I.
II.
III.
IV.
V.
Hasta hace cinco años las disputas entre la comunidad judía cristiana y la comunidad LGBT crearon un caos por la dominación de Beverly Hills pero la sociedad LGBT de Los Ángeles y todo California se aliaron a dos diputadosen su afán por crear una igualdad en todo en California, por lo que apoyados por un grupo de empresarios, atletas, músicos y atletas fue que lograron una legislación para la creación de una zona exclusiva para esa comunidad.
El principal activista de ese movimiento y ahora alcalde de Beverly Hills, Travis Denker ha estado acondicionando una ciudad perfecta donde la igualdad prospera, pero lo que no se sabe era que en parte ese proyecto fue para encubrir ciertos negocios ilícitos que tenía con ciertas mafias internacionales. ¿Qué pasaría si la mafia decide cobrar favores?
ambientación
▲ Tu Pj debe tener un Nombre+Apellido o en su defenco un Pseudónimo.
▲ Debes subir tu ficha para obtener color
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▲No olviden postear on-rol para mantener sus Pbs, 15 días sin actividad on-rol y perderás tu color
▲ Avisen sus ausencias y eviten perder sus Pbs
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El foro está inspirado en las series de televisión "Desperate Housewives" y "Devious Maids", sin embargo la trama actual y el enfoque que se le ha dado corre a cargo del staff de Beverly Paradise. Así mismo se agradece a:
Paparazzi y Staff de Beverly Paradise, por la historia y trama.
Damien Aubriot : Modificaciones al skin, tablillas, tablones, y otros códigos.

También agradecemos los tutoriales de Glintz
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Mensaje por Kristoff S. Lewinston el Lun Nov 14, 2016 8:34 pm
El recuerdo de aquella noche tormentosa le ha acompañado por días, días que en algún momento se volvieron dos semanas. Kristoff no creía que volvería a su vida normal acompañado de remanentes más allá de los desastrosos recuerdos que su mente sufría. Pocas horas después tras el encuentro frenético con Griffon, éste le hizo llegar algo que le dejó pensativo sobre el futuro que se acercaba a su presente. Un nuevo regalo representaba un camino que dejaba al joven dubitativo, dentro de aquella nueva caja se encontraba una jaula para el pene que le mantendría caliente constantemente y una serie de prendas de vestir que distaban mucho de las prendas agujereadas que solía utilizar en el negocio.

Por momentos llegó a creer que Griffon le daría ropa, sí, pero que ésta sería cara y pretenciosa, más afín al tipo de vestimenta oscura que utilizaban otros trabajadores del hombre. En su lugar, Kristoff se vio sorprendido cuando notó camisas ajustadas de colores chillones y pantalones que parecían ser al menos tres tallas más pequeños de lo que estaba acostumbrado. La promesa de obtener miles de dólares por cada semana que durase con aquel aparato y alternando entre aquellas prendas en su día a día transformó a un horrorizado Kristoff en un hombre necesitado por más billetes que pudiesen decorar su billetera y su vida entera.

Por días escuchó burlas y chistes acerca de la vestimenta que había decidido utilizar, y creyó ser más fuerte de lo que aparentaba, creyó que vencería a Griffon en su propio juego. Grave error. Le bastó llegar a la semana para darse cuenta de que Griffon no había vuelto a llamarle y él seguía conteniendo sus ansias por tocarse gracias a la ayuda de aquel infernal aparato entre sus piernas. Harto y enfadado Kristoff decidió que era suficiente, él no era el esclavo de nadie, nunca lo sería, por lo que alguno de sus pobretones amigos utilizó una serie de herramientas que le permitieron librarse del candado que representaba el aparato de castidad que había usado voluntariamente.

El hecho de que horas después de realizar aquello recibiese una llamada de Griffon le desesperó bastante e incluso le hizo temer un poco por la potencial muestra de odio que el hombre al que creía no volvería a ver podría regalarle.

