I.
II.
III.
IV.
V.
Hasta hace cinco años las disputas entre la comunidad judía cristiana y la comunidad LGBT crearon un caos por la dominación de Beverly Hills pero la sociedad LGBT de Los Ángeles y todo California se aliaron a dos diputadosen su afán por crear una igualdad en todo en California, por lo que apoyados por un grupo de empresarios, atletas, músicos y atletas fue que lograron una legislación para la creación de una zona exclusiva para esa comunidad.
El principal activista de ese movimiento y ahora alcalde de Beverly Hills, Travis Denker ha estado acondicionando una ciudad perfecta donde la igualdad prospera, pero lo que no se sabe era que en parte ese proyecto fue para encubrir ciertos negocios ilícitos que tenía con ciertas mafias internacionales. ¿Qué pasaría si la mafia decide cobrar favores?
ambientación
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Paparazzi y Staff de Beverly Paradise, por la historia y trama.
Damien Aubriot : Modificaciones al skin, tablillas, tablones, y otros códigos.

También agradecemos los tutoriales de Glintz
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Vuelta a L.A. | Cayden

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Mensaje por Hector Piazzi el Vie Dic 04, 2015 4:58 am
Su viaje le había llevado a Los Ángeles, pero también a San Francisco y a San José y a Seattle. Le habían llegado varias ofertas para comenzar a trabajar con los equipos de esas ciudades. Era cierto que también había tenido ofertas del este, pero era demasiado lejos para él. Le gustaba la costa oeste, más abierta y liberal. Además, era una estupidez cambiar su vida de una manera tan radical. Habiendo elegido Los Ángeles podía mantener el círculo de amistades (Que no era muy grande) y poder probar así si lo suyo era de verdad ese deporte.

Hablando de amistades aquella noche recibiría la visita de Cayden. Hacía ya…bueno…seguramente más de mes y medio que no le veía. Apenas había llegado tres días atrás así que le había sido imposible encontrarle de otra manera. No había ido al gimnasio, incluso se había dado de baja buscando ahorrar un poco de dinero. Quizás ahora podría volver, pero la verdad es que los días se prometían duros en el equipo así que quizás se saturaría de más. De cualquier forma, tenía ganas de poder ver a aquel que consideraba un amigo.

Vestía de manera muy hogareña, con un pantalón de deporte, al igual que su camiseta y su sudadera, con capucha y con el nombre de la universidad a la que había estado yendo allí, en Beverly Hills. Escuchó como el timbre del telefonillo sonaba y se dirigió a él, tomando el auricular y observando como la pantallita se encendía para dejar ver la figura del escocés.- El ascensor no funciona…así que te va a tocar subir a pata…es el cuarto, a la derecha de las escaleras. No te pierdas.- Presionó el botón y pudo observar como el otro empujaba. En el tiempo que tardaba en subir se volteó para observar el partido de fútbol que se disputaba en la televisión, una afición heredada de su padre por el fútbol europeo muy alejada a las sinfonías que Cayden tuviese como banda sonora en su ático. Diferentes costumbres.

Golpearon en la puerta. Era algo más lógico por parte de Cayden que llamar al timbre. Apenas en un par de pasos llegó hasta la puerta, la cual abrió para dejar ver al escocés. Lo recibió con una sonrisa. Al fin y al cabo había pasado cierto tiempo con él, buenos ratos que eran suficiente para tenerlo como amistad.- ¡Un tiempo sin verte, joder!- Esperó a que pasase al interior, y a cerrar la puerta, antes de, sin complejo ni cortarse, dar un abrazo al hombre, dando unas palmadas en su espalda.- Y ahora tu me dices cuanto me has echado de menos.- Comenzó a reír a la vez que se separaba de él.- Bueno…bienvenido a mi humilde hogar. No trates de compararlo con tus cuantiosas posesiones…o si lo haces saldré muy mal parado.- La verdad es que el piso era un estudio de estilo industrial, grande y sin apenas separaciones o por lo menos sin ningún compartimento aislado. Existía una doble altura, conectada por una escalera, donde se suponía el dormitorio y el baño ya que de un primer vistazo solo podía observarse un enorme salón y comedor además de una buena cocina con una isleta bastante grande.

- ¡Ven! Una cerveza…- Se encaminó hacia la cocina, donde abrió la nevera para sacar dos Budweiser. No tardó en abrirlas y cederle una de ellas.- …joder, cuéntame. Hacía un tiempo que no sabía nada de ti.- Torció el gesto y chasqueó su lengua. Cayden había sido un apoyo en aquella ciudad. Quizás no un amigo, sino más bien como si fuese un hermano mayor. Un hermano mayor especial debido a los momentos que habían compartido, muy alejados de cualquier relación entre hermanos, exceptuando que se llamase incesto, claro estaba.- Se te ve bien…y no, no hablo de Nessie ni nada de eso. Ya se que por esa parte siempre andas más que preparado.- Riendo, alzó un poco el botellín para que brindase con el.


   
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Mensaje por Invitado el Dom Dic 06, 2015 6:46 am
A pocos hombres había permitido Cayden quedarse a dormir con él después de que le hicieran correrse. Y muchos menos eran los que habían disfrutado de la acción de su boca en zonas que, ya fuera por naturaleza o por vocación, el activo dominante solía dejar desatendidas. Hector Piazzi era uno de esos escasos afortunados, una atractiva excepción que el de Aberdeen no había vuelto a ver desde hacía casi dos meses. Por lo que, al encontrarse ambos nuevamente, correspondió a su abrazo con la misma efusividad que el otro empleara para recibirle y darle la bienvenida a su nuevo hogar. -Explotado deben de haberte tenido para no recibir ni una mala llamada tuya, cabronazo-. Le recriminó Callaghan después de pasar adentro y oír que su guapo anfitrión cerraba la puerta a sus espaldas. Esperó volver a sentir la mano de Hector en su hombro antes de internarse aún más en aquella vivienda de doble altura y diseño industrial ubicada en el extremo opuesto de la avenida en la cual se erigía también su bloque de apartamentos. El mayor se sorprendió al comprobar que no se trataba del cuchitril que a priori había supuesto, sino de una vivienda bastante digna cuya renta, como profesional del tema y experto corredor del mercado inmobiliario, estimó en no menos de cinco mil dólares mensuales. Gracias a su tasador escrutinio del sitio, pudo fingir no haber escuchado el comentario que hizo el bateador sobre admitir que le había echado de menos, aunque no pasó por alto su ruego de que no comparara aquel dúplex con el suyo de la zona alta. -Siempre saldrás mal parado en cuanto a comparaciones conmigo se refiere-. Bromeó Cayden tras resoplar un gutural “ja”, con un timbre ambiguo de guasa que no hizo más que suavizar su anterior sentencia hasta convertirla en otra de sus recurrentes fanfarronerías. Jactancias que nunca debían tomarse demasiado en serio y con las cuales, definitivamente, no pretendía ofender a nadie. Y mucho menos a su buen amigo así como esporádico amante. En ambos casos de los mejores.

