I.
II.
III.
IV.
V.
Hasta hace cinco años las disputas entre la comunidad judía cristiana y la comunidad LGBT crearon un caos por la dominación de Beverly Hills pero la sociedad LGBT de Los Ángeles y todo California se aliaron a dos diputadosen su afán por crear una igualdad en todo en California, por lo que apoyados por un grupo de empresarios, atletas, músicos y atletas fue que lograron una legislación para la creación de una zona exclusiva para esa comunidad.
El principal activista de ese movimiento y ahora alcalde de Beverly Hills, Travis Denker ha estado acondicionando una ciudad perfecta donde la igualdad prospera, pero lo que no se sabe era que en parte ese proyecto fue para encubrir ciertos negocios ilícitos que tenía con ciertas mafias internacionales. ¿Qué pasaría si la mafia decide cobrar favores?
ambientación
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El foro está inspirado en las series de televisión "Desperate Housewives" y "Devious Maids", sin embargo la trama actual y el enfoque que se le ha dado corre a cargo del staff de Beverly Paradise. Así mismo se agradece a:
Paparazzi y Staff de Beverly Paradise, por la historia y trama.
Damien Aubriot : Modificaciones al skin, tablillas, tablones, y otros códigos.

También agradecemos los tutoriales de Glintz
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Mensaje por Robert Swann el Vie Ene 29, 2016 12:42 pm
Hacía ya una semana y dos días que se había hecho dueño del apartamento de al planta 3 del 102 de Wilshire Boulevard. Al día siguiente de la visita al apartamento había tenido que ir hasta la oficina de Cayden Callaghan. Allí habían rellenado todos los papeles burocráticos y había aprovechado para darle el número de teléfono para poder mantener el contacto. Al fin y al cabo Cayden sería su casero a partir de ahora, y aparte de eso habían quedado en aquella reunión donde terminar por sellar el contrato.

Era un jueves cuando había observado el simbolito de la mensajería. Se encontraba en el downtown cuando deslizó el menú y observó el mensaje de Callaghan. Ese día le vendría bien, si. Los viernes eran más ligeros así que aunque trasnochara un poco, no pasaría nada. Contestó afirmativamente y decidió que se pasaría a comprar antes de irse para casa. En el propio mercado decidió que comprar. No tenía la nevera llena, ni mucho menos. Esos días estaba teniendo complicaciones para ir al trabajo y además hacerse cargo de todas las cosas relacionadas con el piso. Así que apenas tenía una mierda para cenar, ni para beber. Para la cena no se había comido la cabeza y había llamado a un restaurante de comida tailandesa, le gustaba bastante y sabía que te podían hacer de todo para llevarte a casa. En el arte de beber si era un poco más entendido y por eso se llevó una caja de tres botellas de Carnival of Love 2012 McLaren Vale, un vino tinto de origen australiano. Le gustaba que no proviniese de Francia o España, o de la cercana California, y que tuviese un hogar mucho más lejano, exótico. Para más allá de la cena, se había interesado por lo que el otro tomaría y había elegido un Cardhu Single Malt de 12 años que se llevó gran parte del presupuesto. Por su parte, se llevó un pequeño capicho, una botella de Grey Goose, vodka francés que era su propia debilidad, puro y bastante limpio en sabor, aunque mantuviese su gran graduación.

Sobre las nueve y media recibió la llamada del hombre al telefonillo, al que abrió y esperó cercano a la puerta a que golpease para hacer saber que había llegado. Aunque había hecho uso del magnífico baño por el que Cayden consiguió convencerle de tomar ese apartamento, Robert había preferido mantener el vestuario que normalmente usase para el trabajo, aunque con un toque más casual debido a que los zapatos los había cambiado por otros más modernos y menos formales. Se observaba el cuello de la camisa por sobre el jersey. Había de admitir, cuando se vio frente al espejo, que se veía bastante bien, sobretodo cuando sonreía. Cada uno tenía sus armas y Robert sabía cuales eran las suyas. Pero bueno...no había armas, para nada. Aquello era parte de un trato, de un contrato de palabra, nada más.

Y aún así la usó, la sonrisa, al ver aparecer al hombre al otro lado del portal.- Buenas noches, Cayden. Pasa.- Se echó a un lado y cerró la puerta una vez el otro pasó al interior.- Como verás no hay mucho cambio...- Y era verdad. Cierto que había puesto algunas imágenes, sobretodo relacionadas con lugares del mundo, fotografías más que dibujos o cuadros. Casi todo lo demás seguía igual. Se acercó al hombre y esperó a que se deshiciera de su abrigo para hacerse cargo de él.- Espero que te guste la comida tailandesa. Si, ya lo se...no está hecha por mi pero en mi defensa diré que si te gusta este tipo de comida...te chuparás los dedos.- Además del Pad Thai y el Curry Massaman se había atrevido con el Satay y sobretodo con el Tom yam goong, una sopa de gambas con picante y con leche de coco que le encantaba por esa mezcla de sabores.- Y que he gastado todo el presupuesto...hasta un poco más, para que vieses que no he escatimado.
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Mensaje por Invitado el Dom Ene 31, 2016 3:43 pm
El regalo que más le gustaba hacer cuando alguien inauguraba casa o piso era un set de vasos Riedel -para agua o whisky- en cristal Waterford. Para Callaghan suponía la combinación perfecta de elegancia, buen gusto y utilidad. Sin embargo, no era cristal lo que ese jueves por la noche sostenía en sus manos cuando llamó a la puerta del apartamento recientemente alquilado a Robert Swann, sino una bolsa de Armani Home con un lazo de satén púrpura en las asas. -Buenas noches-. Fue lo primero que dijo el ejecutivo -vestido todavía como tal- tras ser instado por su anfitrión a franquear el umbral de su nueva vivienda. Se sentía encantado de volver a ver a aquel joven tan guapo y endiabladamente sexy que, al tiempo que se prestaba a hacerse cargo de su abrigo, le advertía de los pocos cambios realizados en el piso. La sonrisa del chico, comprobó Cayden, seguía siendo devastadora. -Esos paisajes que has colgado hacen que se parezca menos a uno de esos pisos piloto que fotografiamos para nuestros catálogos. Me gusta bastante como quedan, en serio-. Comentó Callaghan con sinceridad tras tenderle la prenda y echar un vistazo al espacioso salón con cocina americana que ya olía a hogar y no a inmueble desocupado. Después sus ojos se centraron exclusivamente en Robert, que lucía para la ocasión un jersey de punto con cuello blanco de camisa. Le sentaba de maravilla, la combinación perfecta entre atractivo informal y elegante, aunque para sus adentros el mayor maldijera verle con tantas capas de ropa. Conjuntado aquel suéter con unos pantalones negros, bien calzado y con el pelo algo mojado, el efecto que Robert produjo en su invitado fue de puro y candente deseo. Además, el atractivo veinteañero olía a recién salido de la bañera.

Ajeno a tamaña contención de lujuria por parte del empresario, Robert anunció que la cena consistiría en un delicioso menú tailandés. Justificándose de antemano por no haberla cocinado él mismo y confesando tras ello que había pagado por ésta un poco más de lo ahorrado en su primera factura del piso. Su agente inmobiliario -ahora vecino y en proceso de ser considerado también un amigo- le dedicó una afable mueca con la que agradeció su inversión y a su vez le manifestaba que no debía disculparse por no haberse puesto un delantal. -No te preocupes, Robert. Soy de Escocia, y si bien es cierto que nuestro paladar no admite licores baratos, en cuanto a comida se refiere...-. Cayden frunció los labios y arqueó elocuentemente ambas cejas en un mohín irónico, coronando después con una carcajada su propio comentario. Todo un ejercicio de autocrítica sobre lo poco sofisticado de él y de sus compatriotas a la hora de comer. Y el Haggis, plato tradicional de su tierra a base de entrañas de cordero guisadas, era una buena muestra de ello de la que quizás más tarde le hablaría. -En cualquier caso no era necesario que te arruinaras para alimentarme, aunque he de admitir que has acertado de pleno con mis gustos. Después de los masajes, lo segundo mejor que tiene Tailandia es su gastronomía-. A riesgo de perderse en ellos, el de Aberdeen indagó en los expresivos ojos del muchacho, increíblemente azules, cualquier atisbo de empatía hacia su sentido del humor o, por el contrario, de incomodidad por su referencia sexual al haber mentado jocoso la fisioterapia erótica tan característica de aquella cultura.

El nuevo propietario de aquel domicilio en Wilshire Boulevard hizo ademán de dirigirse a la cocina, presto tal vez a llenar dos copas de una botella de vino tinto que previamente había abierto para que respirase. Cayden se lo impidió, sujetándolo de un brazo con cierta rudeza natural y no deliberada. -Espera. Antes de dar buena cuenta de ese vino y de todas las delicias del sudeste asiático que hayas dispuesto, quiero que aceptes esto. Es para ti-. Le dijo tras recuperar aquello que trajera consigo y que había dejado en el suelo para poder quitarse el gabán. -Por la invitación y... En fin, ábrelo-. Cayden extrajo de la bolsa un paquete de cartón de doble pared, texturizado en efecto cuero y con las iniciales AH impresas en su tapa. Después de ofrecérselo decidió tomar asiento en el sofá, aunque más bien se recostó en éste apoyando las nalgas en el reverso de su respaldo, con las piernas ligeramente estiradas en una postura a medio camino entre permanecer de pie y sentado. Sus ojos grises acecharon la reacción del otro, habiendo cruzado los brazos sobre su corbata gris de seda . -Supongo que después de la mudanza ya tienes un juego de cama decente, pero mientras deliberaba acerca de qué regalarte no podía dejar de pensar en el colchón desnudo de tu dormitorio-. Admitió justo cuando el otro descubría el misterioso contenido de aquella caja; sábanas de algodón egipcio para cama king size, pulcramente dobladas con su bajera y un par de fundas para almohada. El tejido satinado con el que habían sido confeccionadas, palpablemente lujoso, era de una tonalidad antracita que tendía al negro por lo oscuro de la misma. -¿Te gusta?-. Un sutil deje de lascivia impregnó la interrogación de Cayden. Era consciente de lo atípico de su regalo o, mejor dicho, de lo íntimo y sugerente que podía considerarse si otra mente calenturienta como la suya lo descontextualizara. No pudo evitar preguntarse si Robert lo haría, pudiendo llegar incluso a interpretar su presente como una insinuación de llevárselo a la cama. Irónicamente acertaría, en el caso de que fuera tan perspicaz o malpensado como el otro sospechaba.
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Mensaje por Robert Swann el Lun Feb 01, 2016 7:45 pm
- ¡Escocia! Tienes el acento bastante...- Se paró antes de decir nada y provocó que sus ojos se achinasen un poco antes de decir las siguientes palabras.- ...depurado al neutro.- Asintió, como si acaso estuviese afirmando para él mismo.- He visitado Escocia, bueno, Edimburgo solamente, y el acento era muy marcado. ¡Y eso era la capital! No quiero ni imaginarme como debe ser en otros sitios más perdidos.- Mantuvo la sonrisa cuando le hizo saber que le gustaba la comida tailandesa. Había sido una decisión completamente aleatoria y quizás lo hubiese puesto en un aprieto si no hubiese sido un catador de ésta, pero parecía haber acertado, y eso era lo importante.- No he sido objeto de ninguno de esos masajes...- Eso no significaba que no supiese de ellos.- ...aunque quizás puedas ayudarme con ello.- Estuvo tentado a permanecer para ver su reacción,pero creyó oportuno dirigirse a por vino, una copa que fuese el comienzo de algunas más.Se dijo por un momento que aquello estaba mal, el intentar llamar la atención del otro, de provocar. Cayden Callaghan era un hombre mayor que él, un compañero de su padre, alguien que debía quedar lejos de cualquier interés.

Se dispuso a ir cuando una mano le tomó del brazo, fuerte, ruda, sin remilgos. Le hizo quedar quieto, y volverse al hombre. Observó la caja que el hombre había traído para él. Si, suponía que era para él desde el comienzo, pero aunque se había fijado en ella no había puesto mucha atención en ella, sino más bien en el escocés. Bajó la vista y tomó la caja, y después la dirigió al hombre.- Gracias. No era necesario, pero gracias. Intuyo que esto te habrá costado prácticamente lo que yo gasté en la cena.- Había reconocido la marca pues, aunque ahora le fuese casi imposible hacerse con algo de ella para la casa, si tenía bastante prendas de ropa de Armani. Al abrirlo el escocés decidió hacerle saber de que se trataba y la sonrisa del muchacho se transformó, alargándose por su parte izquierda, sobretodo cuando escuchó aquello del recordatorio del colchón desnudo. Se recordó a si mismo los pensamientos que apenas segundos antes habían rondado acerca de la conveniencia acerca de la provocación, y se aseguró de que aquello podía formar parte de un juego.- Si, me gusta. Es un buen regalo. Y no...no tenía un juego de cama así. Ha sido un acierto, y novedoso, he de admitir.- Cerró la caja con su tapa y sorteó la distancia con respecto al sofá sobre el que se apoyaba en unos pasos. Dejó la caja sobre él, y se volvió, asintiendo.- Novedoso. Si. Necesitaré ayuda para colocarlas. No sabes lo jodido que es colocarlo todo en una cama como esa.- Y ya está. Prefirió no hacer nada, no provocar nada, ni con su sonrisa ni con su mirada.

La barra americana sería el lugar donde cenar, enfrentados el uno al otro, y el lugar donde apostase las dos copas de vino, las cuales llenó del rojo tinto.- Es australiano. Según vi está bueno, y me gusta cambiar y no probar lo típico.- Trató de que aquello no tuviese un doble significado centrando su mirada en como servía el vino. Le instó a que se sentase, en un taburete.- No pienso decirte que es cada cosa ya que te he visto puesto en los placeres de Tailandia.- Dejó la botella a un lado y tomó un mando, el de la televisión. La encendió, y de banda sonora dejó que el Adagio de Albinoni, por detrás de ellos. Lo primero que hizo fue traer el Pad Thai y el Curry Massaman.- No te hartes. Quiero probar la sopa de gambas. Es picante, y no quiero ser el único que la pruebe.- Se llevó el primer bocado a la boca.- ¡Mmmmm!- Alzó uno de sus dedos, llamando la atención.- Aunque me temo que no hay postre. Se me olvidó.- Se encogió de hombros- Pero a cambio hay whiskey, unas copas.- Esta vez si, sonrió, antes de dar un sorbo al vino. Estaba rico, aunque el no era un gran entendido en eso.- ¿Qué tal todo? Quizás no el mejor día para esto, ¿No?- Le señaló, con la misma cabeza. Lo veía totalmente trajeado, sin haberse cambiado seguramente...un día duro. Pero al menos podían terminarlo de manera más relajada.
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Mensaje por Invitado el Miér Feb 03, 2016 3:10 pm
El empresario miró fijamente a Robert, vigilando tanto el efecto de su regalo como el de sus palabras. Sonrió al escucharle despotricar sobre lo arduo de vestir una cama tan enorme como en la que ahora dormía, al tiempo que se alejaba del sofá en dirección a la isleta de mármol azabache con pilar de acero que, a tenor de lo dispuesto sobre la misma, esa noche haría el servicio de mesa. -Deberías reservarlas para una ocasión especial-. Sugirió Cayden, respecto a las sábanas, antes de tomar asiento en uno de los taburetes indicados por el chico. No sólo llevaba corbata sino que seguía vistiendo la chaqueta de su traje, acostumbrado a dejársela puesta por lo formal de la mayoría de sus cenas. Y aquel precioso veinteañero que llenaba de vino su copa, a fin de cuentas, también había sido su cliente. -El dependiente de Armani me dijo que a ese algodón egipcio le sienta de maravilla la luz del fuego. Creo que sólo pretendía ligar conmigo. O venderme unas velas-. Esa anécdota hizo reír al muchacho, que se afanaba mientras en surtir aquel espacio en el que cenarían con todo lo necesario. Cayden no pasó por alto el doble sentido de su guapo anfitrión cuando éste le informó de que aquel tinto importado de Australia era un manifiesto de lo mucho que le gustaba romper con los convencionalismos y probar cosas nuevas. -No es el primer australiano que pruebo, Robert, y todos ellos me han dejado siempre un excelente sabor de boca-. Replicó el mayor de una manera igual de ambigua, acentuándose en su caso la -directa- indirecta de su cosmopolita promiscuidad sexual por lo lupino de su sonrisa y el tono irónico empleado. La sopa que Robert le sirvió estaba deliciosa, por lo que un hambriento Cayden la atacó sin demasiados intervalos de tiempo entre cucharada y cucharada. El hermoso y triste Adagio de Albinoni comenzó a sonar de fondo después de que Robert encendiera el televisor, contrastando lo melancólico de sus notas con la carcajada que profirió Cayden al escuchar que el Swann Jr. le expresaba su temor a quedarse sin catar aquel primer plato. -¿He de recordarte que soy tu invitado?-. Le interrogó entre perplejo y divertido. -Estás obligado a permitirme engullir toda la sopa de gambas si me viene en gana. Pero estás de suerte, ya que hoy me siento bastante generoso-. Dijo Cayden mientras llenaba uno de los boles, para el chico, con aquel consomé exótico y picante de un intenso color naranja.

