I.
II.
III.
IV.
V.
Hasta hace cinco años las disputas entre la comunidad judía cristiana y la comunidad LGBT crearon un caos por la dominación de Beverly Hills pero la sociedad LGBT de Los Ángeles y todo California se aliaron a dos diputadosen su afán por crear una igualdad en todo en California, por lo que apoyados por un grupo de empresarios, atletas, músicos y atletas fue que lograron una legislación para la creación de una zona exclusiva para esa comunidad.
El principal activista de ese movimiento y ahora alcalde de Beverly Hills, Travis Denker ha estado acondicionando una ciudad perfecta donde la igualdad prospera, pero lo que no se sabe era que en parte ese proyecto fue para encubrir ciertos negocios ilícitos que tenía con ciertas mafias internacionales. ¿Qué pasaría si la mafia decide cobrar favores?
ambientación
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El foro está inspirado en las series de televisión "Desperate Housewives" y "Devious Maids", sin embargo la trama actual y el enfoque que se le ha dado corre a cargo del staff de Beverly Paradise. Así mismo se agradece a:
Paparazzi y Staff de Beverly Paradise, por la historia y trama.
Damien Aubriot : Modificaciones al skin, tablillas, tablones, y otros códigos.

También agradecemos los tutoriales de Glintz
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Mensaje por Austin Jones el Mar Sep 29, 2015 1:27 am
Su instinto le dijo que iba a llover, también el cielo, que toda la mañana se mantuvo grisáceo, sincero de sus intenciones. Lo que no sabía era la intensidad con la que caería la lluvia. Aquel día pretendía gastarlo en turismo, así conocería un poco más la ciudad que era su nuevo hogar. No porque no tuviese elección, sino todo lo contrario. Había decidido quedarse ahí e intentar tener una vida propia. Construir algo de lo que sentirse orgulloso, y no tener que regresar al pasado, al antes de para sentir que valía algo. Resultó que Beverly Hills tenía bastantes atracciones, o al menos eso decía el panfleto que le entregaron con el grupo de visitantes al que decidió unirse. Se llevaría toda la mañana, y parte de la tarde, pero valdría la pena. A pesar del clima, las paradas a los lugares de interés, tanto culturales como de moda fueron demasiado interesantes para el muchacho, quien no conocía más allá de una vida simple en el rancho. El autobús hizo un recorrido especial por casa de celebridades, nombres que no conocían, pero por el modo en que la gente tomaba fotos, debían ser importantes. Austin miraba esas casas, añorando el día en que pudiese vivir en una de ellas. Construía su fantasía de un éxito rotundo, los específicos no eran importantes, solo la sensación de éxito.

La última locación fue un mirador donde podría apreciarse la ciudad al atardecer. En el crepúsculo, con las luces encendidas el urbe era un gran espectáculo. Maravillado ante la visión, Austin no pudo evitar pensar lo encerrado que había estado en su pueblo natal, y lo mucho de lo que se habría perdido si no lo hubiesen corrido de su casa. Al parecer ser gay no tenía tantas cosas malas. En el camino de regreso, se dejo escuchar el primer trueno en forma de advertencia. El viento cambio, volviéndose más agresivo cada segundo. Soplando con fuerza, más frío que recío, levando la humedad, ese efluvio característico en el aire. Al llegar al punto de partida, la lluvia se dejó caer con una intensidad inicial que intimidaba. Todos a excepto de él corrieron a sus vehículos, o tomaron un taxi para irse a sus hoteles. Él se quedó atrapado debajo de un tondolete,  esperando porque la lluvia se calmase un poco. No sucedió. Con la noche cernida, y los cielos oscurecidos, todo parecía más sombrío. Las luces siempre alegres de la ciudad eran faroles para guiarse. Lamentablemente, Austin no sabía donde estaba. Tan emocionado en su pequeño viaje que olvido tomar nota mental de las direcciones que había tomado. No se sabía el nombre de las calles, ni mucho menos del refugio donde dormía. No le quedaba suficiente dinero para tomar un taxi, y la verdad le saldría muy caro.

Intentó tomar el autubus, pero sin una dirección clara de poco valía, además de que parecían haberse desvanecido en la noche. No pudiendo quedarse en la calle, Austin comenzó a caminar, quizás encontraría otro refugio con suerte, o un lugar para pasar la noche. Poco se salvó de mojarse, terminando empapado. Lo peor es que la ropa se le pegaba al cuerpo, y tan frío como estaba, resultaba álgido. La lluvia por unos momentos se calmó, apenas pringando, pero presente aún para hacerles saber que no había terminado, lo que le dio la oportunidad de cubrir más terreno. Entre más avanzaba, más se daba cuenta que las calles era muy distintas, y los nombres no ayudaban a orientarlo. No quería quedarse en la calle, se le hacía peligroso, más no traía consigo dinero, más que cinco dólares en cambio suelto. Para su des fortunio, la lluvia volvió a precipitarse con fuerza, como si quisiera ser inclemente con el pobre desafortunado. Una vez que incluso su ropa interior estaba mojada, Austin caminaba como si nada debajo de la lluvia, abrazándose así mismo para obtener algo de calor. Era tan pesada la lluvia que costaba ver metros adelante, definir algo. Es por eso que cruza la calle descuidamente. Las luces de un auto lo ciegan sin oportunidad de correr, y Austin levanta las manos para cubrirse. Es así como moriría, pensó por un momento, escuchando al auto derrapar, creyendo que lo había golpeado, pero como estaba muerto, no le había dolido nada.