Por fortuna para la relación que mantenían, Hector conocía ya a la perfección su talante engreído, de niño grande tocapelotas, y ese particular sentido del humor que lo caracterizaba a él y al noventa por ciento de los galeses. -La realidad es que no tengo mucho que contarte-. Respondió Cayden, algo evasivo, a la pregunta formulada por el otro sobre lo acontecido durante el tiempo que había transcurrido desde su última charla. Lo cierto era que no se sentía con ánimos de revelarle su reciente "adquisición", la de un tierno esclavo sexual que prometía hacer de su rutinaria existencia un periodo de tiempo vital mucho más excitante. -No hago otra cosa más que follar, trabajar e ir al gimnasio. Y, en honor a eso que los de tu generación llamáis ahora multitarea, a veces incluso me dedico a meterla en horario de oficina-. Ambos rieron su comentario en una especie de cocina americana colindante al salón-comedor, sin pared alguna que separase los dos ambientes. Hector le tendió una de las birras del par que había sacado del frigorífico. Él la aceptó de buen grado, después de quitarse su cazadora de cuero y dejar sobre la isleta rodeada de taburetes que les separaba un paquete envuelto en sencillo papel kraft. Aquel pequeño cubo marrón atrajo de inmediato la mirada del más joven, que prefirió guardar silencio en lugar de interrogarle abiertamente acerca de su contenido. -El otro día hice caer de culo a uno de esos maricas del Aesthetic Era-. Cayden profirió una risa ronca al recordar lo cómico de dicha escena. -Nadie sabe sujetarme el saco como lo hacías tú, tío-. Su sincera afirmación derivó en un intenso, cómplice, cruce de miradas. Después carcajeó la jocosa alusión que el otro hizo de Nessie, la monstruosidad entre sus ingles, chocando su botella fría con la que Hector había alzado para brindar por el reencuentro. -Ya sabes... Me esfuerzo por mantener viva la leyenda del monstruo-. Callaghan le guiñó un ojo al tiempo que se aferró el bulto de la entrepierna; un paquete insólitamente notable pese a lo holgado de sus vaqueros, el estado en reposo de su miembro y un ajustado slip que mantenía subyugada a la bestia.

Acto seguido se alejó de Hector y su cocina para deambular por aquel espacioso loft de estilo entre boho y vanguardista, concluyendo al cabo de unos segundos que el sitio encajaba bastante bien con el talante desenfadado de su joven amigo. -Menudo picadero has podido adjudicarte, chaval-. Las palabras del escocés brotaron de su boca tras emitir el clásico silbido de asombro y aprobación. Botellín de Budweiser en mano, Cayden se detuvo junto a uno de los numerosos ventanales que, de manera profusa, debían iluminar y ventilar aquel apartamento durante el día. Sin embargo ahora, tocadas las diez y media de la noche, la anaranjada luminiscencia del alumbrado de Wilshire Boulevard era lo único que podía filtrarse a través de los cristales. -Confío en que hayan sido tus dotes como pitcher, y no tu bonito trasero, las que costearan un sitio como éste-. Cayden parecía ahora un padre preocupado que dudara de la integridad de su retoño, recelando de los métodos empleados por éste para la obtención de su autonomía. No le miró directamente al decir eso, clavados sus ojos desde las alturas en la flamante Harley Davidson que le había llevado hasta allí y la cual había aparcado junto a un drugstore ya cerrado al otro lado de la avenida. -Pero no te duermas en los laureles. Considera este nidito tuyo como el primer peldaño de una larga y empinada escalera. Así llegarás muy lejos. Lo sé-. Tras darle aquel consejo, unido a un verdadero voto de confianza hacia sus aptitudes atléticas y profesionales, Cayden se humedeció la garganta con un largo trago de su cerveza. -Ya, sí, es cierto. Nunca te he visto jugar-. Se excusó en anticipación a cualquier reproche del otro, con una sonrisa expiatoria en su cara y alzando las manos para enfatizar dicha disculpa. Ciertamente no era un gran aficionado a ese deporte, aunque tampoco rechazaría pasar una tarde viendo culos de diez embutidos en pantalones ajustados. Especialmente si uno de esos traseros era el de Piazzi. -Pero no fueron pocas las ocasiones en que me demostraras tu potencial empuñando un bate-. La lascivia iluminó los ojos grises del empresario, acentuando su mueca de sátiro inspirado mientras volvía a acercarse a ese veinteañero de ascendencia italiana con grandes posibilidades de convertirse en una nueva promesa de las Grandes Ligas. -¿Acaso te golpearon la cabeza en tu último entrenamiento?-. La pregunta de Cayden pareció desconcertar a su amigo, aclarándole con sus siguientes palabras el porqué de aquella interrogación. -Claro que te he echado de menos, gilipollas. Mucho. Demasiado podría llegar a decirse...-. Terminó confesándole tras plantarse frente a él, diluyéndose esa expresión suya de crápula cuando sus facciones compusieron el gesto fraternal de un hermano mayor orgulloso y con tendencia al incesto. Un apretón al recio hombro del atleta acompañó su sincera confidencia, seguido de una caricia bastante tosca a su cuello. Y, pese a que aquel momento cargado de sentimentalismo le incomodara sobremanera, se esforzó en no estropearlo apostillando que también Nessie le había extrañado.

Al retirar su mano, aquella que aún permanecía caliente por no tener que sostener una birra recién salida del refrigerador, se atusó la poblada barba en un gesto que por momentos delató su retraimiento. -Ya... Ya puedes abrir tu regalo-. Le concedió con un mohín nervioso después de señalar fugazmente el paquete que había traído consigo, deseoso de poder cambiar de tema y por ende también de comportamiento. -¿Qué clase de invitado sería de haberme presentado con las manos vacías?-. Callaghan puso toda su atención en la apertura de la misteriosa -para el otro- caja, acechando la reacción de Hector al ver lo que ésta contenía. Se trataba de una pelota de béisbol firmada por el mismísimo Joe DiMaggio en 1941, una joya del coleccionismo deportivo por la que el empresario había pagado la friolera de veinte mil dólares. Aunque eso no se lo diría. -¿Te gusta?-. Le preguntó aunque dedujera lo afirmativo de su respuesta, pues aquello significaría para Rodas lo mismo que si a él, aficionado al boxeo, le obsequiaran con un guante firmado por el legendario Cassius Clay. -También era medio italiano, le gustaba lo escocés -sobre todo el whisky- y hacía unas mamadas de campeonato-. Sentenció Cayden con un tono de voz irónico, blasfemando en chanza acerca del que para muchos seguía siendo, a más de medio siglo de su retirada, un verdadero dios de la pelota base. El Miles Davis de dicho deporte. -Aunque en eso último la verdadera experta era su mujer-. Aquella sarcástica referencia al talento oral de Marilyn Monroe, esposa de Joe antes de que la pillaran los Kennedy, hizo que Hector recuperara la sonrisa y el don de pestañear tras haberse quedado atónito por aquel presente durante unos largos segundos. Callaghan se había sentado mientras en el sofá, frente a una enorme pantalla de plasma en donde se retransmitía un partido de fútbol de la liga europea. Apuró con un par de tragos su cerveza mientras observaba en alta definición a un cabreado Wayne Rooney, delantero del Manchester United, maldecir con aspavientos al árbitro y su ceguera. El de Aberdeen parecía querer restar importancia a lo desmedido de su regalo con una actitud, ante Hector, indiferente y relajada.
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Mensaje por Hector Piazzi el Dom Dic 06, 2015 7:09 pm
Mantuvo la sonrisa, intacta, cuando notó como el otro le abrazaba. Sinceramente, pocos amigos podía contar en aquella ciudad. Hacía ya más de cinco años que estaba allí pero nunca había tenido mucho más que compañeros, tanto de equipo como de universidad. Si era cierto que podía tener mayor complicidad con alguno de ellos, pero aquella relación que había crecido a base de golpes de boxeo entre el escocés y el de origen italiano, al menos a él, le parecía bastante única, quizás porque aquellos de los que fuesen sus amigos ahora se encontraban a unos pocos de kilómetros que habían provocado cierta frialdad en las relaciones. Pero no era solo eso, sino que existía una complicidad, acaso la de un hermano mayor, como ya hubiese comparado el anterior, una preocupación que había agradecido, y que agradecería, de la mejor forma posible por siempre, algo que no olvidaría Héctor. Y en ello radicaba el que tratase de tocarle los huevos y picarle con sus comentarios, y eso provocaba la inminente risa del que apodase Rodas.

