el aire una vez más, y otra, y otra, hasta que la verga del brutal empresario alcanzó una erección titánica en lo que duró aquella flagelación, casi dolorosa al palpitar ansiosa por debajo de su apretada ropa interior. Y, a pesar de no poder sentirse más excitado, el fornido escocés siguió fustigando con fuerza el trasero del desdichado periodista. Descargaba su ira y su deseo sobre ambas nalgas al mismo tiempo, con tal rapidez que ahora apenas parecían existir intervalos entre golpes, únicamente un castigo continuo que engendraba gritos y producía un sonido casi ensordecedor. Música celestial para el violento administrador de aquella sanción alejada de toda vía legal. -Suficiente-. Musitó cuando al fin se detuvo, agitada su respiración a consecuencia del frenesí alcanzado con aquel caro flagelo de Tom Ford. En los segundos que invirtió para calmarse y recuperar el aliento no dejó de contemplar orgulloso ese trasero de diez que había conseguido poner al rojo vivo en apenas un par de minutos. Un culo cuya piel seguramente ardía y al que sólo le faltaba crepitar. -Ni se te ocurra incorporarte, guapito. No vayas a pensar que ya he terminado contigo. Lo cierto es...-. Cayden dejó caer la correa al suelo en los segundos que duró su suspensión entre palabras. -...que no he hecho más que empezar-. Dicho aquello, para tormento y pesar de aquel al que podía oír sollozar quedamente, el dominante se desabrochó el pantalón de pinzas y lo hizo bajar hasta los muslos. Luego le siguió su bóxer, dejando al descubierto una venosa erección que salió como impulsada por un resorte. El otro, afortunado él y a consecuencia de su postura, no podía ver aquella monstruosidad recién liberada. De ser así, el bien dotado dominante no dudó en que le vería atravesar la puerta dejando tras de sí un reguero de polvo junto a un agujero con su silueta al más puro estilo de los dibujos animados. -Ahora quiero oírte rogar que te folle como a uno de esos jovencitos que mencionabas en tu artículo-. Le ordenó el moreno mientras se masturbaba por encima y a escasos centímetros de aquel culo enrojecido que, sin un buen lubricante y cierta predisposición por parte del receptor, difícilmente podría alojar en su interior tamaña envergadura. Lo cierto era que no tenía intención de montarle a pelo -al menos de momento- por mucho que el otro se lo suplicara, aunque sí le apetecía sobremanera escuchárselo implorar aun haciéndolo de manera obligada y por el simple hecho de sentirse aterrorizado. O puede que precisamente por eso.
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Mensaje por Ian S. King el Miér Ago 12, 2015 7:03 pm
Tenía miedo, y de nada le serviría gritar. Estaban solos. Lo intuía, de algún modo, por la forma en que el otro no se cortaba en mandar de aquella manera sobre él. Había errado mal y merecía un castigo, pero... ¿tal castigo? Reprimió un sollozo cuando se vio girado a la fuerza y dejándose manejar deslizó los pies hacia atrás, sin quitarse los pantalones de los tobillos, para de tal forma sacar hacia fuera su trasero. ¿Cuánto tardaría el otro en tirar de sus calzon...? Ni siquiera tuvo tiempo de pensar cuando aquel aire frío que en realidad no existía en el despacho invadió sus zonas íntimas. Bajó la vista. Completamente desnudo de cintura para abajo.

Su cuerpo fue atacado por un escalofrío ante tal caricia. No era una caricia de adoración, por mucho que le hubiese dicho que tenía un buen culo –probablemente para mofarse de él–, lo sabía, de ahí que el miedo le hubiese atacado. Dejaría de pedir perdón e intentar dialogar. Era demasiado tarde. Mantenía todos sus músculos apretados, y el primer latigazo con el cinturón le pilló de sorpresa. Sus músculos se encogieron aún más, sus labios se cerraron para no darle el gusto de oírle gritar y sus ojos se cerraron. Escocía. Luego, la molestia se iba apoderando de sus nalgas. Negó con el rostro, incapaz de hablar.

Chas. Gimió de dolor y miedo. Chas. Cerró los puños con fuerza, gimiendo, un gemido que no sólo quedó ahogado en su garganta. Una molestia empezó a subir de sus testículos a su estómago. Sin duda Cayden sabía dónde dolía. Chas, chas. Cinco, el último de ellos haciéndole gritar. Arañó la puerta, como si así pudiese escapar del otro; ¿cuántas veces pensaba azotarle? Volvió a negar con el rostro, aunque más bien se estaba respondiendo a sí mismo que no lo sabía. Los azotes que siguieron, de los que perdió la cuenta, le hacían temblar, gritar y gimotear. Todo su cuerpo temblaba, sus nalgas estaban rojas y ardiendo y sus mejillas habían sido invadidas por alguna que otra lágrima. De repente había dejado de sentir el trasero firme y trabajado que siempre sentía para sentirlo como unas cuantas tiras de carne destrozadas. Gimoteó a pesar de que el otro paró, atacado por el dolor. Si pudiese únicamente colocarse algo frío en las nalgas... El miedo le atacó otra vez al oír que el cinturón chocaba con el suelo. Su mente se decía que había pasado lo peor, pero lo cierto es que el sonido de la tela moviéndose por el cuerpo del otro le dejaba claro que no. Seguramente ni le dilataría, y por lo que había intuido antes el tipo tenía algo descomunal entre las piernas.

Señor Callaghan... ya le pedí perdón... —susurró con un gimoteo, bajando la vista de nuevo. Observó su entrepierna, dormida y sin rastro alguno de excitación. Se agachó un poco más, quedándose sin respiración durante unos segundos al ver el miembro erecto del otro. No, no podía... pero el otro se lo había ordenado... Por supuesto que en otra circunstancia Cayden le habría encantado y le habría llenado de placer, pero ahí... Cogió aire, atacándole unos cuantos sollozos más, y luego se calmó, apretando los dedos contra la puerta—. Ha-hágalo, señor Callaghan... f-fólleme c-como a esos jov-jóvenes... que mencioné... hágame sentir c-como uno de ellos... me lo m-m-merezco —consiguió decir ante de coger aire de nuevo. Necesitaba calmarse o aquello sería mucho peor. Tal vez había un modo de evitarlo... pero era demasiado tarde. Por mucho que le pidiese que le azotase hasta destrozarle por todo el cuerpo, no sólo el trasero, su erección no bajaría. De hecho intuía que aquello le ponía demasiado. En el fondo, tras tanto miedo, Ian estaba satisfecho de haber escrito lo correcto sobre Cayden—. P-pero hágalo... con cuidado... —susurró, más para sí mismo que para el otro. Ladeó el rostro, observando la cara de Cayden por el espacio formado entre su brazo, extendido contra la puerta, y su costado. No le reconocía. Parecía estar manejado por la locura y la lujuria, el placer. Y cuando le vio acercarse más a él volvió a sentir un miedo que le heló. Una irracional parte de Ian estaba deseando que el otro entrase en él, se vaciase y le dejase ir, infligiéndole todo el dolor que desease. Cuanto antes terminase, menos sufriría.



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Mensaje por Invitado el Vie Ago 14, 2015 12:43 pm
-¿Que te folle con cuidado, dices? ¿Después de toda la mierda que has esparcido sobre mi nombre y el de mi empresa?-. Le interrogó el ejecutivo como si no pudiera creerse la compasión que el otro le acababa de suplicar. Aquel incauto bloguero se lo había dicho entrecortadamente debido a sus sollozos, tras implorarle -obvio que de manera preceptiva pero aun así estimulante- que se lo tirara como a uno de esos efebos que en su web había tildado de víctimas indefensas a merced del lobo más feroz de cuantos merodean por Wilshire Boulevard. -¿Es que acaso ya has olvidado lo que escribiste de mí en tu blog, TruthMaster?-. Callaghan inmovilizó sus caderas con ambas manos, ayudándose de una rodilla y de un pie para separar un poco más la piernas -todo lo que le permitió el pantalón bajado a la altura de sus tobillos- de aquel que había preferido la sumisión a una demanda multimillonaria que le hundiría moral, económica y profesionalmente. Todavía no iba a penetrarle, pero sí deseaba que el otro contemplara asustado la inminencia de ese hecho. -No, no voy a tener piedad ni ningún tipo de consideración contigo. Pienso clavártela tan profundo que incluso en tu aliento podrá olerse mi polla durante varias semanas-. Mientras le exponía aquella perniciosa intención, Cayden hizo deslizar su glande entre la raja que dividía el culo de Ian en un par de ruborizadas nalgas. -Así te demostraré lo fiables que fueron tus fuentes de información en lo referente a mi brutalidad sexual. O como tú, coloquialmente lo definiste: mete y saca de vikingo en celo-. El escoto rió entre dientes, bronco y con sarcástica desgana, su propia cita recordatoria de aquel largo post sólo a medias difamatorio. Después volvió a empuñar su miembro por la base y azotó la encendida carne de Ian con aquella contundente virilidad, haciendo que el otro se retorciera inquieto en su postura de L inversa como si acabara de sentir la intimidatoria presencia de un bate de béisbol en su retaguardia. -Pero primero veamos qué tal se te da con la lengua-. Cayden le tomó inesperadamente del cuello para, con la tosquedad que lo caracterizaba, instarle a que se incorporara. Efímera fue la postura erguida del Sr. King, ya que inmediatamente el mayor le obligó a ponerse de rodillas tras obligarle a que se diera la vuelta para presionar sus hombros hacia abajo. De ese modo el rubio se vio encarado con aquella abrumadora estaca de carne que tanto hacía empequeñecer su boca en comparación.