Cuando el otro le hizo saber que se había olvidado de comprar algo para el postre, Callaghan se vio tentado a sugerirle que él podría hacer las veces en el dormitorio. No obstante prefirió moderarse con las insinuaciones, asegurándole que con el whisky ofrecido sería más que suficiente. Después bebió un poco de vino, ahogando sus ganas en éste mientras Robert se cuestionaba si aquel habría sido el mejor día para la cena que le prometiera como agradecimiento. Por lo visto, el uniforme de yuppie ejecutivo que aún vestía Cayden le había hecho sentir culpable. -Mañana he de asistir a una cena de negocios, y los fines de semana acostumbro a pasarlos en una casa que tengo a las afueras, al oeste de Franklin Canyon, por lo que era esta noche o haber postergado tu invitación hasta la semana que viene-. Demasiadas explicaciones le dio Cayden por no admitir que se moría de ganas de volver a verle. -Además no quería retrasar más este momento. Hubiese sido desconsiderado por mi parte, ¿no te parece?-. Se esforzó en camuflar sus ansias por que llegara aquella noche con una máscara de rectitud en el compromiso muy británica. Luego su expresión se relajó considerablemente, tras llevarse a la boca y tragar después un pedazo de pollo que dejó en su paladar el intenso sabor a curry de la salsa que lo acompañaba. -Dime una cosa, Rob: ¿Te gusta la naturaleza?-. Su pregunta casi sonó retórica, especialmente porque siguió hablando sin concederle a su interlocutor tiempo ni oportunidad de responderle. -Si es así deberías acompañarme este sábado. Sólo estaríamos fuera una noche, y unas brazadas en mi piscina después de dar un paseo por el bosque te ayudarían a desconectar después de tu traslado-. Con un segundo bocado a aquel Curry Massaman le brindó tiempo a deliberar una respuesta, acechando la reacción del otro ante su propuesta mientras masticaba. -Considéralo mi modo de agradecerte esta cena-. Apostilló Callaghan al tragar. -Claro que si tienes otros planes...-. Podemos dejarlo para más adelante, remató Cayden la frase sin ayuda de las palabras, valiéndose tan solo de su mirada y componiendo sus facciones un gesto resignado de comprensión. Casi como si se disculpara de haber osado interferir en el tiempo libre de aquel chico bastante más joven que él.

La cena transcurrió relajada y sin excesiva tensión sexual, bastante entretenida con Cayden hablándole al muchacho de su Escocia natal sin profundizar demasiado en su pasado allí. Robert hizo lo propio acerca de su vida en Boston; sin mentarle él, curiosamente, apenas nada de la ciudad en sí. Entre platos picantes y agridulces también salieron temas de conversación tales como el trabajo, los estudios y más tarde, cuando ya casi habían vaciado la botella de vino, del Edimburgo que Robert conocía y los restaurantes o locales nocturnos a frecuentar en Beverly Hills. Cayden también sacó a colación el gimnasio con spa del cual era cliente, no dudando a la hora de recomendárselo al chico por lo cercano del mismo a su domicilio. -...así me verías golpeando el saco de boxeo. He depurado demasiado mi técnica como para que mis únicos espectadores sean esa panda de maricas con esteroides abonados al Aesthetic Era Gym desde que acabaron el parvulario-. La socarrona indignación de Callaghan fue proferida con marcado acento escocés, ese que Robert le comentara antes echar en falta. -Gracias, chaval. Ha sido una gran cena pese a que no la hayas cocinado tu mismo-. Cayden aligeró la acidez de su comentario con un guiño de ojo y una media sonrisa. Seguidamente se levantó del taburete para alejarse de aquella cocina americana en dirección al sofá, tomando asiento en el centro de éste con aire satisfecho y el tobillo de una pierna apoyado sobre el recio muslo de la otra. En actitud distraída enderezó el calcetín de oscuro hilo escocés -como no podía ser de otro tejido- que asomaba por encima de uno de sus zapatos debido a lo tenso en la pernera de su pantalón. Su brazo izquierdo reposaba estirado por encima del respaldo, mientras con la mano del otro aflojaba el nudo Windsor de su corbata. Los ojos grises estaban clavados en Robert, observándole retirar de aquella barra -con improvisada función de mesa- los últimos platos que le quedaban por recoger. -Ahora, mientras me sirves un poco de ese whisky al que debemos llamar postre, ¿quieres que te hable de la prostitución en Tailandia?-. Los finos labios de Cayden, el claro de un poblado bosque de vello facial, se curvaron en una sonrisa lasciva; un punto ebria. Mucho más natural, en cualquier caso, que cuantas le había dedicado al otro hasta ese momento.
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Mensaje por Robert Swann el Miér Feb 03, 2016 7:08 pm
- Ese dependiente de Armani tenía buen gusto.- No dijo si eso iba dirigido por el juego de cama o por el intento de ligar con el mismo Cayden. Prefería dejarlo ahí, porque así era como a el le gustaba ser, el que tiraba la piedra y escondía la mano, pero sin esconderse él. Pero casi enseguida se lo reprochó a si mismo. Era un auténtico gilipollas, se estaba dando cuenta de lo que estaba haciendo, jugar a un juego del que había declinado ser partícipe. Todos aquellos límites que se había impuesto estaban siendo saltados continuamente por él mismo. Prefirió beber del vino antes de alzar la vista hacia el hombre. Pero el otro, ¡el maldito otro!, no dejaba de provocarle con ciertas frases que provocaban que su mente, avispada y rápida, quisiera hacerse ver, mostrarse como lo que era ante el hombre que tenía frente a si.- ¿Por ser mi invitado he de permitirte engullir todo lo que quieras?- Su rostro se ladeó un poco, solo un poco, a la vez que sus labios se separaban para mostrar una media sonrisa, dejando en el aire la respuesta a tal pregunta que iba dirigida con inquina juguetona.

Aseveró el mismo que si, que era mejor haberse reunido aquella noche que esperar hasta la siguiente semana. No se iba a negar que había esperado esa reunión por todos los días atrás. Una cosa era saber donde no tocar, donde no entrar...y otra muy distinta el intentar llegar lo más cerca posible de aquello que se sentía prohibido. ¿Acaso no era eso lo que muchos llamarían excitante, el sentido de la vida? Bueno, Robert no era tan profundo pero si entendía que asomarse al vacío provocaba su adrenalina, y que esa sensación le gustaba. Más adelante llegó su ofrecimiento, algo que hubiese aceptado sin dudarlo, si hubiese querido tirarse por el precipicio, pero no era el momento.- Es agradable, no lo dudo. Estoy seguro de que debe ser un gran plan para el fin de semana...- No, no lo dudaba, mucho menos si tenía la oportunidad de pasar tiempo a solas, junto a él, perdidos en medio de un bosque donde nadie pudiese entrometerse en nada.- ...déjame pensarlo. Debería de ver un par de cosas, asegurarme de todo. Al fin y al cabo aún quedan dos días.- Era una manera de decretar una prórroga en tal decisión, un momento de tranquilidad donde poder pensar más fríamente.

Tras la cena, se dispuso a dejar los platos en el fregadero. No era momento para limpiar aquello, pero si para amontonarlos para el lavavajillas una vez todo terminase.- Prostitución en Tailandia...- Tenía en la mano la botella de Cardhu, abierta, pero sin derramar aún en el vaso ancho y corto donde lo serviría, con dos cubitos de hielo. Mantuvo la vista en la posición del otro y arrugó su ceño, como si pensase en lo que acababa de decir.- ...por supuesto. ¡Quiero saber más!- Riendo, llevado en cierta manera por el vino que había tomado, bajó la vista para servir el alcohol en el vaso. Escuchó atento mientras se servía también el vodka que él tomaría, solo un par de minutos. Tras ello, y con los dos vasos en mano, se dirigió hacia el sofá que el otro ocupase justo en su mitad, no dándole posibilidad de quedar cada uno en un lado. Quedó de pie, tendiendo el vaso, pero sin soltarlo.- He de decir que para que tomes esto debes hacerme la promesa de no coger moto alguna, ni ningún medio de transporte que tu conduzcas, para volver a casa.- El muchacho de ojos claros le miraba desde arriba, con una sonrisa, mostrando una actitud que, en ningún momento, podía haberse considerado reservada, tampoco débil ni mucho menos sumisa, sino bastante autoritaria para alguien de su edad. Y no fue hasta que el otro hizo tal juramento que le cedió el vaso y el se sentó a su lado, en la parte derecha, copiando su forma de sentar, pero apoyando el codo de su brazo derecho sobre el respaldo del sofá, cercano a donde quedaba el brazo estirado de Cayden.- Solo me faltaría tener en mi conciencia algo así...créeme que no me gustaría lo más mínimo.

La conversación giró sobre los viajes realizados por Cayden, los más exóticos, aunque el mismo Robert decidió reconducirla en poco tiempo.- ¿Y de qué conoces a mi padre? Quiero decir, cuando me habló de que conocía a alguien que podía ayudarme no me dijo si acaso eras un socio, un amigo...- Era la intención saber como consideraba a su propio padre, que relación tenía, si acaso era una amistad encauzada o simplemente una relación de negocios, algo que pudiese colocar las fichas en el tablero con una mejor disposición. Mientras tanto, el alcohol parecía hacerle ser bastante más natural, sin controlar ciertos gestos, ciertas miradas que pasaban del rostro del otro a un poco más abajo, aunque fuese capaz de no dirigir su mirada más allá del sur del pecho del otro.


 
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Mensaje por Invitado el Sáb Feb 06, 2016 8:35 am
Cayden sí le habló al muchacho de uno de sus viajes a Tailandia, aunque tocando muy superficialmente el tema de la prostitución allí. Que Robert hiciera de repente alusión a su padre, lógicamente interesado por la relación entre profesional y amistosa que ambos tipos mantenían, le facilitó el poder virar el rumbo de aquella conversación hacia otros derroteros alejados de los masajes eróticos con "final feliz". -Tu padre confió en mi empresa a la hora de tasar y poner a la venta unos terrenos en Santa Mónica que, sin ser él propietario, su entrada en el mercado inmobiliario debía gestionar personalmente-. El empresario remojó en Cardhu su garganta tras saciar la curiosidad del chico con aquella larga disquisición. Había ladeado su cuerpo para así poder mirar cómodamente el rostro de su interlocutor; tan bello y sugestivo que a Cayden le costaba mantener un diálogo fluido por lo que su visión le inspiraba. No obstante hizo un esfuerzo, confiando en que lo aburrido del tema a tratar enfriara y pusiera en orden sus pensamientos. -Muchos almuerzos de negocios acaban siempre derivando en otros tantos de menos formales, Robert. En charlas distendidas y más personales, ya sean sobre un green o regadas de cerveza en torno a una mesa de billar-. Cayden rió entre dientes al decir eso, carcajeándose secretamente para sus adentros al recordar cierta noche en la que el padre de Robert le propusiera irse con él de putas. Cuatro Martinis de vodka y una Viagra habían hecho mella en el patriarca de los Swann, liberándole de sus inhibiciones de hombre casado y padre de familia hasta el punto de proponerle a su gestor inmobiliario que le acompañara en un merodeo nocturno por las esquinas más libidinosas de Sunset Boulevard. Él rechazó aquella propuesta estrictamente heterosexual -demasiado para su gusto-, arguyendo estar demasiado ebrio y cansado como para que se le pudiera levantar. Irónicamente, aquella misma madrugada, Cayden acabó corriéndose dos veces -y sin necesidad de fármacos- en uno de sus “burdeles gay” favoritos; el campus residencial del St. James College. -Tu padre puede aparentar ser un tipo serio, casi malhumorado, pero te aseguro que es un juerguista cuando la ocasión lo requiere o simplemente ha tomado un par de copas de más-. Cayden se enorgulleció de su buen juicio y clase por emplear dicho eufemismo para definir la doble vida y el talante libertino de un señor que, a ojos de su hijo, tal vez seguía siendo todo un ejemplo de comedimiento a seguir. Para evitar entrar en detalles si el otro se lo exigiera -y asimismo porque su vejiga realmente le instaba a hacerlo-, Callaghan se excusó por tener que ir al servicio tras palmear la rodilla de Robert y levantarse presto de aquel sofá. Antes de dirigirse hacia allí apuró de un único trago lo que quedaba de su whisky, dejando el vaso vacío sobre la mesita de café que quedaba frente a ambos.

El escocés echó una exuberante meada en aquel baño de diseño que seguía oliendo al gel de ducha que el chico empleara antes de su llegada. De regreso al sofá comprobó que Robert también se había levantado del mismo, encontrándoselo de pie frente a la puerta de cristal que delimitaba el salón con la terraza, oteando con aire embelesado las luces de la ciudad. Callaghan repasó la anatomía de su anfitrión de pies a cabeza, tomándose el tiempo necesario mientras acortaba por su retaguardia la distancia que les separaba. Se vio tentado de pegarse a su espalda para hacerle ver que estaba allí, demostrándole de una vez por todas que le deseaba y cuáles eran sus verdaderas intenciones. Pero, en lugar de hacer eso, volvió a dejarse caer en el sofá, suspirando sonoramente para advertir al otro de su presencia. -Me voy a ir-. Anunció con voz queda, pese a que su tono y la inmovilidad de sus piernas denotaban escaso interés por marcharse. El alcohol y aquel copioso banquete, unido a la consiguiente fatiga tras una dura jornada de trabajo, no habían logrado adormecer sus sentidos pero sí su vitalidad. En el fondo casi se sentía aliviado de que ningún polvo culminara aquella velada, temeroso de no poder estar a la altura o, sin herir su ego ni dramatizar en exceso, fornicar en la máxima plenitud de sus facultades. Y aquel potrillo con edad para ser su hijo no se conformaría, ni se merecía, cualquier otra cosa que no fuese una dilatada y dura monta. -Debe ser cosa de familia el que los Swann me emborrachéis hasta las tantas en días laborables-. Bromeó el ejecutivo al tiempo que se aflojaba un poco el cinturón, ajustando su hebilla en otro ojal que no lo ciñera tanto. Después sus ojos se encontraron con los cerúleos y expresivos orbes de Robert, brillantes en aquella íntima media luz casi tanto como su blanca sonrisa. Una hermosa pieza barroca de Bach sonaba ahora de fondo, musicalizando aquel momento previo a la despedida que desembocaría en una escena de sexo si aquel salón se tratara del plató de una película pornográfica. Y en ocasiones eso parecía su vida, una película triple X, como cuando conoció a Robert en la arquetípica secuencia protagonizada por un maduro agente inmobiliario y un jovencito en busca de piso con pocos escrúpulos a la hora de ganarse una buena rebaja en el alquiler. Aquel primer encuentro, tan diferente a lo ensoñado en realidad, le resultó a Cayden de lo más inspirador. Tanto que se regaló a sí mismo un par o tres de pajas con los recuerdos de éste todavía frescos en su mente; una de mañanera en su propia cama y otra en las duchas del Aesthetic Era. Algo que sólo le confesaría a Robert si algún día despertaran juntos en la misma cama. -Y no temas, chaval. Te prometí que no conduciría la moto y soy un hombre de palabra-. Le aseguró Cayden con una sonrisa apaciguadora. Algo menos de cuatrocientos metros separaban sendos bloques de apartamentos -el suyo y en el que se hallaban-, pero no le apetecía nada pasear. Cayden pensaba incumplir su promesa y conducir la Harley directamente hasta allí. No obstante su mentira tenía disculpa al tratarse de una mera evasiva bienintencionada, pues simplemente no quería preocupar al muchacho ni hacerle sentir responsable de nada.
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Mensaje por Robert Swann el Dom Feb 07, 2016 7:41 pm
- ¿Ya?- Se volteó, a medias, al escuchar al otro. Había esperado a que el otro fuese al servicio allí mismo, observando la ciudad de Beverly Hills y un poco más allá el resto de Los Ángeles. En ese par de minutos, poco tiempo en verdad, se había preguntado si después de lo dicho acerca de su padre merecía la pena controlarse, tratar de mantener una raya que había mantenido en todo momento, aún reconociendo el constante ir y venir que ambos estaban teniendo.