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Mensaje por Invitado el Vie Oct 02, 2015 8:26 am
Naturalmente, al acabar el día, Cayden estaba cachondo. Por desgracia, también se sentía demasiado abatido como para merodear un club o sauna en busca de una o de varias presas; jovencitos pasivos que le ayudaran a apaciguar su libido tras una dura jornada de trabajo sin pausa ni espacio para la masturbación. Y mientras conducía su flamante Lotus Esprit por la avenida Santa Monica, resguardado de una torrencial lluvia, reflexionó acerca de lo conveniente que sería poseer un esclavo personal esperándole en su dúplex todas las noches. Un hermoso efebo siempre dispuesto, siempre servicial, que nunca hiciera ascos a las intenciones más perversas de su señor. Alguien que sucumbiera por vocación, y no sólo por dinero, a sus más bajos instintos. -¡Mierda!-. Exclamó de repente, pisando a un tiempo y a fondo el pedal del freno. Tan absorto se hallaba en sus ensoñaciones de dominante sin un sumiso -habiendo permitido que su pene discurriera por él durante unos segundos-, que apenas advirtió del tipo que, sin apartar la vista del frente, cruzaba la calle bajo el aguacero. Afortunadamente, el parachoques de su deportivo negro se detuvo a un palmo y medio de las bien torneadas piernas del imprevisto.

Aquel joven frente a su coche encajaba a la perfección, al menos físicamente, con el ideal de esclavo que Cayden tenía en mente. Era muy guapo, parecía vulnerable, y el hecho de que se hallara solo le facilitaría al escocés el poder indagar sobre su orientación sexual y la predisposición del chico en el caso de que éste se sintiera atraído por hombres de su edad. -¿Qué coño hacías deambulando bajo la lluvia? ¿Te has perdido?-. Preguntó el empresario tras pulsar el botón del elevalunas eléctrico y conseguir, con un elocuente gesto de su diestra, que aquel cervatillo cegado por los faros se acercara a la ventanilla. Sus labios se curvaron en una mueca conciliadora al advertir hasta qué punto la lluvia había calado en la vestimenta de aquel muchacho. -Vamos, entra si no quieres pillar una pulmonía. Te llevaré a donde tú quieras-. Cayden se inclinó y extendió un brazo para abrir la puerta del copiloto, en espera de que la necesidad de un techo para aquel veinteañero fuera mayor que su recelo por aceptar la invitación de un desconocido a subir a su coche. -Me llamo Cayden-. Se presentó el susodicho, sin tenderle la mano y empleando ésta para aflojarse el nudo de la corbata, cuando finalmente el otro aposentó su bonito culo en el ergonómico asiento de cuero colindante al suyo. -Si sabes cómo me llamo dejarás de pensar en mí como “ese cabrón que casi me atropella”-. El moreno acentuó su sonrisa después de musitar tan sarcástica apostilla.

Las luces dentro del vehículo, activadas cuando el chico abrió una de sus puertas, iluminaron durante unos quinces segundos el interior de la cabina. Eso le permitió al conductor del Lotus contemplar con mayor detalle la increíble belleza de aquel al que casi derriba sobre el asfalto. Se le antojó cansado, también algo triste. -¿Y tú? ¿No tienes nombre?-. El hipnótico sonido de la lluvia golpeando contra la carrocería y los cristales del Lotus fue eclipsado por el rugido del motor, ya que Cayden arrancó nuevamente el coche después de formular su pregunta. Enfiló despacio por Wilshire Boulevard como si condujera hacia su apartamento, en espera de que aquel chico le concretara una dirección hacia la cual tomar rumbo. -Ahí encontrarás algo que te hará entrar en calor-. Callaghan apuntó con su mirada, también con su hirsuta barbilla, la guantera ubicada frente a quien se presentó como Austin. Poco pareció importarle que, en el caso de que aquel muchacho aceptara la petaca llena de whisky cuyo trago le sugería, éste la encontrara junto a un par de condones, un frasco de lubricante y unas esposas destinadas a inmovilizar las manos de sus amantes más insubordinados.
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Mensaje por Austin Jones el Lun Oct 26, 2015 8:45 pm
Austin sintió el difícil trago pasar por su gargante. Una sensación que lo hizo pensar que aún seguía siendo físico, y no un ente etéreo al lado de un cuerpo tirado en medio de la calle. Se quita la manos del rostro, solo lo suficiente para atisbar la realidad, pero cubriéndose de lo cegador de las luces de aquel carro. Tan negro como la noche, reflejando en su encerada superficie los estragos del cielo, y una silueta deformada de su persona, se camuflajeaba perfectamente en la penumbra de la ciudad. De no ser por los rápidos reflejos de su conductor, de seguro estaría muerto. Un descuido muy grande de su parte del que todavía no terminaba de recriminarse en su cabeza. El automóvil es grande, con un diseño elegante, o al menos eso le parece a Austin, que poco conoce de carros, pero puede reconocer el estilo de la máquina. Debe ser muy cara, piensa mientras camina lentamente a su alrededor, mucho más de lo que habría salido mi funeral. La ventana se abre, desvelando a un hombre de porte y voz gruesa en su interior. Intimidante como la lluvia misma, sobretodo porque estuvo a punto de arruinarle su bello auto con su pobre cuerpo. No percibe su maliciosa sonrisa. Eclipsada por el ofrecimiento tan generoso que Austin no se piensa dos veces. Se apresura para darle la vuelta, abrir la puerta y subirse a bordo.