Esa risa se entrecortó al escuchar la afirmación sobre el saco. Aquello provocó que el muchacho dirigiese su mente a algo más allá que esa simple frase, al significado que cualquiera podría haber recogido de ello, más aún cuando el silencio se hizo entre ambos por unos segundos, no incómodo, solo revelador. Como lo era el rabo del otro que, aún en estado de reposo, se dejaba ver sin necesidad de que llevase con él unos vaqueros ajustados, aunque, para ser sinceros, siempre había preferido tener aquellas vistas con un pantalón de deporte, más liberado. ¡Pero, joder, había visto a Nessie de muchas formas como para decidir ahora la mejor de ellas!

Dio un sorbo a la cerveza mientras el otro se dedicaba a darse una vuelta por el estudio.- Eres un gilipollas...- Quizás lo más lógico era seguir aquel comienzo de su frase con algo dirigido a la duda sobre la integridad con la que se había hecho con el alquiler de ese estudio, pero no.- ...soy bateador joder, y no pitcher. Menuda cuenta me has llegado a echar tu...- Las siguientes palabras de Cayden corroboraron su afirmación. Nunca le había visto jugar, y no es que le importase especialmente...¿O si? Al fin y al cabo a todo el mundo le gusta un poco de aprobación a veces. ¿Cuántos años llevaba lejos de casa? Cinco, o bueno, más de cinco, en los que había pasado con la aprobación de un entrenador y compañeros mientras se convertía en "una de las promesas de la costa oeste" según una de las publicaciones dirigidas al baseball. Pero cargar a cualquiera con eso era egoísta, demasiado, así que no pensaba hacerlo con Cayden. Ya se había acostumbrado a ello, aunque tras esas palabras se reprimiese a invitarle con unas entradas para que alguien estuviese cerca cuando actuase por primera vez con el equipo. Aún así las palabras de apoyo eran agradecidas, y lo hizo saber con un asentimiento. Tener el apoyo de alguien era importante para cualquiera, incluso, seguramente, para el escocés, por mucho que tratase de mantenerse hierático ante todo. Y se lo demostró sus siguientes palabras, y sus gestos.

Aquella mano en el hombro, la caricia en el cuello, las palabras que en ese momento decía. Aquella sinceridad le llegó a desbordar por un momento, y estuvo tentado a decir algo, separó sus labios, pero prefirió guardárselo. La venia para ver que había en ese paquete que había traído fue suficiente para que desviase su vista y así poder deshacer ese cruce de miradas, continua, que se había formado entre ambos. Observó el regalo sin demasiado interés en un principio. Hubiese esperado whiskey para que pudiese tomar una copa, pero definitivamente no era el envoltorio de una botella. Alzó la vista hacia Cayden y después la posó de nuevo en la bola.- Estás pirado...¿Sabes cuanto puede costar esto?- Tomó la bola con una de sus manos y la alzó.- Obviamente si lo sabes, porque lo habrás pagado y...- Se calló, y arrugó el ceño por unos segundos, aún escuchando las coñas de Cayden. Alzó la bola en el aire un par de veces, pero prefirió dejarla en el recipiente donde venía, para no estropearla de ninguna manera. Se bebió el resto de la cerveza de una vez y por eso mismo se dirigió al frigorífico para hacerse con otras dos.

En silencio, rodeó el sofá y se sentó junto a Cayden, a su lado. No dejó espacio entre ellos. A estas alturas dela vida no es que fuese necesario. Le tendió la birra, y dirigió la vista hacia él, teniéndolo ahí al lado, cerca.- Gracias.- Asintió. No estaba serio, pero tampoco dejaba ver una gran sonrisa. Sabía que aquello no era un simple regalo, era un verdadero presente.- De verdad.- Asintió un par de veces.- Te quiero, tío.- Y no lo dijo de una manera marica, ni mucho menos. Era una afirmación directa a lo que sentía por ese hombre, cariño, aunque no supiese de que forma, pero si cariño.- Pero no creas que por eso te voy a dejar que toques mi culo...- Sus labios se torcieron en una sonrisa, una de esas que mostraban a Héctor como un caballero de esos cuentos infantiles, de armadura azul y rostro perfilado en mármol, muy diferente al de Cayden, curtido y rudo, una pareja bastante diferente.- Yo también te he echado de menos. Mucho. A ti, y...y a todo. A todas las noches...y como nos lo pasamos.- Notó como su propio miembro respondió a aquellas palabras, haciéndole saber que él también lo recordaba, pero fue algo que controló inmediatamente.- ¡Joder! ¿Quién coño no iba a echar de menos todo eso? ¡Sería un gilipollas quien no lo hiciese!- Con su mano izquierda dio varias palmaditas sobre la pierna derecha de Cayden, terminando por apostarla allí por unos segundos, aunque se concienció de quitarla tras eso.


