I.
II.
III.
IV.
V.
Hasta hace cinco años las disputas entre la comunidad judía cristiana y la comunidad LGBT crearon un caos por la dominación de Beverly Hills pero la sociedad LGBT de Los Ángeles y todo California se aliaron a dos diputadosen su afán por crear una igualdad en todo en California, por lo que apoyados por un grupo de empresarios, atletas, músicos y atletas fue que lograron una legislación para la creación de una zona exclusiva para esa comunidad.
El principal activista de ese movimiento y ahora alcalde de Beverly Hills, Travis Denker ha estado acondicionando una ciudad perfecta donde la igualdad prospera, pero lo que no se sabe era que en parte ese proyecto fue para encubrir ciertos negocios ilícitos que tenía con ciertas mafias internacionales. ¿Qué pasaría si la mafia decide cobrar favores?
ambientación
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Octubre - 2014

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25 - 10 - 2014

El foro está inspirado en las series de televisión "Desperate Housewives" y "Devious Maids", sin embargo la trama actual y el enfoque que se le ha dado corre a cargo del staff de Beverly Paradise. Así mismo se agradece a:
Paparazzi y Staff de Beverly Paradise, por la historia y trama.
Damien Aubriot : Modificaciones al skin, tablillas, tablones, y otros códigos.

También agradecemos los tutoriales de Glintz
Savage Themes
The Captain Knows Best y Foroactivo

Algunos recursos gráficos e imágenes han sido tomados de
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Mensaje por Allen R. Price el Jue Ago 25, 2016 4:10 pm
Era una noche fría en Beverly Hills, la que hizo al pequeño Allen sentir arrepentimiento por no haberse hecho con un abrigo. Cuando apenas era su salida del comedor donde llevaba laborando por ya varias semanas, el chico vagó por las calles iluminadas de Beverly Hills, era un mundo completamente diferente que por las mañanas o tardes. A sus ojos, no tanto diferente, sino más desinhibido. Y eran las mujeres que se prostituían, esperando a la orilla de la calle por que alguien las levante. Allen seguía siendo un muchacho inocente en esos temas, razón por la que no podía ver a la cara a una de esas mujeres, o se ponía de rojo como un tomate. Por su mala suerte, tuvo que pasar frente a varias de ellas, y no hubo disimulo alguno cuando agachó la cabeza, mirando al suelo y con un paso acelerado para dejarlas atrás. Sí, tal vez se había ganado la burla de algunas de ellas, pero era una incomodidad con la que debía lidiar.

Unas cuantas calles más adelante, para entonces ya el frío se apoderaba de él, haciéndole temblar sin su control; pero unas calles más allá, pero aun un par para llegar hasta la para de autobús, el menor se distrajo con varios sonidos extraños. ¿Por qué extraños? No contaba con que la ciudad iría más allá, la mala vida de ésta al menos. Siendo así, el muchacho de ojos azules veía aterrorizado hacia una escena que difícilmente se borraría de su mente. Era un hombre pidiendo auxilio, aunque estaba siendo puesto a callar por patadas interminables. Sus manos temblaron, ¿debía hacer algo? Descartada estuvo la idea de ir y socorrerle, siendo aquellos cuatro hombres que lo tenían acorralado, y tomando turnos para sacarle un gemido más de dolor. Pero tuvo la mala suerte de que uno de los matones voltease en su dirección, ésto hizo que los demás cesaran, para fijarse en él nada más. El joven Price tragó saliva y se dio a la fuga.

No era ningún tonto, o a él le gustaba creer aquello pues mientras corría a todo pulmón, él intentaba marcar el 911 en la pantalla de su teléfono. Escuchaba detrás de él las zancadas de los abusadores, en ese momento supo que se había metido en un problema de por demás, superior a él. Y mientras él era puesto en espera para que atendiesen su llamada, el muchacho intentaba entrar por algunas de las puertas, pero no era sorpresa que las tiendas estuviesen ya cerradas. Siguió corriendo y se metió a un callejón, confiaba que si se escondía, iba a perderles. Así se escondió detrás de un basurero, con sus piernas recogidas. Fue en ese momento que la operadora atendió a su llamada. "¿Hola? Sí, me llamo Allen... Allen Price, estudio en la universidad St. James. Quiero reportar un ataque en la calle Spring... 4 hombres estaban dándole una paliza a otro" en medio de su desesperación, fue que se delató y lo supo cuando uno de ellos tiró de su coronilla para hacerlo ponerse en pie. Allen soltó un grito desgarrador, dejando caer el teléfono al suelo. "¡Dos caucásicos... rapados, un latino... y un negro! Tatuaje en la cabeza... "fue lo último que pudo articular cuando recibió el primer golpe a puño cerrado, en mitad de su cara, le habían dejado inconsciente.