El cambio es inmediato. Siente un golpe cálido que agradece, la calefacción lo abraza confortando un poco lo gélido que estaba. Se acomoda en el asiento, consciente de que está empapado hasta la médula, y que en el interior, el carro se veía más lujoso – Lamento estar arruinando su tapicería señor – le dice en el tono más arrepentido que puede. Intenta ocupar menos espacio del que realmente puede. Encogiéndose como puede, apretando las piernas, abrazándose así mismo, incluso apretando las nalgas por una extraña razón. Su espalda está rígida, para evitar tocar el respaldo del asiento – No creo que usted tenga la culpa de mi estupidez señor, bien lo decía mi madre, siempre mira a ambos lados – aunque claro era menos probable ser atropellado por un caballo en su pueblo como lo era en la ciudad, no si se contaban los caballos de fuerza. Cuando le escucha presentarse, se gira un poco, yendo por el apretón de manos, pero cuando el mayor desvía la suya hacía su corbata, Austin lo disimula rascándose la rodilla - Mi nombre es Austin - aprieta los labios en una línea mientras gira la cabeza, sintiéndose un tonto. El carro enciende y avanza, lo que le da una gratificación inmediata, como si ya estuviese a salvo de la lluvia imperiosa y de todos los males de la nocturna. Que de alguna manera, con aquel hombre llegaría a salvo. Al señalarle la guantera, Austin extiende sus manos para abrir y buscar aquello que puede ayudarlo a sobrepasar su frío. Su cuerpo no engañaba en su sucumbir, la manera en la que temblaba sin control, castañeando los dientes. Se esforzó por aminorar el ruido, no queriendo mostrar a su afable rescatador.

Al abrirla su contenido lo sorprende un poco, no es por la suma de lo que significa todos esos objetos, la mente de Austin no lo lleva tan lejos. Cuando ve los condones y el lubricante piensa: “ah, es un hombre que practica el sexo seguro”, cuando ve las esposas: “¡Y es policía”, al ver la petaca: “y le gusta beber”, todo muy normal. Sabe que el alcohol podría traerle algo de calor, así que la toma para darle un corto trago. Su garganta quema, pero sabe que así debe ser. Espera unos momentos antes de dar el segundo, y creyendo que es suficiente, la vuelve a poner en su lugar – Muchas gracias – esboza con un poco de color en sus mejillas, una sonrisa amena en su rostro. Aquel hombre destilaba poder, no solo por el auto, su rostro, su traje. Era atractivo, masculino en un sentido muy único al que Austin no se había topado jamás – ¿Conoce el refugio para desamparados San Jose? – inquiere como no queriendo molestarlo – ahí es donde me encuentro. En mi bolsa tengo dinero – esboza antes de morderse la lengua. A veces la generosidad no busca ser recompensada – para poder agradecerle como es debido su generosidad señor Cayden -


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Mensaje por Invitado el Jue Oct 29, 2015 9:09 am
Encontrarse en la guantera con todo aquel despliegue de utensilios sexuales no pareció amedrentar al muchacho, cuyos dientes dejaron de castañear por el frío tras ingerir un poco del contenido de la petaca que le fuera sugerida por Cayden. El de Aberdeen rió con un bufido el posterior ofrecimiento de aquel que se presentó como Austin, negándole así el poco dinero que seguramente éste podría entregarle. -No... No pienso cobrarte-. Le aseguró un Callaghan honorable y gentil, al menos en apariencia, mientras gobernaba bajo la lluvia su caballo de acero negro con el aplomo de alguien que disfruta conduciendo, teniendo el control. El sonido intermitente del limpia parabrisas sustituyó al de su voz durante el breve mutismo que derivó entre palabras. -O no al menos con dinero-. Apostilló por lo bajo y al tiempo que embragaba un cambio de marcha, reflejando sus pupilas de depredador un destello de lascivia que probablemente su copiloto pasaría por alto. -Ni tampoco pienso conducir hasta ese refugio que has mencionado. Está bastante alejado de aquí, y mi apartamento a sólo un minuto-. Categórico e irrefutable, Cayden ya había decidido que no dejaría escapar a su presa. Ese joven era demasiado guapo y vulnerable como para que un tipo como él no intentara convertirlo en su esclavo personal. Aunque sólo fuera por una noche. -No te preocupes. Mañana te llevaré a ese albergue-. Le aseguró el dueño de las riendas con un tono de juramento. Pese a ello, era muy consciente de la posibilidad de no tener que hacerlo si Austin, más desamparado de lo que en un principio había supuesto, se prestara al rol y a la ocupación que en su mente -sucia- tenía intención de proponerle.