Kristoff comprendió que lo que necesitaba era un descanso, un respiro de aquel contaminado aire al que se había acostumbrado, y tal vez en casa de sus padres podría ser consentido como en años no había ocurrido. El hecho de tener que regresar a casa, al menos por unos días, le asqueaba, pero era necesario frente al daño que Griffon había dejado en su mente. Y esa era precisamente la razón por la que ahora el pelinegro se paseaba entre callejones apestosos a mierda mientras negociaba con viejos conocidos del barrio pobretón en donde había crecido. Aquellas calles le habían visto transformarse en un temperamental adolescente que había decidido que se alejaría de todo esto para alcanzar el glamour que veía día y noche en la televisión. Desafortunadamente su camino hacia la gloria se había truncado una vez más, ahora por no querer ser el títere de Griffon ni por un mísero segundo más.

Con una carcajada sonora Kristoff despachó a un idiota que había llegado a ser su compañero de primaria años atrás, y se recargó contra la pared de ladrillos sin que le importase el aroma hediondo que ahí reinaba.


Última edición por Kristoff S. Lewinston el Miér Nov 16, 2016 10:50 am, editado 1 vez
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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Mar Nov 15, 2016 10:23 am
Finaliza la llamada. Cuelgo y le noto verdaderamente nervioso. Parece que ha hecho algo. Algo que sabe que está mal. Como un perro parece sentirse culpable, lo percibo en su voz. En nuestro último encuentro le noto más distante de lo normal. Me odia y repudia, pero lo del otro día resulta ser un caso demasiado pronunciado de apatía. Decido evitar que sea libre. Él, de cierta forma accede. Agarro con fuerza sus pelotas y las introduzco en aquel pequeño aro. Hace falta un poco de lubricante y algo de dolor para que sus rasurados testículos pasen por la argolla. El pene flácido es introducido en aquella pequeña jaula de acero. Una jaula que limita el espacio e impide tener una erección. En caso de tener esta, la polla se doblega dentro de la pequeña jaula y el sujeto sufre bastante dolor. Sospecho. Me lo niega. Sé que lo niega cuando le pregunto abiertamente. Kristoff dice estar solo, no estar conociendo a nadie. Eso espero. Le dejo margen de duda, eso sí, prohibiendo el uso de cualquier tipo de relación o masturbación. El puto crio me pertenece. Su polla y lefa también. Fantaseo. Fantaseo con la gran cantidad de esperma que debe haber almacenado en sus huevos. Estimulando con mi monstruo su próstata conseguiré una magnifica eyaculación. Ya puedo imaginar la moqueta llena completamente por su vertido. Que puto asco. Tendré que hacer que lo limpie todo con su boca y húmeda lengua.

Papá y mamá parecen nerviosos con mi tono en la llamada. Con el manos libres han podido escucharlo prácticamente todo. No, mis padres ya no forman parte de mi vida. Están muy lejos de aquí. El señor y la señora Lewinston tienen los ojos bastante llorosos. Inyectados, quizás, en sangre por el esfuerzo de defenderse y la agonía producida por la declaración sobre las intenciones que tengo sobre su hijo. Papá y mamá permanecer sentados a mi lado, uno a cada lado. El saco pestilente que cubría sus rostros ya no forma parte del juego. Ahora permanecen en silencio. Impasibles y tan solo con las manos atadas y posadas sobre sus rodillas. Ya les había enviado correos y recados. Ya sabían en qué estaba metido la puta de su hijo. Los padres se tomaron durante un tiempo mis advertencias con una importancia menor de la que verdaderamente tenían mis ultimátum. Papá y mamá Lewinston no esperaban hoy nuestra visita. Supongo que Kristoff tampoco la espera. Qué demonios debe estar pasándole. Algunos de los otros chicos del barrio me informan de que está comportándose muy raro. Distante, frio, sobre todo avergonzado consigo mismo. Espero que la master class de hoy le valga para algo. Hoy dejaré claro quién demonios manda aquí. Donde se ha metido no es un puto juego. Le pago para que me entretenga. Le pago para que haga todo lo que quiera. Le pago para preñarle, poseerle y hacer lo que me plazca con su coño y su puto miembro. Espero que no esté trabajando tampoco para otros.