   
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Mensaje por Invitado el Mar Dic 08, 2015 3:27 pm
El atractivo semblante de Piazzi, cuyas facciones seguían recordando a las de un adolescente de veintiséis años, provocó que Cayden fantaseara sobre volver a tenerlo sobre su regazo. De hecho, la expresión que compuso el joven tras abrir el paquete que contenía su inesperado regalo, entre atónito y emocionado, le hizo rememorar la primera vez que éste viera su verga erecta. Tales ensoñaciones se desvanecieron cuando el dueño de aquel bonito apartamento comenzó a divagar en voz alta sobre el precio de aquella pelota vieja firmada por Joe DiMaggio. -Rodas… No pienses en su precio sino en su valor. Lo primero es sólo dinero-. El empresario, tras sugerirle aquel pensamiento tan en contra del materialismo, dejó el botellín de cerveza vacío sobre una mesa baja que había frente a él antes de aceptar otra nueva ofrecida por Hector. Su anfitrión acababa de sentarse a su lado en el sofá, presto a agradecerle su caro presente con un tono de voz grave, casi trascendental, que acabó derivando en una declaración de amor con todas sus letras. Amor fraternal, cómplice, que poco tenía de maricas siendo ellos los implicados. -En fin, me alegro de que te haya gustado-. Replicó Cayden sin demasiada efusividad, como si pretendiera restarle hierro al asunto. -¡Joder! De saberlo sólo hubiese traído una puta caja de galletas Oreo-. Se lamentó con gesto decepcionado, teatralmente resentido, consiguiendo con su refunfuño el arrancar una carcajada de aquel que insistía en dejarle muy claro la intocabilidad de su precioso trasero. Las siguientes palabras de Hector, unido a las amistosas palmadas que le propinara a su pierna, suscitaron que su mente fuera invadida por una orgía de escenas pornográficas protagonizadas por ambos. Evocaciones de una relación sexual bastante intensa y nada monótona aun estando condicionada por un lastre de límites, condiciones e incompatibilidades. -Sigues siendo un gilipollas, Hectorcito. Aunque eches de menos nuestras duchas, ejercicios y combates bajo las sábanas-. Bromeó Cayden con una sonrisa irónica en los labios, consciente de que el otro se tomaría a broma su chanza sin advertir de que realmente lo consideraba un cretino por no permitir que le follara como él quería y como únicamente lo disfrutaba. Y esa maldita versatilidad sexual de Hector, en constante espera de una reciprocidad que por su parte jamás llegaría, acababa convirtiéndose en algo verdaderamente irritante en situaciones como la presente. En momentos los cuales le tenía demasiado cerca, tentándole de manera inconsciente, y el apetecible chico acariciaba su cuerpo sin mayor pretensión que la de demostrarle afecto.

El sentir la cálida mano de Hector sobre su muslo, sin que llegara a provocarle una erección, sí despertó ese rabo suyo que de manera tan ocurrente como cariñosa su algo más que amigo bautizara con el nombre de Nessie. Un par de segundos más y el rudo escocés la habría tomado, posesivo, para llevarla hasta su paquete. Pero por desgracia, o quizás afortunadamente, el prudente muchacho acabó retirándola como si presintiera la irresponsabilidad de los actos del mayor o temiera los suyos propios en el caso de no poder llegar a controlarse. -Yo también echaba..., he echado de menos nuestros juegos, tío-. Callaghan no pudo evitar el confesarle aquello, aunque al hacerlo sonara más resignado que otra cosa. Tal vez un mes atrás le hubiese ordenado que se la mamara allí mismo, o se masturbarían en un cruce de brazos mientras terminaban de ver el partido y apuraban sus cervezas, pero todo eso le resultaría ahora insuficiente. Como el bateador que golpea con mucha fuerza y después corre veloz, Cayden ya no se conformaría con alcanzar sólo la primera base. Aun sabiendo que las posibilidades de conseguir un home run con Piazzi eran prácticamente nulas. -Y aun así, debo admitir que ha sido un verdadero alivio no tener que ver constantemente tu precioso y vetado culo-. El moreno posicionó entonces sus dedos como si asiera un falo grueso e invisible, moviendo aquel puño arriba y abajo sobre su entrepierna para simular el meneo de una masturbación. -Casi me quedo seco a base de pajas por culpa de tus exhibicionismos en mi piscina, cabrón. ¿O acaso creíste que era un problema de próstata el que me obligaba a ir tantas veces al cuarto de baño?-. Le preguntó de manera jocosa al tiempo que se inclinaba hacia delante para apoyar sus antebrazos en las rodillas. Mantenía la mirada puesta en el intenso enfrentamiento futbolístico retransmitido ante sus ojos, y trató de pasar página de lo antedicho despotricando sobre una falta que el árbitro encargado de oficiar dicho encuentro había vuelto a deliberar inexistente. Con la mano que no sostenía su segunda birra se masajeaba el pescuezo, ya que le dolía bastante el área de las cervicales debido a un mal ejercicio perpetrado aquella misma tarde en el gimnasio, durante su afanosa y rutinaria sesión de pesas. El recordar aquello le inspiró el sacar un nuevo tema de conversación, también éste con cariz de reproche. -Por cierto, ¿piensas volver al Aesthetic Era algún día o debo empezar a buscarme otro compañero que esté a tu altura?-. Pese a que únicamente estaba bromeando, Cayden concluyó para sus adentros que aquello le resultaría harto difícil por no decir imposible. Y, cuando giró la cabeza para mirar el rostro de Hector desde aquella distancia tan corta, pudo distinguir en sus expresivos ojos que el escepticismo sobre dicha pretensión era mutuo.
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Mensaje por Hector Piazzi el Jue Dic 10, 2015 6:08 am
- Seis jodidas horas de ejercicios con el equipo, Cayden…- Lo dijo mientras dejaba ir un sonoro suspiro. La rutina de ejercicio a la que debía acostumbrarse estaba siendo demasiado hasta para él, al menos hasta que se acostumbrase. Jugar en un equipo universitario era una cosa, estar preparado para jugar en un equipo de las Grandes Ligas, otra. Era cierto que llegaba bastante cansado, aunque también lo era que su cuerpo estaba bastante acostumbrado a ello por lo que en poco tiempo debería ser capaz de adecuarse a ello fácilmente. Aquella respuesta pareció, en cierta manera, decepcionar al otro hombre. Y fue algo que le gustó. A cualquiera le gustaba sentirse…deseado, aunque fuese de aquella forma aunque sea. Más aún si ese alguien era Cayden.- …pero supongo que no tendría problemas en ir un rato y pasarme por el spa para poder relajarme un rato. Y ya de paso ayudarte con el saco.- Sus labios se torcieron en una sonrisa antes de que ésta se viese oculta por culpa del botellín del que bebió, a conciencia, un trago largo.

Permaneció en la misma posición, aun cuando el otro se había inclinado hacia delante. Su Cambió la birra de mano y llevó la izquierda hacia la nuca del escocés. Al tocar piel sintió la diferencia de temperatura entre el frío de la mano por haber mantenido el botellín con ella, a lo caliente de la piel del hombre. También notó como eso provocó que el vello de la nuca de Cayden se erizase, aunque quizás no era por el frío, y si por su contacto.- ¿Te duele?- A diferencia de antes, un roce amistoso, cariñoso, ese no tenía tal finalidad. Preocupación, si, pero volver a colocar una mano en la nuca del otro, como cuando hiciese en el momento en el que Cayden se afanase en provocarle gemir mientras se la mamaba, con denuedo, provocó que tanto su mente como su cuerpo se trasladasen a tal momento. Sintió cierta presión en sus boxers.- Seguro que has hecho algo mal por culpa de algún gilipollas…hay que saber elegir bien a tu compañero.- Mantuvo la mirada en el cuello del otro, no en su rostro, mientras su mano se adentraba solo un poco por debajo de la tela, tratando de aliviar el dolor con tranquilidad, sin precipitarse.