____________________

Su ático dúplex; diáfano y de diseño vanguardista, elegante y sobrio, pareció impresionar a ese muchacho que decía alojarse en un humilde patrocinio para indigentes y mochileros. Se retiró unos segundos en busca de una toalla para que el chico pudiera secarse. Austin la aceptó de buen grado y acató de inmediato la orden de su bien posicionado anfitrión; tomar asiento en un enorme sofá blanco que presidía la lujosa sala de estar a la que acababan de acceder, mientras el mayor se quitaba la chaqueta para después llenar un par de vasos con el mejor whisky añejo que había en su mueble bar. -¿Qué coño hacías deambulando como un zombi bajo la lluvia?-. Le preguntó Cayden tras acercarse hasta él y tenderle aquel elixir dorado y abrasador. Acto seguido empinó el codo para vaciar su propio vaso sin respirar, de un único y largo trago. -¿Eres un chapero?-. Inquirió de nuevo sin ningún tipo de tacto ni de reparo, indiferente a que el otro pudiera sentirse ofendido. Con una vaga sonrisa le permitió entrever que no se enojaría ni se sentiría indignado en el caso de que lo fuera, aunque sí se esforzó en camuflar lo mucho que le complacería escuchar una respuesta afirmativa. A fin de cuentas el otro habría supuesto que se trataba de un hombre heterosexual, probablemente divorciado, y que su decisión de llevarle a aquel apartamento era un mero gesto de caridad o se debía a la culpabilidad de la clase alta. -Tranquilo, chaval. No soy poli aunque hayas podido pensarlo al ver esas esposas en mi coche-. Le tranquilizó Cayden al tiempo que tomaba asiento en la mesita baja que había frente al sofá, acentuada con ironía la curva de sus labios. Sus ojos de mirada penetrante, oscuros y grises como un encapotado cielo escocés, se clavaron en el atractivo semblante de su invitado. No pudo evitar imaginarse aquellas facciones crispadas por el placer y el dolor resultantes de ser penetrado por él. Y tal evocación provocó que la temperatura aumentase en su ronroneante entrepierna.
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Mensaje por Austin Jones el Lun Nov 02, 2015 11:44 pm
La generosidad de aquel hombre lo toma por sorpresa. Para empezar el hecho de estar empapado y mojando su carro no parece preocuparle en lo más mínimo, lo que llevo pensar a Austin que debía tener mucho dinero. Tanto así que de haberle arruinado las vestiduras, podría comprarse uno nuevo, o cambiar solo el asiento, cavilo después. Se sintió impresionado por su propia sospecha, sintiendo que estaba en presencia de alguien importante, o poderoso. Es por eso que no le dice que nada cuando declina llevarlo al refugio. Está lejos, según el otro, lo llevaría entonces al más cercano. No es así. La invitación es a su casa. Lo que lo pone nervioso. Con la promesa de que lo llevaría mañana, se sintió un poco más tranquilo. No sabiendo que clase de buena acción hizo para merecer ser encontrado en una noche desafortunada con alguien tan amable como aquel señor. Austin sintió un sonrojo en sus mejillas, otro pensamiento tonto paso por su mente, sintiéndose especial ante la atención del apuesto desconocido.

Cuando llegaron al lugar, un edificio lujoso, Austin se quedó maravillado con lo que veían. Culpable también de dejar un lodazal ahí por donde pasaba. Más solo era el recibidor. El apartamento de Cayden era sin lugar a dudas el lugar más elegante y caro en el que había estado jamás. Sentía que incluso respirar iba a incrementar la deuda que tenía con aquel hombre. Cuando este se va y regresa con una toalla, la acepta gustoso. Procura secarse lo mejor que puede antes de moverse al sofá, no quiere mojar sus muebles después de haberlo hecho con su auto, pero no le parecía adecuado quitarse la ropa frente a su anfitrión aunque realmente quería hacerlo. Estaba fría y pegada a su cuerpo. Cuando cree que está mejor, pasa a tomar lugar, al lado de Cayden, solo para poder apreciarlo mejor. No porque estuviese fuese de su alcance no podía mirarlo, y fantasear en diferentes escenarios, en los que primordialmente todo se desarrollaba en el auto – Tome un tour de la ciudad, para conocerla. No llevo mucho aquí vera, soy de un pequeño pueblo. Me pareció buena, pero terminé perdiéndome y no supe como regresar al refugió – se sincera de manera corta, no queriendo agobiarlo con detalles de más que pudiesen aburrirlo.

