I.
II.
III.
IV.
V.
Hasta hace cinco años las disputas entre la comunidad judía cristiana y la comunidad LGBT crearon un caos por la dominación de Beverly Hills pero la sociedad LGBT de Los Ángeles y todo California se aliaron a dos diputadosen su afán por crear una igualdad en todo en California, por lo que apoyados por un grupo de empresarios, atletas, músicos y atletas fue que lograron una legislación para la creación de una zona exclusiva para esa comunidad.
El principal activista de ese movimiento y ahora alcalde de Beverly Hills, Travis Denker ha estado acondicionando una ciudad perfecta donde la igualdad prospera, pero lo que no se sabe era que en parte ese proyecto fue para encubrir ciertos negocios ilícitos que tenía con ciertas mafias internacionales. ¿Qué pasaría si la mafia decide cobrar favores?
ambientación
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El foro está inspirado en las series de televisión "Desperate Housewives" y "Devious Maids", sin embargo la trama actual y el enfoque que se le ha dado corre a cargo del staff de Beverly Paradise. Así mismo se agradece a:
Paparazzi y Staff de Beverly Paradise, por la historia y trama.
Damien Aubriot : Modificaciones al skin, tablillas, tablones, y otros códigos.

También agradecemos los tutoriales de Glintz
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The Captain Knows Best y Foroactivo

Algunos recursos gráficos e imágenes han sido tomados de
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Mensaje por Kristoff S. Lewinston el Sáb Sep 24, 2016 3:26 pm
Kristoff sabía que estaba mal. Era consciente de que los actos que realizaba con tal de ganar un par de billetes le estaban haciendo sentir bastante incómodo. Cada vez, antes de que el hombre llegara al encuentro, Kristoff se bebía casi una botella completa de tequila, paseándose por toda la habitación pensando en lo que estaba a punto de hacer. Sexo con hombres no era algo desagradable, no, pero lo que sí era asqueroso era tener que rebajarse por dinero que le hacía falta para comer o para comprar una frazada que le cubriera del asolador frío.

Tal vez, si el hombre fuera distinto, Kristoff podría sentirse relativamente mejor, pero no lo era. El mayor era déspota, violento y burlesco, y le gustaba la superioridad que tenía, la diferencia económica era importante para este juego sexual que realizaban y Kristoff no encontraba manera alguna para sobrepasar la impotencia y la ira que le llenaba cuando el semen ajeno impactaba contra su piel o su interior. Su primera vez había consistido de sexo oral, tragando aquella polla a pesar de las arcadas que incluso le hicieron devolver algo de la poca comida que había tenido en aquel día. El segundo encuentro significó un paso peligroso, pues ahí Kristoff tuvo que gatear por toda la habitación barata, quemando sus rodillas y manos con la alfombra pegajosa del hotel barato, pensando que más de una mancha húmeda era a causa de semen u orina que había sido depositado en la hora anterior de su alquiler. Ahí fue cuando lamió sus pies y rogó por el dedo gordo del pie izquierdo para ser introducido en su culo. Para el tercer encuentro las cosas avanzaron todavía más, fue ahí donde sintió la ira del rico, penetrando su culo con rabia y lujuria por igual, siendo obligado a gemir como una de esas actrices porno que tanto disfrutaban los heterosexuales, y bueno, Kristoff también, por algo era bisexual.

Sacudió la cabeza pensando en lo que sucedería ahora, imaginaba que al menos la cantidad que recibiría sería mayor, ya no sería una paga por una mamada, ya no sería una paga por gatear y lamerle los pies, ya no sería una paga por una follada intensa y violenta, no, ahora podía aumentar la cantidad, y tal vez, por primera vez en meses, podría darse el lujo de comer algo más que solo las sobras que su dealer le terminaba dando como paga.

El joven moreno resopló mientras se encontraba sentado en la cama del motel barato. La ropa que llevaba estaba parcialmente rota, una barba de varios días decoraba su rostro y su cabello estaba alborotado, la puerta de la habitación estaba abierta y en la mesa yacía una caja que le esperaba desde antes de su introducción a la habitación esa noche, al parecer Griffon tenía un plan con él durante esa noche, y usaría esa sorpresa o sorpresas que se encontraban dentro de la caja. Le impacientaba y asustaba a la vez.
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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Dom Sep 25, 2016 7:16 pm
Casi olvido apagar las luces de mi jaguar verde metalizado. No me gustaría verme sin batería ni arranque en un lugar como este tras haber cumplido con mi misión. El neón luminoso del motel ilumina, de rojo y verde, el interior de mi vehículo. Parpadea constantemente, aunque a este le falta alguna que otra bombilla.  Cuando avanzo hacia el interior del viejo bloque de apartamentos, escucho de fondo el sonido de los coches pasando a gran velocidad a mi lado. El kilómetro veintitrés del Beverly Hills desemboca en una autopista que comunica el centro de la ciudad con las afueras. En la parte más exterior de la ciudad predominan los polígonos, los viejos moteles como este, las putas, los adictos y, en definitiva, los más pobres y la mayor calaña de nuestra podrida sociedad. El lugar de nuestro cuarto encuentro ha sido el mismo que el de las otras veces. Dormir, tras haber acometido duras embestidas al culo del joven, en aquel motel no me resulta demasiado agradable. Lo cierto es que la última vez, salgo del local con alguna que otra picadura producida por las chinches que habitaban en nuestro colchón. La moqueta de la puta habitación da asco, mucho más tras haberme corrido y orinado sobre ella y el joven. Las paredes, agrietadas, están recubierta de un obsoleto papel pintado. Todo resulta un horror, pero el lugar es verdaderamente práctico.