Agitó Cayden las piernas al ver como el otro se apoyaba, precavido, en sus recios y bronceados muslos. El hecho de que Ian se procurase un sustentáculo en el cual poder impulsarse hacia atrás, conocedor de que el empresario iba a mostrarse despiadado con su cabeza durante la felación, no pareció complacer en absoluto al hombre que había tras esa polla de campeonato. -Nada de eso, guapito-. Le negó después de que hiciera chasquear repetidamente la lengua en señal de negación, con un timbre de voz inflexible y tan áspero como su mentón. Entonces retrocedió un paso y se deshizo de la corbata cuyo nudo Windsor ya había aflojado antes. Presto a quitarse también del todo sus pantalones, y tras caer en la cuenta de que debería haberlo hecho en segundo lugar, Callaghan la colgó enroscada de su miembro erecto mientras lo hacía. Ese pintoresco empleo de su pollón, a modo de percha, captó poderosamente la atención del sumiso que permanecía arrodillado ante él. El escocés advirtió de su focalizada contemplación, e hizo oscilar la prenda tendida ayudándose de la contracción del esfínter y no de un ridículo balanceo de caderas. Tras ello le dedicó una sonrisa jocosa a Ian, lasciva como el infierno, la cual aderezó con un guiño que seguramente el otro debió pasar por alto al seguir absorto en la contemplación de aquella robusta y venosa virilidad que tanto parecía amedrentarle. -Ahora quiero verte llevar tus manos a la espalda-. Tan concisa orden fue proferida por el ejecutivo después de que ensombreciera su expresión, habiendo recuperado la corbata y desnudo ya de cintura para abajo aun dejándose puestos los zapatos. Seguidamente rodeó a un postrado Ian rumbo a su vulnerable retaguardia, en donde hincó una rodilla con el fin de poder atar aquella seda burdeos en torno a las trémulas muñecas del atractivo periodista. -Mucho mejor así-. Le susurró al oído cuando terminó de aprisionar sus manos con la distinguida pericia de un aficionado al bondage, empleando una de las suyas para agarrarle del pescuezo y sentir como el tipo se estremecía bajo su posesivo toque junto al roce cálido de su aliento. -No quiero que me la chupes como mi secretaria cuando finjo que se me cae al suelo la estilográfica. Más preocupada de si se le corre el lápiz de labios a que me corra yo-. Mientras decía aquello, Callaghan recuperó su posición inicial; de pie frente a la amenazada boca de su cautivo. -Ya sabes lo que debes hacer. Lo que quiero que hagas. Y mucho cuidado con tus dientes si no te apetece perderlos-. Le advirtió el corpulento empresario, brazos en jarra y con un tono irrefutable que hizo descender en varios grados la temperatura de aquel despacho.
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Mensaje por Ian S. King el Jue Ago 27, 2015 2:13 pm

Se estremeció al sentir el glande del mayor recorrer un par de veces su raja, de arriba abajo; los escalofríos le tacaron, sobre todo, cuando rozaba su ano cerrado. No podía hacerlo. No sería capaz de hacerlo. Todo estaba siendo un juego del que se libraría, ¿verdad? Al fin y al cabo, Cayden no era como él lo había descrito... Eso era lo que se repetía a sí mismo en un intento de librarse de aquella. Sorbó por la nariz escuchando atentamente sus palabras y otra lágrima salió de uno de sus ojos cuando dijo que no tendría piedad con él. En el fondo se lo merecía; era casi una especie de castigo por todo lo que había escrito, no sólo lo relativo al señor Callaghan.

Giró el rostro al sentir los golpes de su miembro en una de sus rojas nalgas, y cuando se quiso dar cuenta estaba casi tirado en el suelo. Se vio obligado a girar por el otro y se acomodó en el suelo. Poco le duraron las manos contra los muslos del otro. Observó su miembro y tras secarse unas cuantas lágrimas que aún viajaban por su rostro sus labios se entreabrieron de sorpresa. Desde ese ángulo, con el rabo del otro alzándose recto y duro ante él, parecía aún más grande. Todo lo que había escrito lo había escrito en base a cotilleos que había oído, especulaciones que él hizo verdaderas. Pero no se imaginaba que fuese a llevar razón.
En otra situación, pensó mientras le obedecía y llevaba sus algo temblorosas manos a la espalda –tras haber observado aquel espectáculo con la corbata en su entrepierna–, le habría gustado aquello. Le habría gustado Cayden, mejor dicho, con aquellos músculos dibujados por todo su cuerpo. Estaba bueno, eso era innegable, pero en esa situación...

Cayden... estoy seguro de que hay otra forma... mejor para ambos... —susurró, aunque verle en tal postura dejaba más que claro que iba en serio. Tan en serio como aquellos latigazos que habían hecho de sus nalgas la zona más vulnerable de su cuerpo en ese instante. Negó con el rostro para sí mismo y se calmó. Si lloraba como un crío y respiraba con dificultad, todo sería más difícil—. Espero que me perdone, señor Callaghan... —musitó antes de deslizar sus rodillas ligeramente hacia delante, para facilitar la felación. El glande del otro le rozó la frente antes de sacar la lengua y pegarse a su entrepierna. Le regaló lametones por sus testículos, cerrando los ojos. Le gustaba su olor a masculinidad, incluso el sabor de su piel con algún que otro resto de sudor, pero nunca lo reconocería. Con la lengua aún fuera y tras juguetear con sus huevos, subió el rostro. Su húmeda lengua empapó así parte de su rabo, desde su nacimiento hasta el ancho glande. Repitió la acción, intentando embadurnar de saliva todo el miembro, y a la tercera vez abrió los labios y recibió entre ellos su glande. Lo empezó a chupar, haciendo hincapié en el frenillo, y alzó sus ojos algo húmedos del anterior llanto para ver las reacciones del otro. Cogió aire por la nariz y comenzó a bajar la cabeza hacia su entrepierna. Sus labios se abrieron más por el diámetro de su rabo hasta el punto de que las comisuras le dolían, pero siguió bajando, siguió, siguió... hasta que su glande le dio en la garganta. Encogió el abdomen y con rapidez se apartó con un hilo de saliva colgando entre ambos para toser. Antes de que el otro se enfadase o le obligase a hacer algo, quitó con un lametón a sus propios labios la saliva que colgaba y atacó de nuevo su miembro. Bajó la cabeza de nuevo, pero al sentir el golpe en su garganta otra vez aguantó la arcada y movió la cabeza hacia atrás, presionando con los labios. Al llegar al glande, la bajó de nuevo; lo hacía cada vez con más rapidez, dando así paso a la mamada que el otro quería, a pesar de que aún no podía tragársela entera.



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Mensaje por Invitado el Lun Sep 14, 2015 4:00 pm
Los sollozos y las súplicas entrecortadas de Ian no hicieron más que avivar la lujuria del escocés, el cual sintió parcialmente indemnizado su deseo al notar que la lengua del tan guapo como indiscreto bloguero empezaba a recorrer su escroto. Con los brazos en jarra, permitiéndole obrar libremente por el momento, Cayden se limitó a observar con delectación el placentero acto de desagravio por parte del joven y atractivo Sr. King; alias TruthSpeaker. -Te gustan las pollas grandes, ¿no es cierto?-. Los labios del moreno se curvaron en una mueca sardónica tras deducir eso, incapaz de apartar su mirada de las tensadas comisuras de la boca de Ian cuando éste, tras lamerle el glande, trató de abarcar lo máximo que le fuera posible de aquel pedazo de carne al que se había visto obligado a satisfacer en favor de librarse de una demanda. Un par de arcadas, de tosidos y la consiguiente acumulación de saliva sobre aquel desafío hecho polla, denotaron que no le iba a resultar sencillo. -Joder… Inténtalo de nuevo. ¡Ahora!-. Rugio Cayden, ciertamente intimidante. Nada le excitaba más que una boca escrupulosa o poco acostumbrada a mamar penes de semejante calibre; la impericia de un pasivo al que corromper y en cierto modo aleccionar. Contra eso ni un actor porno o el más versado de los prostitutos de Beverly Hills sería capaz de rivalizar. Puede que el placer brindado por Ian no alcanzara las mismas cotas que el proporcionado por cualquier chapero de Wilshire Boulevard, al menos en el aspecto meramente físico, pero había algo hermoso, frustrante y de lo más vivificador en entrenar y castigar la boca de un tipo como él. -Otra vez-. Gruño con voz gruesa, arrastrando un etílico aliento, aunque una nueva y violenta contracción en la garganta del servicial muchacho le obligó a desistir en su empeño. Había conseguido enfurecerle, aunque una parte de su libido le adoraba por aquella ineptitud. A fin de cuentas, lo que quería era atormentarle. No brindarle una suculenta polla que degustar a su ritmo y antojo.