Volteó del todo, y dio un paso hacia el sofá. Al hacerlo, llevó el vaso hasta sus labios y alzó, para tomar todo el vodka que quedaba de una vez, hasta que los hielos chocaron con los labios y notó el río de éstos en la piel sensible. Dejó el recipiente vació en la misma mesa, junto al vaso del otro. El comentario acerca del emborrachamiento le hizo reír, y pasó de largo del sofá, buscando la retaguardia del otro.- No creo que sea algo que busquemos ninguno de los dos. Eres bastante mayorcito como para saber cuanto beber y cuando parar.- Su paseó terminó al quedar justamente detrás de Cayden, de pie, apoyando sus manos en los hombros del otro. Sus manos, no grandes pero para nada pequeñas, buscaron adecuarse a la anatomía de los hombros, ahuecándose e implementando fuerza en lo que parecía ser el comienzo de un masaje.- Si estás cansado, puedo ayudarte con eso...- Provocó que un ligero gemido saliese de los labios del otro al aplicar fuerza y aumentar el área de contacto de aquel comienzo de masaje. Mantuvo aquello por unos segundos, menos de un minuto, antes de seguir hablando.- Creo que me mientes. Estoy casi seguro de que no te irás andando hasta casa. Sería fácil saberlo, con tan solo asomarme para ver si está tu Harley en la puerta.- En una nueva acometida, sus manos llegaron al cuello del hombre, tomando también su clavícula. Notó que lo hacía bien, o al menos que era agradable, cuando Cayden echó hacia atrás la cabeza, apoyándola en el sofá.- Sería demasiado fácil descubrir esa mentira...- Seguramente la obra más reconocida de Bach, Aire para la cuerda de sol, acompañaba aquel momento en bajo, dejando que sus voces fuesen las predominantes. Y acompañaba también los movimientos de las manos del Swann, el cual provocó que las yemas de sus dedos llegasen a rozar la piel del otro cuando se internaron entre los espacios dejados entre botón y botón de camisa, lo que provocó que tuviese que inclinarse un poco para llegar abajo, acercándose a la cabeza apoyada del escocés.

No hubo resistencia a ello, y eso provocó la sonrisa del joven. Tal vez guiado por el vodka, o seguramente por un arreón de ganas acompañado de iniciativa, Robert volteó, deshaciendo el camino andado, hasta quedar frente al hombre, ahora sentado. Apoyó sus rodillas a ambos lados de las piernas de Cayden Callaghan y apostó ambas manos de nuevo en sus hombros, esta vez por debajo de la chaqueta del traje, tirando de ambos, provocando que ésta cediese de sus hombros, dejando a la vista la camisa y haciéndole ver, muy directamente, que sobraba.- Para no mentirme, y para no romper la promesa, podrías descansar aquí. Si quieres, aunque creo no equivocarme en decir que es lo que deseas.- Si, la confianza que tenía Swann era mucha, casi absoluta. Creía firmemente que no se equivocaría. Y también lo esperaba cuando dejó descansar su culo al sentarse sobre la misma entrepierna del escocés.


 
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Mensaje por Invitado el Lun Feb 08, 2016 4:16 pm
Robert acabó rodeando el sofá en busca de la retaguardia del ejecutivo, o más concretamente de una buena postura que le facilitara poder amasar cómodamente los anchos hombros de Cayden. Mientras lo hacía, suscitando en el otro un gemido quedo y la inevitable curiosidad de cómo debían sentirse aquellos dedos empuñando otra parte más íntima de su anatomía, le tachó de mentiroso por su falsa aseveración de que no cabalgaría su Harley Davidson hasta la mañana siguiente. El muchacho apostilló su insolencia apuntando lo fácil que le resultaría comprobar si cumplía o no con su promesa. -¿Tanto te interesa mi seguridad? ¿O es mi marcha lo que realmente te preocupa?-. Le preguntó un presuntuoso Cayden con la nuca apoyada en el mullido respaldo, mirándole a los ojos de manera inversa y en contrapicado. -Cuidado, jovencito. Has de saber que no me gusta nada que me controlen-. Musitó como si arrastrara con esfuerzo cada palabra, siendo aquel placentero masaje que Robert le estaba brindando el motivo de su parsimonioso modo de hablar. Finalmente cerró los ojos y estiró ambas piernas cuando las manos de su solícito anfitrión comenzaron a acariciarle el cuello con la presión justa para hacerle ronronear de puro gozo. Su miembro se engrosaba despacio bajo sus pantalones. Podía sentir lo moroso aunque imparable de su erección, ya que curiosamente se sentía relajado y excitado a un tiempo. -Y dime: ¿Sólo vas a ocuparte de mis hombros o piensas regalarme un masaje completo?-. En respuesta a dicha chanza, Robert volvió a cercar el acomodo de su invitado hasta detenerse frente a él. Entonces hincó sendas rodillas en el asiento con el fin de colocarse a horcajadas sobre el regazo del ejecutivo, enjaulando su cuerpo entre el suyo propio y el sofá. Semejante atrevimiento en aquel primer paso -más bien segundo- no pareció sorprender demasiado a Cayden, ya que éste sospechaba que más temprano que tarde lo acabaría dando a consecuencia del sinfín de insinuaciones y miradas sugerentes que, desde el día en que se conocieran, no habían dejado de arrojarse mutuamente y de manera casi beligerante. -¿He de entender que has decidido hacérmelo a la tailandesa? Si es así aplaudo el broche de oro con el que piensas cerrar tu noche temática-. El empresario exhaló aire tras decir eso; una especie de suspiro masculino que parecía una risa taimada, satisfecha. La portentosa música de Bach seguían siendo la banda sonora de aquel momento tan erótico.

Las entregadas palmas del veinteañero habían regresado a sus hombros, deslizándose esta vez por debajo de su chaqueta en una evidente tentativa por deshacerse de aquella prenda. Cayden terminó de quitársela mientras le escuchaba proponerle que pasara con él la noche, liberándole así de la necesidad de volver a engañarle en cuanto a lo de regresar a su apartamento a pie en lugar de con la moto. La arrogante confianza del chico, cuando le aseguró estar convencido de que descansar allí era lo que realmente quería, puso a Cayden todavía más cachondo. -No me importa mentirte ni romper mis promesas-. Replicó el mayor con la misma firmeza que empleó para tomar a Robert del pelo, mostrándose como enfadado aunque en realidad se tratara de simple pasión contenida. -Pero tampoco me importa admitir que eso es lo que realmente deseo-. Le susurró al oído antes de morder con delicadeza el lóbulo de su oreja, deleitándose con su sensual aroma a recién bañado y, por lo tanto, que tentaba a ensuciarlo. -¿Y a ti? ¿No te importa que sea socio y amigo de tu padre?-. Cayden le interrogó con voz profunda, mirando desde abajo a su lascivo interlocutor. Había vuelto a recostar sus lumbares en aquel confortable respaldo, mientras sus dedos acariciaban como al descuido el cuero cabelludo de Robert, peinando castañas y sedosas hebras que poco tardaría en volver a empuñar. -¿O es precisamente eso lo que te excita?-. Después de cuestionarle aquello echó hacia atrás su cabeza y atrajo la del muchacho con inesperada rudeza, provocando un violento choque de bocas que por un instante pareció dejar sin aliento a su adversario. Lo que dio comienzo como un penetrante y torpe beso exploratorio, muy pronto se enardeció hasta acabar convirtiéndose en una embestida de lenguas follándose la una a la otra. El vodka con hielo había limpiado el paladar de Robert, por lo que el regusto amargo y amaderado del Cardhu tomado por Callaghan, como a canela y tierra, imperaba sobre cualquier otro sabor en aquella apasionada degustación de bocas.

La mano diestra y gobernante del escocés descendió por la espalda de Robert, uniéndose a la otra en un rotundo agarre a su trasero. Las de Swann Jr., mientras se besaban, parecían empeñadas en deshacer el nudo de la corbata del ejecutivo. Estaba claro que los dos hombres habían llegado a la misma conclusión, que tanta ropa empezaba a sobrar, maldiciendo Cayden para sus adentros el no poder sentir un contacto mucho más directo con aquellas preciosas nalgas que tan posesivamente aferraba. -Espera... Deja que lo haga yo-. Sugirió el viudo tras separarse de aquellos labios tan carnosos, incitantes como los de un incubo, y cuyas comisuras había enrojecido con lo hirsuto de su barba. Entonces se sacó por encima de la cabeza, precipitadamente, la soga de seda en la que había acabado transformándose su corbata después de que el chico la aflojara. Acto seguido, y con la indigna premura -a su edad- de un adolescente en plena embullición, empezó a desabrocharse la camisa. Respiraba de manera agitada por lo vehemente de Robert a la hora de corresponder a su beso, mientras se afanaba en exhibir ante la anhelante mirada de éste un torso velludo del que emanaron varoniles efluvios de desodorante mezclados con el sudor de todo un día. -Putos botones...-. Masculló Cayden por lo bajo, incapaz de atinar con los últimos dos ojales a causa de la postura de su jinete, la tenue luz del salón y a su ebria exaltación en general. Robert se ofreció a terminar de hacerlo él mismo, y Cayden aprovechó aquel gentil relevo de manos en la faena de descamisarse para llevar una de las suyas al rostro del ardiente veinteañero. Le acarició la mejilla con la palma y después los labios con su pulgar, instándole con una presión a que acogiera ese dedo entre ellos como más tarde esperaba poder verle hacer con su polla. -Joder… Me pones como a esa moto aparcada allá abajo cuando aprieto el puño del acelerador para hacerla rugir-. Confesó Cayden con una sonrisa libidinosa, oscurecida su mirada debido al ansia que lo embargaba y que el otro debía percibir de manera mucho más carnal al reposar su entrepierna contra la suya. La media erección de Cayden, lejos aún de ser plena, empezaba a resultarle dolorosa debido al imponente tamaño de su miembro en combinación a lo ajustado de sus bóxer. Delicioso tormento el suyo, en cualquier caso. Como igualmente lo sería para Robert.
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Mensaje por Robert Swann el Lun Feb 08, 2016 5:50 pm
- Si me repites continuamente tu relación con mi padre, si me lo mentas una vez más, quizás deje de pensar que puedo follar contigo esta noche porque se me vaya al carajo todo el calentón que tengo.- Había tenido que alzar el mentón cuando el otro le tomó por el cabello, tirando y provocando que se arquease levemente por ello, aunque eso duró poco, por lo que mantuvo la vista en los ojos del hombre, mirándolo desde arriba debido a aquella posición de supremacía momentánea. Estaba dispuesto a responder a su siguiente pregunta cuando el otro le atrajo con fuerza, provocando que por fin sus labios se encontrasen en un encuentro que parecían haber estado esperando desde hacía mucho, aunque solo eran unos días. Notó el Cardhu adueñándose de su aliento, pero en aquella batalla que había perdido por el vodka no se derrumbó, sino que trató y plantó cara dirigiendo el mejor de los envites hacia el otro.

El otro separó sus labios por unos segundos, haciéndose cargo de la corbata y él aprovechó para contestar.- No me excita eso, joder, lo que me excita eres tu...- Y no dejó al otro que pudiese observar el trabajo que llevaba en sus botones cuando volvió a atacar sus labios. No sentía las manos del escocés sobre sus nalgas, trabadas en el intento de desabotonar su camisa, y él aprovechó aquello para moverse sobre él. Alzó su cintura, aprovechando de sus rodillas en el sofá, y volvió a sentarse sobre el otro en un movimiento que, de estar sin ropa ambos, sería una cabalgada completa. No escuchó el gemido pero si como de la boca abierta del otro aparecía una especie de suspiro que transfirió a Robert. Notó la presión en la entrepierna de Cayden, la notó y predijo que lo que allí se escondía era algo suficiente para sorprenderle, aunque no derivó sus pensamientos en eso, sino en las palabras que salieron de los labios del otro, que le hicieron reír. Llevó sus manos por el torso del otro, pasando por sus pezones y llegando a su abdomen para luego encargarse de los botones que faltaban, tirando luego de la camisa, metida por los pantalones, provocando con el tirón que se alzase unos centímetros de tal fuerza. Notó el pulgar en sus labios y no tuvo apenas tiempo de atraparlo entre sus labios, de llevar su lengua a él y tratarle como anteriormente hubiese sido la lengua de Cayden. Pero no duró demasiado eso, no. Por contra se inclinó sobre su invitado y llevó un muerdo a su cuello, con fuerza, aunque no doloroso. Lo regó con la saliva de su lengua y después se dirigió hasta uno de sus pezones. Lo saboreó y tironeó de él. Una de sus manos quedó en el cuello de Cayden, apretando ligeramente, tratando que de esa manera no pudiese ver nada al tener que estirarlo.

Aquel movimiento de Robert provocó que tuviese que dejar de sentarse sobre Cayden ya que, poco a poco, dirigía sus besos más al sur, por su abdomen y su vientre, hasta llegar a su ombligo. Aún así no desechó el agarre en su cuello. Con su mano derecha desabrochó el cinturón y consiguió quitar el botón del pantalón.- Lo que tienes aquí es grande...no me vas a decepcionar.-. Tiró de la cremallera y, como si a presión fuese, la forma de un bulto palpitante se marcó en la tela del boxer que utilizaba como ropa interior. Siguió bajando sus labios hata llegar a la cinturilla de éste, y siguió hasta tomar el perfil amenazador. Abrió sus labios y su lengua, expeditiva, dirigió su húmeda saliva por sobre la tela que separaba ambas pieles. Su mano apretó en el cuello, con más fuerza. Un aviso antes de retirarse. Robert decidió que lo mejor era apoyar sus rodillas en la alfombra que quedaba como almohadilla de aquel suelo. Tiró del pantalón, sin esperar a que el otro alzase su cintura, y consiguió una mayor libertad para su siguiente movimiento, provocar que aquella polla llegase a su máximo tamaño sin sacarla del boxer. El otro lo intentó, pero retiró sus manos de manera directa, sin permitir reproches, mientras sus labios y su lengua trataban de provocar a aquel trozo de carne, el cual terminó por asomar por la cinturilla del boxer. Fue en ese momento en el que atrapó lo que sobresalía del glande con sus labios y acarició con su lengua. Y también fue ese momento en el que tiró de la cintura de la prenda y dejó en libertad aquel rabo sobe el que, sin espera alguna, dirigió su lengua de abajo a arriba, mientras sus ojos claros miraban hacia arriba, buscando el rostro del escocés, con camisa abierta y rostro congestionado por el momento.