Al escucharlo soltar esa palabra, ladea el rostro, confundido. No sabe que significa a primeras. Ya la ha escuchado con anterioridad, lo sabe. Cuando viene a su memoria, sonríe sonrojándose y evitando su mirada - ¿Cree que yo podría ser… prostituto? – dice lo último más bajo, como si alguien fuese a escucharlo a pesar de que estaban solos. Austin no se tomo aquello como un insulto, sino como un halago, viniendo de Cayden, se sentía como tal – Si no es policía, ¿por qué tenía las esposas? – pregunta con curiosidad, no sabiendo para que lascivo fin un hombre tan imponente como aquel las usaba – pero yo no, no podría, nadie... – dice bajando el rostro, apenado solo por la simple noción de lo que significaría trabajar en los negocios del placer.


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Mensaje por Invitado el Miér Nov 04, 2015 6:07 am
-Cualquiera puede ser prostituto, especialmente en Beverly-. Bromeó el ejecutivo, con aire de cínico sabihondo, en respuesta a la pregunta que le formuló Austin sobre si creía que podía tratarse de un chapero. El joven parecía más conforme que ofendido ante la duda o juicio erróneo de su anfitrión. -Aunque me temo que no todo el mundo conseguiría tantos clientes como tú-. Entre halagadora y sincera sonó la apostilla de Cayden al respecto, manifestada con su cabeza ligeramente ladeada y mientras se rascaba la hirsuta barba de varios días que le oscurecía el mentón. -Me gustan cierta clase de juegos-. Fue la siguiente, sucinta explicación otorgada por Callaghan al enigma del par de esposas en la guantera de su Lotus Esprit. Ningún tonillo de voz pícaro, sonrisa torva o mueca de diablo lascivo delató a qué clase de juegos se estaba refiriendo. Su semblante se reveló imperturbable ante el muchacho, irónicamente como el de un policía frío y despótico aunque acabara de admitirle que no era de la pasma. El chico empezó a excusarse de manera timorata, titubeando a la hora de expresarse y dejando inacabadas su frases. -¿Nadie... Qué?-. Inquirió Cayden con un renovado interés en su mirada, como si la insinuación de que el otro fuera virgen, deducida por el tono entrecortado y retraído de sus palabras, le hubiera hecho ponerse en alerta tras agudizar sus sentidos de depredador sexual. Reproduciendo la escena, el mayor había estado a la búsqueda del perfecto sumiso que se ajustara a lo que andaba buscando. Siempre encontraba, en todos aquellos con los que jugaba en clubes y saunas, que algo muy importante les faltaba. Y ese "algo" era la inocencia, el verse incentivado con la inexperiencia y no con la veteranía, prometiéndole sus inconscientes candidatos al puesto de esclavo el vanidoso placer de aquel que pisa por vez primera territorio no conquistado para clavar en éste su bandera. ¿Quién habría pensado que el poseedor de tal requisito se abalanzaría sobre su coche en plena noche de tormenta?

Callaghan, en espera de recibir una grata confirmación a lo supuesto, dejó el vaso ya vacío en el suelo, abandonó su postura sentada y se paró frente a Austin con el ceño fruncido y las manos profundamente enterradas en sus bolsillos, cerradas en puños por la forma abultada en sus pantalones. La vacilación del muchacho a la hora de responderle, como si temiera hacerlo o estuviera buscando las palabras más adecuadas, comenzó a irritarle transcurridos varios segundos de un silencio roto únicamente por el rumor del aguacero. -Soy tu anfitrión-. Sentenció el de Aberdeen con un timbre de voz inflexible, digno del dominante que llevaba dentro y amenazaba con hacer acto de presencia. -Así que responde a mi pregunta o me veré obligado a castigarte por tu falta de modales-. Obviamente, Cayden estaba bromeando a pesar de camuflar su chanza con una actitud de jefe despótico y sin un ápice de humor. De todos modos, la necesidad y el deseo de poner a Austin sobre su regazo y nalguear su trasero desnudo, hasta que éste se pusiera -de un siempre atractivo a la vista- rojo, lo sacudió por unos instantes hasta la médula. El escocés tuvo que batallar contra la erección que amenazaba con florecer directamente al nivel de los ojos del chaval, aunque rechazó retirarse o cambiar de postura. Si Austin la veía, que así lo hiciera. Su hospedador -al menos por esa noche- estaba decidido a que las fichas cayeran en su lugar y por su propio peso. -No pretendía asustarte-. Cayden sonrió al cabo de una manera tranquilizadora, poniéndose de cuclillas frente a un desconcertado y ya algo menos empapado Austin. Le miró fijamente y tuvo que admitir para sus adentros que aquel joven encajaba a la perfección en sus gustos. Tenía un cuerpo fornido aunque no en exceso musculado, rasgos suaves sin llegar a ser femeninos y una mirada azul cielo impresionante. Su pelo revuelto, castaño con sutiles reflejos dorados, halagaba una piel bronceada y cremosa. En una palabra, precioso. Tanto que Cayden no podía dejar de pensar en lo que le haría si finalmente lograra convertirle en su sometido. -Entonces... ¿De verdad eres nuevo en esto?-. Un reconocible calor inundó al lujurioso viudo cuando creyó advertir que su acogido asentía con la mirada. ¿Sería él quien por fortuna estrenara a ese muchacho?
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Mensaje por Austin Jones el Sáb Nov 07, 2015 1:24 am
Ladea el rostro con una mueca divertida ante su primicia. No creía que cualquiera pudiese hacerle de chaperón en la ciudad. Poco era lo que conocía en realidad, y ya se había llevado unas cuantas sorpresas en cuanto a las maneras en que las personas se manejaban. Su intimidad, o la manera en la que negociaban con ella, no podían concebirse dentro de su mente. Termina por aceptarla, encogiéndose de hombros y esquivando la mirada de Cayden, cuando de sus labios brota un halago tal que lo hace sentir mucho más cálido que el alcohol que estaban tomando. Probablemente ya no debería beber. Su cuerpo no acostumbrado a su ingesta era mucho más propenso a caer fácilmente sobre sus efectos. No se conocía borracho, no se conocía en muchas facetas. Ciertamente no quería hacerlo frente a tal caballero, por temor a ser un completo ridículo o impropio en su embriaguez - ¿Qué clase de juegos? – pregunta para desviar la atención de su sonrojo, en su completa inocencia. El caballero frente suyo enmascara demasiado bien la verdad de sus palabras, lo que conllevan a un pecado jamás probado. Austin no tiene ningún motivo para desconfiar de él. Tan elegante, tan gallardo. Cree que solo le falta armadura y escudo para complementar la fantasía en su cabeza. Más ostentaba un traje costoso y zapatos lustrados, corbata a juego y una colonia que alteraba sus sentidos. Un caballero moderno.