Uno de mis más insignificantes perros lleva el nombre de Kristoff S. Lewinston. Al atractivo, pero desaliñado joven le conozco tras mis visitas rutinarias por los focos de la farlopa y el VIH de las afueras. Tras acudir a dar órdenes a uno de mis mejores camellos, me topo con él. El atractivo y mísero perro me ve la primera vez, mientras me junto con los drogodependientes, en una hoguera encendida en la zona. Establece contacto conmigo por primera vez cuando me estoy inyectando una dosis, preparada casi, para un jodido caballo. Juntarme con la mierda de la sociedad solo pasa cuando voy sumamente puesto. El chico no es tonto y enseguida percibió que mi ropa y mi exclusivo coche me distinguía de las harapientas ratas que compartían tema y fuego conmigo durante aquella noche. Las ratas me respetan y se acercan a mí con miedo. Todos aquí saben quién soy, incluso muchos, tratan den impresionarme. Debo confesar que la primera vez, apenas hago caso al joven. La puta dosis me impide si quiera saber qué hago.

El joven Lewinston es tan inteligente como atractivo. Un chico que intenta salir adelante y que no tiene absolutamente nada. Me recuerda a mí de joven. Metiéndose en líos turbios. Adentrándose en caminos estrechos y oscuros. Un chico iniciado ahora en el mundo de la droga. Un chico, al que en nuestro segundo encuentro le ofrezco un puesto en mi banda. Su puesto de perro se lo gana sin mucho esfuerzo. Desconozco en aquel momento sus cualidades, pero las físicas me bastan y sobran para entablar ese acuerdo y el primer acercamiento. Kristoff S. Lewinston tiene talento y de eso me doy cuenta a medida que le conozco. Tiene cosas que me recuerdan a mí. Por desgracia es una mierda reseca y abandonada en la calle. Su talento no le vale de nada. Le falta cierta actitud. Sobre todo, dignidad. El chico nunca llegará a nada porque es simplemente un inútil y un puto negado para los negocios. Solo su físico le salvan de ser parte de la mayor lacra de la sociedad. Sus orígenes de mierda jamás le harán progresar. Seguirá siendo una puta mierda. Inútil. Sin futuro y sin esperanzas. Me encanta aprovecharme de los perros más insignificantes. Le engaño. Le doy esperanzas de crear un futuro juntos. De ascender en mi imperio. Y todo si hace lo que le ordeno. No vale absolutamente nada. Preferiría ser amigo de una mierda liquida abandonada en la calle que de alguien tan insignificante como él.

En uno de mis paseos con mi coche de gran cilindrada le dejo ver mi guantera. Montañas de dólares se acumulan en cada rincón de mis vehículos de mayor gama. Los paseos le impresionan y ver el dinero hace que el chico se vea capaz de alcanzar su sueño; el sueño de salir de aquel pozo de mierda en el que se encuentra. Cerca de donde vive, y tras un calentón incontrolable, decido aquella primera vez, hacer una pausa en el motel en el que ahora me vuelvo a encontrar. Pago la irrisoria tarifa y allí, casi hago devolver al muchacho cuando mi polla decide atravesar su garganta. Una dura sesión de gagging. Producirle arcadas por el ancho y largo de mi polla. Arcadas producidas cuando mi rugosa polla se introducía tan adentro en su cavidad, que llegaba incluso, a entrecortar su respiración. Me encanta ver lo sucio que se siente tras aquella primera sesión. Me siento tan orgulloso que decido mostrarme agradecido por su trabajo. Dejo quinientos dólares en la habitación antes de dejarle solo allí tras un portazo.

Hoy vuelvo a entrar en aquel recibidor y saludo al sádico de la recepción. Esta vez ya no pago, mis chicos han conseguido que tenga acceso gratis al establecimiento. La venda en la mano del calvo y gordo recepcionista muestra su compromiso con la gestión de nuestra organización. Ya sabe que con lo que dice Mr. Arkwright no se juega. La ausencia de su índice y anular así lo demuestran. Llevo varias veces pensando el por qué sigo encontrándome con el atractivo y varonil muchacho en la misma habitación en la que le forcé a tener relaciones conmigo por primera vez. Tengo amplias casas y un club inmejorable. Supongo que es el morbo de tomarle en un sitio tan sucio. Quizás mi mente asocie el lugar a una práctica bastante rara en mí. Teniendo un puto club de chaperos, he decido gastar, para el resto de los mortales cuantiosas sumas de dinero, por hacer cosas cada vez más extrañas con este muchacho. Atractivo, pero nada que envidiar a uno de mis chicos del local. Kristoff trabaja ahora para mí, pero no quiere hacerlo como scort. Se encarga de negociar con los camellos y ver cómo va la venta por los peores focos. El chico atiende ahora las demandas de las putas ratas que necesitan sus dosis diarias.  Tiene un trabajo de mierda, que no hace justicia a sus prietas nalgas. Kristoff parece mi nuevo capricho, y por eso quizás sigo este caro juego de amo y esclavo. El chico odia la sensación que queda en su cuerpo tras nuestros encuentros. Lo noto, y puede que esa diferencia sea la que me traiga a este lugar. La diferencia que haga que se me ponga tan dura. Ahora, puedo llegar a entender lo gratificante que puede ser para mis clientes, pagar por buen sexo.