Callaghan se pellizcó uno de sus pezones y emitió un gemido ronco. El único pensamiento en su mente calenturienta era agarrar a Ian del pelo y obligar a que su boca se moviera como él quería, hasta donde él quería, pero entonces el chico gimió. Un sonido ahogado por su varonil y venosa carne, de silvestre tentación. Cayden obligó a sus manos a quedarse a ambos lados de sus caderas, tratando de respirar a través de las sensaciones que tensaban su abdomen y sintiendo el sudor que corría por su frente. Humedad aquella que no era fruto del calor, sino del esfuerzo en la contención que él mismo se había impuesto por el momento. -Hasta un vaso de bourbon tiene más fondo que tu boca-. Murmuró el empresario, sarcástico, antes de embestirle de manera súbita y con intemperante furia. Finalmente atrajo la garganta del otro hacia su bajo vientre con ambas manos. Paró al sentir la campanilla rozando placenteramente su glande, y lo soltó. Lo atrajo de nuevo, más profundo, y lo liberó. Ian se dejó atraer y tragó, no pudiendo hacer absolutamente nada por impedírselo. Tres nuevas arcadas y el movimiento reflejo de presionar los muslos desnudos de aquel que violaba su boca le hizo retorcerse en su postura de preso postrado, pues las manos necesarias para ello seguían atadas a su espalda. La natural resistencia del hombre hizo que el mayor gruñera, sacudiendo su pelvis hacia delante y tratando sin ningún éxito de encajar toda su extensión de carne en la convulsionada laringe del otro. La presión disminuyó, pero sólo por un segundo. Regresó cuando pudo observar la humedad que se filtraba desde la esquina de los ojos del periodista por el esfuerzo que le tomaba sostenerle allí dentro, engullendo hasta casi dos tercios de aquella verga que en el fondo -y nunca mejor dicho- supondría un verdadero reto hasta para el más pintado de los feladores.

Cuando Cayden se cansó de atormentar a Ian con su falo, de follarle duramente el cráneo, se retiró de su delantera y le rodeó en dirección a su espalda para desanudar la corbata que hasta entonces había mantenido unidas sus muñecas. Una vez liberadas sus manos lo izó de un brazo con bastante rudeza, haciendo que el chico se tambaleara tras recuperar su postura erguida e impidiendo que se desplomara con el parapeto que para el otro supuso su fornido torso. Al escoto le agradó sentir las calientes lágrimas de un babeante Ian empapando su pecho, unido a esa trémula debilidad masculina y a una jadeante respiración que cosquilleaba en la velluda piel de sus pectorales. -¿Te arrepientes ahora de haber escrito toda esa mierda acerca de mí?-. Le preguntó el ejecutivo dominante justo cuando decidió separarse de él, encaminándose en cueros hacia la misma silla de piel negra y metal que su desdichado invitado ocupara diez minutos atrás. Aquel distanciamiento provocó que la víctima del castigo de Cayden, de su depravación, se derrumbara como un muñeco de trapo sin articulaciones. Con las rodillas hincadas nuevamente en el suelo, el tipo empezó a toser. -Vamos, periodista-. Un matiz de desprecio matizó el oficio aludido por Callaghan, manifestado mientras hacía girar la silla hasta encararla con la víctima de su degenerado escarmiento. Luego tomó asiento en ella, cuidadoso, procurando no hacerlo sobre sus colgantes y pesados testículos. -Gatea hasta aquí y continua con lo que estabas haciendo-. Le ordenó a Ian con un tono de voz glacial e irrefutable, de espaldas a la mesa de su despacho, a contraluz de un enorme ventanal que enmarcaba el atardecer azul y de la lámpara que sobre ésta había encendida. Entonces empuñó un miembro lacado por la saliva del otro, el suyo, y se masturbó en espera de ver acatada su orden. No deseaba que su conminatoria erección perdiera ni un ápice de su firmeza.
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Mensaje por Ian S. King el Miér Sep 16, 2015 11:42 am
Cada vez que oía la voz de Cayden su cabeza bajaba de golpe hacia sus ingles, aunque siempre le ocurría lo mismo: el glande chocaba con su garganta y se veía obligado a retroceder la cabeza hasta casi sacar aquel rabo de su boca. Sus ojos estaban tan húmedos que la primera lágrima no tardó en bajar por su rostro. El camino de ésta pareció quedar marcado en su piel, pero Ian siguió moviendo la cabeza. Saboreando aquel rabo que su boca parecía reacia a tomar. Alzó la vista al escuchar aquel insulto, acusación o lo que fuese, y frunció ligeramente el ceño. Hacía lo mejor que podía. No tuvo tiempo de reaccionar ante tal frase antes de que el otro entrase a la fuerza en su garganta y aún así no conseguirlo del todo. Su abdomen se encogió de manera exagerada, mientras otra lágrima rebasaba de uno de sus ojos.

Y por mucho que intentase apartar al otro, por mucho que forcejease con las manos, sólo conseguía hacerse daño con la corbata apretando su piel. Cuando Cayden retrodecía cogía todo el aire que podía por la nariz e intentaba escupir la saliva que se acumulaba en su boca, cada vez más y más abundante. No supo cuánto estuvieron así, pero cuando por fin se apartó para soltarle las muñecas y levantarle, tosió y ahogó las arcadas como mejor pudo. Lo siguiente que sintió fue el pecho del otro bajo su cabeza, y ante tal pregunta asintió vagamente con la cabeza. Sin embargo, su estúpido orgullo le impedía decirlo en voz alta. Cayó al suelo cuando el otro se apartó, donde continuó con sus intentos de recobrar la respiración. Estaba agotado, sus fuerzas se habían ido al concentrarse en abrir su garganta para aquel manjar. Porque en el fondo, era un manjar. Alzó los ojos hacia la figura del otro, iluminada por la lámpara de su lateral pero con un gran efecto a contraluz. Observó su miembro, brillante de su propia saliva, y comenzó a gatear hasta él. Habría caminado de haber tenido las fuerzas suficientes.

Ni siquiera habló. Simplemente le miró a los ojos antes de cogerle el miembro, esperando que el otro se lo soltase, y tras subir y bajar la mano derecha un par de veces por su masculinidad, le obedeció. Su cabeza subía y bajaba, recibía y dejaba escapar aquel gran miembro. Mientras tanto, intentaba apartar todo pensamiento erótico de su mente, pero no lo conseguía. Era muy difícil de encontrar, pero poco a poco Ian comenzaba a sentir atracción por Cayden. Más que atracción... le gustaba aquello que su boca recibía, simplemente. Tras unos cuantos movimientos cada vez más rápidos de arriba abajo, se sacó el rabo de la boca y lo sujetó por la base. Lo echó un poco hacia atrás y observó los testículos de Cayden, grandes y colgantes. Uno de ellos parecía haber escurrido y colgaba de forma ligera de la silla. Ian no tardó en enterrar su rostro entre sus piernas para jugar con ellos. Se los metía en la boca, los lamía y succionaba, regalaba lametones en su escroto... todo para complacerle como mejor podía. Se preguntó cuánto semen almacenaban en aquellos instantes. Cuando se cansó, volvió a la tarea que le fue encomendada.

Y le puso empeño. Al cuarto movimiento ascendente, bajó la cabeza sin parar. Siguió bajando. El glande del otro se abrió paso a la fuerza en su garganta, lo que le hizo encoger el abdomen y agarrar con fuerza sus propias piernas, hasta clavarse las uñas. Pero continuó. El vello púbico estaba cada vez más cerca de su rostro, podía incluso oler el sudor que emanaba de él, el olor a masculinidad que, por fortuna o por desgracia, comenzaba a endurecer su propia entrepierna, erectándose así Ian muy poco a poco. Sin embargo, no consiguió su objetivo. Las comisuras de su boca parecían a punto de romperse, sus ojos habían vuelto a iluminarse con lágrimas y su abdomen no parecía aguantar mucho más tiempo encogido sin vomitar. Alzó la cabeza de golpe con una fuerte tos y escupió a un lado la saliva. Observó a Cayden, avergonzado de su propia actitud pero, en parte, satisfecho de demostrarle que podría hacerlo. —Me imagino cómo tendría la cara tu secretaria en este instante. Seguro que tu polla estaría llena de pintalabios y sus mejillas, de rimel corrido por las lágrimas, ¿verdad? —su chulería, por así llamarla, seguía ahí incluso en aquel instante. Y, para ser la primera vez que hablaba en minutos, fue una intervención bastante fuerte. Aun así, nada más hablar volvió a dirigir aquel gran instrumento a su boca y tras salivar, repetir lo de antes, sólo que intercalándolo con movimientos ascendentes y descendentes.