Parece Navidad. Parece que esta se ha adelantado unos cuantos meses. Mis suegros están bastante molestos en un primer instante. Papá y mamá Lewinston patalean, lloran y se retuercen mientras mis chicos intentan someterlos. La hora que llevamos juntos y de charla no ayuda a mejorar la situación. Hacerles conscientes de lo que van a presenciar no parece ayudar; sobre todo cuando esto último involucra a su pequeño deshecho. Los regalos de Santa Arkwright son los que consiguen tranquilizarles. – ¡Chss, chsss! – ordeno a papá y mamá poniendo mi dedo índice sobre los labios de la agitada madre. – Estáis de suerte. Hemos decidido – hago una condenada pausa – Mejor dicho, he decidido que no os voy a matar. – paso ambos manos por detrás de las cabezas de mis acompañantes y rodeo sus hombros como si fuéramos grandes amigos a punto de tomarse una foto. – Tu mujer ha hecho bien en parir a semejante puta – miro a papá Lewinston a los ojos – La muy puta ha hecho algo bien con ese feo coño. Qué pena. Con lo puta que es seguro que siempre has tenido dudas sobre si es tuyo. – miro ahora a la señora - ¿Te gustan mucho las pollas en ese prieto coño verdad señora Lewinston? Tiene pinta de ser usted una mujer muy pero que muy puta – mis invitados, pese a encontrarme yo en la mísera casa de estos, sufren mis ataques y se vienen abajo. – Tranquilos, tranquilos – digo riendo yo solo. – Hay regalos para todos. – papá y mamá Lewinston cambian completamente de actitud ante la nueva situación. Y ello hace que liberemos las vendas que sellan sus bocas. Un maletín. Casi un millón de dólares en efectivo. Nada para mí, todo un mundo para aquel matrimonio muerto de hambre. La casa es horrible hasta decir basta. Papel pintado de colores oscuros decora las paredes de la estancia. La televisión es más cuadrada que la cabeza de uno de mis hombres, es un milagro que tenga color. La estancia está desordenada y sucia. – Joder. Es cierto que los cerdos vivís entre la mierda – sentencio. Lo último que prometo a papá y mamá es que si son capaces de contemplar toda la película, sin actos de heroísmo, serán capaces de conservar aquel maletín con dinero. Sí, hoy me hace especial ilusión ver como papá y mamá ven como empotro y preño a su hijo. Claro, con la humillación propia que merece alguien tan vanidoso como Kristoff.

Para mi querida puta predilecta también tengo regalos. Quizás no sea tan puta como su madre, pero también merece regalos en Navidad. Sentado en el sofá decido introducir la mano por el hueco de mi pantalón y rascarme las pelotas con brusquedad. Están pegajosas y sucias, en parte gracias al regalo que tengo preparado para Kristoff. Regalo que llevo ahora mismo y que lo hago para darle un toque más personal. Aquel ajustado bóxer me había pertenecido tiempo atrás. Impoluto, blanco. Ahora ya no lo es. Tras darle uso de unos tres días, decido enviarlo a el sótano del club. Obligo a los perros que trabajan en el sótano a llevarlo durante días. Un total de cinco chicos llevan aquella puta prenda durante casi dos semanas. Se la alternaban. Se les obligaba a defecar, orinar y correrse en ella. Esta mañana decido ir a buscarla. Orino sobre el chico antes de arrebatársela, haciendo que parte de mi propia meada impregne el tejido. Debo admitir que nada más ponérmela me pongo jodidamente cachondo. Estaba amarilla y marrón por detrás. Los palominos de lefa parecían ahora cartón piedra apelmazado por toda la prenda interior. Con la palma de mi mano me froto muchas veces a través de la prenda. Eyaculo con tanta fuerza que el pringue que siento ahora en mis manos, se debe a la ingente cantidad de corrida que albergo aún húmeda en el interior de la prenda. Estoy deseando de que Kristoff llegue para pasarle la maravillosa prenda. Pero él merece más, joder mucho más. Uno de los hombres que permanece en la sala lleva en sus manos un paquete envuelto con papel infantil de niña. Los colores rosas predominan en el envoltorio. Le gustará enormemente la sorpresa.