Avanzo al piso en donde se encuentra nuestra habitación. Llevo un polo negro y ajustado de manga corta. Un vaquero de mi talla y unas deportivas oscuras. Voy bastante cómodo para la situación. Decido no llevar ropa interior y la zona de la cremallera está algo húmeda por principio de vertido de leche. La tengo jodidamente dura. Espero que mi regalo le haya llegado. La puerta está entreabierta y accedo al interior de esta. Decido no cerrarla para que el resto del mundo nos escuche y si quieren, que nos observen desde la puerta. Sobre una vieja mesilla de noche dejo la cartera y el móvil. Me acerco al chico y le beso desesperado. Gimiendo y jadeando como un puto mono en celo. Con la boca bien abierta introduzco mi lengua en su cavidad. Decido apartarme y escupir un potente lapo en el interior de su boca. Repito el proceso y escupo ahora en su bello rostro. Tras sonreír. acerco la caja que ya parece haber visto, y la dejo sobre sus manos. Observo su cara cuando saca aquellos prietos pantalones de látex rosa. Unos pantalones por los que aquellas musculadas piernas tendrían problema para entrar. A través de aquel látex podría humillarle hoy un poco más. Ver su culo sumamente apretado y restregar mi miembro sobre él. Ver su polla presa y eyaculando tras mis caricias y embestidas bajo aquella capa de impermeable tejido rosa. Cuando se quitara la prenda toda la leche acumulada caería lentamente por sus piernas; ya que hasta que no se la quitara, esta leche no tendría por donde salir. Por suerte la prenda dispone de un pequeño bolsillo que se abre en la parte trasera. Mi polla, tras cansarse de ser frotada contra sus duras nalgas, podría penetrarle y adentrarse en su ano. Anhelo ver el momento en el que se quite la prenda. Leche cayendo por sus huevos, musculadas piernas y firmes nalgas. Leche saliendo a raudales de su ano. Llegando incluso a tocar la moqueta. Moquete que haría que lamiese hasta la última puta gota. – Vamos, pruébatelo – le ánimo. – Espero que sea de tu talla.


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Mensaje por Kristoff S. Lewinston el Lun Sep 26, 2016 1:20 am
Tener que estar expectante ante la situación provocaba que Kristoff se sintiese realmente aterrado, impaciente, preocupado. En segundos como aquellos era inevitable bajar la mirada y analizar algunas de las manchas de la sucia alfombra, además de los fluidos que brotaban por necesidad o por placer, existían manchas rojizas que nadie se había preocupado en limpiar del todo, la sangre había impregnado aquel material del suelo, la sangre de algún pobre idiota, tal vez algún ingenuo que carecía de la astucia necesaria para realizar esto de manera continua.

El pelinegro mordió su labio y agitó su cabeza un par de veces al escuchar como la puerta se abría y por ella entraría aquel patán que se regodeaba con su dinero y el placer y dolor que podía extirpar del menor. Cualquier otro ya habría querido olvidar el encuentro, pero para Kristoff todas las escandalosas noches rodeadas de jeringas con mezclas mortales y aromas putrefactos eran parte de su rutina, olvidar una de esas noches era como olvidar parte de su vida, y si olvidaba parte de su vida terminaría estampándose contra la cruel realidad y el sentido de cuán mísero era. El joven sabía hacer más que eso y por algo había decidido cegarse a sí mismo por el bien mayor, un bien que Griffon podía traerle en forma de negocios y remuneraciones económicas que le llevarían por un inapropiado buen camino. Si ya estaba inmiscuido con lo peor de lo peor, ¿por qué no obtener una mejor recompensa ante tal sacrificio que significaba peligrar todas las noches? Al menos este hombre adinerado podría pagarle mejor a la larga, por el momento era simplemente aquel jefe que le seguía solicitando citas para hacerle ver que el poder del dinero era tan relevante como el mismo Kristoff sabía.

Kristoff sigue siendo tan consciente como ocurrió tras la finalización del primer encuentro, sabe que las sensaciones sólo irán en aumento, el asco hacia sí mismo y la pérdida de la dignidad se unirían y exigirían una incesante repetición de su parte para que Kristoff, confiado, revelara que el dinero lo valía, que el resultado lo valdría, por supuesto que lo haría.

No dedica ni una sóla palabra al inicio del encuentro, Griffon se acerca a Kristoff con la presunta sutiliza que siempre lleva y le besa con un salvajismo que el joven puede resentir, el frote entre las barbas de ambos es áspero y la unión de sus labios es húmeda y sinceramente asquerosa, puede detectar en la boca de Griffon una serie de aromas y sabores distintos que le desagradan bastante pero se lo deja bien callado, después de todo no le paga para recriminar su higiene. Se esperaba la dominación que muestra aquella experta lengua al moverse dentro de su boca, pero no se esperaba aquel lapo espeso que contiene más flema que otra cosa, uno termina dentro de su boca, salpicando su lengua, su paladar y algunos de sus dientes, se ve obligado a tragarlo a pesar del asco que le otorga aquella acción. El segundo le hace cerrar los ojos, sintiendo la viscosidad de aquel escupitajo deslizarse por su blanca piel que está demasiada cuidada teniendo en cuenta los años de refugio entre basureros. Quiere retirarse apresurado aquel escupitajo pero no sabe si debe hacerlo, puede perder los dedos en el proceso por atreverse.