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Mensaje por Invitado el Sáb Sep 19, 2015 6:50 am
El escocés esperó a ver cumplido su mandato antes de deslizarse un poco más hacia abajo sobre la silla de cuero, acomodándose con los huevos colgando y uno de sus brazos alzado para apoyar la mano sobre la cima del respaldo. Presenciar cómo Ian gateaba hacia él y se detenía de rodillas entre las suyas le excitó aún más, especialmente después de percatarse de que el miembro del otro también empezaba a endurecerse. -En el fondo te excita esta situación, ¿verdad?-. La pretenciosa pregunta de Cayden quedó sin respuesta. Larga y gruesa, venosa y dura, la verga del empresario pareció hipnotizar por unos segundos al muchacho, que se dedicó a acariciarla y a observarla fascinado como si de un objeto de estudio y no de una polla se tratara. Seguidamente, el guapo bloguero retomó la ardua labor que le había sido encomendada. Los dedos de Callaghan buscaron a tientas uno de los hombros de su atractivo felador, pues había cerrado los ojos. Desde allí ascendieron hasta su nuca, después a su pelo, donde se enredaron en las castañas hebras antes de presionar hacia abajo la cabeza del periodista. Éste se resistió a profundizar el glande más allá de su garganta, probablemente más como un acto reflejo que por negación o por desacato. Y, sin embargo, parecía esforzado en brindarle el mayor placer que le fuera posible. Sus estirados labios rodeaban la esponjosa cabeza rezumante de pre semen. Su lengua arremetía contra la carne sensibilizada de debajo de la cresta. Y entonces empezó a succionar. -Joder...-. Masculló Cayden tras abrir de nuevo los ojos. -Aprendes deprisa por lo que veo-. Y por lo que sentía, ya que su cuerpo se sacudió bruscamente ante tan inesperado goce brindado por una boca virgen o, como poco, novicia en el arte de mamar penes de semejante calibre. Pero el placer arrasaba a través de él, consecuencia de aquella lengua danzarina y sedosa que ahora giraba veloz en torno a la punta de su miembro. -Así me gusta, periodista. Cómeme los huevos-. Concisa e innecesaria orden la de Callaghan, que sintió desenfundada de boca su polla a cambio de notar la lengua del otro recorrer esta vez la rugosa piel de su henchido escroto. La punta de su erección eclipsaba su ombligo, como una barra de hierro candente sobre el abdomen.

Permitió que Ian obrara libremente en aquella zona de los testículos, sin mandatos ni tan siquiera sugerencias, como un maestro fatigado que le concediese la improvisación a su alumno. Y, sólo cuando su miembro volvió a latir en demanda, ansioso, le obligó con una de sus zarpas a que lo atendiera otra vez como se merecía. Como fuera capaz. -Sí… Todos la mamáis como putas cuando os conviene hacerlo-. La voz de Cayden emanó desapacible de su garganta, esforzándose por articular cada palabra de manera fluida y sin delatar con una pausa o titubeo el goce que estaba experimentando. Transcurridos un par de minutos, Ian volvió a vaciar su boca de aquel tremendo pedazo de carne cuya intrusión le hacía toser y salivar en exceso. Antes de retomar su titánica, perseverada labor, teorizó acerca de los estragos que aquel pollón provocaría en el maquillado rostro de la entregada secretaria de Cayden. Sus palabras enfurecieron al ejecutivo, aunque su atrevimiento y talante socarrón también consiguieron excitarle sobremanera. ¿Seguía conservando el aliento y humor necesarios para hacer ese tipo de comentarios? ¿Estaría disfrutando en realidad de su castigo? -Soy mucho más moderado y permisivo con las limitaciones orales de mi secretaria. Ella no me ha difamado públicamente-. Replicó Cayden, fríamente, cuando el otro volvió a llenar su boca de él. -Recuerdo que consiguió engullirme entero en una ocasión, alentada por mi promesa de un aumento de sueldo. Tú, por el momento, no mereces que te pague ni un dólar-. Fue consciente de su crueldad por decirle eso, por mentirle en realidad, pero al menos era un hijo de puta que pensaba corresponderle con su indulgencia tras haberse beneficiado de su desesperación. Aquella no era ni de lejos la mejor mamada que hubiera recibido, pero condenado sería si no era el mayor disfrute que había experimentado en mucho tiempo. Los labios del escarmentado moviéndose desde arriba hacia abajo sobre la cabeza palpitante, sus dedos acariciando el eje, una sedosa lengua lamiendo y saboreándole. El de Aberdeen juraría que le estaba robando parte de su alma, apaciguando su naturaleza agresiva con la avaricia de una boca succionadora.

Los dedos de Callaghan estaban clavados ahora en los reposabrazos de la silla, con sus dientes apretados en una mueca mientras luchaba contra el placer. Los sonidos suaves de succión le atravesaban la cabeza mientras el joven lo atraía más profundamente en su boca. Poco a poco, lenta y cautelosamente, hundiéndose cada vez más hacia su garganta. Pero no hasta ella, aunque sí quedando tan cerca y a un tiempo tan lejos que el escocés maldijo entre dientes la intentona. -Tendrás que esforzarte más si realmente deseas librarte de una horda de abogados ansiosos de darte bien por el culo-. Le advirtió el moreno lascivo con un tono de voz severo aunque para sus adentros se estuviera riendo. Cayden jamás se olvidaría de la cara del hombre en aquel preciso instante, de su expresión entre decepcionada y voluntariosa, durante el tiempo en el que Dios o una salud de hierro tuvieran a bien mantenerle con vida. Sus rizadas pestañas cayendo sobre unos ojos que lagrimaban por el esfuerzo, mostrando sólo un destello de su mirada ambigua. Un rubor oscureciendo sus ahuecadas mejillas y los labios como un arco de medio punto extendiéndose por encima de una polla llena de sangre mientras los dedos de su esbelta mano se envolvían alrededor del tallo. -Beverly Hills es una ciudad rencorosa. Corrupta. Espero que a partir de esta noche tengas siempre muy presente que cualquier desaprensivo abusará de ti si le desacreditas o violas su intimidad-. De nuevo hizo acopio de estoicidad para soltar su manifiesto sin que ningún jadeo o gemido de placer lo entrecortara. El bloguero desenmascarado era en realidad un tipo afortunado sin ser consciente de ello. La combinación del whisky tomado y del cansancio derivado de un largo día de trabajo habían adormecido los instintos más salvajes y primitivos de Cayden Callaghan, aplacando un poco la brutalidad que solía caracterizar su rol de dominante. De no ser así, el bien dotado escoto ya le habría empalado hasta la garganta sin ningún tipo de contemplación. Ni de remordimiento.

-Dios...-. La voz del moreno sonó áspera, gutural. -No puedo... No puedo contenerme, cabrón. Más despacio-. Pero, al parecer, Ian tampoco podía hacerlo. Su boca se le antojaba ahora más hambrienta, sus gemidos ahogados mucho más estimulantes. Los pérfidos dedos del hombre jugaban con sus pelotas mientras con la otra mano pajeaba el ancho eje. Sus labios friccionaban, su lengua lamía, sus dientes rastrilleaban con delicada codicia, y una ráfaga de fuego atravesó las pelotas del mayor, arrebatándole todo control. -Voy a...-. Una ola de placer le impidió a Callaghan rematar su anuncio de eyaculación. El primer chorro explosivo de semen fue acompañado por un rugido estrangulado que rasgó por su garganta. Su cuerpo alcanzaba el punto de ruptura cuando sus manos se aferraron al cabello del otro, manteniéndolo en el sitio. Todos sus músculos se tensaron como cuando alzaba pesas en el Aesthetic Era Gym. -Joder, sí… Trágatelo, vamos-. Cayden echó hacia atrás su cabeza tras proferir dicha orden, y una luz explotó delante de sus ojos cuando el placer se convirtió en un fiero y tortuoso éxtasis que reparó lo estresante de su jornada. Colmó hasta rebosar el paladar de Ian, forzándolo a tomar su liberación. Con ambas manos mantuvo la cabeza del periodista en su lugar, retorciéndose con las sensaciones abrasadoras que viajaban desde sus testículos a los dedos de sus pies. Sus caderas se alzaron de la silla, y los sofocados gemidos de Ian ondearon sobre su pollón hasta que por fin, benditamente, calientes toques de electricidad aliviaron su columna. Cayó atrás con los ojos cerrados, hacia su asiento, luchando por respirar. -Le perdono, Sr. King-. Bromeó Cayden con un tono de voz asmático, riendo después entre dientes su propia disculpa. Entonces aflojó su agarre del cabello de Ian, apático y relajado hasta el punto de la somnolencia, y se obligó a sí mismo a abrir los ojos y bajar su mirada al encuentro de la del otro. Una sonrisa lupina, satisfecha, curvó sus labios cercados por una hirsuta barba de varios días mientras el otro lamía hacia abajo el eje de su polla en movimientos calmantes, limpiando su piel de lefa y aliviando las agudas y pesadas contracciones en la aún dura carne.
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Mensaje por Ian S. King el Sáb Sep 19, 2015 2:31 pm
No sabía si eran las palabras del otro o el hecho de que aquello empezaba a gustarle, pero poco a poco conseguía tragarse aquel manjar sin arcada alguna. Costaba, pero merecía la pena. Ian se odiaba a sí mismo. Estaba siendo castigado y humillado, pero le gustaba. El lametón que su lengua pegaba al glande y frenillo de Cayden cuando su cabeza subía, para así saborear su precum, el placer –aunque el otro no lo viese– que sentía al oler su vello púbico y la forma en que agarraba los muslos del otro lo demostraban. Porque sí, había dejado de sujetar el miembro del otro y su propias piernas para colocar las manos en sus muslos. Como si necesitase una prueba más de que aquello era real.