Sonrió, igual que en toda la noche, y bajó la vista a la vez que se metió en la boca el glande de aquella polla que pasaba a ser controlada por él a partir de ahora.


 
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Mensaje por Invitado el Miér Feb 10, 2016 4:10 pm
Cayden arqueó ambas cejas tras escuchar a Robert recriminarle que le mencionara a su padre en semejante tesitura. -Te recuerdo que fuiste tú quien sacó el...-. ...tema. Rebatió el ejecutivo, o casi pudo hacerlo, al ser interrumpido con un beso que correspondió de manera igualmente feroz. El chico aplastaba el paquete de Cayden con su culo, en una postura de monta que de estar en cueros y follando le hubiera empalado hasta el estómago. Se abalanzó sobre su robusto cuello para poder morderlo y chuparlo con la avidez de un vampiro, estrangulándolo después mientras con su otra mano le recorría el torso hasta sacarle del pantalón los bajos de su camisa abierta. Entonces atacó con su boca uno de los discos broncíneos rodeados de vello y chupó el pezón del hombre, rodándolo entre sus dientes y levantando la punta que poco tardó en endurecerse ante tales atenciones. Lo lamió -y se relamió- unas cuantas veces más, como si su sabor le resultara adictivo, antes de dirigirse más hacia el sur en aquella libidinosa ruta con la que fue dejando un reguero de saliva sobre el pecho y abdomen de Callaghan. El rostro de éste se había enrojecido debido a la presión que hasta entonces habían ejercido los dedos del muchacho en torno a su garganta. -¿Y dices que yo te excito? -. Le preguntó el de Aberdeen tras resoplar de forma exagerada, con un retintín de chanza por lo irónico de su interrogación retórica. Robert había ido retrocediendo sobre su regazo hasta quedar prácticamente de pie; hincada una de sus rodillas en el sofá, con la cabeza agachada y el torso inclinado hacia delante. El empresario le acarició la mano que mantuvo apoyada en el asiento, sintiendo la diestra del muchacho todavía en su cuello. El verle ponerse de rodillas acumuló un poco más de sangre en su verga, engrosándola otro tanto la referencia que Robert hizo a su tamaño. -No, no te decepcionará. Aunque es probable que sí te duela un poco-. Alegó Callaghan con una sonrisa cínica y vanagloriada, mientras observaba como el otro lengueteaba su bajo vientre en dirección al intimidante bulto que había emergido palpitante después de desabrocharle el cinturón y bajarle la cremallera.

Ese travieso veinteañero no le permitió que se ocupara él mismo de retirarse los calzoncillos, demorando cruelmente lo que Cayden tanto parecía estar ansiando. A pesar de su postura sumisa era Robert quien al parecer -y por el momento- manejaba las riendas de aquella situación. -Disfrutas haciéndome sufrir, ¿verdad?-. Al instante de preguntar eso supo lo que en realidad Robert deseaba: regocijarse con la oportunidad de martirizarle hasta volverle loco. Y lo estaba consiguiendo. El chico comenzó a lamer y mordisquear la media erección de Cayden por encima del algodón blanco que la cubría, humedeciéndolo con su saliva hasta el punto de que aquel tenso tejido acabó transparentando el venoso y formidable miembro que palpitaba debajo. El afortunado escocés respiraba convulso y gruñía a cada exhalación. Se mostraba resignado, expectante, y a duras penas alcanzaba a reprimir el impulso de hacer uso de sus manos mientras observaba el buen hacer de aquel que, de una manera tan sensual como deliberada, le estaba torturando. -Vamos, joder... Chúpamela-. Le ordenó al cabo de unos segundos que se le antojaron una eternidad, penetrándole con la mirada mientras los tonos grises de sus ojos cambiaban y colisionaban entre ellos en aquella íntima media luz. -No creo que me merezca esto. Vas a matarme-. La remembranza de un muy generoso descuento, el que le aplicara al alquiler mensual de ese piso, planeó de manera subliminal sobre dicho reproche. Los labios de quien se reveló indiferente a sus exigencias revolotearon como mariposas encima de la latente cresta que, finalmente, acabó asomándose por encima del bóxer de Callaghan. El casi cuarentón gesticuló una mueca que, de hallarse Robert fuera de plano, podría interpretarse como de dolor. Nada más lejos de la verdad, pues el gesto crispado que compuso fue a consecuencia de sentir como una boca ajena se ceñía caliente alrededor de su glande. Por suerte -y piadosamente- Robert no se demoró demasiado en tirar de la prenda hacia abajo, permitiendo al pollón de Cayden enderezarse tieso y orgulloso hacia su ombligo. Debajo, sus pelotas colgaban llenas, pesadas entre sus ingles hasta rozar el sofá. -Buen chico... Esto ya me gusta más-. Musitó el mayor con un mohín de alivio, como si acabara de librarse de una carga pesada, al ver -y sobre todo sentir- que el joven empezaba a lamer su miembro de abajo a arriba y en toda su extensión.

La lengua de Robert actuaba como una lanza de fuego sobre su ancho glande. La sensible carne del miembro se sacudió ante tamaña fruición, haciendo que el chico levantara por un momento la cabeza, como extrañado, al percibir en sus labios aquel estremecimiento acompañado de una copiosa descarga de líquido preseminal. -Todo está bien-. Consiguió articular Callaghan, exhalando después una especie de carcajada con la que rectificó lo dicho puntualizando que aquello no sólo estaba bien, sino que estaba de puta madre. -Es el placer, Rob. ¿Ves cuanto disfruto de tu masaje tailandés? Incluso mi polla tiembla de deseo por ti-. Una radiante sonrisa apareció en los labios de Robert un segundo antes de que volviera a inclinar la cabeza, forzando al otro a contener un grito de puro éxtasis. Cálida y tersa, la lengua del joven cayó nuevamente sobre él, lamiéndole primero la punta y luego el área más sensible de debajo, provocándole en el frenillo una sensación exquisita que le hizo entornar los ojos y estirar las piernas. Jamás las caricias de un hombre, por descontado tampoco las de una mujer, le habían brindado semejante cantidad de placer en tan poco tiempo. -Joder, lo haces muy bien-. Las halagadoras palabras de Callaghan sonaron entrecortadas. -Sigue así, no te...-. Su voz se escindió, o más bien derivó en un sonido casi gutural, cuando el otro lo acogió en su boca y comenzó a succionar. -Sí, lámeme-. Jadeó en demanda, sintiéndose a punto de eyacular en el mismo instante que el otro hizo lo que acababa de pedirle: colocar la lengua justo debajo de su glande. -Eso es. Frota mi capullo sobre ella-. Robert accedió a cumplir su conciso deseo y siguió lamiéndolo sin piedad con aquella inquisitiva lengua, provocándolo con su dulce boca, haciendo que por poco le estallara la cabeza. Después de todo su anfitrión sí que le había reservado un buen postre. Y Cayden procuraría que tampoco él se quedara con hambre.

Mascullando órdenes o ruegos, Cayden siguió guiándole a través de una senda que era pura magia sexual; diseñada para que ambos pudieran perder el control. Le estaba enseñando como amante todo lo que el otro seguramente ya sabía, pues ninguna inocencia se reflejaba en el hermoso rostro del joven ni tampoco en el brillo de sus ojos cerúleos. El deseo, la curiosidad y una pizca de arrogancia -pese a ser él quien se había puesto de rodillas- sí le iluminaban los rasgos, y la combinación era absolutamente erótica. Más sexy que cualquier otra cosa que Cayden hubiera conocido. -Ya me la habías chupado antes sin tú saberlo-. Confesó el viudo de un modo ronco, emergiéndole la voz desde lo más profundo de su caja torácica. -Las veces en que te imaginé haciéndolo mientras...-. Cayden empuñó la base de su rabo y se masturbó con cuidado, procurando al hacerlo no interrumpir la sublime labor oral de Robert a su bálano. Consideró que una imagen, la de su diestra regalándose una paja, resultaría bastante más aclaratoria por lo explícita que si rematara soezmente su frase. Un gemido ahogado del Swann vibró en torno a la cabeza de su verga. Callaghan tuvo que apretar los dientes y cerrar con fuerza los puños, tensando cada músculo de su anatomía para evitar correrse demasiado pronto en aquella boca. Dios, esos labios... Se deslizaban húmedos y ejerciendo diferentes presiones alrededor de su palpitante glande. Dios, y esa lengua... Implacable y danzarina, que por fuerza debía sentir la encomiable estoicidad de Cayden por mantener el control ante una inminente liberación. No podría soportarlo mucho más. Sentía el cuerpo rígido, al límite de su autocontrol, mientras los ágiles y suaves dedos de Robert jugueteaban ahora con sus testículos. Una pátina de sudor le cubrió por completo, le corrió por la sien, al sentirse flagelado y consumido por unas llamaradas de placer que eran el éxtasis y el infierno a la vez. Y todo se debía a su mortificadora contención, al hecho de mantener encadenada la bestia depravada que llevaba dentro y amenazaba peligrosamente con escapar. Pero, tratándose de quien era su felador -el hijo de un cliente y también amigo- su descubrimiento del dominante macho alfa que en realidad era debía ser paulatino, cauteloso. No se la estaba chupando un chapero de Sunset Boulevard, precisamente. Ni tampoco uno de esos pasivos con ínfulas de sumiso que pululaban los vestuarios del Aesthetic Era.
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Mensaje por Robert Swann el Jue Feb 11, 2016 3:22 pm
Si, disfrutaba haciéndole sufrir, viendo como ese hombre trataba de anteponer sus órdenes a lo que de verdad Robert quisiera hacer. Era una muestra que dejaba ver como era. Seguramente si dejase de removerse tanto el mismo Robert le regalaría lo que quería, pero precisamente ese intento provocaba la rebelión del Swann, el cual se había contenido bastante, relamiéndose más por las palabras del mortificado que por el rabo que se alzaba frente a él, imponente. Si se sorprendió por aquel momento en el que Cayden parecía haber cedido ante algo que podía aparecer en hombres de su edad, la eyaculación precoz, pero lo negó y provocó una amplia sonrisa al saber que había provocado tal reacción en el escocés.

Quizás había dejado martirizado un poco a Cayden, estaba de acuerdo, pero tras bajar los boxers y liberar uno de los rabos más grande que hubiese visto nunca (sino el que más, era algo que debería de meditar), Robert se dejó llevar por el momento cediendo ante todas las peticiones del mayor y añadiendo alguna de su propia cosecha, como cuando recibió utilizar la polla del otro para dar golpecitos sobre su lengua, la cual parecía acogerlos con heroicidad antes de volver a tragar y llevar su cabeza hacia abajo, buscando acomodar su cavidad bucal y su garganta a tremendo falo. Escuchó sus palabras acerca de las fantasías de Cayden. Así que desde que se conocieron había deseado ese momento...esperaría a ver cuanto lo había deseado.

Retiró la mano del escocés para que le diese vía libre a tratar, por primera vez, de abarcar todo lo posible de su polla, llegando a más de la mitad antes de que apareciese la primera arcada. Alzó el rostro y tomó aire por la boca mientras le seguía pajeando con una mano. Observó lo largo del rabo, pero especialmente lo ancho, lo que provocaba mayor dificultad. Escupió sobre ella, provocando que parte de su saliva llegase al vientre del otro.- Costará...- Alzó la vista a Cayden, y su sonrisa apareció, a medias.- ...Pero terminará siendo mía, aunque sean varias sesiones...- Notó el ego aparecer en el rostro del otro, pero prefirió cambiarlo por el placer cuando volvió a la carga para intentar tomar todo lo posible. Esta vez notó como se apostaba en su garganta un par de centímetros más, e hizo el ademán de tragar, provocando que el otro rugiese de placer. Apostó ambas manos sobre sus muslos, aún sin estar desnudos del todo, y metió un poco más del falo del otro. Seguramente estaría llegando a los tres cuartos cuando no pudo aguantar más y alzó el rostro de nuevo. Al alzar la vista sus ojos azules estaban vidriosos, pero su sonrisa se mantenía firme. Ahora había llevado las dos manos, a la vez, al rabo de Cayden, masturbándolo, indolente a cualquier petición (por palabras o por gestos de su cuerpo) a que parase.- ¿Quieres follarme?

No necesitaba respuesta, ni la esperó.- Tomando la posición que tuviese antes, sentado sobre él y notando como la polla de Cayden quedaba justo rozando su culo, o la prenda de vestir al menos, se posicionó sobre él para buscar los labios del otro. Una mano en la nuca de Cayden, la otra en su vientre, jugando con su vello. Le besó, y lo hizo de una manera pausada. Era el ojo del huracán, el momento de tranquilidad en el que Robert buscó la lengua del otro, traspasarle su sabor. No supo cuanto tiempo estuvo allí, no se preocupó en saberlo, simplemente separó sus labios cuando lo creyó oportuno.- Las ventajas de que me alquilases el piso...Ya sabes donde está el dormitorio.- Se inclinó y tomó la corbata de Cayden antes de levantarse y dirigir su camino hacia donde la había citado. También se llevó el vodka en una de sus manos.

Sabía que le hombre tardaría un poco más que él pues tenía que, primero, reponerse, después descalzarse y quitarse sus pantalones y luego seguirle. Se deshizo de su jersey y lo dejó caer al suelo. También de sus zapatos y calcetines, y a la altura del dormitorio se despidió de los pantalones. Cuando Cayden entró en la habitación se encontró a Robert Swann en la cama, solamente con el boxer y la corbata puestos. En una mano la botella de vodka, con la otra se tocaba su polla, firme y dispuesta también mientras su espalda estaba apoyada en el cabecero.


 
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Mensaje por Invitado el Dom Feb 14, 2016 1:27 pm
Callaghan arqueó involuntariamente las caderas contra la boca de su felador, provocándole una arcada. Ansiaba poseerle. Deseaba enterrar cada centímetro de su miembro tan profundamente en él como le fuera posible. El chico volvió a gemir de manera ahogada, introduciendo más del escocés en su cavidad bucal, y éste siseó ante el violento estremecimiento que le recorrió el cuerpo de los pies a la cabeza. Que Dios se apiadara de él, aquella boca tan atrevida lo estaba volviendo loco. Jamás había sentido una necesidad tan imperiosa de tirar del pelo de quien estuviera mamándosela. Pero aquella lengua tan suave y estriada a la vez seguía seduciéndolo, bañándole de sensaciones, y Robert parecía disfrutar follándolo de aquella manera. Podía apreciarse en sus mejillas ahuecadas, en su expresión sofocada, en el resplandor de sus bonitos ojos cuando lo miraba. Aquel joven se deleitaba de cada lametazo y succión, con cada apretón a los testículos del hombre o intento por abarcar lo máximo del grueso falo que masturbaba oralmente, y a Cayden no le cabía ninguna duda de que la faceta más traviesa y vanidosa de Robert se jactaba de estar derribando las defensas y escudos que él se había pasado media velada levantando. -Joder, chaval-. Jadeó Callaghan, convertidas sus manos en puños y conteniéndose a duras penas para no explotar. -Tengo un límite. Me correré en tu boca si no te detienes-. La expresión de Robert se volvió más intensa al oír aquello, más hambrienta y sardónica, y sus iris azules brillaron de excitación tras escupir las babas acumuladas sobre la cima de aquel pollón; su Everest particular. De repente, y como si hubiera tomado una decisión irrevocable, separó más los labios hasta engullir casi dos tercios de la virilidad del otro, apresándola entre sus dientes y prensándola con la lengua para conseguir que cupiera. No puedo correrme aún, se dijo Cayden a sí mismo y con desesperación. Además, eyacular en la boca de Robert no formaba parte del trato. Era una intimidad para la que él otro quizás aún no estuviera preparado. Algo que no podía imponerle como si se tratara de un chapero. -¡Hijo de…!-. Cayden alargó sus manos temblorosas y le agarró de la nuca, con la cabeza echada hacia atrás y profiriendo a su vez un bronco rugido. Su contención estaba a punto de hacerse añicos. Podía sentir el pulso de la liberación en sus testículos, la inminente erupción llegando a su glande. Trató de apartar la cabeza que se hundía cada vez más en su regazo, pero el goce que estaba sintiendo lo inmovilizaba. Por fortuna para el ejecutivo -y lamentablemente a la vez-, Robert acabó vaciando de polla su paladar. Boqueó agitado y convulso ante él, con los ojos llorosos y un rubor fruto del esfuerzo y no de la vergüenza, recuperándose de sus repetidas, loables tentativas por tragarse entero aquel miembro que dejara ensalivado. Un rabo descomunal que le superaba y al que por lo visto no pensaba concederle ni un solo instante de tregua -como a su dueño-, puesto que siguió pajeándolo a dos manos en honor al masaje tailandés prometido.