Mira en silencio al hombre, esperando que él sea el primero en decir algo, no quiere llevarse una bofetada por ser un inmundo ser molesto. La caja termina en sus manos y Kristoff la abre, saca la sorpresa determinada para él y trata de comprender aquello, ese regalo tiene sus razones obvias para existir y se muerde el labio tratando de analizar si en verdad vale la pena lo que está haciendo.

Pero lo vale, el dinero mueve montañas, el dinero mueve personas, el dinero lo cambia todo. Un poco de humillación no es nada comparado a la fortuna que podría ser sinónimo de su futuro. Asiente y mira con una forsoza sonrisa a Griffon mientras pierde sus prendas de ropa, dejándolas con cuidado en la cama por no querer que se vean humedecidas por cualquier mancha de la alfombra. —Creo que hubiese preferido un par de pantalones de mezquilla… —se atreve a decir con una ligera carcajada más falsa que los implantes que la mayoría de las chicas tenían en este motel. Ya ha perdido la timidez de siempre y se encuentra forzando la entrada de aquella prenda de látex sobre sus gruesos muslos, el sonido le parece jocoso y molesto a la vez. Resopla enfadado y hace su mejor intento por acomodar el regalo alrededor de su cintura. Su trasero se ve aun más grande, casi grotesco debajo de aquel material, su miembro se luce sin miedo alguno, se puede ver el contorno de su polla semi flácida y sus testículos perfectamente desacomodados debajo de eso. Su pecho ahora está al descubierto, una capa poco delgada de vello corporal decora su piel y él se encuentra ahí, incómodamente de pie mientras alterna su mirada entre Griffon y la puerta abierta, una puerta abierta por la cual cualquiera puede pasar.

La visión debe ser graciosa y humillante, el color rosa chillón hace contraste con la tonalidad apagada y decrepita de la habitación de motel, y por supuesto, con el porte masculino que Kristoff lleva. —Gracias… por esto. —dijo, profundamente malagradecido, no sabía qué hacer, ¿debía ponerse de rodillas ya? ¿o planeaba algo más?

Y esa puerta abierta todavía le molestaba, no quería que alguien más se enterase sobre lo que hacía por dinero, todo lo que se rebajaba. —¿Qué desea que haga, señor?

Off:
Siento mucho la extensión, lo haré más corto en la siguiente
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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Lun Sep 26, 2016 5:10 pm
Mientras observo como abre mi regalo, medito sobre nuestro salvaje beso. Sabía a alcohol. Sus labios y aliento desprendían cierto olor a alcohol. Ese que en mis noches de fiesta suele impregnar mi ropa, y al día siguiente, mis sábanas. Supongo que sigue sintiéndose mal, que quiere olvidar. Intento buscar restos de su botella en la sala, pero soy incapaz de encontrarla. Me hubiese gustado beber algo en ese preciso momento. Yo también requiero diversión así que tomo asiento en aquella vieja butaca próxima al mueble del televisor. Hoy día cuesta mucho ver televisores tan viejos y que aún funcionen con monedas. Vuelvo a centrarme en el joven. Estoy en una posición privilegiada. Mientras me incorporo brevemente, obtengo del bolsillo posterior de mi vaquero unos cuantos gramos. Vuelvo a sentarme y acerco la silla a la mesa del televisor. Coloco tres rayas que se entremezclan un poco con el polvo acumulado sobre aquella superficie de vieja madera. Con una tarjeta Oro parto y reparto bien la sustancia. Dejando de lado la tarea, contemplo el espectáculo en todo su esplendor. Abajo en la calle resuenan las sirenas de los coches patrulla; con la puerta de nuestra habitación abierta y dando para el balcón, puedo divisar alguno de estos pasando por el kilómetro veintitrés de la ciudad. En el interior de la sala, el panorama es mucho mejor. Kristoff S. Lewinston deja su ropa en el suelo y yace completamente desnudo frente a mí. Su cuerpo me vuelve completamente loco y ya se lo he dejado saber en nuestros anteriores encuentros. Hoy es la cuarta sesión y aún, sigo sorprendiéndome por lo que hago. Me gusta este juego. Que lo pase mal. Pagar por hacerlo. Si quisiera, podría encerrarlo y forzarle siempre que se me antojara. Pero como un diablo sin alma, disfruto haciéndole creer que junto a mí progresará, que, junto a mí, conseguirá un futuro mejor.