Alzó la vista y parpadeó varias veces para quitar la acumulación de líquido lagrimal que había en sus ojos para ver bien a Cayden. Su cabeza aumentó el ritmo al que subía y bajaba, como si las muecas que hacía, aunque fuesen pocas, le animasen a seguir. Frunció el ceño cuando dijo que no le pagaría, y bajó la vista de nuevo, fijándola en su entrepierna, que se acercaba y alejaba de su vista según subía y bajaba. Aquello era una clara alusión a que lo estaba haciendo mal, y sin embargo a Ian le encantaba. Tanto, que la erección que tenía era máxima. Y ante la amenaza de tener una horda de abogados dándole por culo –¿lo diría literalmente? jamás entendería al señor Callaghan–, siguió a lo suyo. No podía fallarle, no ahora. Quedaría aún más en ridículo.

¿Más despacio?, pensó Ian, y un ligero meneo de cabeza dejó claro que no iba a hacerlo. Ya no. Su cabeza se movía de arriba abajo, realizando una ligera curva cada vez que el miembro del otro salía de su garganta. Sus labios rozaban la base de su glande y ejerciendo presión bajaban hasta apenas unos milímetros de distancia de la base de su miembro. Quería más, a pesar de que lo inevitable estaba cerca. Acercó las rodillas un poco más a él, como si así pudiese engullir más, y alzó los ojos al oír su voz. Segundos después, sintió el cálido y espeso semen de Cayden inundar su boca. No pudo evitar gemir, un gemido ahogado por su miembro, al recibir el chorro. Un gemido puramente de placer, un gemido que dejaba claro que le gustaba aquello que había estado esperando. No hizo caso en un primer momento de su orden, pero su boca estallaría si no escupía o tragaba el líquido cada vez más abundante que almacenaba. Dio el primer trago, y acabó por ingerirlo todo, sin derramar ni una gota.

Una vez terminó, alzó la cabeza hasta que el miembro escapó de sus labios. Lo observó quedar en el aire, aunque menos duro que antes. Lo cogió por la base y comenzó a limpiarlo, con sendos lametones por toda su extensión. Recogía los restos de su glande y tras tragalos iba bajando por su tronco, sin prisa alguna. Bufó ante su comentario. —Gracias, señor Callaghan... —musitó, encontrándose con sus ojos. El rostro de Ian estaba rojo, sus ojos aún seguían húmedos y las comisuras de sus labios se habían coloreado de rojo al haber abierto tanto sus labios. Siguió lamiendo la masculinidad de Cayden incluso después de haberla limpiado, hasta que volvió a su estado flácido, dejando de estar erecto. Ni siquiera así era pequeña. Ian se levantó, soltando un quejido al hacerlo. Una corriente de dolor se extendió por sus nalgas, y tuvo que agarrarse de uno de los reposa-brazos de la silla de Cayden para no caer. Aún le dolían aquellos latigazos con el cinturón. Dio un par de pasos, hasta llegar la escritorio, y allí se apoyó, con cuidado de no hacerlo con sus nalgas. Su mano derecha viajó hasta su propio miembro, aún duro—. ¿Le importa si...? Bueno, no me gustaría ir con esta erección a casa... —por supuesto, sólo se refería a masturbarse hasta correrse en su propia mano si hacía falta, con tal de no manchar su despacho. Estaba agotado, pero si no se corría estallaría de camino a casa—. ¿Sabe, señor Callaghan? Ha sido mejor... quiero decir, no me malinterprete, mejor de lo que esperaba... por un momento pensaba que me iba a romper en dos con esa cosa. Ya sabe, que después de machacarme las nalgas iba a ver las estrellas con eso entrando dentro de mí —se relamió los labios, refiriéndose en todo momento a una petración anal, por supuesto—, pero me ha gustado. Eso le fastidia, ¿verdad? Que castigue a un chico malo y acabe gustándole y disfrutando.
Casi sin darse cuenta, su mano derecha había comenzado a moverse sobre su propio miembro, masturbándose mientras hablaba. No tenía nada que envidiar a Cayden, aunque la anchura de éste último era mucho mayor y le sacaba algún que otro centímetro.



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Mensaje por Invitado el Lun Sep 21, 2015 4:32 pm
Callaghan se puso de pie y avanzó en cueros hacia un mueble bar profusamente surtido. Camufló su satisfacción por el increíble placer que el otro le había proporcionado con un paso firme acompañado de una actitud displicente, sin tan siquiera despegar los labios cuando se sirvió una copa ignorando el protocolario gesto de ofrecerle otra a Ian. Se tomó el whisky de un fugaz y único trago, regresando después a la silla con una gruesa media erección pendiendo cabizbaja entre sus ingles. -Me importa una mierda lo que hagas con eso-. Condescendió Callaghan a la petición del no tan humillado periodista, solidarizándose con la impresionante empalmada que éste deseaba poder aliviar antes de largarse. El chico se había apoyado con sumo cuidado -sus nalgas azotadas parecían las de un mandril- en una de las orillas de la gran mesa que presidía aquel despacho, exhibiendo una polla tan dura y desatendida que hizo sonreír jactancioso al responsable de su estado. -Aunque procura no manchar nada cuando te corras-. Le advirtió Cayden con la mirada puesta en su miembro, no tan intimidante como el suyo pero aún así enorme y merecedor de la paja que Ian había empezado a propinarse. Pensamientos opuestos, sentimientos encontrados, germinaron en el fuero interno del escocés debido al siguiente comentario del bloguero sobre lo mucho que había disfrutado de su castigo. Dicha insolencia, no exenta de bravuconería y de orgullo, excitó al empresario en todas las acepciones del verbo. -Tienes mí perdón, sí, pero… ¿Qué te hace pensar que ya he acabado contigo?-. La sonrisa falsa dibujada en el semblante de Cayden se esfumó de repente, como si jamás hubiera existido, y sus sombrías facciones se convulsionaron a consecuencia de un súbito ataque de ira. Entonces se incorporó presto de la silla, pareciendo impulsado por un resorte, y apartó de un manotazo lo que había sobre la mesa justo detrás de Ian. La lámpara cayó ruidosamente al suelo, sin llegar a apagarse pero sumiendo la habitación en una fantasmagórica penumbra que proyectaba sombras magnificadas en contrapicado. También derribó un decorativo péndulo de Newton, las llaves de su Lotus Esprit y una bandeja de metacrilato colmada de documentos. El torso de Ian se posó sobre la superficie de cristal en sustitución de todo aquello, después de que el colérico ejecutivo lo tomara violentamente de la nuca y le obligara a inclinarse sobre ella. -Voy a follarte tan duro que no podrás volver a postear sentado en esa basura de blog que tienes-. Le susurró Callaghan al oído mientras separaba sus piernas ayudándose de las propias, aferrándole por el pescuezo con la rudeza de un ganadero sometiendo una de sus reses en el matadero. Su propio manifiesto, unido a lo estimulante de su propósito y a la visión del cuerpo subyugado de Ian, terminaron de ponerle duro. Luego extendió su otro brazo para alcanzar una bonita caja de madera labrada de cuyo interior, forrado en terciopelo granate, extrajo un condón tras tantear y descartar un paquete de Marlboro junto a un mechero Zippo de plata.