Apartó su mano y se posicionó igual que el otro, dando otro sorbo de cerveza y después apoyándola en la mesa baja que había frente a ellos.- Se como agradecerte el regalo.- Mantuvo la vista dirigida a la televisión, donde el Newcastle parecía achuchar al equipo de Manchester, un gigante de oro que no pasaba por sus mejores horas, la verdad. Era un entendido de deporte, de casi cualquier deporte, así que era fácil que Héctor te pudiese decir la actualidad del Bayern, el Lyon, el Barcelona o la Vechia Signora.- Tienes un nudo ahí atrás. Te lo quitaré. Tómalo como una forma de responder a tu…generosidad.- Volvió la vista a su derecha, hacia donde se encontraba el otro.- ¿No te pondrás ahora recatado no? Creo que ya no es el momento para eso, que lo dejamos un pelín detrás.- Y al decir esto hizo un gesto con sus dedos, acercando el índice al pulgar.

Se levantó, y con un gesto de sus brazos le señaló el sofá en su integridad.- Venga…he aprendido algo de los masajistas que tenemos…seguro que algo puedo hacer por ahí.- Y dio un par de palmaditas, como cuando estás dispuesto para hacer algo. Al fin y al cabo aquello no tenía ningún mal interés por su parte.Con ello daba a entender que estaba decidido, así que era mejor no tratar de importunarle o llevarle la contraria. Observó como Cayden se disponía a tumbarse e inmediatamente siseo.- Tsssss, ¿Piensas que me voy a escandalizar porque te quites la camiseta, gilipollas?- Así que en el momento en el que se puso en pie lo hizo parar. Frente a frente él era más alto, aunque no demasiado, unos centímetros. Cogió el final de la camiseta y la desplegó hacia arriba. Ya en sus manos, la dejó sobre la mesa, acompañando a las birras.- Ahora, como deben hacerse las cosas…túmbate, boca bajo.- Sabía que Cayden no era dado a aceptar normas, pero aquello tampoco era una exigencia, así que el otro debería satisfacerle. Además, que carajo, que iba a ser bueno para él. Ya podrían darle a él ese repaso en la espalda, que también lo necesitaba.

Cuando el otro consintió, no actuó con demora, sino que totalmente seguro de ello posicionó sus piernas a ambos lados del cuerpo del otro y se sentó sobre él, sin ningún tipo de duda.- Hum…una buena posición…- Retrasó su cintura unos centímetros y posicionó lo que bien sería su rabo, si estuviese firme, por el culo del otro, por sobre los vaqueros. El escocés comenzó a rumiar y aquello provocó la risa sincera de Héctor, el cual, antes de que se revolviese y tratase de alzarse, posó su mano en la cabeza y le obligó a tumbarse.- ¡No me seas gilipollas anda! ¡Relájate! Y no, aunque suene así no pienso hacerle nada a tu culo…venga…- Con todo dicho, comenzó lo que le había propuesto, el masajear su cuello, su nuca y sus hombros, con lentitud. No tenía aceite, ni ningún tipo de líquido que mejorase aquello, pero reconoció el nudo, y con la presión idónea seguro que podría hacerlo desaparecer.


   
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Mensaje por Invitado el Vie Dic 11, 2015 12:50 pm
Cuando su guapo amigo con derecho a roce le amonestó por no quitarse la camiseta, Cayden resopló como si le ofendiera que el otro hubiese llegado a pensar que aquello le incomodaba. De manera que, antes de obedecerle y tumbarse boca abajo en el sofá, se dejó desnudar de cintura para arriba por su solícito anfitrión. Le consintió hacerlo sin apenas rechistar, tratando en todo momento de evitar un contacto visual directo con aquel que suponía una auténtica prueba de fuego para su libido. El que Rodas se colocara encima suyo, amenazando la integridad de su retaguardia con un par de insinuantes chanzas de índole sexual, provocó que el activo dominante se revolviera inquieto con ademán de escaparse. -Que te den por culo, gilipollas, no pienso...-. Callaghan silenció su disconformidad cuando fuertes manos de bateador le obligaron a permanecer acostado y comenzaron a masajear su lomo digno de un vikingo. Tener a Hector arrodillado sobre él, además de escamarle, también hizo vibrar su verga inútilmente contra el sofá. Le sintió moverse en su trasero, hacia el envés de sus muslos, procurando hallar la postura que resultara más ergonómica para él y confortable para ambos. Cayden supuso que sólo estaría haciendo aquello como un acto de amistad, un gesto de reconciliación por el tiempo transcurrido sin haber dado señales de vida y de agradecimiento por el presente recibido. -Que cabrón… Siempre has sabido muy bien donde y cuanto apretar-. Su comentario consiguió arrancarle una risa a aquel que tan sugerentemente halagaba.

Los largos y hábiles dedos de Piazzi puede que lograran aliviar su tensión física, pero no la sexual. Cayden suspiró resignado por ello, consciente de su propia rendición. El malditamente atractivo italoamericano ya le había masajeado el cuerpo en un par de ocasiones, aunque nunca dejándose puesta la ropa y siendo la distensión de músculos su verdadero y único propósito. -Cualquier excusa es válida para meterme mano, ¿verdad?-. Bromeó el mayor con la frente apoyada sobre sus superpuestos antebrazos. Hector atinó exactamente cada punto de dolor, masajeándole con cuidado los tendones en tensión, los hombros, para después regresar a la nuca. Cada vez que tocaba su cuello, Cayden no podía evitar emitir un gruñido bajo a causa del doloroso placer. Cerró los ojos cuando un lento y sensual deseo lo invadió de pies a cabeza, fruto de una grata caricia a su cuero cabelludo. Lentamente, sin prisa, los dedos de Hector llegaron hasta sus sienes, donde se detuvieron largo rato describiendo movimientos circulares. Después volvieron a la nuca, deslizándose hasta los hercúleos hombros. -Felicita a tu fisioterapeuta de mi parte si de él aprendiste a hacer esto-. Masculló el desestresado ejecutivo con un hilo de voz profundo, satisfecho, sintiéndose excitado y adormecido al mismo tiempo. Las manos del joven se sentían ahora calientes, masculinas y capaces, mientras amasaban sus anchos hombros con esporádicos descensos por su columna vertebral. Cayden se entregó al placer de ser tocado e intentó olvidar los latidos de su sepultado miembro. Definitivamente nunca podría follarse a ese tío como le gustaría y sólo él disfrutaría, pero aun así se le antojó reconfortante volver a tener a Hector tan cerca, tocándole de esa manera.