Sé de antemano que ese tipo de prendas es sumamente ajustado. Más aún sé que de por sí ya he seleccionado una o dos tallas por debajo de las necesidades de mi acompañante. Cuando Kristoff hace una broma sobre otro tipo de pantalones no me rio. No me hace ni puta gracia – Aquí no importan tus putas preferencias – digo con tono cortante y cara de pocos amigos. Justo después acerco mi nariz a la mesa, bloqueo el orificio de entrada izquierdo de mi nariz y finalmente, esnifo la primera raya con deseo. Partículas de polvo en suspensión salen disparadas por todos lados cuando me entra la tos. Mis orificios nasales y los pelillos de mi nariz quedan bañados de blanco. Veo el culo del joven en primera línea. Unas nalgas libres de vello. Fuertes y muy muy musculadas. Tiene tan fuerte el culo que presenta hoyuelos en cada nalga. Entre sus nalgas se encuentra una línea de denso y oscuro vello negro, vello que concuerda con el de su torso. Un vello poco excesivo, perfecto, rasurado y adecuado. Verle el culo hace que me entre hambre. Mi polla ya está bien dura debajo de aquella prenda vaquera. Mi polla se quiere divertir adentrándose en aquel prieto coño. Más sabiendo que a él no le gusta que le llene de corrida. Kristoff tiene problemas para pasar de sus muslos. Son demasiado abultados para la prenda, pero para cuando quiere, consigue que el pantalón de látex rosa se ajuste a su cintura. La droga tarda un poco en hacer efecto, pero ya siento un poco de euforia. Creo que la última vez que vine colocado fue una de las peores veces de Kristoff.

El rabo de mi acompañante queda preso y toda gota de leche que derrame permanecerá ahí adentro. A efectos ópticos, la prenda es denigrante. Si bien, hace que un culo, ya de por sí bueno, resulta ahora imperioso. Sus nalgas son realzadas, no tienen espacio, se asfixian lentamente bajo aquella prenda. Imagino que en cuestión de minutos y tras mis folladas, el vello que recubre sus piernas, polla y culo quedará completamente mojado por el sudor acumulado bajo el látex. La idea, verdaderamente me gusta. Antes de levantarme me meto la segunda raya. – Para empezar, deberías callarte de una puta vez. Me duele la cabeza. Cállate. – sentencio. Antes de darlo ordenes, decido tomarme la libertad por mis manos. Agarro al joven de la cintura y noto sus definidas caderas. Le agarro con fuerza y le guio hasta la cama. Con un pequeño empujón, mi víctima y perro cae boca abajo sobre la cama. Le agarro por la cadera y alzo un poco su vientre y su retaguardia. Espero que aguante la postura, yo me levanto y me deshago de mis pantalones y mi ropa interior. Aquel día no llevo calcetines y de momento, decido conservar mi polo liso negro y de mangas cortas. Eso sí, lo remango para que mi miembro, ya húmedo, no lo impregne de lefa. Mi polla, casi del tamaño de la de un caballo semental, cae sobre la prenda de cuero cuando me acerco. No me he rasurado y llevo un buen bosque; uno que tampoco desluce mi miembro por el enorme tamaño de este. Mis brazos estirados se ponen uno a cada lado del muchacho. Luego dejo que mis antebrazos se apoyen sobre el colchón para que finalmente, mis brazos se entrelacen debajo del cuerpo de mi víctima. Mis manos agarran su abdomen. Empujo y hago fuerza con todo mi cuerpo. Me aprovecho de ser algo más alto y corpulento que él, aunque el fracasado perro es casi de mi tamaño. El chico queda completamente hundido sobre el mugriento colchón. Solo su culo queda en pompa, en alto. Mi enorme polla salpica un poco de líquido pre seminal sobre sus lumbares, sobre los hoyos de su espalda. No tardaré en correrme pues estoy sumamente excitado. Tampoco me importa ese hecho pues lo días de diversión, como el de hoy, hago siempre trampas. La coca y la píldora azul mantendrán mi bandera alta durante horas. Para desgracia del perro que se acuesta conmigo con asco. El coño de mi puta es enorme. Las nalgas son duras y la sensación del látex descapullando mi polla es realmente excitante. Me recuesto sobre el joven todo lo que puedo. Mi polla se va hacia arriba y aprieta su espalda y mi abdomen. Llega casi al comienzo de mi pecho. Desde los huevos hasta casi la parte inferior de mi pecho bien sobrepasado el ombligo. No he visto jamás un rabo como el mío. Tras varios frotamientos de prueba, noto que mi glande ya está fuera por la fricción. Levanto un poco mis caderas y tomo mi rabo con una de mis manos. Hago fuerza contra el látex. Este ya está hundido en la raja que lleva al ano del chico. Aprovecho la hendidura para meter mi rabo todo lo que pueda. A modo de paja rusa, entre un buen par de tetas, aprovecho aquel buen par de nalgas para hacerme una buena paja. A ratos interrumpo el frote de arriba abajo para intentar clavar mi fecha en la diana. Agarro mi glande y lo empujo sobre donde creo que debe estar el ano del chico. El látex, claramente, me impide la penetración, pero por momentos, siento que algo entra. Que al menos, estoy llamando con fuerza a las puertas del castillo. Estoy muy excitado. Tanto que ya empiezo a sudar y a oler mal por mi constante falta de higiene. A la mínima que sude, se nota que llevo tiempo sin pasar por la ducha.