El dolor en la cabeza estaba matándole, no recordaba hacerse sentido así antes. Como reflejo, intentó hacer un masaje a la parte trasera de su cabeza, pero se encontró con la imposibilidad de aquello. Forcejeó con las manos pero estas no cedían. De poco en poco las imágenes llegaban a su cabeza, para lo que él se agitó luego de responder a lo último que recordaba había pasado con él: los hombres en el callejón. Cuando finalmente pudo abrir los ojos, se encontró a uno que reconocía y muy bien. Era un hombre alto, de cabeza rapada y con cara de diablo, su percepción le estaba traicionando. "¿Qué hago aquí? Por favor... ¡suéltenme!" el llanto no tardaría en aparecer, y era que el chico jamás había estado tan asustado en su vida. - Jefe, el mocoso ya despertó.- escuchó que hablaba al otro lado de la puerta. ¿Dónde exactamente se encontraba? Allen no tenía la más mínima idea. Solo quería irse de ahí, pero nunca había sido fuerte, y el hecho de estar ahí, fue prueba de ello. Aun así insistió con liberarse de aquel agarre, pero sus manos seguían atadas a aquella silla, y él perdía las esperanzas al paso de cada segundo.
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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Vie Ago 26, 2016 12:33 pm
A veces pienso que me toman por tonto. Realmente, parecen creer que pueden esconderse de mí. Que pueden ocultarme cosas. Estos idiotas se burlan de mi intelecto. Sus risas e ignorancia me ponen verdaderamente de mal humor. No quieren verme así. Creen que pueden manipularme y engañarme. A mí. Al conocido Arkwright. Aun sabiendo cómo me las gasto, creo que me toman el maldito pelo. No me gusta nada que me tomen el pelo. No lo puedo permitir. Es más, no lo voy a permitir. El nudo de la corbata aprieta cada vez más mi cuello. Hace calor así que decido aflojarlo con una mano. Dejo la chaqueta en el asiento de al lado y me remango la entallada camisa blanca. El pago mensual está a punto de llevarse a cabo. De antemano ya sé que esta vez todo va a ser diferente. El pequeño señor Wang Chengdong me la ha jugado según mis informadores. Parece nervioso. El puto chino está de los nervios. Le prometo inmunidad y me lo quiere pagar así. Maldito chino desagradecido. Encima de ser jodidamente feo resulta que, además, es un cerdo cobarde y traidor. La nave que le arrendo forma parte de las empresas organizadas por mi organización. Está en mi zona, en mi propiedad. El asustado señor Chengdong conoce perfectamente las condiciones. Paga un cuarenta por ciento y eso, porque me ha caído siempre bien. Hasta hace poco me solían caer bien todos los putos chinos; él incluido. Mis chicos han capturado a un cassetto que merodeaba el polígono en el que me encuentro. Por mucho que intentara infiltrarse, el tipo desentonaba demasiado en las afueras de la ciudad; un lugar lleno de naves industriales. Trataba de contactar con el Don. Por el bien de mis quehaceres y de mis negocios, mis chicos lo han interceptado y le han dado una lección a tiempo.

Las investigaciones siguen a cabo. Mis mejores hombres vigilan al resto de comercios de la zona. Hoy han dejado notas debajo de cada puerta. Los negocios que disfrutan de mi inmunidad han recibido un ultimátum. De hecho, están citados a presenciar, a través de las ventanas de sus grandes imperios, el precio de una traición. La Cosa Nostra lleva años instalada en la costa americana. Por desgracia esta vez han traspasado la raya. Han ido demasiado lejos. Son un clan antiguo y con historia. Los jodidos espaguetis nos han servido de inspiración, eso es innegable. Pero nadie viene a mear en mi territorio sin abandonarlo teniendo serias consecuencias. El don siciliano ha recibido hoy otra carta en la que le hablo abiertamente de mis intereses y de la suerte que ha corrido el organizador de las cuentas de su Familia. Somos claramente superiores en número y son ellos los que deben temer adentrándose en mis terrenos. El chino sudoroso que tengo delante sabe que a medida que me acerco la cosa se va a poner en su contra. Sabe que el joven anglo-italiano, que durante dos meses le ha estado pidiendo un porcentaje, bastante suculento, por cierto, ha desaparecido.

Salgo del coche. Con actitud y paso firme. El sol me ciega así que cubro mis ojos con unas gafas oscuras tipo aviador. Desabrocho el primer botón de mi camisa. Puto calor. Miro que el chino sonríe y yo lo hago también. Mis chicos suelen ser los encargados de la recaudación así que noto que defeca encima al verme en persona frente a frente. Tiene mirada de niño torpe y culpable. El miedo le ha hecho cagarla y jugar con mi confianza. Si tan solo me hubiera informado, si tan solo me lo hubiera dicho antes. Igualmente es bastante posible que los de la Cosa se lo hubieran cargado. Qué más da, chinos hay por todas partes. Yo no pienso darle ese privilegio; con el calor que hace, tampoco pienso darme ese homenaje.