El empresario le dedicó una sonrisa cómplice, de reconocimiento hacia su talento, mientras se rascaba una peluda y sudada axila por debajo de su camisa abierta. En el fondo agradecía que aquel muchacho no hubiese sido capaz de deleitarle con una exhibición de su garganta profunda. Y no sólo por vanidad o enorgullecimiento fálico -que también-, sino porque semejante desafío propiciaría futuros encuentros de alto voltaje entre ambos si el chico era obstinado. Sesiones, tal y como el guapo pasivo considerara antes de manera sumamente estimulante. -¿Tú qué coño crees?-. Le preguntó Cayden en respuesta a si quería follarle, sarcásticamente retórico por lo obvio de su deseo de hacerlo y arrastrando las palabras de manera entrecortada. Robert, que ya había abandonado su postura de rodillas para montarle de nuevo a horcajadas, le besó larga y apasionadamente sobre el sofá, arrebatándole al hacerlo el poco aliento que a estas alturas le quedara en sus pulmones. Al separarse se incorporó presto e hizo ademán de retirada tras tomar la botella de vodka, haciéndole saber en actitud provocativa que le estaría esperando en su habitación. Con él fuera de escena Callaghan terminó rápidamente de desnudarse, deshaciéndose incluso de sus zapatos y calcetines. No obstante decidió volver a subirse unos calzoncillos que habían quedado a la altura de sus rodillas, no sin antes pasarse por sus candentes y mortificados huevos un par de los cubitos de hielo a medio derretir que habían quedado en su ya vacío vaso de whisky. Para cuando finalmente entró en el dormitorio de Robert, el lujoso nido de aquel diablillo travieso, pudo constatar con agrado que también éste había preferido quedarse en ropa interior. Aunque en su caso no sólo era el bóxer la única prenda que seguía llevando, pues la corbata de seda que trajera puesta el empresario pendía ahora de su cuello, sobre un torso lampiño y perfectamente cincelado. Se hallaba en el centro de su enorme cama, con la espalda apoyada en el cabecero y sosteniendo aún la botella con los cinco dedos que no empuñaban su polla por debajo de la exigua tela. -Es probable que después de follarte decida aceptar tu invitación de quedarme a pasar la noche-. Comentó Cayden mientras se acercaba lentamente hacia los pies de la cama, acariciándose con la palma de su diestra un pecho velludo y bastante bronceado. Una mueca arrogante y jactanciosa apareció en su semblante tras informarle de aquello como si aún no lo hubiese decidido del todo y se tratara de mera especulación. -Y descansar-. Apostilló con un deje sutilmente amenazador, como insinuando que para ello antes iba a tener que cansarse mucho.

Le observaba lascivo y con conminatoria fijeza, al acecho del menor atisbo de alborozo o decepción en su cara tras hacerle dudar de si pasaría con él lo que quedaba de madrugada o, por el contrario, regresaría a su piso -ya fuera a pie o pilotando su Harley- de manera egoísta y dejándolo bien jodido en todas las acepciones del verbo. -Vamos, quítate eso-. Las pupilas del escocés apuntaron hacia el Calvin Klein negro que Robert seguía llevando, más concretamente al importante bulto que aquella prenda íntima perfilaba. -Aunque puedes dejarte puesta mi corbata si tanto te gusta-. Mientras Rob acataba su anterior mandato sin ponerle objeción, Callaghan gateó sobre aquel firme colchón hasta detenerse de rodillas junto a las del ya del todo desnudo muchacho. -Te sienta mejor que a mí-. Le susurró al oído, esbozando una cálida sonrisa cuando inclinó la cabeza para besar su hombro con inusitada ternura. Después recorrió con un lúbrico vistazo su anatomía, deteniéndose unos segundos de más en aquel pene de vigorosa erección y glande rosado que se elevaba por encima de unos testículos afeitados que dejaban en muy mal lugar su menos cuidada jardinería púbica. -Pásame lo que sin duda, habiéndome demostrado tu gusto y debilidad por las pollas de gran calibre, debes guardar en uno de esos cajones-. Cayden se refería, lógicamente, a un buen lubricante. Por otra parte no le pidió condón alguno, aunque seguramente Robert tampoco dispondría de los especiales para su talla. Él sí llevaba un par de Trojan XXL -para casos de emergencia- en el bolsillo interior de su americana, pero no iría al salón a por uno ellos a menos que el joven se cerrara en banda y acabara poniéndose pesado con el tema de la protección y el sexo seguro. Prefería follarle a pelo, reservando esos profilácticos como último recurso en el caso de que los escrúpulos del otro supusieran el quedarse sin meterla. Afortunadamente, y para regocijo de Cayden, su perfecto anfitrión le acabó tendiendo un frasco de lubricante sin mencionarle siquiera las gomas. -Perfecto. Ahora túmbate boca abajo y separa un poco las piernas-. Requirió el mayor a quien cuya anatomía le hacía salivar, observándole cumplir su demanda a través de la media luz anaranjada -la del alumbrado de Wilshire Boulevard- que se filtraba a través del único aunque enorme ventanal que contaba aquel dormitorio. Una penumbra muy sugerente, como de velas, que sentaba de maravilla a la casi íntegra desnudez de ambos. El arrojo y la audacia de aquel joven le resultaba a Cayden una actitud tan sensual como desconcertante. -Pensándolo bien… No quiero que te inscribas al Aesthetic Era Gym-. Bisbiseó con gesto reflexivo al tiempo que acariciaba el dorso de las fibradas piernas de Robert, ascendiendo hasta palpar el culo más bonito que hubiese visto y tocado nunca; terso y prieto como el lomo de un delfín. -Si lo haces tendré que pasarme las horas golpeando moscones a tu alrededor en lugar de al saco de boxeo-. Callaghan rió bravucón tras proferir dicha chanza -puede que sentencia de estar hablándole en serio- y azotar una de las nalgas de Robert con esa mesura de la que venía haciendo gala desde que el otro se atreviera a dar el primer paso en el salón.
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Mensaje por Robert Swann el Dom Feb 14, 2016 4:35 pm
No. Robert no dudaba de que ese hombre había quedado enganchado a él por aquella noche. No lo dudaba porque ya se lo había mostrado. Cayden había seguido su rastro, como un cazador al acecho de su presa...una presa que se había dejado atrapar. Con esta disyuntiva...¿Quién había sido el cazador y quien la presa? Seguramente, si existiese un paréntesis entre ambos en aquella situación para comentarlo, ninguno daría su brazo a torcer, o cada uno buscaría una manera de excusarse. Robert tenía su pensamiento bastante claro y tenía, de manera nítida, la seguridad de que Cayden había decidido abandonarse al joven.

Siguió las supuestas órdenes de Cayden, aunque se preguntó que cojones iba a hacer si no era eso, quitarse los boxer y ponerse de rodillas, de espaldas al otro hombre. ¿Acaso no le había hecho saber ya que quería que le follase? Mientras pensaba en aquello, la risa abandonó sus labios, pero no dijo nada. Abrió un poco sus piernas, provocando que el otro tuviese libertad absoluta sobre aquello que le estaba entregando y que él prefería castigar con algún azote que le hizo estremecer por unos instantes.- Creo que me la quedaré.- Dijo, mientras llevaba la botella hasta sus labios y bebía de ella un trago.- La corbata.- Aclaró, antes de cerrarla y dejarla caer sobre las sábanas. Él, por su parte, apostó ambas manos en el cabecero, apoyándose dispuesto a recibir lo que suponía que sería la atención de Cayden.

Había pensado acerca de la protección. No tenía condones para el otro, eso lo sabía, pero también intuía que el otro podría tener alguno para aquel tipo de momentos, en la cartera quizás. Notó ambas manos del otro sobre sus nalgas, y antes de nada alzó la vista por encima de su propio hombro.- ¿Tienes un condón?- El rostro de Cayden pareció ensombrecerse por un momento, provocando la sonrisa del californiano.- ¿No esperarás que puedas hacérmelo sin usar condón, no?- Dijo aquello con toda la seguridad que pudo imprimir en sus palabras sin estar del todo convencido. Si, deseaba sentir al otro en su plenitud, pero sabía que hacer aquello de tal forma era arriesgado. Además, quizás así provocaba que el hombre tuviese la necesidad de llevar a ello en en algún otro momento.- No te desilusiones...- Volvió el rostro al frente, apretando su agarre al cabecero y arqueando su espalda un poco más, disponiéndose para él, preparándose para lo que sabía que vendría. Acompañando a sus palabras alzó su pie derecho para llegar con la punta del pie a la entrepierna del otro, buscando reconocer el bulto que él mismo, antes, hubiese hecho aparecer, aún por encima de la tela del boxer.

Pensó en aquello mismo que Cayden hubiese pensado días atrás acerca del poder observar a su vecino de una manera discreta desde cualquier lugar, con unos simples prismáticos. Se aseguró a si mismo que ser espectador de esa escena sería pagada por muchos.


 
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Mensaje por Invitado el Mar Feb 16, 2016 8:33 am
Contemplar a Robert bebiendo vodka directamente de la botella, a cuatro patas y llevando su corbata como única prenda, resultaba para Callaghan una perspectiva de lo más estimulante. Aquel licor tan fuerte anestesiaría convenientemente al muchacho, relajaría un poco su esfínter, y quizás ese fuera el motivo de que empinara tanto el codo. Desgraciadamente para el activo, su consumo no le había liberado lo suficiente de sus inhibiciones como para dejar de lado el uso de un preservativo. -No he traído ninguno. Y dudo mucho que tengas a mano del tipo que necesito-. Le mintió el empresario desde su retaguardia, relamiéndose ante la visión del otro aferrándose a los barrotes del cabezal; la espalda arqueada y el culo en pompa a modo de ofrecimiento. -Pero no temas, Rob. Procuraré no dejarte preñado en nuestra primera cita-. Con su nota de humor jocoso, evasivo, Cayden pretendía que el chico pasara por alto el asunto de la protección. Además, pensar en enfermedades venéreas no le ayudaría precisamente a dejarse llevar y disfrutar del momento. Por no mencionar lo anticlimático del tema para ambos. -He dicho tumbado-. Gruñó el escocés de repente, autoritario, al tiempo que detenía la lasciva caricia de uno de los pies de Robert al palpitante bulto de su bóxer. Acto seguido empuñó los tobillos del veinteañero y tiró de ambos hacia atrás, a la vez y con bastante rudeza, obligando a su joven amante a caer cuan largo era sobre el colchón. Callaghan se echó hacia un lado de aquel precioso cuerpo tendido ahora bocabajo, quedando de rodillas y riendo entre dientes por la forma brusca que tuvo de derribarle. Pese a su anterior arrebato, de haberle engañado con la intención de poder follarle sin goma -primeras manifestaciones de su gusto por gobernar las riendas de la situación-, todo en lo que aquel ejecutivo con porte y maneras de vikingo podía pensar era que debía ser más cuidadoso. Confiaba en que sus ansias, y la salvaje vehemencia que lo caracterizaba durante el apareamiento, no acabaran jugándole una mala pasada y derrocaran su moderación en el buen juicio que debería mostrar a la hora de dar por culo al hijo de un buen amigo y mejor cliente. Pero aquel ángel -o demonio- con físico de portada de revista, poseedor de una mirada insolente y suplicante a la vez, no se lo estaba poniendo nada fácil. Maldita sea que no.

Robert ojeó la rolliza verga ajena de soslayo, ahora sí, con algo de suspicacia en sus ojos. Contorneada aún en el tejido blanco parecía más gruesa que nunca, colocada en diagonal y con su orondo glande asomándose por encima del elástico. El pensamiento de tenerla metida hasta el fondo, supuso Cayden con regocijo, por fuerza debía antojársele abrumador. -Relájate, Rob. Procuraré hacerte el menor daño posible. Y para eso deberás confíar en mí-. Le sugirió el mayor -en más de un sentido- con un timbre susurrante, acariciando mientras lo hacía su tersa espalda de veinteañero. Por un instante tuvo una inquietante sensación de deja vu, como si ya hubiera empleado esa misma frase en un contexto muy parecido -por no decir idéntico- al actual. Un recuerdo muy lejano de tratarse en realidad de una evocación de su pasado, puesto que Cayden apenas podía recordar cuando había sido la última vez que advirtiera y tratara con tanta delicadeza a uno de sus amantes. -Quiero que disfrutes de esto casi tanto como yo-. Aseveró sinceramente, aunque su “casi” le hiciera sonar algo cínico y presuntuoso. Liberó una abrupta carcajada cuando Robert siseó al sentir en su ano una húmeda intrusión. El lubricante estaba muy frío, aunque enseguida se calentaría. De hecho, ya empezaba a sentirlo templado bajo las yemas. Un aroma afrutado y ligeramente almizcleño, el de aquella loción viscosa, invadió sus orificios nasales y le hizo sonreír como si acabaran de servirle por casualidad su sabor de helado favorito. -Estás de suerte, chaval. Ya pensaba que no podría comerme ese culito tuyo por culpa de esta mierda. Pero has de saber que me encantan los frutos del bosque-. Afirmó Cayden tras hacerle sentir dos grandes, resbaladizos dedos presionando la diminuta entrada a su cuerpo. Robert gimió, juntando un poco más las piernas en acto reflejo mientras el otro murmuraba -con marcado acento de Escocia- suaves palabras de aliento entremezcladas con prosaicas maldiciones hacia aquella estrechez que, como solía ocurrirle cuando follaba, le iba a suponer un auténtico desafío. -Así me gusta. Ábrete para mí-. Masculló excitado después de que sus engrasadas falanges se adentraran en Robert otra pulgada, obrando despacio para no constreñir el músculo interno y así poder llegar más profundo en la apretada cavidad que invadía. Al rato añadió un dedo más y movió los tres en un ángulo diferente, rozando otra área mucho más sensible en el interior de Robert. Casi le hizo perder el control al presionar aquel punto cuya existencia, a tenor de su reacción, el joven desconocía por completo.