Con los dientes, y habiendo elevado el torso sin aflojar su presión a la espalda del otro hombre con la mano libre, el moreno rasgó el envoltorio de aquel preservativo XXL. -No te muevas, joder-. Vociferó. -Quieto ahora o será una ambulancia y no un taxi lo que pase luego a recogerte-. Le amenazó Callaghan con un tono de voz áspero, inflexible, consciente de que por unos segundos debería emplear ambas manos para poder así enfundar de látex su erección. Mientras lo desenrollaba desde su hinchado glande hasta la base, con premura y respirando agitadamente debido a la vehemencia de su arrebato, le hizo saber: -Estoy limpio, no temas. Y no dudo de que tú también lo estés. Pero no me gusta mancharme la polla de sangre a excepción de cuando me tiro a una virgen-. Tremenda amenaza la suya, con la cual hizo que el cuerpo de Ian se estremeciera de pies a cabeza. Cayden se puso entonces de cuclillas y separó las nalgas del chico para poder escupir entre ellas, sobre la abertura. Tras incorporarse guio la cabeza de su miembro enfundado hacia aquel ojo de aguja en comparación al tamaño de su herramienta y, mediante una única embestida, le empaló hasta más de dos tercios de su envergadura emitiendo un gutural sonido. Su ruda penetración consiguió arrancar un grito del pecho de Ian, que se convulsionó contra la mesa al sentir la punzada de dolor derivada, probablemente, de un pequeño desgarro. Escuchar el llanto y los jadeos entrecortados del periodista excitó a Callaghan sobremanera, por lo que un copioso y abrasador chorro de líquido pre seminal brotó de su miembro un segundo más tarde, acumulándose en el receptáculo de su condón. Empujó entonces más profundo, apretando sus dientes hasta hacerlos rechinar, esforzándose por invadirle hasta el fondo mientras el periodista curvaba la espalda ante aquella nueva punzada de dolor mezclado -sólo quizás- con una pizca de placer. Una mano de Cayden lo mantuvo en su sitio, con el torso postrado y una de sus mejillas pegada al cristal. -No te resistas o será mucho peor para ti-. Le susurró amenazador, coronando su consejo con dos fuertes y sonoras palmadas a sus enrojecidas nalgas. La advertencia del mayor pareció surtir efecto, al percibir éste como aquella angosta entrada se dilataba un poco más en su desesperación por acogerle más hondamente. Y, justo cuando creía que aquel chico no podría tomar más de él, advirtió que su culo se encontraba casi al mismo nivel de sus recias caderas. Comenzó a moverse dentro del muchacho una vez su polla estuvo totalmente enterrada, lentamente al principio, saliendo casi por completo y luego empujándose otra vez.

Ian no dejaba de gemir, de sollozar, flexionando todos los músculos en su postura de L invertida y ondulándose alrededor del falo que le penetraba, luchando para acomodar aquel pedazo de carne en su interior sin que éste le destrozara todavía más. El cruel dominante en su retaguardia lo sentía exquisitamente apretado y caliente alrededor de él. Y, a pesar de la generosa lubricación del profiláctico que cubría su verga, al hecho de ya haberse corrido hacía sólo unos minutos y a su autocontrol normalmente digno de un follador tántrico, sabía que no duraría por mucho tiempo estoico si no se esforzaba por contener la eyaculación. -Dime… ¿También ahora disfrutas de esto?-. Con un nuevo azote apostilló Callaghan su sardónica pregunta. El moreno aceleró entonces la cadencia de sus acometidas, de manera paulatina, aunque sin llegar a alcanzar un ritmo demasiado frenético que le incitara a correrse sin antes haber podido escarmentar a Ian como él quería y no como éste deseaba. Sintió el angosto canal que bombeaba apretarse con fuerza alrededor de su polla, mientras el periodista maullaba como un gatito bien jodido, aprisionado entre el cuerpo de aquel vikingo contemporáneo y el grueso cristal. El condón, tal y como Callaghan vaticinara, entraba y salía ahora manchado de sangre. -Yo sí lo estoy disfrutando, cabrón-. Masculló el de Aberdeen tras inclinarse hacia delante y enterrar su barba en el hombro de Ian. Después le mordió en el omoplato hasta dejar marcadas sus fauces, oliendo un dulce aroma a miedo, a sudor y concupiscencia, con su fornido torso presionando la espalda del chico. Había algo en él, ajeno al indignante artículo que escribiera, que le hacía perder todo control. Que le volvía completamente loco. -¿Ya consideras el que haya roto tu culo un castigo digno de tu travesura?-. Le preguntó Cayden al oído, entre irónica y lasciva su inflexión retórica, antes de morder el lóbulo de su oreja y erguir nuevamente la espalda. Acto seguido amasó toscamente las nalgas de Ian y le hizo creer que se retiraba sólo para sorprenderle con una profunda estocada de su polla en el recto, consiguiendo arrancarle de nuevo un grito quejumbroso que nadie más aparte de ellos pudo oír. Esto, lejos de coartarle o de promover su compasión, lo enardeció todavía más. Aferró sus caderas e inició un vaivén de las suyas poco moderado, un mete y saca agresivo, lento pero profundo, que le hacía gruñir salvajemente con cada nueva embestida. Luego llevó los brazos de Ian hacia atrás, sujetando él mismo y a modo de riendas sus muñecas cruzadas como antes lo hiciera su corbata. Un sudor rebosante de feromonas perló su cuerpo desnudo, el de ambos, aunque en el del activo era mucho más evidente. La pantalla del portátil de Callaghan iluminaba el rostro crispado y empapado en lágrimas de Ian, su perfil, enfrentada la mirada del violado con el polémico artículo cuya publicación le arrastrara irremisiblemente a semejante postura y sometimiento.
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Mensaje por Ian S. King el Vie Sep 25, 2015 12:45 pm
Ian esbozó una ligera sonrisa ante las palabras del otro, fijándose también en cómo miraba su entrepierna. Su mano derecha ya había comenzado a subir y bajar, cada vez con más rapidez, ejerciendo una ligera presión cada vez que su mano subía hacia su glande, húmedo de precum. Ian sentía que aún le quedaba tiempo para correrse, pero si aumentaba la velocidad y no apartaba la vista del torso y la entrepierna de Cayden, acabaría antes y tras correrse se iría. Iluso él, pensando que todo había acabado. No sabía si había sido por abrir la boca o por masturbarse sin su permiso, pero cuando quiso darse cuenta, su rostro chocó contra el escritorio mientras su miembro se aplastaba contra él por el peso de su propio torso. Iluso también por no darse cuenta de que aquel momento de calma había sido idéntico a la calma que precedía a todas las tormentas.

Aquella frase susurrada en su oído le hizo estremecerse con fuerza, fijando la vista en un punto muerto de la pared. El despacho se había sumido en sombras al haber caído la lámpara al suelo; el cuerpo de Ian casi estaba sumido en la oscuridad de no ser por el portátil, mientras que el perfil de Cayden era iluminado por el tono anaranjado de la bombilla. Ian habría encontrado todo aquello tan erótico en otra situación... Supo que iba en serio al observar cómo cogía el preservativo. —No, no... señor Callaghan, ¡no! —dijo removiéndose, aunque la mano del mayor le apretaba contra la mesa. Otra amenaza más; frunció el ceño cuando evidenció que sangraría, y el miedo en su cuerpo aumentó. Se estremeció, aunque de placer, al sentir la saliva del otro contra su ano. De nuevo, un Ian iluso imaginó que le dilataría con la lengua, aunque fuese mínimamente. Al sentir que su ano se abría en dos a la fuerza por el falo del otro entrando de golpe en él, gritó. Gritó con todas sus fuerzas a la vez que lloraba. Si hubiese alguien en la primera planta del edificio le habrían oído.

La visión del despacho se volvió borrosa; por un instante temió desmayarse, pero el efecto fue creado por las lágrimas que comenzaban a acumularse en sus orbes. Cuando siguió entrando en él, el grito volvió a salir de sus entrañas, irritándole incluso la garganta. Se removió, lo que hizo el dolor aún mayor. Era inútil, tendría que soportarlo. Balbuceó ante las palmadas en sus nalgas, pues volvieron a mandar corrientes de dolor por todo su cuerpo, y se preparó para las embestidas del otro. Cada vez que salía y entraba, un gemido de puro dolor salía de su interior. Sabía que había algo desgarrado en su interior, pues era un dolor mucho más fuerte, no el dolor que años atrás sintió cuando le penetraron por primera vez. Su llanto se entrecortaba por la falta de aire y sus gemidos, mientras sus manos se apretaban contra el cristal. Todo su rostro estaba húmedo, así como el cristal del escritorio. Bajo su cara había un pequeño charco por la acumulación de lágrimas caídas.

Su rostro se movió a los lados para negar ante su primera pregunta, mientras su ano seguía abriéndose, amoldándose con dificultad al gran diámetro del otro. Estaba llegando a zonas que nadie antes había llegado, y le dolía tanto que temía no encontrar el placer nunca en aquella aventura, a diferencia de la anterior. Se dejó coger las muñecas, pues sería inútil forcejear y defenderse, y aunque pareciese imposible, relajó todo su cuerpo. Si estaba tenso, sería peor. Simplemente se relajó, siendo así un saco de carne para que Cayden se desahogara. Sin embargo, su espalda se tensaba cada vez que una ola de dolor le recorría de arriba abajo. Asintió ante la segunda pregunta, viéndose incapaz de hablar, sin fuerza para ello. Susurró un inaudito , mientras sus ojos leían su propio artículo. Por suerte o por desgracia, aunque más bien lo segundo, había acertado: tenía un miembro increíble y follaba preocupándose sólo por su propio placer. Había algún que otro insulto, algún que otro halago, pero todo lo “malo”, aquello usado para desacreditarle, estaba siendo demostrado por Cayden. Aquella actitud de vikingo era sexy, hasta que lo sufría en sus propias carnes.