Transcurrido un rato que Callaghan sería incapaz de precisar, el escocés terminó levantando la cabeza para secarse con el antebrazo cualquier rastro de babas que, debido al gusto experimentado, hubiera podido acumularse en su poblada barba. -Déjalo ya, tío-. Le pidió entonces a Hector con amable determinación, retorciéndose lentamente bajo su cuerpo para instarle también con el suyo a que se detuviera. -Se me hace extraño tanto toqueteo sin una mamada y corrida de por medio-. Dicha explicación vino dada por la obstinación del chico a no apartarse. -El único final feliz de este masaje ha de ser el que dejen de joderme las cervicales-. Musitó mientras con los brazos hacía impulsar todo su peso hacia arriba, riendo entre dientes al tiempo que trataba de despachar a su jinete con el moderado envite de aquella flexión. -Maldita sea, Hector. Agradezco mucho tu talento como quiromasajista y el que de paso me hayas puesto muy cachondo. Pero si ya has acabado te agradecería que movieras el culo-. Las palabras de Cayden sonaron más escocesas que nunca, ya que la impaciencia y el alcohol mancillaban siempre la neutralidad de su idioma con un acento tan tosco y marcado que fácilmente delataba su procedencia. -Y no, no te estoy pidiendo ninguna técnica de masaje tailandés-. A pesar de su simpática sorna, lo cierto era que el veinteañero estaba empezándole a tocar los cojones con su arrogante y juguetona inamovilidad. Y no del modo literal que sí le complacería.

Callaghan forzó un sonoro suspiro y entornó ligeramente los ojos. Aprovechándose del poco margen de movimiento que la posición a horcajadas de Hector le permitía, se volteó veloz para quedar así boca arriba y poder enfrentar su mirada con la del otro. La expresión de niño travieso con la que se encontró le hizo sonreír, aplacando sus ansias de escarmentar a quien seguía atormentándole con su cálida y tentadora presión. -Esta sí es una buena postura. ¿No te parece?-. Cayden aferró las caderas del otro e hizo oscilar su pelvis hacia arriba, rápida y repetidamente, emulando el estar follándole desde abajo. -Venga, chaval, quítate de encima-. Le rogó Cayden tras detenerse, esta vez risueño y con una sarcástica amabilidad. Parecía un padre que dulcemente amonestara lo incordiante de su retoño durante la hora de siesta, a excepción de que ningún hombre normal permitiría que su hijo sintiera y se sentara sobre la erección que con su inocente manosear le hubiera provocado. -¿Dejamos ya de jugar a los médicos o me creerías si te dijera que me hice una luxación en la polla?-. Tan jocosa pregunta, opuesta a la hasta entonces prudente actitud del empresario, le fue formulada a Hector con la esperanza de que éste se la tomara a broma. El escocés acechó en los ojos de su amigo cualquier atisbo de contención, de deseo enmascarado que delatara con sinceridad el efecto de su incitadora sugerencia. En espera de una reacción cruzó ambas manos por debajo de su destensada nuca, exhibiendo al hacerlo sus peludas axilas y unos bíceps marcados que resultaban tan intimidantes como el bulto de su entrepierna.
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Mensaje por Hector Piazzi el Jue Dic 17, 2015 3:18 pm
- Una luxación en la polla...- Rió por el comentario, aunque no evitó mantener la mirada sobre el rostro del otro. Sentado sobre él podía notar la dureza de su rabo debido a aquel masaje que había comenzado de una manera inocente y que, poco a poco, se había convertido en una forma de volver a tener el escocés consigo. Sin darse cuenta, o quizás sin querer darse cuenta, la atracción por el otro había provocado que su cuerpo recordase momentos pasados en los que estas junto a Cayden significaba sexo, lujuria y un constante descontrol. El bulto que se mostraba en su pantalón deportivo era más que suficiente para dejar ver la contención y el deseo que el otro buscaba en los ojos del italoamericano. ¿Acaso aquel respiro no se debía a un intento por parte de ambos de retener algo que parecía desbordante? Ambos sabían cual era la pared de aquella presa que les contenía a ambos, una pared apuntalada hasta los cimientos con tal de poder aguantar lo que los dos eran capaces de acumular.

Pero lo que uno quiere no siempre es lo que uno hace. A veces existe el deseo, aquel sentimiento que nace del interior de uno, algo que no se puede controlar. Innato, salvaje, como alguna vez le gustaría observar al escocés, aunque para ello supiera que debería de poder darle un culo al otro. Y no esperaba que fuese el suyo. Aquello le hizo sonreír, pillo, la sonrisa de un pícaro de taberna. Héctor, normalmente, no era así. O digamos que en su vida normal no se comportaría así. Cualquiera que lo conociese sabría de la cercanía del muchacho, de la sonrisa y del buen humor que irradiaba, una persona que pareciese bastante adorable como para pensar que, en los juegos del sexo, pudiese convertirse en el ser dominante que llamase la atención de tantos -excepto del gilipollas escocés bajo si- y que se convertía en una barrera en aquella relación con Cayden. Y sin embargo en ese mismo instante se resistía a creer que aquello pudiese convertirse en un impedimento a la hora de poder disfrutar con el otro hombre.

Una de sus manos se internó por el cabello del escocés, por la frente, hacia atrás. Y apretó, provocando que tuviese que estirar su cuello hacia atrás. Se inclinó hacia delante y sin pensarlo, guiado por su propia iniciativa, juntó los labios a los del otro. El roce provocó el recuerdo, porque era vivo y lo mantenía en la memoria. Su lengua se abrió paso, reconociendo también como el otro sabía a que juego les gustaba jugar, a ambos. Se separó un poco y mordió su labio inferior antes de llevar su muerdo a la barbilla barbuda del otro y proseguir hacia abajo por su cuello estirado, por su clavícula desnudo hasta llegar a uno de esos bíceps, donde mordió, y esta vez no se contuvo en ello, con fuerza. Su cintura buscó mejor cómodo en el que alejó su culo y apostó una entrepierna dura sobre la erección del otro.

Guiado por lo innato del ser humano. De la mano de lo salvaje nacido desde el fondo de la inconsciencia. Ese había sido él, en aquel momento en el que también su otra mano se dirigí a apostarse entre ambas erecciones, una frontera entre la tela de ambos pantalones. Y ello le hizo volver, también, hasta la boca del otro, de donde volvió a beber cual agua de un pozo en el desierto, hasta que levantó de ese espejismo. Fue en ese instante cuando la mano que mantenía la cabellera del otro cedió y dejó de tirar, relajando el agarre, y cuando apoyó su frente en la del otro, resoplando por todo aquello que había hecho, y sentido, en apenas esos segundos. No dijo nada, solo dejó que el aire saliese y entrase pesadamente en su pecho. Pensó en decir algo, en quizás rebajar el momento con una broma...pero pensó que hablar ahora, fuese lo que fuese, se lo cargaría de cualquier manera, así que por primera vez en su vida, Héctor Piazzi dejó ir una bola sin intentar batearla. Strike uno.