Es por eso que casi le responde, pero se detiene al verlo levantarse. Su prominente altura desde su posición era intimidante. Se le para enfrente, forzando a Austin alzar el rostro para contemplarlo. Hay una clara distinción entre los hombres que conoció en su vida, antes de quien se posaba circunspecto ante su persona. La lluvia suena en el trasfondo, creando música para ellos, para el momento que se cernía y del que Austin era presa. Sabe que debe responder, le está pidiendo una respuesta, pero sus siguientes palabras terminan por borrarle lo que iba decir. Una parte de él, que se esconde en lo más recóndito de su mente, apela por el castigo, sea cual fuese sea. Si quedaba atrapado dentro de esas paredes, donde pueda verlo todos los días, será idóneo su suplicio. Se sonroja, por su atrevido pensamiento, por lo que le hace sentir aquel hombre. Deseos que no puede articular, que no puede permitirse sentir. Le es difícil, demasiado ignorar lo que está a la altura de sus ojos. La pose de Cayden era tan sencilla en su comodidad, más las manos en sus pantalones, abultando más lo que en el pantalón oculta. Austin traga con dificultad, reuniendo todo el poder de voluntad para no verle de manera tan descarada, no a su rescatador, no quería cometer esa falta. Falla, por unos segundos, en los que cree que se ha ocultado furtivamente su error, cosa de nada. Cuando se agacha para ponérsele a su nivel, se queda un momento embelesado con la galanura del hombre, por eso responde con sinceridad, no tiene que ocultarle nada – No he tenido… sexo – vuelve a repetirlo, diciendo la última palabra decibeles más abajo, completamente avergonzado por ello - ¿En esto? – pregunta arqueando una ceja, completamente curioso a lo que su anfitrión implicaba, sin imaginarse que vertía de la conversación dada. No, él no puede ser, piensa dentro de su mente, queriendo que sea mentira, que un hombre como Cayden pudiese mirarlo, y ver más allá de lo que pintada. Se muerde el labio sosteniéndole la mirada al cenizo, alimentando su curiosidad, sus ganas de una verdad lejana.