El ritmo había aumentado casi sin darse cuenta, con su cuerpo temblando y vibrando cada vez que los fuertes y anchos muslos de Cayden golpeaban sus nalgas. Los gemidos salían cada vez que embestía contra él. No supo cuánto tiempo pasó, pero su ano por fin estaba dilatado; intuía que cuando el otro saliese de él, la sensación no sería agradable. Siguió resistiendo sus embestidas, hasta sentir un cosquilleo en sus testículos y su abdomen. Un escalofrío invadió su cuerpo, y comenzó a gemir de placer. Para su propia sorpresa, su miembro, con ligeras sacudidas, empezó a soltar semen contra la mesa y su propio abdomen al estar tan pegados. La fricción contra la mesa y su abdomen le habían hecho correrse. Sus gemidos y su voz estaba quebrada, dividida entre el placer y el dolor. Se estremeció un poco más, hasta que pareció vaciarse, y ladeó ligeramente el rostro. Cayden parecía fuera de sí, como si la lujuria misma se hubiese apoderado de él. Seguía doliendo, sobre todo tras el placer sentido tras la eyaculación, así que sin dejar de sollozar deseó en su mente que se corriese para terminar aquel sufrimiento. —Sí, es un castigo a la altura de mi acto... —susurró por fin, dejando a un lado toda bravuconería y orgullo. Tal vez así, alentándole y haciéndole ver que llevaba la razón, conseguía antes su corrida.



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Mensaje por Invitado el Mar Sep 29, 2015 3:27 pm
El escocés advirtió de la eyaculación del otro por los espasmos de su cuerpo, por el cambio de inflexión en sus gemidos a consecuencia del efímero pero muy intenso placer que durante unos segundos eclipsó su dolor. El haberle hecho experimentar tal goce enfureció sobremanera a Cayden, reflejada su ira en el violento agarre que empleó para ponerle erguido y separarle de la mesa. Acto seguido le vació de verga y, con la rudeza de un bárbaro, le empujó hasta derribarle sobre el oscuro parquet a un par de metros de él. -Túmbate-. Le ordenó con una actitud fría y despótica, imposible de contradecir. -Boca abajo, hijo de puta-. Viendo acatada su orden, Callaghan se arrodilló entre las piernas del sumiso -muy a su pesar- antes de adoptar la clásica postura de hacer flexiones encima de él, penetrándole de nuevo con una única y dolorosa embestida. Transcurrido un par de minutos de pendenciero mete y saca, el dilatado culo de Ian se le antojó a punto de explotar. El periodista parecía estar gozando, y no sólo sufriendo, de su pesado cuerpo caliente sobre y dentro del suyo. Podía escuchar los lamentos quedos de aquel al que poseía y aplastaba, además de sentir su cándido estremecimiento debajo de él. Se regocijó haciéndole sentir el peso de su corpulencia y las caricias de sus labios recorriéndole el cuello, mordisqueando los lóbulos de sus orejas hasta cosquillear sus oídos con la lengua, rascándole los omoplatos con la barba al tiempo que su vientre sudoroso se mantenía pegado a la espalda del malogrado bloguero. Y, del mismo modo, gozaba advirtiendo de como éste se retorcía debajo. Ian no dejaba de gimotear con el vello púbico ajeno sobre sus nalgas, las piernas ásperas de su némesis rompeculos apretando las suyas, mucho más suaves, con el fin de separarlas a su tamaño y antojo. -¿Es esto lo que querías?-. Inquirió Cayden como si gruñera en lugar de hablar, arrastrando roncamente las palabras. -¿Que te follara bien duro como castigo?-. No esperaba que Ian le respondiera, lapidado por aquella montaña de músculos que para mayor tormento le penetraba sin piedad. El chico permaneció inmóvil mientras los pies de su agresor recorrían rascando sus pantorrillas, sus huevos golpeaban sus nalgas, y el palo que taladraba su entraña le hacía gritar cuando se hundía más profundo para hacerle gozar con una intermitente fricción a lo largo de su expandido canal. Cayden le hacía sentir su viril aroma, mezcla de sudor, whisky y aftershave, sus jadeos, sus estremecimientos y sus “síes” y “joderes” mascullados entre dientes. Hasta que, de pronto, fue haciendo más lentos sus movimientos de misionero en celo.

-No… Aún no me he corrido-. Esclareció Callaghan, rumoroso, al tiempo que se retiraba de encima para voltear el cuerpo del otro con bastante rudeza y una inquietante facilidad. Había empleado un tono de voz sarcástico pero también categórico, que revelaba su satisfacción por no detener todavía su tormento e insinuaba una probable indignación en el caso de que Ian llegara a dudar de su hombría. -Eso es… Ahora quiero mirarte a los ojos mientras te follo-. Le susurró cerca de su boca entreabierta, jadeando dentro de ésta un aliento delator del whisky añejo que había bebido. La carne del chico temblaba de pies a cabeza. Sus mejillas estaban encendidas, empapadas de lágrimas, y el resto de su piel parecía aún más pálida en contraste. El empresario casi pudo oír su corazón cuando descendió para arrodillarse entre sus piernas, sin que el otro moviera un solo músculo para oponerse. -Vaya, vaya...-. Los labios de Cayden se curvaron en una sonrisa lupina. -Por lo que veo tampoco esto te resulta una experiencia demasiado traumática-. Sus pupilas apuntaron el rosado falo de Ian, una casi plena erección que se convulsionaba con breves sacudidas. Hizo ademán de empuñarla él mismo, pero se detuvo en última instancia. No pensaba satisfacerle y ya estaba bien de jugar con él. Tenía que volver a poseerle cuanto antes, y tal vez más tarde le concediera otros deleites o tormentos como pellizcar sus pezones u obligarle a engullir su miembro en aquella posición tumbada que le impediría retroceder la cabeza. Ahora, y por el momento, se limitó a levantarle los muslos enganchando sus fornidos brazos por debajo, forzándole las piernas sobre sus hombros de tal forma que la pelvis del chico se levantó por encima del suelo. Le oyó suspirar y sus oscuros ojos llamearon feroces en aquella penumbra que sería oscuridad de no ser por la lámpara caída y las luces naranjas que iluminaban la avenida Wilshire, mientras los del otro le devolvían obedientes la mirada colmados de miedo y excitación. -Que le den por el culo-. Refunfuñó el de Aberdeen mientras se quitaba el condón, colmado ya su punta de líquido pre seminal. -Ni que temiera dejarte preñado-. El ano de Ian, extremadamente abierto ahora, boqueaba como un pez fuera del agua ante la ausencia de aquello que durante largo rato lo había ensanchado. Cayden no tardó en volver a taponarlo con su enorme verga. Hasta el fondo. Sin goma ni lubricante. Sin contemplaciones.

Sintió como aquel estrecho culo comenzaba a contraerse a su alrededor con una intensidad casi brutal, y sus primeros empujes lentos se convirtieron en salvajes, erráticos, mientras buscaba su propia y segunda liberación. Pronto, Cayden estaba follándose al periodista dura y apasionadamente, a pelo, embistiéndole una y otra vez con su rígida virilidad; veintitantos centímetros de dureza que no habían perdido ni un ápice de su reciedumbre aun habiéndose corrido. Ian estaba tenso pero no demasiado, no como al principio, y su dilatación facilitaba el volver a ser invadido. No podía evitar la penetración, ni parecía desearlo. Gimió otra vez, pero el moreno continuó bombeando a través del anillo de músculos que le raspaba y enloquecía, hasta que estuvo bien adentro. Luego presionó contra él, empujó sus piernas hacia abajo contra su anatomía, consiguiendo que las rodillas del guapo difamador quedaran dobladas por encima de sus hombros. Entonces retomó con fuerza sus arremetidas. -Mi secretaria..., ya habría perdido el sentido-. Le aseguró Cayden entre jadeos. Dejaba que su envergadura se deslizara hacia atrás, a punto de salir, hundiéndose seguido hacia delante para después volver casi a vaciarle. El escoto mantuvo aquel ritmo durante cinco minutos, sin que su virilidad perdiera fortaleza y hasta conseguir que ambos cuerpos, el suyo y el de su amante o víctima, se empaparan de sudor. Entonces, y de repente, detuvo su balanceo de pelvis como si se quedara sin sentido. Echó hacia atrás la cabeza y un gruñido ensordecedor brotó de su garganta, vibrándole en los pulmones cuando su glande empezó a hincharse dentro de Ian. Chorros y más chorros de su espesa, caliente leche, fueron derramados hasta inundar al muchacho por dentro. Al descargarse quedó exhausto, cuerpo sobre cuerpo y con sus brazos reposando sobre los del otro, la cabeza caída entre la del chico y el suelo, resoplando su aliento etílico y el corazón latiendo a mil pulsaciones sobre el pecho que aplastaba. -No... No te preocupes... Ya te dije que estaba limpio-. Le susurró al cabo, entrecortadamente al oído, suponiendo la inevitable inquietud del otro por haber sido follado hasta la liberación sin preservativo.