De repente, y en lugar de sentirse exprimido o paralizado, aquel jovencito empezó a retorcerse sobre las sábanas mientras su amante maduro seguía pulsándole ese botón escondido una y otra vez, poniéndolo más caliente y trémulo con cada nueva caricia. Callaghan sonrió vanagloriado al escucharle jadear de manera incontenible. -Te gusta esto, ¿verdad?-. Le preguntó en voz baja, orgulloso del placer que le estaba provocando únicamente con sus dedos. Ya estaba impaciente de intentar proporcionárselo con su polla. -Ya casi estás preparado, sí-. De nuevo, otro de esos “casi” tan recurrentes en él sonó muy poco alentador. Al minuto no creyó poder hacer mucho más por ensanchar aquel recto sin la ayuda de un dilatador anal. En el fondo tampoco deseaba hacerlo. -Pero yo he dejado de estarlo-. Le hizo saber Callaghan, manteniendo dentro sus dedos para tormento -o dicha- de Robert. Había cambiado de posición aunque no de postura, acomodando sus rodillas de tal forma que su abultada entrepierna quedó junto a la cabeza ladeada del chico cuando éste la elevara un poco tras apoyar sendos codos en el colchón. Aquel miembro suyo había perdido bastante de su erección, aunque de igual forma surgió como impulsado por un resorte cuando se bajó el bóxer hasta por debajo de sus testículos. Tan cerca estaba ahora de los ojos azules del chico que seguramente éste podía ver las gotas perladas de líquido preseminal acumuladas en la hendidura de aquel intimidante pedazo de carne. Una gran herramienta que parecía haber sido diseñada para destrozar culos, la cual ahora se erigía algo cabizbaja sobre un escroto igual de henchido y amenazador para cualquier boca. Cayden tomó aliento y aguardó impaciente, con una mano aferrada al cabezal de forja -la otra seguía dilatando a Robert-, a que el chico se inclinara hacia un costado y lamiera aquellas gotas saladas y ligeramente amargas. Un sabor a macho que aún debía conservar en el paladar. -Vamos, chaval, haz que vuelva a ponerme bien duro. Chúpamela para que pueda follarte como te mereces-. Un gruñido ronco emergió de su garganta, resonando cavernoso en el interior de tu tórax, al sentir nuevamente los labios de Robert ceñirse en torno a su venosa y algo decaída polla. La talentosa boca del muchacho poco tardaría en volver a erigir tamaña envergadura, necesitando ésta de mucha sangre y constantes estímulos para mantenerse erecta.
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Mensaje por Robert Swann el Jue Feb 18, 2016 8:17 am
Rudo. Cayden le había demostrado en apenas unos minutos un poco de aquello que intuía, un hombre dominante que parecía hacer siempre lo que él quería, sin dar posibilidad a réplica. Y eso le era tan llamativo como capaz de provocarle distanciamiento. Que actuase como un pasivo no significaba que fuese a ser capaz de seguir las órdenes del otro hombre a pies juntillas. Ni mucho menos. Sin embargo, en ese momento, estaba seguro de que era lo que debía de hacer, relajarse y dejar que el escocés se encargase de dilatarle para prepararle para aquello que ya había mantenido en su boca. Y lo hizo bien, lo hacía bien. Los dedos de Cayden buscaron la manera correcta de entrar en él y de provocar que poco a poco se dilatase, y no solo eso sino que provocó que un estremecimiento recorriese su columna al llevar sus dedos a una posición que provocó que el joven lanzase un gemido de placer incontenible. Lanzó un bufido por su nariz al notar los tres dedos del hombre en su interior, moviéndose. Volvió el rostro y observó como Cayden se había dispuesto a su izquierda. Observó su polla y alzó el rostro para verle a él.- Prefiero esto...la verdad.- Sonrió antes de lanzarse a por aquel rabo que parecía ansioso por esperarle. Escuchó el gemido del otro en cuanto lo hizo, en cuanto buscó regalarle la caricia de su lengua y el paso del filo de sus dientes por el glande antes de volver a la carga. Se embriagó de su líquido, lo chupó y lo paladeó antes de buscar tragar lo posible de aquel rabo, guiado por los movimientos del otro en su propio culo. No le era del todo cómodo aquella posición, pero los gemidos del otro provocaban que, a cada momento, intentase ser más visceral, jugar más al ataque para conseguir aumentar los decibelios en aquel cuarto, amén de buscar volver a colocar aquel falo erguido al máximo.

Notaba como la polla de Cayden reaccionaba a aquello, poniéndose dura, cuando decidió actuar. Se removió, provocando que el otro tuviese que sacar sus dedos. Lo que hizo fue ponerse de rodillas, pudiendo así competir en altura con el otro.- Venga, joder...túmbate.- Empujó a Cayden. Por fuerza no podría con él, por insistencia si. Provocó que el otro cayese en la cama, rebotando contra aquel colchón Pierre Cardin. Ahora que estaba en una posición más intimidante que él, se volteó buscando la posición de un sesenta y nueve. Se inclinó, quedando el arriba, y buscó llegar hasta la polla del otro, provocando que su aliento se derramase en ella. Paseó su lengua por su glande y justo después bajó la vista hacia el rostro del otro.- ¿Ya sabes lo que tienes que hacer, no?...¿No decías que te gustaban los frutos rojos?- Pícaro, lanzó la propuesta justo antes de volver a la carga sobre el rabo del otro, provocando una primera arcada repentina que batalló golpeando con cierta fuerza el abdomen de Cayden, aunque luego paseó su palma por su vientre reconciliándose.

Quería estar preparado para ese pollón que ahora mismo trataba de abarcar en su máxima longitud, sin conseguirlo. Sabía que para ello debería ir lento, y que tendría que buscar que ese hombre no se revolucionará más de la cuenta. Intuía que sería difícil, pero era eso precisamente lo que más le excitaba. Notó como la lengua del otro se dirigía por su entrada, como incluso se internaba, y ante aquello no pudo más que responder centrándose en el glande ajeno, buscando provocar la sensación tanto de agobio como de placer que provocase que el escocés tuviese que mover sus piernas en un ejercicio de contención. La mano que quedó en el vientre de Cayden bajó y tomó el rabo desde la base. Lo alzó, ahora imponente, ya dispuesto, listo, preparado. Llevó su lengua desde abajo hasta lo más arriba posible, coronando en el glande, buscando el pequeño agujero sobre el cual imprimió cierta presión, aunque pausó aquello al notar como las manos de Cayden se colocaban en sus dos nalgas, imprimiendo fuerza para separarlas. Aquello provocó que se irguiese, se alzase lanzando un sonoro gemido de placer.- ¡Joder! ¡Cabrón!- No se reprimió en ello, y una de sus manos fue en busca de la de Cayden para llevarla hasta su propio rabo. Quería que el otro le masturbase, lo necesitaba, centrarse en él por una vez. Tampoco le abandonó, sino que con su otra mano siguió pajeándole, no dejando que aquella robusta tranca decayese en ningún momento.


 
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Mensaje por Invitado el Miér Feb 24, 2016 3:52 pm
A Cayden le tembló todo el cuerpo ante la expectativa de volver a sentir aquella boca sobre él, devorándole. Para su satisfacción, poco tardó Robert en sacar la lengua y comenzar a lamerle. -Eso es. No pares-. Y no lo hizo, aunque tampoco se introdujo demasiado de aquel miembro semi erecto en la boca. Prefirió jugar con él. Mortificarle otra vez. Chupando la jugosa punta y acariciando el resto con una mano. Tan deliciosa parsimonia volvió loco de ansiedad al dueño de semejante trabuco, pues lo que éste realmente ansiaba era balancear la pelvis y deslizarse hasta el fondo de su garganta. Y sin embargo se quedó inmóvil en su postura de rodillas, aferrada su diestra a uno de los barrotes del cabecero mientras con la otra mano se acariciaba sensualmente el torso. -¿Sientes como vuelve a ponerse dura dentro de tu boca?-. El viudo de Aberdeen no formuló esa pregunta con ánimo de obtener respuesta, sino tan solo para que el otro pudiera escucharla. -Joder, y tanto que sí-. Se respondió a sí mismo como si lo hiciera por boca de su anfitrión, la cual se encontraba ahora demasiado atiborrada como para poder articular palabra. La lengua de Robert se movía danzarina alrededor del glande ajeno, lamiendo el néctar transparente que lo cubría y que parecía haberse multiplicado mientras masajeaba los testículos del hombre. Después inclinó un poco más la cabeza, tomando otro par de pulgadas de aquella gruesa erección tras aplanar la lengua con el fin de poder deslizarla en un recorrido oscilante, sumamente placentero, a lo largo de toda la parte embuchada. En uno de aquellos esforzados descensos, Cayden creyó advertir que su felador conseguía engullir más de la mitad de su rabo. Toda una proeza que no dudó en recompensarle verbalmente y con su particular sentido del humor. -Aprendes deprisa, chaval. Un par o tres de “sesiones” más y alcanzarás a besar mi vientre y lamerme los huevos sin dejar de mamármela-. Cayden rió entre dientes su propio comentario; algo tosco pero igualmente halagador para todo aquel que conociera su debilidad por las gargantas profundas. Mientras, Robert no dejaba de pajearle con la boca, sorbiendo y masturbándole a un tiempo.

El muchacho succionó aquella palpitante virilidad como si durante un par de minutos le fuera la vida en ello, hasta que una zarpa del ejecutivo apretó su cabello y le mantuvo quieto. Entonces levantó la vista. Cayden tenía la mandíbula apretada, los ojos cerrados, y un gruñido sordo delató el increíble placer que con aquella boca le estaba haciendo sentir. De repente, y cuando menos lo esperaba, Robert engulló dos tercios de su verga y relajó la boca para que el glande franqueara de manera avasalladora su garganta. Ninguna arcada convulsionó sus músculos en esta ocasión. -¡Coño!-. Exclamó Cayden con su diestra en la nuca del veinteañero, acariciándole el pescuezo sin presionar. Luego rió de puro asombro, también de goce, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos entornados. Pero su expresión abstraída, crispada por el placer, derivó en otra de decepcionada cuando Robert interrumpió abruptamente la mamada. Cayden miró hacia abajo con el mohín de un niño pequeño al que su padre dejara de columpiar; ciertamente cómica y adorable en un tipo de su talante que además rozaba los cuarenta. Su polla volvía a ser un mástil. Y el responsable de aquel fortalecimiento, aún con ojos lagrimosos y respirando de manera convulsa, tuvo el descaro de dedicarle una sonrisa entre pícara y orgullosa. Después se puso también de rodillas, encarándose con su agente inmobiliario y nuevo vecino convertido ahora en amante. Éste acabó cediendo a su pertinaz instancia de que se tumbara, resoplando con evidente aire resignado cuando se dejó caer sobre el colchón para enseguida agarrarle de las caderas y posicionarlas hasta formar con sus cuerpos un perfecto sesenta nueve. Sin más demora, y tras recordarle Robert el buen sabor que tenía ahora su culo, Cayden internó la lengua entre las tersas nalgas que flotaban sobre su cara y alivió un poco de su propia necesidad dándole placer al otro. -Y tú decías que me iba a quedar sin postre...-. Le comentó el empresario de manera jocosa, arañando su poblada barba ese culo con regusto a moras que empezó a devorar ávidamente. Era más dulce que el mejor de los licores, y pensaba beber de él hasta que no quedara ni una sola gota de lubricante alrededor -tan sólo dentro- pudiendo descubrir al fin su sabor real.

Empezó a hacer precisamente eso cuando Robert volvió a meterse mitad de su erecta virilidad en la boca. Moviéndose al unísono, los lametones y mordiscos de uno coincidían con los del otro. Al cabo y de nuevo volvió a consentir que aquel veinteañero le gobernara, que tomara una de sus manos y la condujera hacia su sexo para hacerle saber que deseaba que le pajeara. Empuñar aquel miembro ajeno, caliente y duro como el infierno, acabó resultándole más placentero de lo que en principio había imaginado. El ego de Cayden, de un tamaño equivalente al falo que se erigía entre sus piernas, se infló al atribuirse la potestad de aquella erección que palpitaba ahora entre sus dedos. El ritmo cadencioso que le imprimió a su puño fue acelerándose paulatinamente, arrancándole al chico algún que otro gemido cuando su pulgar presionaba de manera esporádica y lascivamente deliberada la sensible membrana bajo el glande. El escocés acompañó su acción con esporádicas lamidas a los testículos de Robert, sin dejar por ello de atender con su lengua aquel ojo de aguja que debía acabar enhebrando un hilo grueso. Cayden dio de repente media vuelta, llevándose consigo a su amante para que los dos tuvieran mejor acceso al cuerpo del otro. De ese modo podía internarse más profundamente en la boca de él. Robert respondió moviéndose contra su lengua, refunfuñando un “joder” y un “cabrón” cuando el mayor, con la rudeza que lo caracterizaba, separó sus nalgas e insertó un par de dedos en su interior, provocando que el chico gimiera alrededor de su hombría. La fricción que estaba regalándole a su polla era alucinante. Increíble. Y saber que él estaba correspondiendo ese placer al mismo tiempo, sintiendo cómo se movía contra sus dedos, le invitaba a embestirle con más fuerza. Robert gimió de nuevo y provocó unas vibraciones que le recorrieron todo el pene. Él mordió una de sus nalgas y arrastró los dedos por su ano con suavidad, en un lento pero inclemente mete y saca que acompasó con el movimiento oscilante de su otra mano; aquella que daba placer al miembro del otro.  

Transcurridos un par de minutos, y temiendo llegar a correrse, Callaghan abandonó su postura horizontal y también por un instante la cama. Únicamente lo hizo para despojarse presto de la última prenda que quedara sobre su cuerpo: el bóxer blanco arremolinado en sus pantorrillas. Acto seguido, y ya completamente desnudo, regresó al colchón para alcanzar a Robert de los tobillos. Supuso por su dilatada experiencia -interesante juego de palabras- con otros chicos de su edad, que ya estaba listo para recibirle. Pero aun así quiso asegurarse, empujando cuidadosamente uno de sus dedos en el apretado agujero. Se sintió bastante aliviado al comprobar que, casi inmediatamente, el lugar se abría lo bastante como para introducir un par más. Seguidamente colocó al muchacho a cuatro patas y a sí mismo de rodillas entre sus piernas, alineando su palpitante erección con la angosta entrada de éste. La saliva de Robert empezaba a secársele sobre el prepucio, por lo que decidió untárselo con lubricante antes de emprender la ardua tarea que supondría un punto de inflexión para la vida sexual del pasivo. En su mano estaba -mejor dicho, en su polla- el poder convertir aquello en una experiencia gozosa y enriquecedora para Swann Jr. o en una de traumática que afectaría su futura relación con él hasta el extremo de no poder considerarla como tal por lo inexistente. -Puede que te duela un poco al principio-. Advirtió el maduro mientras hacía deslizar su tranca llena de sangre escocesa en la raja de su audaz e intrépido amante. -Pero a estas alturas ya debes saber que cierto tipo de dolor puede resultar muy placentero-. El grueso glande hizo algo más que abrirse paso entre aquellas nalgas después de que su propietario afirmara aquello. Entró en él, presionando su rosado agujero hasta traspasar el tenso anillo de músculos que protegía la entrada a su cuerpo.