Un mensaje llega ahora a mi teléfono. Lo miro. Shitskin ha dado con el chico. Está en la puta cloaca que es este barrio. A tan solo unas cuadras de la vivienda se encuentra el mayor foco de heroinómanos del vecindario. Al menos parece que el mierda de Kristoff está trabajando. Me alegra al menos oír eso. Escribo. << Haz que vuelva a casa >>. El negro me informa de que le sigue. El chico sabe que algo va mal. Supongo que intentará huir y refugiarse en su hogar. Ya conoce como se las gasta ese gigantesco negro. A malas espero que acceda a venir con este. Sea como sea, sé que Kristoff está a punto de llegar. Muero por ver las caras de papá y mamá Lewinston cuando le vean entrar. Muero de ganas por tenerles presente en todo momento durante la violenta humillación que estoy a punto de cometer.


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Mensaje por Kristoff S. Lewinston el Mar Nov 15, 2016 12:16 pm
El joven había pasado mucho tiempo huyendo de las personas, o enfrentándose a ellas en situaciones acaloradas que volvían a revelar su actitud tóxica. Para él era bastante fácil identificar cuando alguien le estaba observando, podía sentir el cúmulo de miradas sobre su ser, o esa sutil intención de aparentar actos normales en situaciones forzosas, lo sabía porque él había hecho lo mismo una y otra vez, le había tocado ser el victimario, no sólo para Griffon sino para otra cantidad impresionante de personas con más influencia que él en los barrios bajos del país. Cuando comprendió que aquel mastodonte estaba tras suyo, o al menos cuando lo intuyó, Kristoff decidió perderlo y distraerlo con sutilezas inútiles debido a la presencia inconsciente de Griffon en su hogar.

No pareció importar la piedra que lanzó a la ventana de un establecimiento, provocando que las alarmas se activasen y el dueño saliese encabronado de ahí, tampoco importó el hecho de que Kristoff tomase atajos y caminos alternativos que le hacían creer que era más astuto que el otro. Ni pareció importar el orgullo que pasó por su ser al creer que se había salvado de algo peligroso, pues, aquel hombre, era tenuemente similar a uno que recordaba haber visto con Griffon, y le preocupaba el hecho de que fuese perseguido por sus gorilas. Aunque de nuevo, ¿por qué encapricharse con él? Kristoff no era nada más que un trabajador, no era nada más que escoria, no era más que otro sucio americano luchando en este terreno de guerras constantes, no era material para caprichos, no se lo merecía.

Su mente le condenó por el resto de los minutos en que se dirigía hacia su casa, inconscientemente analizando las consecuencias de las constantes palabras de Griffon, había llegado a creer que además de la humillación sexual había logrado pasar su dominio sin mayor problema, pero ahora temía comprender qué tanto daño le había hecho, ¿en qué otro momento había pensado en sí mismo como una basura inmunda que estaba hecha para seguir a otros hombres mucho más poderosos? Nunca, no hasta que Griffon entró injustamente en su vida. Sacudió su cabeza ante los pensamientos rondando por su cabeza y no llegó a percatarse de los automóviles que estaban alejados de la propiedad Lewinston, simplemente abrió la puerta con una normalidad que no podía existir, no cuando Griffon era su amo en cada aspecto de su existencia, lo quisiese Kristoff o no.

Se mantiene en shock por unos segundos. El escenario es extremadamente impactante para el pelinegro, no sólo ve ahí a Griffon, en su estado grotesco más que habitual, sino que también se encuentran sus empleados, y poco tarda en llegar el hombre de color que le había estado siguiendo en el callejón. Su mano tiembla y da pasos lentos en dirección hacia sus padres cautivos, es, por supuesto, detenido por el corpulento brazo de Shitskin. – Suéltame maldito negro. – le insulta con furia y desprecio, no suele ser una persona tan violenta, no sin que sea necesario, pero cree tener derecho de ser absolutamente despreciable en este instante. Su mente no llega a comprender cómo todo esto es posible, ¿por qué ha pasado? ¿qué pretende? Y por lo tanto, gira sus ojos hacia Griffon, sin dirigir ni una sola palabra a sus padres.