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Mensaje por Invitado el Lun Nov 09, 2015 3:35 pm
Cuando un avergonzado Austin admitió en voz baja ser todavía virgen, la polla aún flácida de su interlocutor se engrosó ligeramente bajo los calzoncillos de los cuales era prisionera. Dicha confesión, engullida casi por el rumor de la tormenta, provocó que Cayden se frotara las manos para sus adentros, relamiéndose también de manera introspectiva cual lobo feroz ante un cordero sin pastor que se hubiera descarriado del rebaño. Su rostro imperturbable, sin embargo, no exteriorizó ni un solo atisbo de tales ansias y deleites. -¿Te gustaría vivir aquí, conmigo?-. Le preguntó al muchacho con un tono de voz más profesional que sentimental, habiendo ignorado la interrogación de éste acerca de a qué se había referido antes con lo de “ser nuevo en esto”. Acechaba en el hermoso semblante de Austin una respuesta anticipada, creyendo al fin vislumbrar en su comprensible gesto de sorpresa una ligerísima presunción de júbilo. La de aquel chico era la expresión de quien no termina de creerse que su combinación de números ha sido la afortunada en la lotería. -Soy un hombre ocupado, exigente, con muchas necesidades-. El de Aberdeen se rascó la nuca mientras trataba de definirse a base de eufemismos que amedrentaran lo menos posible al muchacho. -La mayoría de ellas bastante...-. Los labios de Cayden dibujaron una sonrisa taimada, misteriosa, en los dos segundos que invirtió en buscar el calificativo más adecuado. -...peculiares-. Concluyó como si sólo él entendiera de qué estaba hablando, y probablemente así fuera. -Dime, ¿estarías dispuesto a satisfacer diariamente mis exigencias y cubrir tales necesidades?-. No podía decirse que Callaghan se anduviera por las ramas, pudiendo incluso haber sido mucho más directo al arrebatarle su virginidad sin mayor preámbulo que el tiempo que tardaría en poner al otro boca abajo y sacarse el rabo de los pantalones. Pero su modus operandi variaría en esta ocasión, mortificando al otro y a sí mismo con la demora de toda buena recompensa. -Debes saber que no me tomo este tipo de cosas a la ligera. Por lo que, si no vas en serio o albergas algún tipo de duda, quiero que me lo comuniques ahora-. Tanto su mirada, como su fuerte y dominante voz, dejaban muy claro que no quería escuchar otra cosa que no fuera la verdad. Que no aceptaría en lo más mínimo una mentira y mucho menos una precipitada aceptación con la que salir del paso y de la cual poder retractarse a la mañana siguiente. -Pues una vez hayas aceptado, simplemente me obedecerás. ¿Lo has entendido?-. La evidente tensión en los hombros del chico pareció disminuir un poco cuando le dio un primer trago a su whisky y vio la esquina de la boca de Callaghan elevándose en una sonrisa de complicidad de lo más embaucadora.

El empresario abandonó entonces su postura de cuclillas, se deshizo de la chaqueta y, lentamente, comenzó a caminar alrededor del enorme sofá blanco que empequeñecía la figura del joven en él sentado. -Consúltalo con la almohada-. Le sugirió con diplomacia después de un largo silencio, solidarizándose en parte con la natural vacilación de Austin a la hora de ofrecerle una pronta respuesta. -Si aceptas, tu formación comenzará mañana-. La palabra “formación” pareció desconcertar al guapo muchacho, o como poco intrigarle a tenor de su movimiento de cabeza en busca del rostro de aquel que ahora le hablaba a sus espaldas. Cayden no entró en detalles ni se molestó en esclarecerle lo ambiguo de su terminología. -Y sea cual sea la decisión que tomes, no saldrás de este apartamento hasta que yo regrese de la oficina-. Pareció ordenarle el casi cuarentón mientras se arremangaba la camisa, ya de nuevo plantado frente a él y advirtiendo que el pecho de Austin comenzaba a subir y bajar rápidamente. Aquel chaval se le antojaba más excitado que cohibido, como si permaneciera inmóvil en su lucha por contener la emoción que lo embargaba. Y maldita sea, él luchaba contra lo mismo, aunque en su caso lo enmascarara más hábilmente con la estoicidad de un superior en cargo que no puede permitirse perder la compostura. -Hora de acostarse-. Anunció de repente tras echar un fugaz visto al carísimo Rolex de platino que adornaba su muñeca. -Tú puedes dormir aquí, es un sofá muy confortable. Y sírvete lo que quieras del frigorífico si aún no has cenado-. Los ojos grises del dueño de aquel lujoso dúplex apuntaron hacia un extremo del salón, donde la penumbra más allá de la lámpara encendida junto a ellos insinuaba una elegante, pulcra cocina americana de mármol negro con enseres y fornituras en acero cromado. -¿No tienes hambre, chico?-. Callaghan comenzó a desabrocharse el cinturón ante la atónita mirada del joven, estudiándolo con una intensidad que hizo, a Austin, retorcerse en su asiento. Para consuelo o decepción de su invitado, el escocés no hizo otra cosa más que aflojarse la hebilla. Sonrió cuando un nuevo sonrojo cubrió las mejillas del virgen. -Y no te olvides de lavar ese par de vasos antes de dejarte abrazar por Morfeo-. Dicha orden le fue dada por el moreno tras girar éste sobre sus propios talones, encauzando sus pasos rumbo a las escaleras en espiral que ascendían desde el salón hasta su dormitorio. Mientras salvaba la distancia con su cama rio entre dientes, deliberando al tiempo que se quitaba la camisa que Austin debía empezar a acostumbrarse a sus caprichos y mandatos, inclusive a los más triviales. Aquel muchacho en una encrucijada tenía aún un largo camino por recorrer, pero el ejecutivo albergaba la confianza de que lo lograría. Austin gritaba sumisión desde la parte superior de su cabeza castaña hasta los dedos de sus pies, incluyendo cada tentador centímetro que había entre ellos. Gritaba ser dominado. Y Cayden se consideraba el amo perfecto para hacerlo.
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Mensaje por Austin Jones el Sáb Nov 14, 2015 12:09 am
Austin se queda perplejo. El rubor de su vergüenza abandona su rostro tan rápido como la sorpresa lo aborda. Se le queda viendo fijo a aquel hombre, con el eco de sus palabras sonando no solo en su cabeza, de extraña manera, en su pecho. Su corazón comenzó a latir apresuradamente, volviéndose una sensación inquietante demasiado molesta. Podía sentir los latidos en sus orejas, y no le dejaban pensar con claridad sobre lo que acababa de pasar. Se restringe así mismo pedirle que le repita la pregunta, pero ha escuchado perfectamente bien su proposición. Si bien su mirada esta fija en los ojos pardos y oscuros de Cayden, su mente está muy lejos del cuarto en el que ahora se encuentra. Se pregunta así mismo si realmente no había sido golpeado por el carro, y estaba alucinando lo que era obviamente una fantasía. Había tenido sueños así en el pueblo. Demasiados sencillos, no tan complejos como el que creía tener, usualmente involucraba algún hombre de sus revistas y el granero. La voz del mayor lo trae de regreso, y el rubio aunque escucha sus palabras, no puede entender el verdadero significado que están cargas. Su papel sin embargo se dibuja alrededor de lo que Cayden quiere, lo que pueda demandarle llegado el momento. Servirle, piensa el muchacho mientras mira a su alrededor. No hay nadie ahí más que ellos dos. En las películas las personas con dinero siempre tenían sirvientes, mayordomos que les trabajaban las tareas más mundanas. Austin piensa que él puede hacer eso. No suena muy difícil, lo que lo entusiasme por primera vez ante la propuesta del otro. Sería completamente diferente, pero no tiene tanto miedo como pensaba que podría. Asiente a lo que dice, y agradece mentalmente por la oportunidad que le ha dado para sopesar consigo mismo la respuesta antes de dársela. El arrepentimiento pudiera haber aparecido de responderle en ese momento, sin ni siquiera haberlo pensado. Y es eso mismo lo que lo lleva a pensar en que el hombre tiene una naturaleza amable, un punto a considerar, a favor de su estadía. Le generosidad se ve nublada, por su tono autoritario. No tiene ir, no hasta que vuelva al día siguiente, lo que lo hace sentir en el papel del prisionero. Y lo confunde aún más, con la palabra formación, con otra muestra de cordialidad, y luego su pregunta. ¿No tienes hambre? Le mira desabrochar su cinturón, pendiente de como sus manos se movían por esa zona. La garganta se le seco, e irremediablemente sintió una punzada de avidez por algo que no conocía, y que estaba frente de él. Un sentimiento que hizo meollo en su pecho, bajando hasta su entrepierna, obligándolo a cruzar las piernas ante el cosquilleo.