El líquido preseminal y esa loción aceitosa ayudaron bastante a facilitar el camino, la intrusión, pero aun así no pudieron evitar que el muchacho gritara de dolor cuando la gruesa extensión comenzó a hundirse inclemente en su trasero. Y lo hizo pulgada a inevitable pulgada, hasta que Cayden creyó tocar fondo con únicamente la mitad de su pollón dentro. -Calma, Rob-. Murmuró al oírle sollozar, mitigando un poco aquel llanto cuando su cálida mano acarició la espalda del chico con una larga, lenta y tranquilizadora caricia. -Una vez dentro lo peor habrá pasado-. Le apaciguó valiéndose de una mentira de las dimensiones de aquello con lo que le penetraba, regocijado de escucharle jadear incontrolablemente mientras apretaba la sábana dentro de sus puños y trataba desesperadamente de acostumbrarse a tan tremenda sensación de estiramiento. De ser invadido y empalado por semejante rabo. -Ya... Ya casi está-. Jadeó Cayden al sentir el estrujón, más tenso que cualquier puño, coño o boca, estirándose alrededor de la corona de su miembro. La noche maduraba lentamente fuera de aquel dormitorio, pero aún era joven. De pronto, unas luces parpadeantes -azules y rojas- se filtraron a través del enorme ventanal; casi una pared transparente con magníficas vistas al distrito norte de la ciudad. El sonido de una sirena reveló el origen de aquel centelleo bicolor que había invadido la penumbra de la habitación. -Entiendo que te haga un poco de daño, pero… ¿Era necesario que llamaras a la poli?-. Le susurró Cayden con el torso pegado a su espalda, habiéndose inclinado hacia delante para runrunearle dicha chanza al oído con el propósito de relajarle. Después le obligó a girar un poco la cabeza con la mano que no mantenía apoyada en la cama, buscando la boca del moreno para poder penetrarla con su lengua. Después del húmedo beso recuperó su postura de perro alfa en estado de celo, agarrándole con firmeza de las caderas mientras maldecía entre dientes el no haber podido preparar mejor al joven con uno de sus juguetes dilatadores. -Aún estás a tiempo de dejar esto para otra noche-. Le hizo saber el escocés con la boca pequeña. Y aunque su voz denotara -o fingiera- cierta preocupación por lastimar a Robert, lo cierto era que el excelsamente dotado empresario no podía sentirse más excitado ante la perspectiva de causarle un poco de dolor al pasivo.
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Mensaje por Robert Swann el Sáb Feb 27, 2016 6:17 am
- ¿Otra noche?...- El escocés pudo observar como el otro negaba. El Swann había apoyado una de sus manos en el cabezal de la cama mientras que con la otra se mantenía pajeando. Durante todo ese tiempo en el que Cayden había actuad para él le había parecido excelso, habiendo esperado que quizás el otro solo actuase por y para si mismo y no se sintiese atraído por él más que por ser un culo donde meterla. Ahora, en aquella posición, se negaba a dar marcha atrás.

El dolor había sido agudo, desde el principio en el que metiese tres de sus dedos hasta ahora, cuando metía su hombría por su retaguardia. Robert decidió entregarse a ello, tranquilizarse en la medida de lo posible y relajarse. No negaría a nadie, en ningún momento, que la primera penetración le había hecho alzar su voz en grito de dolor, aunque se cuidó de que no fuese desgarrador ni mucho menos, sino controlado. Había de aceptar que en todo momento, tanto las palabras tranquilizadoras como las bromas provocaron que Robert se relajase más que si hubiese sido un encuentro mucho más frío.- Eres un gilipollas, Cayden…- Dijo aquello mientras tomaba aire y, en un movimiento que seguramente no pensó demasiado, llevó su cintura hacia atrás, provocando que el rabo de Cayden se internase aún más en él y que de sus labios saliese un gruñido gutural.- La puta madre que te parió…que pollón tienes- Pero no se desanimó por ello. No notó la cercanía del vello púbico del otro, pero intuía que estaría cerca. En ese instante sabía que dirigirse más hacia atrás sería un dolor innecesario. Seguramente era la primera vez que estaba tan lleno y, además, el problema del rabo de Cayden era su anchura, no su longitud, lo que provocaba que su interior tuviese que dilatarse más de lo normal. Así que decidió tomar la iniciativa, provocando así que el otro no se desbocase como intuía que podría ocurrir. Decidió comenzar a mover su cintura hacia delante y atrás, esperando que de esa forma su interior se amoldase a tal polla. La dificultad principal era cuando llegaba a lugares donde los dedos de Cayden no habían llegado y por tanto se notaba su estrechez. Cada vez que la notaba ahí sentía como un chispazo eléctrico recorría su espalda en forma de dolor y le hacía soltar una maldición, pero si se afanaba en ello cada vez debería ser menor, o eso creía. Lo cierto fue que hasta que no llevó más de un minuto así no notó cierto alivio.- Ni se te ocurra ponerte a lanzar envestidas…- Dijo, a la vez que una risa cortada se dejó escuchar.- …No hasta que yo te diga.- Rectificó, consciente de que manejar a Cayden solo era posible un cierto tiempo.

Notaba como las paredes de su ano se acomodaban cada vez mejor al nabo de Cayden, proporcionando el primer toque de placer, cuando por fin habló.- Ya…ya puedes follarme…- Aquello lo dijo con una sonrisa de satisfacción, la de saber que había podido con aquel Claymore que el otro portase entre las piernas. Bien era cierto que seguía obteniendo dolor a cada vez que Cayden se internaba en él, pero era respaldado por una ola de placer que le provocaba los primeros gemidos y que la mano que quedaba en el cabecero se agarrase con gran fuerza.- Si, cabrón…venga…sigue…- Se mordió el labio inferior cuando notó que el otro comenzaba a realizar un vaivén sobre su retaguardia, continuo, y que el cabrón se abría espacio un poco más, centímetro a centímetro, aprovechándose de su posición de supremacía.-  ¿Cuándo piensas meterla hasta el fondo, cabrón?- Dijo aquello a la vez que se mentalizaba para ello, sabedor que sus palabra son podrían más que animarle a ser un poco más bruto, que era lo que el buscaba. Solo esperaba que no se pasase más de lo que esperaba.[/b]


 
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Mensaje por Invitado el Mar Mar 01, 2016 6:21 am
Las incitantes demandas de Robert, apremiándole a que se la metiera hasta el fondo, excitaron aún más al dueño de aquel mandoble ungido a medio ensartar. Sin embargo, éste tuvo el suficiente sentido común y la entereza necesaria para no consentirle de buenas a primeras lo que sin duda estaba rogándole pese a su orgulloso tono de mandato. -Todavía no estás preparado-. Le negó Cayden con voz queda, categórico. En su lugar empujó hacia delante con moderación, enterrando dos centímetros más su polla dentro de la estrecha vaina del chico. Y cuando volvió a insistirle, el ejecutivo parpadeó con una sonrisa de satisfacción en los labios. Nunca antes había oído hablar tan sucio al muchacho, al menos no de esta forma. Sonaba un poco extraño viniendo de la boca de quien hacía tan solo una semana habría tildado de heterosexual con eterna alma de universitario, de niño de papá con escaso interés por el sexo anal, pero Cayden no podía negar que aquel inopinado lenguaje y la actitud en general de Robert lo encendían. -¿Cabrón?-. Se cuestionó el viudo, sarcástico en dicha interrogación, aquel calificativo que el Swann Jr. le dedicara en sus exigencias. -Si realmente fuese un cabronazo ya te habría partido en dos-. Socarrón pero veraz, el escocés aferró de inmediato su corbata -la cual seguía pendiendo del cuello de Robert- y tiró de ella con comedimiento. Su amante echó la cabeza atrás y arqueó el lomo. Estableció entonces un ritmo castigador, irrumpiendo su polla dentro de Robert con empujes cada vez más rápidos y profundos. Su vello púbico consiguió rozar en un par de ocasiones las preciosas nalgas que friccionaban su falo, no pudiendo evitar que el propio chico se empalara peligrosamente al balancear su culo en dirección contraria a la de sus acometidas. -¿No era esto lo que querías?-. Le preguntó al oído, mordiendo después su lóbulo y regocijándose al constatar lo enrojecido y convulso del rostro de Robert al haberle atado en corto tras enroscarse la prenda con la que le sometía en su puño. El muchacho constriñó el pedazo de carne que le llenaba con una deliberada contracción de su esfínter, obligando al otro a que soltara aquella improvisada soga de seda gris para así poder aferrarse a sus caderas y seguir follándole. La resistencia añadida en cada empuje resultó un placer que le hizo jadear, gruñir y ansiar vaciarse en las entrañas de su insubordinado sumiso; valiese o no dicha contradicción. Aunque lo cierto era que, a su manera, ambos se dominaban mutuamente.

Cayden retrocedió hasta vaciar a Robert y acto seguido le forzó a abandonar la cama junto a él. Gobernó el cuerpo del muchacho con apasionada soberanía, arrastrándole hasta el enorme ventanal que enmarcaba una fascinante panorámica de la ciudad nocturna. Con bastante rudeza lo encaró con el cristal, empotrándolo contra la fría superficie cuando volvió a penetrarle sin excesiva contemplación. Entonces empujó más profundo, apretando sus dientes hasta hacerlos rechinar, y se esforzó por expandirle mientras el guapo pasivo encorvaba la espalda y se retorcía ante aquella nueva punzada de padecimiento mezclada con el goce más carnal. -Confiemos que esta ventana sea igual de resistente que tu trasero-. Advirtió el escocés, tan sardónico como temiblemente dotado, tras impeler sus caderas y percibir como aquella angosta cavidad se dilataba un poco más en su disposición por acogerle tan hondamente como le fuera posible. Las gotas de sudor que perlaban la desnudez de Robert, y la suya propia, reflejaban el centelleo intermitente y bicolor del vehículo policial estacionado allá abajo en Wilshire Boulevard. -Apretado y aun así dispuesto a todo...-. Bisbiseó Cayden con la boca pegada a una oreja del moreno. Seguidamente flexionó un poco sus rodillas y empezó a menear el trasero con los movimientos obscenos y circulares de un stripper, horadando el trasero del otro con la corpulencia de su verga. Mientras, su anfitrión se retorcía de cara a aquella pared transparente, apoyado en ella y sollozando hasta que cada torturada, hinchada pulgada de la monstruosa verga en su retaguardia estuvo sepultada de nuevo en su culo. -Si creyera en la monogamia te pediría a tu padre en matrimonio-. Lo irónico de su comentario hizo que una carcajada breve se abriera paso entre la retahíla de gemidos y maldiciones balbuceadas por Robert, ya que ambos parecían ser muy conscientes de que el único anillo que el Sr. Callaghan aceptaría volver a ponerse era uno de pene. -Dejémonos de gilipolleces y sigamos follando-. Dictaminó el maduro antes de despegarse de la espalda del otro y de por poco vaciarle de polla al dar un paso atrás, dejando sólo dentro la rotunda cabeza de su ariete. De repente, volvió a impulsarse con la pelvis hasta casi tocar fondo. De una única estocada. Brutalmente.

Cada nueva embestida del rudo escocés consiguió arrancar un gemido del pecho de Robert. Y lo cierto es que fueron muchas a partir de ese punto. Sus recias caderas habían empezado a moverse más duro, más rápido, desde el momento en que creyó que su joven amante ya estaba preparado para recibir aquello que, desde hacía rato, pareciera estar rogándole con esporádicas miradas de soslayo lanzadas por encima de su hombro. -Joder... Con tu culo no vas a necesitar de varias sesiones-. Masculló Cayden en referencia a la increíble capacidad anal del muchacho, bastante superior a la de sus tragaderas. Con los sucesivos impactos de su miembro los gemidos de Robert se hicieron cada vez más desesperados, y la necesidad del hombre que le poseía por descargarse mucho más imperativa. El orgasmo se estaba construyendo en sus huevos. Acariciaba el interior de su saco, abrumándole. -Esta madrugada..., tendrás que..., dormir boca abajo-. Gemidos varoniles entrecortaron sus roncas palabras, mientras se afanaba en asediar con la fiereza de un guerrero berserker aquella enrojecida entrada al borde del desgarro. Sus diez dedos aprisionando la estremecida cintura ajena, inmovilizándola. Su polla trabajando el culo del chico en profundidad, quemándole. Cayden fornicaba ahora como una jadeante bestia en frenesí para disfrute o sufrimiento -probablemente una mezcla perfecta de ambas cosas- de su intrépido vecino. -¿Te gusta así?-. El tono de su interrogación fue tan endeble que el moreno debió dudar de si aquello había sido una pregunta o únicamente se lo afirmaba. Luego retrocedió un par de pasos llevándose a Robert consigo, sin salir de él. Entonces tomó con rudeza sus antebrazos y los llevó hacia atrás, cruzándole las muñecas sobre sus lumbares para así aferrarlas como si de riendas se trataran. El busto del más joven quedó flotando en paralelo con el suelo, arqueándose su espalda cada vez que Cayden se excedía con una de sus embestidas o le azotaba las nalgas con la garra que no empleaba para sujetarle. Ambos acabaron empapados de sudor, como si se hallaran en una de las saunas del Aesthetic Era, después de que el toro de Aberdeen le arremetiera con su único pero implacable cuerno durante al menos cinco minutos. Cayden se preguntó entonces cómo era posible que ese chico aún no hubiera desfallecido -ni siquiera le había pedido que se detuviera- dejándose follar por alguien como él y en aquella incómoda postura. Estaba claro que Robert era toda una bestia sexual, un pasivo fuera de serie, y que su arresto inicial no había sido pura palabrería ni mera presunción juvenil.
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Mensaje por Robert Swann el Vie Mar 04, 2016 6:40 am
Aguantar era su máxima. Sin embargo Cayden se lo estaba poniendo difícil. Bien era reconocer que él mismo había forzado la situación, pero tal como suponía el escocés parecía estar acelerando en una bajada sin la constancia de que existiesen frenos en el camino. Si bien era cierto que había podido aguantar con estoicidad el momento en el que le tuviese enfrentado al ventanal que por las mañanas le despertaba con una impresionante vista de Los Ángeles, la posición actual le comenzó a parecer algo incómoda tras unos minutos en los que parecía haber gozado con los movimientos del otro. Y no dudó en hacerse combatiente de aquello que comenzaba a cansarle. Aprovechando que el otro había bajado su guardia (no era para menos al estar casi cinco minutos bombeándole, sin piedad), sus manos se zafaron del agarre del otro y provocó que le vaciase.

Le observó, frente a frente. Cayden era más alto, aunque no mucho, y más ancho. Se recreó observando su cuerpo, aún con el dolor que notaba en su retaguardia. Dio apenas dos pasos dispuestos a ser él quien en ese momento atacase. Lo hizo a sus labios, directo y sin contemplaciones, provocando que el otro tuviese que caminar de espaldas por el ímpetu del joven. Busco entrelazar su lengua con la del otro en un choque de trenes que también se dio cuando ambas pollas se encontraron, totalmente erguidas, chocando contra el abdomen de ambos. Notó el brusco golpe que el otro se llevó en la espalda. Seguramente le habría dolido, pero le daba igual. ¿Acaso se había preocupado él del dolor recibido en su culo? Una de sus manos tomó los cabellos del otro y tiró de ellos para provocar que estirase su cuello, sobre el que comenzó a pasear su lengua aunando la saliva con el sudor que aquel ejercicio estaba provocando en ambos.- Me gustaba así, si…- El muerdo a su cuello fue real, y para nada cuidadoso. Seguramente habría dejado marca, pero se la sudaba.- …pero no podrás negarme que quiera algo un poco más cómodo.- Rio aquello mientras que su otra mano acarició su vientre hasta llegar a la polla del otro, la cual comenzó a masturbar para que no perdiese su dureza.