Callaghan se puso de pie y avanzó hacia el montón de ropa, la suya y la del otro, que yacía abandonada frente a la puerta. Se puso los calzoncillos acomodando en ellos su media erección. Después recogió sus pantalones y, sosteniéndolos sin llegar a ponérselos, buscó en uno de los bolsillos delanteros la llave de su despacho. Ya con ella en la mano caminó hacia un tendido, desfallecido y maltrecho Ian, y la dejó caer sobre su vientre. -Vístete-. Le ordenó en su metro noventa de estatura, mirándole fijamente a los ojos desde aquel plano cenital. Luego se puso finalmente los pantalones y se dirigió hasta un costado de la mesa de su despacho, sobre la cual volvió a colocar debidamente la lámpara que él mismo había derribado. Acto seguido se inclinó para pulsar uno de los botones de llamadas programadas en su teléfono oficial. Una voz masculina, audible incluso para Ian a causa del manos libres, le atendió desde el otro lado -el vestíbulo de aquel edificio- con la pleitesía de un subordinado. -Que preparen uno de los coches para el Sr. King-. Ordenó Cayden lo que el conserje le trasmitiría presto a un chófer. Después se acercó con paso lento hasta el periodista, observando cómo éste se vestía precipitadamente. -Confío en que no volverá a hablar acerca de mí o de mi empresa en su blog, Sr. King, o no será mi polla si no el cañón de una 9mm lo que deberá llevarse a la boca-. Le amenazó Callaghan directamente, sin recurrir a ningún tipo de eufemismo o de ambigüedad que suavizara su coacción. Verdad o pura fanfarronería, bien era cierto que alguien de su posición podía costearse al mejor y más eficiente de los sicarios, los cuales abundaban en los bajos fondos de Beverly Hills. -Pero si hablamos de carne caliente y no del frío acero de una pistola...-. En su suspensión entre palabras, Cayden ladeó la cabeza y arqueó ligeramente una de sus cejas. Sus labios esbozaron una sonrisa tan cálida que, en cuestión de segundos, derritió todo el hielo de su mirada. -Ya sabe dónde encontrarme-. El de marcado acento galés le tendió la diestra como si Ian se tratara de otro empresario con el que acabara de llegar a un acuerdo beneficioso para ambos, la misma mano con la que hacía sólo un rato le forzara a engullir su polla hasta la garganta. -Será un placer volver a atenderle como se merece-. Apostilló con ironía, sujetándose la hebilla del cinturón en un gesto insinuante que ya poco tenía de amenazador.
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Mensaje por Ian S. King el Jue Oct 01, 2015 10:31 am
Uno de sus hombros y una de sus rodillas golpearon con fuerza contra el suelo cuando Cayden le tiró, pero apenas dolió. Al menos no en ese instante, no tras cómo el mayor se había abierto paso en su interior. Todos sus músculos temblaban, marcados, y el rubio no sabía si de dolor, de placer o de miedo. Gimió cansado ante su orden, y se obligó a colocarse boca abajo, contra el frío suelo, con las piernas ligeramente abiertas y su trasero en carne viva, tanto por los azotes de antaño como por la forma en que estaba follándole. Su cuerpo estaba dividido en dos: sufría dolor y placer. El primero era mucho mayor, pero cuando Cayden entraba del todo en él o cuando, al retroceder, estimulaba su próstata, su cuerpo se sacudía con un escalofrío y un ligero gemido de placer. Estaba llegando a zonas que nadie había llegado y que, curiosamente, le daba más placer que dolor.

Pero la rudeza del otro seguía presente. Los golpes contra sus nalgas y la velocidad con que entraba y salía de él dolía horrores, además del escozor que sentía en la herida que le mismo Cayden le provocó. Por ello, sus ojos seguían expulsando lágrimas, aunque el llanto no era el mismo que al principio del acto. Había pasado el tiempo suficiente como para saber que llorar no le daría la libertad. No respondió a su pregunta, aunque su lengua bífida estaba deseando hacerlo, pues los gemidos y lamentos inundaban sus garganta, casi agolpándose uno sobre otro. Suspiró aliviado cuando se detuvo, aunque no sintió al otro retorcerse ni gruñir tras la corrida; en efecto, Cayden le confirmó que aún no terminó. Observó su rostro al estar boca arriba y bajó la vista a su propia entrepierna. Casi sin darse cuenta, había vuelto a erectarse; parecía que se había corrido en la mesa simplemente por la acumulación de semen que tanto sexo le estaba provocando, no para apagar la erección que llevaba teniendo desde aquella mamada en la silla. Sintió un cosquilleo al notar la cercanía de su mano, y gimió en bajo al ver que no hizo nada.

De nuevo se dejó hacer, observando cómo se quitaba el condón. Frunció ligeramente el ceño, mueca que no tardó mucho en desaparecer cuando su rostro se contrajo por el dolor al ser de nuevo penetrado, ahora sin ayuda alguna. Gritó sin poder evitarlo, extendiendo las manos en el suelo y clavando en éste las yemas de los dedos. La carne bajo sus uñas se emblanqueció, como si pudiese rayar el suelo de madera sobre el que estaban. Resolpló para calmarse, sabiendo lo que vendría ahora. Las embestidas eran fuertes y rápidas, haciéndole gemir de dolor y placer ahora a partes iguales. Se estremecía, movía los dedos de los pies y seguía apretando el suelo con los dedos, marcando todos los músculos de sus brazos. Bufó por la nariz, haciendo acopio de todas sus fuerzas restantes para hablar. —No te concederé ese placer... además, quiero verte la cara en todo momento.

En efecto, desde que le colocó boca arriba su vista se quedó fija en el rostro del otro. Sus muecas contribuían a equilibrar la balanza del dolor y el placer a favor del último. En el fondo, aunque aquello fuese una violación, estaba disfrutando. Y a él, que le gustaban los hombres, le enorgullecía saber que al otro le estaba gustando, aunque fuese sólo un recipiente de carne más al que bombear antes de correrse. Sintió el palpitar del miembro de Cayden, y sabía lo que venía. Sentir la primera descarga de semen recorrer su interior le hizo estremecerse y gemir de una forma que hasta ahora no lo había hecho: de puro placer; llevó las manos a las nalgas del otro, para que no se apartase. Su comentario le tranquilizó, pero no era lo que más le preocupaba ahora. Gimió de forma más suave y tranquila cuando el otro terminó, cerrando los ojos y oliendo el aroma que emanaba de él. Loción de afeitar, colonia, sudor, masculinidad pura... le encantaba. Odiaba reconocerlo, pues tiraba su orgullo por los suelos, pero Cayden le ponía. Los hombres como Cayden le gustaban. Suspiró cuando salió de su interior, bajando las piernas de golpe y quedando tumbado boca arriba. Su erección bajó poco a poco, aunque con una ligera molestia por no haberse corrido esta vez. Le siguió con la mirada, y al sentir la llave caer en su vientre la cogió y la apretó en su mano. Su llave a la libertad, literalmente.

Ahora que todo había pasado, que el sexo que acabó resultando placentero para ambos ya quedó atrás, volvió a sentir miedo. Temía que fuese una trampa más, que le golpease con fuerza contra la puerta y volviese a entrar en su interior. Sin soltar la llave comenzó a vestirse, escuchando sus palabras con atención. Se quedó quieto cuando terminó, pero acabó por asentir con la cabeza. Recogió del escritorio sus cosas para la falsa entrevista que supuestamente iba a hacerle al señor Callaghan, aprovechando tales movimientos para coger una de sus tarjetas. No sabía para qué la quería, pero desde luego denunciarlo no estaba entre sus planes. —Será un placer recibirle... en todos los sentidos, señor Callaghan —masculló antes de abrir con nerviosismo, con las manos temblando, la puerta del despacho. Una vez fuera observó la llave entre sus dedos. Podría quedársela y acudir allí cuando quisiera complacerle de nuevo, pero ahora mismo tal plan no estaba en su asustadiza mente. Tiró la llave al aire, sabiendo que la cogería al vuelo, y bajó. Una vez en el coche no hacía más que removerse; su cara seguía húmeda; muchos de sus músculos seguían temblando; la zona frontal de su bóxer estaba húmeda, como si se hubiese corrido tras la erección al recordar a Cayden y su cuerpo; sus nalgas ardían, sin que el mullido asiento del coche fuese de ayuda. Una vez en su piso se arrastró hasta su cuarto. Dejó las cosas en el escritorio, pinchando la tarjeta de Cayden en el corcho con una chincheta, como para recordar cada vez que lo mirase que aquel hombre no era quien decía ser, y tras borrar el post que publicó de él se dejó caer en la cama casi desmayado. Gimió de dolor, y tras llorar una vez más cayó dormido hasta el mediodía.



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