   
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Mensaje por Invitado el Dom Dic 20, 2015 2:24 pm
Hector alargó la mano hacia el pelo del escocés y tiró de él, haciéndole retroceder la cabeza al tiempo que se inclinaba lentamente. El mayor decidió dejarse llevar por el arrebato del chico y entreabrió los labios, deseoso de recibir su incontinente demostración de lo mucho que le había echado de menos. Pero cuando el otro posó su boca sobre la suya, rodeada de barba, no derivó en una agresiva demostración de la lujuria contenida que vibraba entre ambos, sino que su lengua se deslizó sobre la de él con una dulce vehemencia que no parecía tener fin. Sus besos hicieron que Cayden se sintiera más joven, como si cada uno de ellos fuera el primero, borrando de su memoria todos los demás que le habían dado -o más bien robado dado su poco afectuoso carácter- antes de Hector apareciera en su vida. Y entonces le abrazó, estrechándole con fuerza entre sus brazos antes de deslizar sendas manos por su espalda, bajo la cinturilla suelta de los pantalones, y ahuecarlas contra sus firmes y redondeadas nalgas. Se besaron y toquetearon en la penumbra de aquel salón como amantes adolescentes, pues esa noche estaba resultando muy diferente a la que Cayden había augurado. Durante unos segundos no existieron las obligaciones, ni tampoco presión para satisfacer sus deseos sin ánimo de recompensarle o de verse recompensado. Tan sólo estaba el deseo compartido del placer mutuo. Cayden sabía que no tenía que estar allí, o no al menos de ese modo. Y, sin embargo, nada deseaba más que estar donde estaba y con quien estaba. Una puta encrucijada.

El tiempo se le antojó una eternidad, y a la vez inmóvil, cuando los besos del joven dieron un giro inesperado y la contención se perdió por el sendero de la lujuria. Con un gemido gutural, Hector tiró aún más de su pelo y le introdujo más profundo la lengua en la boca, atizando las llamas de un fuego que él mismo había prendido. A continuación vació su paladar para morderle el labio inferior como si se comiera un coño, y después la peluda barbilla, el cuello... Callaghan gruñó y le azotó el trasero al sentir que los dientes del beisbolista marcaban uno de sus bíceps, las palmas deslizándose por encima de los tensados músculos de su abdomen, ondulantes bajo las manos ávidas del bateador. La pasión alcanzó cotas insoportables cuando Hector capturó otra vez sus labios, sintiendo que se hundía todavía más en el embrujo de ese delicioso veinteañero entregado plenamente a sus impulsos. Callaghan sólo podía pensar en lo maravilloso que sería que el otro se entregara a él por completo, en lo quimérico de que se dejara poseer de todas las maneras imaginables, hasta que notó una de las manos ajenas contra el bulto de su entrepierna y recobró el sentido común de golpe. Girando la cabeza a un lado, rompió el contacto con la hambrienta boca de Hector y lo empujó abruptamente de los hombros. -¡Mierda, ya basta!-. Vociferó Cayden con la inflexible voz de un trueno, la misma que ponía cuando quería hacer saber a cuantos se la mamaran que necesitaba de un respiro para no correrse. Después jadeó con todo el peso de Rodas sobre su torso, esforzándose en recuperar el ritmo normal de su respiración. La perentoria necesidad de poseerle le había invadido por completo. Una parte de él -en concreto su polla- lo deseaba desesperadamente, al margen de cualquier circunstancia. Estaba muy cachondo y deseaba follarle en aquel preciso instante y lugar, sobre un sofá bastante confortable y alentado por la voz en off de quien seguía retransmitiendo en la tele un evento deportivo, pero la realidad asomó su fea cabeza. Aquello era un imposible.

-Joder… ¡Aparta!-. Pese a la media luz, Cayden podía ver claramente el gesto desconcertado en el rostro de Hector. Se vio obligado a emplear la fuerza bruta para quitarse de encima al otro, dejándole tumbado de lado -y a ojos vistas empalmado- contra el respaldo del sofá. Acto seguido se incorporó hasta quedar sentado, su recia espalda de vikingo encorvada hacia adelante. Un rictus de seriedad empañaba su semblante, a juego con lo ensombrecido de su mirada. Deja ya de tocarme los cojones, pareció que le ordenara al otro con aquel ademán desdeñoso. Las manos con que hacía sólo un minuto acariciara a su amigo, a su amante, reposaban ahora sobre sus rodillas. Se percató con indignación de que le temblaban ligeramente, consecuencia de hallarse excitado en todas las acepciones del término. -No, tío... No creo que debamos seguir este camino-. Le recomendó prudentemente Callaghan con su voz ronca, taxativo el tono, empleando el verbo "seguir" cuando lo más correcto hubiera sido decir “retomar”. Su dolorosa erección palpitaba aún con furia bajo la tela vaquera, contrariada por la casta -e inaudita- sensatez de su dueño. -Contar con un buen bate para golpear fuerte pero que no te permitan correr hasta la última base...-. El escocés rió entre dientes dicha analogía al tiempo que negaba amargo con la cabeza. Su diestra empuñó durante un par de segundos el paquete en sus pantalones, señalándole al otro la tremenda vara de carne que había inspirado su metáfora. -Acaba siendo frustrante, chaval-. Resopló fuertemente por la nariz, visiblemente resignado, tras confesarle a Hector su insatisfacción. Después recuperó del suelo la camiseta que su anfitrión le había quitado y se la puso nada más erguirse, marcándole ahora ésta unos pezones empitonados a base de ardientes besos y caricias. -Estoy seguro de que sabes a lo que me refiero-. Dijo mirándole a los ojos con complicidad, habiendo recuperado su botellín de cerveza para llevarlo a su bragadura con la intención de que el frío apaciguara la bestia que el italiano había despertado.
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Mensaje por Hector Piazzi el Lun Dic 21, 2015 4:59 am
¡Ya basta!

Héctor no había sido nunca alguien caprichoso. Había aprendido que la mayoría de las cosas había que tomarlas por uno mismo, con su trabajo, pero eso era distinto a la hora de tomar aquello que quería de una manera más personal, física. Nunca había tenido problemas al intentar llevar a cabo su conquista, nunca le habían rechazado, y todo aquello que es nuevo conlleva extrañeza para el hombre. Por eso, allí tirado, observando al otro, se sintió desconcertado por unos segundos, pasando a sentir cierto rubor, vergüenza, al llegar a pensar que aquello había sido una tremenda ida de olla. Y siguió pensándolo después, aunque menos. Ya. Había sido suficiente. Y la voz del escocés había hablado con suficiente claridad. No debería haberse dejado llevar, no debería haber comenzado aquel juego (Que él mismo sabía que no era tal).

- Si. Si, tienes razón.- Apoyó sus manos en el sofá para ayudarse y así salir de éste. Descalzo y colocándose su polla, que estaba empalmada, para que no le molestase más de lo que ya lo hacía, rodeó el mueble, no sin antes recoger su cerveza, para dirigirse hacia la cocina. En ese mismo instante no sabía como comportarse. Era una situación tensa y nada agradable. Le parecía que seguir como si nada, incluso eso, sería igual de extraño. Así que bebió de su birra. Estaba seco y su boca se había secado.