Jadeaba mientras tomaba aquel descanso de aquella follada que estaba suponiendo la más demandante de todas las que hubiese tenido hasta el momento, pero eso no significaba que dejase de buscar la excitación del otro con su boca y su mano. Aún así, no duró demasiado, y solo necesito un par de minutos antes de volver a empujar al otro, dirigiéndolo hacia la cama, donde provocó que se tirase, boca arriba. No tardó en sentarse sobre él, dejando que la verga del otro quedase por entre sus nalgas, pero sin internarse en él, al menos no por el momento. Aún tenía algo que cobrarse. Se sacó la corbata del otro, que antes hubiese usado a su beneficio, para pasarla por la cabeza del otro, actuando ésta como un fetiche. Antes de proseguir se inclinó para tomar el lubricante, el cual había quedado tirado encima de la cama, y lubricó el falo del otro en un intento de que fuese más accesible empotrarse con él. La vista del otro bajo si le hizo sonreír a la vez que alzaba su culo lo suficiente para llegar hasta lo más alto del rabo de Cayden, el cual se internó, poco a poco, en su dilatado ano, el cual comenzaba a bajar, despacio, empalándose.- Joder, tío…tienes una pedazo de polla.- Cerró sus ojos a la vez que trataba de acompasar su respiración.- Tienes que saber que esto cuesta bastante, y que merecería algo más que un descuento de cien pavos.- Comenzó a reír, pero se vio interrumpido cuando el glande del otro llegó a un punto que le provocó un escalofrío que le llevó a alzar la voz en un gemido que radiaba de placer, más que de dolor.- Dios, nunca habían llegado hasta ahí…- Se mordió el labio inferior a la vez que alzaba de nuevo su culo, ayudándose de los cuartos traseros. Abrió los ojos, para observar al otro, la segunda vez que desplazaba su culo hacia abajo. Una de sus manos se apostó en los abdominales del otro, y dio un golpe para provocar que éstos se marcasen. La otra mano tomó la corbata y tiró. Debía cobrarse su deuda y ese era el mejor momento. Tiró con fuerza, ahogando, aunque con sapiencia de no provocar nada más allá de la sensación de agobio mientras le cabalgaba, a una velocidad que aumentó considerablemente a la vez que contraía su esfínter, lo que provocaría un mayor placer en el otro. Quería saber que llegaría antes por parte de Cayden, el pedir que siguiera así o que parase con el agarre en el cuello que, aunque no le dejaba sin aire totalmente, si era suficiente para provocar que el otro se volviese rojo debido a la priva de aire y al placer provocado por su jinete. Sea como fuese, quería verle pedir cualquiera de las dos cosas.


 
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Mensaje por Invitado el Lun Mar 07, 2016 4:00 pm
Con la espalda adolorida por el golpe y gruñendo bajo en su garganta, Cayden le devolvió el beso con interés, pellizcando a la vez uno de sus pezones. Después aspiró profundamente, siseando, cuando sintió el ardiente tallo de la polla de su anfitrión removerse contra la suya propia. Robert comenzó a masturbarle mientras lamía su cuello, sus velludos pectorales, concediéndose un respiro en aquella tremenda follada que, a tenor de su agitado resuello, le había dejado exhausto. -Dios, que bien se siente-. La voz de Cayden en la penumbra sonó rota, como si estuviera luchando por controlarse. Entonces tomó la nuca de Robert, inclinó la cabeza y le besó con un ímpetu que los más mojigatos tildarían de ferocidad. No fue un suave, explorador beso como el de antes, sino que su dura y exigente boca le saqueó hasta hacerle sudar a lo largo de su columna vertebral y notar que su espalda se arqueaba a consecuencia del deseo. -¿Pero qué coño...?-. Refunfuñó el mayor tras alejar sus labios y sentirse nuevamente gobernado por las manos del muchacho. Al segundo se vio tumbado en la cama tras ser el blanco y la víctima de un nuevo, traicionero empujón de Robert. El aroma afrutado del lubricante volvió a hacer acto de presencia cuando el joven, a horcajadas sobre aquel par de troncos macizos que eran los muslos del europeo, ungió con éste la formidable polla de Cayden. La única respuesta del empresario fue un gemido largo mientras se retorcía bajo el hijo uno de sus mejores clientes; ese pasivo endiabladamente guapo que, viéndole uno retirarse la corbata para enseguida atarla al cuello del escocés, mucho distaba de aparentar una actitud dócil. -Tienes suerte de que estemos en tu casa y no sea yo el que...-. Un bufido de toro sustituyó el “imponga las reglas” con el que Callaghan tenía pensado rematar la frase, pues un fuerte tirón a la corbata le asfixió de manera momentánea. Robert fue penetrándose despacio con el imponente falo del barbudo y pronto se hallaron corcoveando el uno contra el otro, luchando en su carrera hacia el orgasmo. Cayden se sorprendió a sí mismo disfrutando de la sensación de tener al jovencito encima de él, cabalgándole. Éste no se parecía en lo más mínimo a los afeminados twinks sumisos que solía follarse. Mucho menos a las contadas mujeres que en aquel último año se habían dejado penetrar por el semental agresivo, dominante y temiblemente dotado que era. Debido a su tamaño, y a que por lo general sus amantes fueran tan pequeños, Cayden siempre estaba preocupándose de no hacerles demasiado daño de alguna manera no deliberada. Tenía que contenerse, incluso en el punto más álgido de sus encuentros sexuales, para asegurarse de no acabar desgarrando al afortunado o infeliz de turno que hubiera sucumbido al grosor de su paquete o bien al de su cartera. Ahora, sin embargo, el mayor no se mostraba excesivamente turbado por si lastimaba o no a Robert. Más bien parecía todo lo contrario, pues era el otro quien se auto imponía cierta moderación en su traviesa práctica bondage.

No, a Callaghan no le preocupaba demasiado dañarle. El trasero del chico era profundo y había dilatado de manera inmejorable. Su cuerpo joven, duro y a la vez flexible como el cáñamo, se le antojaba igual de enérgico e infatigable que el suyo. Robert se estrellaba contra él y Cayden le devolvía, desde abajo y en su postura horizontal, embestidas tan fuertes como los tirones que estaba recibiendo en su pescuezo. Los besos que intercambiaban cada vez que el pasivo decidía inclinarse eran ásperos y deliciosos, llenos de mordiscos y dientes chocando, pues ambos se buscaban con urgencia. Quedaba bastante claro que el Swann podría soportar esa clase de trato asiduamente, pensó Cayden. Y él también. -Tú... Tú sí que eres un cabronazo-. Alcanzó a mascullar el ejecutivo de manera ronca, quebrada, con su semblante enrojecido y tras haber exhalado el poco aire que quedara en sus pulmones debido a la horca de seda que se ceñía cada vez más alrededor de su cuello. La expresión del empresario era una crispada mueca de placer, rabia y asfixia. Un agónico rezongo, especie de gemido frustrado, escapó de su oprimida garganta mientras sentía el cuerpo del otro empalándose una y otra vez con el suyo. Mostrando sus dientes en un gruñido, Cayden incorporó repentinamente su torso y se obligó a ir hacia adelante. Con su frente sudada y de marcada vena pegada a la del chico, respirando su cálido aliento, empleó su diestra para retirar rudamente la que Robert empleaba para tirar de la corbata. Luego se afanó presto en aflojar el apretado nudo alrededor de su cuello, abrazando fuertemente al moreno con su brazo izquierdo y aprisionándolo a la vez entre sus piernas ligeramente flexionadas. Éste permaneció sentado a horcajadas sobre sus recios muslos, jadeando y haciendo oscilar su culo para forzarse a sí mismo a empalarse con aquel duro pedazo de carne masculina que lo atormentaba. Sus gemidos de lamento, y también de placer, hicieron eco en el aire cargado de feromonas alrededor de ambos. Tales sonidos eróticos se intensificaron cuando sintió que Callaghan lo afianzaba por el reverso de sus muslos y trataba de ponerse en pie sobre el colchón, consiguiéndolo con evidente esfuerzo de su parte en su empeño por hacerlo sin vaciarle. -¿Creíste que era demasiado viejo para esto?-. Le preguntó a Robert con tono de chanza, arrastrando sus palabras como si acabara de correr la maratón. Después, sus fauces se apoderaron de uno de los hombros de quien ahora rodeaba los suyos con sus brazos y la cintura con sendas piernas. Las zarpas del escocés sujetaban sus nalgas, apretando en la tersa carne mientras lo balanceaba y le hacía sentir la fricción de su palpitante envergadura en los recovecos más inabordables de su cuerpo. Una y otra vez.

Transcurridos un par de minutos, en los cuales se vio obligado a apoyar su espalda contra la pared colindante al cabecero, Callaghan decidió cambiar de postura por el bien de sus lumbares. Permitió que los pies de su amante tocaran de nuevo la superficie de la cama y justo después le instó a abandonarla con un sonoro azote en sus nalgas. Él también hizo lo propio, sentándose en una de sus orillas para seguidamente apoderarse del tambaleante cuerpo de Robert y ensartarlo otra vez sobre su regazo. Aquella transición se produjo en apenas cinco o seis segundos, pues el escocés actuó raudo y con la determinación de un macho alfa dominante en pleno acto de apareamiento. -No me cansaría de follarte-. Le hizo saber al fogoso veinteañero que, ahora, le daba la espalda. Ambos miraban en la misma dirección, sus ojos apuntando la puerta del dormitorio, pues el fornido empresario había adoptado la función de robusta y algo dolorosa silla para Robert. Entonces tomó su cuello y le obligó a girar un poco la cabeza, con su velludo torso pegado a la espalda del chico. -¿Estás cómodo?-. Le preguntó con verdadera preocupación aún sonando sarcástico sin él pretenderlo. Pues lo cierto era que cómo iba a alguien sentirse cómodo con semejante garrote atravesándole el culo. -Muévete tú ahora, vamos-. Le ordenó al oído, susurrante, habiendo mordisqueado su lóbulo para después reclinarse un poco hacia atrás con ambas manos apoyadas sobre el colchón. Durante un buen rato se limitó a dejarse cabalgar, inmóvil, con esa pasividad que -irónicamente- caracterizaba a los heteros y activos. No podía apartar la mirada de su propio miembro sin goma siendo masturbado, engullido y rechazado, por aquel culo que oscilaba ávido en torno a él. La visión de tamaña proeza por parte del otro resultaba algo fascinante. -Joder... Se nota que estás acostumbrado a montar pollas como la mía-. Murmuró al rato, como asegurándolo a pesar de que interiormente su ego pusiera en duda lo antedicho. Acto seguido se derrumbó encima del colchón, y su espalda perlada de sudor agradeció sobremanera el súbito frescor de aquellas sábanas. En su cambio de postura arrastró consigo el magnífico cuerpo que penetraba, que ultrajaba, con el fin de que éste quedara recostado sobre el suyo. -Y que te encanta hacerlo, ¿no es cierto?-. Le susurró con los labios ya pegados a su mejilla, arañándola con la barba y lamiéndola después mientras deslizaba su diestra por el fibrado pecho de Robert en dirección a una verga que también se merecía ser atendida. Callaghan aferró aquella considerable erección ajena al tiempo que izaba y descendía sus caderas, repetida y aceleradamente, resultándole innecesario agitar su puño puesto que el vaivén de su hermoso jinete propiciaba el poder pajearle mientras se lo follaba. -Quiero..., que te corras..., primero-. Masculló el mayor al cabo de casi un centenar y medio de rápidos, duros empalamientos. Lo dijo entre jadeos, de forma intermitente, besando tras proferir sus palabras uno de los hombros de aquel que, acostado todavía sobre su busto de vikingo y con las pupilas apuntando hacia el techo, no cesaba de gemir de un modo incontrolado. O lo que era mejor aún: incontenible.
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Mensaje por Robert Swann el Dom Mar 13, 2016 5:33 pm
No sabría decirlo, o quizás es que no quisiera decirlo. Aquel polvo, aquella follada con Cayden Callaghan, estaba siendo la mejor de su puta vida. No solo por encontrarse con una polla que, seguramente, no hubiese encontrado antes, sino porque el otro, a diferencia de lo que había pensado en un momento, había sido capaz de otorgarle poder, dominio, pero también se había impuesto fácilmente durante algunas partes de la follada. Se había sentido dominado, rendido a los deseos del otro, pero también había sentido que la dominación, por algún momento, era suya, y había sido aquella mezcla, ese nivel obtenido, el que había provocado que Robert hubiese sentido aquel polvo como el mejor en el que había participado.

Si, había sido un cabronazo, pero al otro le había excitado, eso lo tenía seguro, sino no hubiese seguido o hubiese buscado vaciarse antes. Además sabía que había sorprendido al otro con aquella escena, y que también se había sorprendido por la capacidad de aguante que estaba demostrando. Estaba seguro de que Cayden había quedado más que contento con el final de aquella noche. Y el también estaba contento, notando como la mano del escocés se cerraba sobre su polla, buscando hacer que se corriese el primero, como tal se había sincerado en su oído. Aquellas palabras provocaron que sonriese ampliamente, aunque el otro no pudiese verle. Le gustaba saber que se preocupaba por él, al igual que cuando le había preguntado si estaba cómodo.- Lo haré...en....en poco...- Apostó sus manos en el cuerpo de Cayden, en el torso del otro, tomando allí una posición donde poder asentarse para llevar sus movimientos, dirigidos a clavarse tremendo falo en el culo una y otra vez.- Puto escocés...joder...que polla...- Notó dolor, era cierto...pero eso había quedado en un segundo plano. Ahora lo que notaba era como aquel roce lo llevaba a la jodida locura. Solo se reclamaba el no poder tener al otro en frente de si para poder besarle.

En su mente rememoró el momento en el que el otro le había cogido en brazos, como si de una visión de una porno se tratase, y aquello provocó que su excitación, su lívido, llamase al orgasmo. De la punta de su rabo se dispararon tres chorros de semen que cayeron sobre su propio abdomen y pecho, y que también provocaron que el mayor se pringase con ellos. El joven, con unos brazos que temblaron por el placer, demostró nuevamente su capacidad de aguante al no caer, y al, aún desacelerando, seguir manteniendo el ritmo de su cintura mientras bajaba y subía. Su gemido fue ronco, no exagerado, pero para nada reprimido. Recuperó el resuello, y cuando lo hizo se vació del otro. Demasiado había hecho ya en su culo. Ahora lo que deseaba era ver como se corría, y quería tener una buena visión de ello. Se posicionço entre las piernas del otro y se dispuso a mamársela, aunque apenas fueron un par de pasadas antes de alzar la vista. Llevó ambas manos a la polla de Cayden y comenzó a masturbarle, rápidamente. Apostó sus labios y su lengua sobre su capullo, haciéndole notar que ahí estaba su aliento, y no dejó de seguir con aquel movimiento.- Córrete joder...termina en mi boca...- Apenas dijo esto cuando notó como la primera de sus lefadas salió despedida, hacia sus labios, aunque escapó y salió disparada al abdomen del otro. Robert recogió la segunda, y la tercera y una cuarta menos poderosa. Aquello provocó que de sus labios escapase la leche del otro, que se deslizó por su falo. No iba a tragárselo, al menos no por el momento, en un primer encuentro... Había notado como el otro se había convulsionado, como su respiración se había acelerado y como sus manos habían tornado en puños mientras se corría.

Reptó por el cuerpo del otro. Con sinceridad, estaban sudoroso, el semen de ambos se encontraba repartido entre los dos, y él, al menos, estaba bastante cansado. El alcohol había huido de él por el sudor, provocando que ahora estuviese más que despierto, consciente de todo. Lo primero que hizo al llegar a la altura del rostro del otro fue besarle, pero no de la manera que lo hiciera alguien modesto, no, sino que buscó penetrar sus labios, provocar que el otro se sintiese acosado, violado. Y solo cuando creyó suficiente de ello, se separó un poco.- Ha sido...un gran polvo, joder.- Mantuvo el silencio, observando al otro, bajo de si.- Deberías probar la ducha...creo que es conveniente.- Le sonrió, de la misma manera que lo hubiese hecho nada más comenzar la velada.- Luego me parece que he visto lo suficiente para saber que puedes pillar la moto...- Lo siguiente lo mantuvo en suspenso.- ...o si lo prefieres puedes dormir aquí, hasta mañana.- Y esperó. Quería una respuesta. No se iba a decepcionar si recibía una negativa, tampoco se iba a contentar si le daba una respuesta afirmativa...pero si estaba intrigado por saber la decisión del otro.


 
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