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Mensaje por Kristoff S. Lewinston el Mar Sep 27, 2016 2:29 am
Kristoff distingue lo que Griffon hace. Conoce muy bien ese comportamiento, ese polvo blanquecino, ese resonar de sus fosas nasales ante tal acción. No puede decir que nunca lo ha probado, ha tenido que experimentar de varias drogas como parte de su trabajo, pero no se ha vuelto dependiente de ninguna de éstas. Supone, al menos por un momento, que eso es lo que le diferencia del mayor, que él no deberá depender de una sustancia tóxica como esa y alcanzará todo lo que desea obtener sin que sus metas sean arruinadas por la venenosa influencia de drogas que arruinan la vida de los más patéticos seres humanos.

Su voz le recuerda al joven que él no tiene voz o voto en esta habitación, o tan siquiera en este mundo, y como tal, debe obedecer a las órdenes que sean impuestas sobre su persona. Asiente en silencio mientras su rostro se enciende con la ira correspondiente por ser callado, pero sabe mejor que quejarse, Griffon es, después de todo, quien le da una mejor paga que la que podría soñar ayudando al dealer que se mete más droga de la que vende.

Tras aquellos incesantes intentos por volver la prenda de látex una segunda piel, Kristoff es sorprendido (aunque poco puede sorprenderse con este hombre) cuando es tomado de la cintura y empujado sin misericordia contra el colchón. Su rostro queda enterrado sobre el edredón apestoso y pegajoso, limpiando (o ensuciando) su cara de aquel escupitajo espeso con el que le cubrió. Kristoff no deja de gruñir mientras el peso del hombre cae encima suyo, su violencia está casi al mismo nivel que su perversión, y a Griffon no parece importarle eso y las mezcla con desdén, convirtiendo a Kristoff en la nueva víctima para sus humillaciones.

Entre gruñidos, quejidos y un par de gemidos que trata de ocultar, el pelinegro puede sentir la humedad del cuerpo ajeno contra el suyo, no tarda mucho en sentirse él mismo en un mar de suciedad, su cuerpo suda, casi como el de un cerdo en un sauna, el sudor corre debajo de la tela apretada y transpira, sus axilas y su pecho se cubren en la húmeda prueba del calor entre ellos mientras la puerta de la habitación sigue totalmente abierta.

Casi quiere evitarlo, y de hecho lo logra por un par de minutos, hasta que siente la polla durísima presionar contra su agujero cubierto por el pantalón y muerde el edredón por instinto, desconoce cuántas personas se han corrido sobre él pero puede notar sabores varios, desde orina, semen y jugos vaginales, una mezcla que le resulta de lo más asquerosa y termina soltando su agarre con los dientes, prefiere gritar y morderse la lengua que morder eso.

Fuck, por favor… hazlo, hazlo ya, te lo ruego. —le pidió con desesperación pues era casi más humillante encontrarse ahí con su miembro creciendo, sus nalgas apretadas, los mechones de su cabello pegados sudorosos contra su frente, admitiendo que quería tener sexo con este desagradable ser. Y tal vez por eso Griffon le hacía esperar, para que pidiera, para que rogase a tener la polla ajena enterrada en su culo, taladrando sus esperanzas lejos.
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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Sáb Oct 01, 2016 10:19 am
La humedad de nuestros cuerpos se entremezcla. El sudor que brota de mi pecho y abdomen se junta y se frota con el de su espalda y lumbares. Mi cabeza yace cerca de la de él. Mi cara siente la suya. Siento el vello incipiente de su barba. Siento su cálido aliento y su acelerada respiración. Situado encima de él, observo como nota mi polla y muerde la almohada como aventurando lo que está por llegar. Sudo cada vez más y puedo percibir ese olor a axila y a sucio. A medida que froto mi monstruosa polla, entre el látex atrapado por sus toscas nalgas, noto como sudo más y más. Las putas rayas de coca que me meto hacen también que mi corazón golpee con fuerza en el interior de mi pecho; hacen que los poros de mi piel se abran y liberen mayor cantidad de sudoración. Mi pulso está disparatado y mi mirada es ahora la de un loco; un maniaco colocado hasta las cejas y excitado hasta límites insospechados. Afirmo siempre odiar el látex, sobre todo cuando este está colocado sobre mi rabo. Esta sensación de ahora es bien diferente.  

Cinco, diez minutos. Llego hasta un máximo de quince. Todo este tiempo disfruto intentando buscar el ano del chico. Hago fuerza sobre la prenda y noto como el material poco a poco cede. La cara del chico es un verdadero cuadro. Muerde las sucias sabanas y funda de la almohada. Esas llenas de restos de lefa, orines y sudor de cientos de huéspedes previamente allí alojados. Sé que me engaña con sus palabras, pues odia que le folle y me corra bien adentro en su culo. Lo que es innegable, es que está realmente excitado. Su ano parece dilatado por mis frotaciones. Tanto que haciendo mucha presión consigo penetrarle un par de centímetros pese a la humillante prenda. Sus pezones están duros y encogidos, los noto cuando subo mis manos de arriba abajo, por debajo de su cuerpo y por encima de las humedecidas sabanas. Sus músculos del abdomen, espalda, brazos y piernas endurecidos y agarrotados. Sé que si desplazo mi mano hasta su rabo, no tardaré en conseguir que impregne el interior de aquel regalo de cálida leche.