-Buenas noches, señor Cayden – esbozo con un tímido tono de voz al verle marchar, su gran silueta marcada por la luz en la oscuridad. Austin se quedó sin moverse por varios minutos en su asiento. Pensando en nada, completamente en blanco. Cuando vuelve en si lo primero que hace, por instinto, es tomar los vasos en los que habían tomado whisky para llevarlos a la cocina y limpiarlos. No le toma mucho, pero busca algún imperfecto que arreglar. El lugar, inmaculado a diseño de su dueño, hablaba del control que Cayden ejercía sobre las cosas. Mismo que podía cernirse sobre él. La idea de ser abrazado por el poder de tal magnanimidad no le resulta para nada desagradable, incluso, le apetece de una manera extraña. Regresa al sofá, mirando por donde se había marchado, esperando de alguna forma que regrese a él. Comienza a desvestirse, quedándose solo en su ropa interior, extendiendo su ropa cerca de una ventana. Cuando saliese el sol la luz se encargaría de secarlas. Se acuesta sobre el sofá, es realmente cómodo, y cálido, no tiene frío. Solo la incertidumbre lo acongoja, robándole el sueño. Se pregunta los porqués, y la razón por la cual Cayden lo quiere a él. Entonces lo golpea. Si no fuera así, fácilmente podría haber sido devuelto al refugio el día siguiente, pero aquel hombre veía algo en él, digno para servirle. No pudo evitar sentirse especial, y sonreír. Se quiso levantar, y buscarlo, para darle su respuesta en ese momento. La emoción lo abordaba, y solo quería ver su cara al darle su afirmación, la aceptación de su papel. Decide que será mejor esperar. La idea de molestarlo, quizás con ello despertarlo, no le agrado en lo absoluto. Debía descansar, ambos. Con la mente más resuelta, Austin pudo entrar en los terrenos de Morfeo, forjando nuevas fantasías en las que Caydan formaba parte. Se despertó en su ausencia, no sabiendo que horas eran. Había dormido bien, las horas justas para sentirse descansado, aún con la decisión ya tomada. Se acercó por su ropa, ya seca para vestirse. No quedaba más que esperar entonces, a que Cayden regresará. Tomo un ligero desayuno, dejando la cocina en el mismo estado, como si no hubiese pasado por ahí. Se sentó entonces, en desosiego, dejando pasar tortuosamente las horas hasta que creyó escucharlo. Se giró hacía él, parecía mucho más radiante ahora. Una pequeña sonrisa en sus labios, acercándose a él – Acepto, amo – la segunda palabra brotó natural. Pues ahora se había entregado, y la etiqueta imperaba llamarlo por su nombre.


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