Prefirió centrarse en el regalo de Cayden, cogiendo la bola y observándola por un par de segundos antes de encaminarse hacia una repisa, vacía, donde creyó que era el mejor lugar donde colocarla sobre aquella caja de madera que servía como pedestal de la preciada pieza.- Se a lo que te refieres. Si, es frustrante.- Aunque para el no lo era tanto. Cuestión de balanzas y de ver que pesaba más. Y no era quien para tratar de desequilibrar la de otros. ¡Joder! En ese preciso instante preferiría no encontrarse en aquella posición, pero la había propiciado él mismo, así que no podía más que comérsela con todas las de la ley.-Mira, lo siento.- Dijo, una vez había vuelto a la isla de granito de la cocina, como si fuese aquella una empalizada suficiente.- Fue una gilipollez hacer eso.- Aunque en verdad hubiese sentido que en el momento en el que ambos se besasen, se abrazasen, se tocasen, hubiese sido algo bastante distinto a lo conocido por el muchacho. No, no había sido una gilipollez pero prefería comenzar a decírselo para convertirlo en verdad.

Si, bastaba con lo ocurrido. Era suficiente.

Y ahora, sin más, no sabía como actuar. Héctor era joven, era inexperto en ciertas cosas y un muchacho, al fin y al cabo, un joven que a veces se sentía más que perdido. Y eso ocurría con Cayden. Había pasado antes de esa noche, y ahora también. No era un simple polvo, eso lo tenía asumido, era más. Lo era, porque definitivamente eso debería de quedar en pasado. Y no debería haber saco alguno entre ambos, ni entradas que pudiesen llevarlo a un mismo estadio. Si, Cayden tenía razón. Y aún así se sentía furioso con ello. Se terminó la cerveza de una vez y la dejó sobre la encimera. Se volvió hacia la nevera y tomó otra, dispuesto a beberla en cuanto la abriese.- Mira, Cayden...- Apoyó el botellín en la encimera y su mano en el propio botellín de color marrón.- ...tienes razón.- Se encogió de hombros, tratando de sonar convincente, y de mantener el rostro serio, sin rastro alguno de que aquella putada le estaba jodiendo.- No debemos seguir este camino. No debería haber dado ningún paso más.- Asintió, convenciéndose a si mismo. Quedó callado por unos segundos, largos segundos.- Creo que no estaría bien enseñarte el resto del piso ahora mismo teniendo en cuenta que solo queda el baño y el dormitorio.- La broma salió de sus labios acompañada de una risa entre irónica y camuflada.

- Gracias por la bola. De verdad. Es un pedazo de regalo.- Si fue totalmente sincero en ello, y en lo que diría a continuación.- Pero creo que en este momento...bueno, sería un poco incómodo. Si quieres podemos vernos otro día, fuera, en un bar, o donde sea.- Aunque debería ser un sitio público, por supuesto.- Otro día.- Y con aquello dejaba claro que, ese instante, no era el mejor para que los dos compartiesen un mismo lugar.


   
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Mensaje por Invitado el Vie Dic 25, 2015 12:33 pm
Cayden empinó un codo y se llevó a los labios el frío envase de cristal que había hecho menguar su erección, mojando en Budweiser lo que quedara de su libidinoso deseo. En sus adentros se lamentaba de haberle provocado a Hector la pesadumbre que delataba su gesto esquivo, sus frases entrecortadas de disculpa, observándole dirigirse hacia la cocina como si procurara alejarse de aquel sofá lo máximo que le fuera posible. -Sé que tengo razón, pero no es necesario que te disculpes-. Le hizo saber Cayden al tiempo que -defecto de motorista- se introducía la camiseta por dentro de los pantalones. Mientras lo hacía, Hector observó su rostro grave, como absorto, donde la luz de una lámpara de sobremesa le hundía las mejillas y acentuaba la fiera pincelada de su barba. No parecía muy orgulloso de sí mismo, y deseó poder viajar un minuto atrás en el tiempo para resarcir la consecuencia de sus actos o, mejor dicho, de lo que no había hecho. Por un momento, cuando movió a ambos lados la cabeza en busca de su chaqueta, su mirada se topó con la del beisbolista. Sus ojos se apartaron de inmediato, rehuyéndole, temerosos de que pudiera leer algo inconveniente en ellos. Pero sólo fue un instante, y enseguida volvió a mirarle de nuevo, insondable, con una media sonrisa que considerable esfuerzo le supuso componer. -Sí, ese me parece un buen sitio-. Opinó en voz baja, sin que el otro se lo hubiera pedido, sobre el lugar escogido por Hector para dejar -y exhibir- la pelota firmada por DiMaggio que le había regalado. Tres sorbos más de cerveza y la vejiga le advirtió de su saturación, aunque la voz del italiano le impidió poderle indagar sobre la ubicación del baño.

Hector le invitaba con sutileza a abandonar su apartamento, después de agradecerle una vez más el regalo y antes de sugerirle un futuro encuentro en terreno neutral y, poniendo como ejemplo un bar, prudentemente público. Aquello enfureció bastante a Cayden, no tanto el que deseara perderle de vista -una aspiración sensata y del todo comprensible- como el hecho de que descartara la idea de volver a estar con él a solas. Por nada del mundo quería que Hector se sintiera incómodo con su presencia, necesitando de gente alrededor que aliviara la tensión sexual entre ambos y pretender así que no volviera a originarse una situación como la que había arruinado aquella velada entre amigos. Cayden se encogió de hombros tras escuchar lo que el italiano tuvo a bien sugerirle, el rostro impasible. -Claro… Otro día-. Replicó al instante la evasiva del otro, con un timbre de voz sarcástico y ligeramente incrédulo que pareció desmerecer tal propuesta. Como si en realidad no le creyese y se negara a tomarle la palabra. Después, la distancia que les separaba fue salvada por Cayden con un par de lentos pasos, culminando con el modo brusco que tuvo de dejar el botellín ya vacío de cerveza sobre la encimera. Sus ojos grises delataban la contención de su furia, su malhumor en general, pese a que en el fondo no culpara a Hector por ello. O no al menos exclusivamente, ya que él y sus huevos llenos -de manera literal y metafórica- se sabían los principales responsables de su enojo. -Estoy de acuerdo. Será mejor que me vaya-. Sentenció antes de recuperar su chupa de cuero, la cual le otorgó tras ponérsela ese aire de motero texano que tanto le alejaba de su oficio y verdadera nacionalidad. Un último vistazo al bulto en los pantalones deportivos de Hector le sirvió para consolarse, pues hasta en una situación como la presente su ego masculino seguía alimentándose de los evidentes efectos que suscitaba en su amigo. -Gracias por el masaje, tío-. Fue lo último que añadió antes de dirigirse a la salida de aquel nido de soltero y cerrar la puerta a sus espaldas. Ya en el ascensor, se manoseó el cuello sólo para comprobar la eficacia de aquello que acababa de agradecerle al otro. Su miembro hormigueaba aún en su estado flácido, lamentando que el hombre al que pertenecía no hubiera sucumbido a las añoradas atenciones de Hector. -Que cabrón tan gilipollas...-. Musitó Callaghan en referencia a sí mismo, maldiciendo su orgullo de macho alfa mientras cruzaba la nocturna avenida Wilshire en dirección a su Harley Davidson. Sólo a ella montaría esa noche.
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