Noto a la señora Lin presenciando la escena a través de aquel gran ventanal al otro lado de la acera. Mis chicos han hecho un buen trabajo dejando aquellas motivadoras notas. Muchos ojos nos observan, sigilosos, a través de las cerraduras, persianas y pequeñas ventanas de la zona. No le digo nada y sigo sonriendo a modo de imitación y con clara muestra de burla. Menuda cara de retrasado. Puto chino. Que puto asco de chino. Casi puedo oler su orina. Está a punto de mearse encima. Shitskin, el negrata y guardaespaldas más fiel hasta la fecha, con algún que otro problema de acné, entiende a la primera la señal de mi mano. Arrebata al dichoso chino el maletín de su mano y me lo entrega. El viejo maletín de cuero pesa, pero no lo suficiente. Chino Rivera recibe mis últimas indicaciones en su oído. Agrega con su puto spanglish mientras mis otros dos chicos, del este, los más efectivos y baratos, se unen a circulo alrededor del señor orín. – Domo arigato – pronuncio sonriendo al señor Chengdong mientras me inclino, tal y como lo haría un oriental en señal de agradecimiento. Sé perfectamente que no es japonés, sino un mandarín de mierda, pero quiero que sepa que para mí todos los putos chinos son iguales. Lo pronuncio con gran grado de burla y desprecio. Retrocedo y vuelvo al potente coche de cristales tintados.

Abro el maletín desde el confort de mi asiento trasero. Cuento y recuento. Lo de siempre. Una vez terminada mi tarea, miro hacia afuera. Me resulta difícil entender con claridad, pero creo darme cuenta del momento exacto en el que Rivera le obliga a que, a partir de ahora, debe abonarnos el setenta y cinco por ciento de sus ganancias. Así se paga la traición; con más impuestos. Veo cómo se echa las manos a la cabeza y grita. No puedo evitar reírme con la voz del puto chino. Ahora soy yo el que se orina dentro del coche, pero esta vez de la risa. Los gritos del pequeño señor arroz tres delicias se vuelven cada vez mayores. Tanto que sus lamentos a viva voz me resultan hasta molestos. Tengo ganas de abandonar mi vehículo y pegarle un tiro para que se deje de quejar. Las patadas vuelan en todas las direcciones. Amoratan cada rincón de su frágil cuerpo. Durante los últimos minutos de la paliza se centran especialmente en sus piernas. He dado una orden y es clara. Partirle ambas piernas. Para un puto chino traidor me parece castigo más que suficiente, más con la fortuna que se tendrá que dejar en un hospital norteamericano al no poseer de papeles ni de seguro. Fantaseo con la idea de reencontramos. De verle con las piernas torcidas y con cojera permanente. Quizás utilice muletas o silla para el resto de su vida. Quizás le compre una silla si se porta bien. La señora Lin parece aterrorizada y aprieta los ojos cuando el chino grita como un cerdo. Todos los de alrededor parecen contemplar el espectáculo tal y como está escrito. Tal y como se espera. Todos menos un chico. Que pollas hace eso niñato aquí.

Bajo la ventana y silbo señalando el intruso. Mis hombres dejan el juego y comienzan la cacería. Corren como posesos detrás del chico, mientras, yo me quedo allí plantado dentro del coche, escuchando a través de mis gruesos cristales, los gritos de auxilio y de extremo dolor del traidor. Espero que regresen pronto. No soporto más los chillidos. Afortunadamente los chicos regresan. Cargan al chico y lo meten en la parte trasera del vehículo. Está inconsciente y lo ponen en el suelo a mi lado. Salimos disparados del lugar. Mientras, observo la cara del chico e intento ver si es alguno de los miembros de la Cosa de los que disponemos información. No me suena, pero debo asegurarme. Indico a los chicos que nos dirijamos hacia la fábrica abandonada del puerto. Hay que asegurarse de que no sea un nuevo miembro. Miro al chico. Y veo futuro en él. The Red Joint necesita claramente esclavos como él. Matarlo parece un verdadero desperdicio. Puede que la tarde se volviera más interesante de lo ya prometía. Un poco de diversión nunca estaba de más. Aún inconsciente pongo la suela de mi zapato sobre su cara. Le propino una fuerte patada que entiendo que no nota. Me aseguro así de que no despierta de su más profundo sueño.

Un pequeño hueco en la madera deja atravesar los tenues rayos de sol de la tarde. Los suficientes para alumbrar la escena. Escucho que el chico ha despertado. Sonrío y me acerco. Le contemplo bien amarrado a la silla – Pero bueno – hago una pausa - ¿A quién tenemos aquí? ¿Eh? ¿Pero a quien tenemos aquí Shitskin? ¿Le conoces? – formulo esta última pregunta mirando al más moreno del grupo. – Porque yo no tengo el placer de hacerlo – digo mirando al chico. Sonrío de nuevo y percibo el terror en su hermosa mirada.


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