Cuando le penetro ligeramente noto que estoy demasiado excitado. Intento aguantar un poco más, pero me resulta prácticamente imposible. Jadeo. – ¡Jodeeeeeeeeer! – sigo jadeando como un verdadero cerdo. - ¡Joder! Jodeeeeeeeeeeeeeeeeeeeer! – haciendo equilibrio sobre el chico consigo limpiar algo de sudor que brota de mi frente con el antebrazo. Vuelvo a colocar mi brazo debajo del chico y dejo caer mi piso sobre él. Lo tengo completamiento prisionero entre las sabanas y mi cuerpo. Levanto un poco el culo y aprovecho mis rodillas para alzar mi cuadro inferior. Mi pene deja de buscar el ano y se frota entre la hendidura de sus nalgas. Froto durante dos minutos más. Lo hago. Froto y froto. Menudo invento el látex. - ¡Hijo de la gran puta! – grito a la vez que jadeo. Un poderoso chorro de leche sale disparado a gran velocidad desde el interior de mi enorme rabo. Los huevos se me endurecen y tras unas tres contracciones musculares, consigo derramar una cuantiosa cantidad se mi semilla entre las nalgas del muchacho. Menudo desperdicio, ya no me lo cambiarán en la tienda. Al estar recostado sobre el muchacho, noto como un veinte por ciento del esperma se escapa hasta su espalda y mi abdomen. Al estar la cabeza de mi polla hacia arriba, noto como ese líquido humedece mi abdomen y pringa su lumbar. Afortunadamente, antes de eyacular por completo, consigo apretar mi glande entre sus nalgas. La hendidura que hace la prenda entre sus nalgas está completamente llena de lefa. Hacía tiempo que no me corría tanto. La postura boca abajo del muchacho y la inmensa suma de leche hace que el preciado líquido no aguante demasiado entre sus nalgas. Sobre la prenda rosa, veo la lefa desbordar la presa que son sus nalgas. La leche, pegajosa y sumamente grumosa cae de entre sus nalgas. Cae lentamente recorriendo el camino que lleva hasta sus huevos. Inevitablemente se mancha el colchón. Antes de que se derrame todo, decido separarme por un momento del muchacho. Con mi mano derecha hago una especie de pala.  Unto varios de mis dedos en todo aquel desperdicio. Desde detrás de sus pelotas hago presión sobre el látex. Recorroto todo su culo. Avanzo hacia arriba untando mis dedos desde abajo hasta la parte inferior de su espalda. Cuando separo la mano cae lefa de entre mis dedos. Da igual, conservo la suficiente para regocijarme. Me vuelvo a tumbar sobre el joven. Mi vello, empapado por el sudor y algo de lefa, de mi pecho y vientre contrastan con la suavidad de la piel de la espalda del muchacho. Me reclino todo lo que puedo sobre él. – Toma – sentencio. – Se te ve sediento – Uno a uno introduzco mis dedos en su boca. Acaricio sus labios y disfruto viendo el espectáculo tan de cerca. El pringue de mis manos poco a poco desaparece mientras el joven succiona cada uno de mis dedos. Lo disfruto, de veraz que lo hago.


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Mensaje por Kristoff S. Lewinston el Lun Nov 14, 2016 6:46 pm
Kristoff entiende que ha caído bajo, que su posición le está obligando a seguir las normas del nuevo mundo al que está entrando, tal vez podría parecer un sacrificio lógico considerando las potenciales recompensas, pero no quiere imaginarse en el momento que pueda destruir su cuerpo por completo, esa identidad de la que cual muchas veces no se sentía orgulloso ahora se veía más contaminada por la venenosa influencia del hombre que le estaba utilizando de esta forma. Cada latido de su apresurado corazón es capaz de ser escuchar, y Kristoff, por unos momentos, desea que el idiota muera ahí, que muera y pueda obtener algo de dinero, también sabe que Griffon es posiblemente lo único que le mantiene con vida en esta desagradable realidad y jerarquía a la que ahora pertenece.

Se siente humillado y el odio hacia sí mismo aumenta cuando Griffon aprieta sus pezones y le arranca nuevos gemidos que ya no puede ocultar con mucho éxito. Su cuerpo apestoso se arquea de alguna manera casi milagrosa mientras el rubio logra manipularle corporalmente de esa forma, teniendo victoria en cada intento por joder más la existencia de la pequeña rata que se encuentra inconscientemente rogando por más en este asqueroso encuentro.

No le sorprende que el orgasmo le llegue tan pronto al compañero, pues sabe que es un hombre abalanzado en prácticamente todos los aspectos de su vida, es más, agradece que haya durado tan poco, significa que está más cerca de obtener una jugosa cantidad de dinero y más cerca de alejarse de su maligna influencia. Sus gemidos continúan siendo altos, como si fuesen espasmos, y cualquiera podría creer que Kristoff está cerca de morir por su agitada respiración, desafortunadamente para él, sobrevive, una sobrevivencia que es erróneamente recompensa con aquel acto sucio de parte de Griffon, en donde el moreno se ve obligado en limpiar la sudorosa mano maloliente del criminal con su propia lengua. Pronto sus labios se encuentran sucios con la pegajosa sustancia que tiñe el interior de sus nalgas, la lengua rosada se encarga de limpiar del grosor de cada dedo el semen que pronto traga, teniendo el sabor todavía muy fresco en sus recuerdos como para impedirle sentirse beneficiado por la nueva oportunidad de limpiar aquel desastre.

Sabe lo que debe hacer, sabe que debe ganarse el dinero, sabe que debe rebajarse, tratarse como si no fuese nada, tratarse como lo que era en verdad, alguien insignificante. — Está sabrosa… mucho mejor que la asquerosa comida que mi madre me ha hecho, señor. — dice entre jadeos, relamiendo la mano que le está dando de comer en aquel momento, ensuciando su sudoroso rostro en aquello que para el resto sería un manjar pero para Kristoff no era nada más que un vil recordatorio de su posición. Podría pretender que va a montarse sobre el hombre y limpiar cada gota de sudor de su dorado cuerpo, podría pretender que quiere correrse (y lo desea, es un anhelo poderoso), y podría pretender que quiere poner su culo, o coño, como le llamaría Griffon, listo para que fuese taladrado por el voraz hombre, pero no lo hace, simplemente se queda callado, terriblemente claro de su destrozada identidad, y todo lo hacía por un bien mayor, por su bien mayor.
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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Lun Nov 14, 2016 8:09 pm
Pese a que intente contenerse, noto su rabia. Noto lo puta que se siente mientras pasa su lengua y boca entre cada uno de mis pringosos y endurecidos dedos. Pese a tener putos en casa, a nadie hago sentir tan puta en femenino como a mi querido Kristoff. Todo en él es sumamente perfecto. Supongo que me pone extremadamente cachondo su negativa. La relación de poder y dinero que establezco sobre él. La relación de jefe narco y puto peón de la calle. Con dinero puedo tenerlo todo y eso incluye al chico del que tanto me estoy encaprichando últimamente. Sus ojos están llenos de ira. Puedo observarlo cuando me acerco para ver como chupa mis sucias manos. Intento meterme en su mente y ver que puede estar pensando. Seguramente desee acabar de una vez con todo esto. Seguramente desee darse una larga ducha en la que borre todo rastro de mi de su cuerpo. Su prenda ha quedado impregnada con mi mejor recuerdo, pero esto no va a terminar así. Tengo suficiente cocaína como para pasar toda una tarde a su lado. No traigo lubricante, pero eso es lo que menos importa. Voy a preñar al menor. Voy a meterle la polla por eso agujero cuesto lo que cueste. Si tengo que romperlo en dos, juro que lo haré. – Tu mamá no cocina tan bien como papá Griffon ¿eh? – digo provocador tomándole del pelo y jalando un poco este. – Lo único bien ya ha salido del coño de tu puta madre es una ramera tan complaciente como tú – meto el dedo en una posible llaga.

Hablando de meter, mi polla sigue estando húmeda y pringosa. Hace dos días que decido darme un baño así que posiblemente hasta la semana que viene no me toca. Sus rojos se humedecen de rabia, quizás por el comentario dirigido hacia la puta de su madre. – Chsss. Chsss- sentencio al mismo tiempo que acerco su cara hacia mí tirando de su pelo. Hago que su cara se apoye sobre mi abdomen. Dejo que repose unos instantes sobre este mientras agarro la camisa que llevo para que no se baje del todo. Luego aprieto su cabeza hacia abajo y acerco mi miembro a sus labios. – Ya pasó. Ya pasó ya – digo aprovechando que baja a la fuerza y entreabre la boca para meter todo el grueso y ancho de mi desmesurado rabo en su boca. Hace dos días que me he bañado. Estoy limpio y no pienso ducharme otra vez hasta la próxima semana. La boca del crío servirá para dejarme el rabo y las pelotas bien bien limpias. Debe sacarle brilla. - Cuando hayas terminado de extraer toda gota – sentencio – deberás darle otra pasada a mis manos – hago una pausa. - ¡Joder Kristoff! Confío demasiado en ti, no me puedes hacerme esto – reprocho al joven tras haber sonado mi teléfono. Cuando lo alcanzo lo dejo completamente impregnado de leche por la mala limpieza que el chico hace sobre mis manos.  Descuelgo el teléfono y escucho a la persona del otro lado. No sin antes dirigirme al chico, el cual trabaja sumamente bien la zona de mi puñetero rabo. Se centra en el glande, como es normal. Está empezado a succionar toda gota de lefa que sigue brotando tras la gran corrida. Su lengua recorre en gráciles movimientos la zona. Se ayuda de la mano y succiona con fuerza. Acaricio su pelo y le hablo separando un poco el teléfono. A veces se lo jalo para darle directrices sobre por qué lado mamar. – Luego tendrás que volver a limpiarme las putas manos… - pronuncio decepcionado por la mala tarea realizada anteriormente en mis dedos y manos. Los planes para aquella tarde cambian. << Es para usted Señor Arkwright. Lo tenemos >>. Sin prisa, pero sin pausa, dejo que el chico acabe de comerme y limpiarme el rabo. En sus mejillas trato de limpiar los restos de vertido de mis manos. No hay tiempo para lamérmelas. Cuando me quiero dar cuenta abandono la sala y dejo a la puta allí encerrada. Sola. Desamparada. Sintiéndose sucia y terriblemente culpable por lo que ha hecho. Aún llevando aquella humillante y ajustada prenda de látex rosa. Me voy. Lo hago lamentando no haberla podido preñar. Habrá otra oportunidad. Estoy seguro de ello. Muy pero que muy pronto.


TEMA FINALIZADO.



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