¿Qué demonios es esto? ¿Qué crees que estás haciendo? Suéltalos, ahora, déjalos fuera de tus enfermizos juegos, ¿está bien? Y lárgate de esta casa ahora mismo. –se atreve a decir, como si por momentos olvidase la persona que Griffon es, esa que está por encima de la ley, esa que está encima de las normas sociales, esa que está por arriba de la decencia humana, esa que está muy arriba del mundo al que Kristoff pertenece y del que ha tratado de salir.
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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Mar Nov 15, 2016 7:19 pm
Papá y mamá Lewinston tienen menos valor que un buen puñado de mierda. No entienden mi humor. Siempre he creído que no es demasiado complicado. Quizás debería matarlos a los dos, así me ahorraría un buen puñado de dólares. Por desgracia, pese a ser un hijo de la gran puta, me considero un tipo honesto. Un trato es un trato. Qué puta pereza de gente. Vaya dos. Maniatados no muestran demasiadas ganas de conversar con alguien tan encantador como yo. Me aburro. Decido encender un cigarrillo. Decido darle varias caladas y expulsar, provocador, el humor cerca de la ramera que se sienta a mi lado – Joder, menuda cara de puta. Pobre marido – digo sin apenas contexto. Papá y mamá están agotados y puedo notarlo. No solo por el revuelo físico y emocional, los padres de la puta están cansados de mis constantes aberraciones y burlas. A papá no le gusta nada que sacase la pistola de mi cintura y que se la pusiera a mamá Lewinston ejerciendo cierta presión en su coño. Hace un ejercicio de contención, pero el viejo entiende que es mejor que no se mueva. Es lo mejor para todos. El viejo hombre, pese a mis provocaciones, es el padre indudable de Kristoff. Guarda cierto parecido, aunque está bastante descuidado. Quien sabe, quizás me lo folle a él también delante de su hijo y esposa. Puede ser, como no, parte de la letra pequeña que siempre deja en sus actos la marca Arkwright. Miro el reloj desesperado. Lo miro y lo vuelvo a mirar.

No sé cuantos minutos exactos transcurren desde la llamada. Debían estar cerca, pues no creo que hayan pasado más de diez minutos. Me divierto horrores cuando por fin el muchacho entra en escena. – Joder, como me pican las puñeteras pelotas – pronuncio nada más entra el chico por la puerta. El regalo que llevo para mi flamante putita me está escociendo ya demasiado, debo pasarle el relevo y pronto. Papá y mamá Lewinston deben haber estado percibiendo el infumable hedor que desprendo desde primera hora de la mañana. Olor que abarca orines, mierda, sudor e ingentes cantidades de lefa y espeso semen. – Bien hecho Skinshit – digo a modo de premio – Luego podrás elegir a quien follarte, si a la madre o al padre – me incorporo de mi asiento y pongo las dos manos en alto. Mamá puta está llorando. Parece no haberle gustado mi última idea. – Chss. Chss – pronuncio la orden dirigiéndome hacia el chico con los brazos aún en alto en forma sarcástica de rendición. – Calma chica, pondrás a papá y mama nerviosos. – le miro a los ojos desafiante. – Querido Kristoff. Qué decepción. Me decepcionas hija. Yo que creía que tú y yo éramos uña y carne – muevo la cabeza de izquierda a derecha en señal de desaprobación. Bajo ahora un brazo para seguir sujetando aquel cigarrillo que mantenía hasta el momento entre mis labios. - ¿Acaso estás intentado escapar de mí? Te creía mi putita. Me estás saliendo bien cara. – digo con la voz áspera y rota. – Espero que lo que se está diciendo de ti sea completamente mentira. Por el momento perdonaré tu insolencia. – me acerco al chico, percibo ya su característico olor. – Tu casa es mi casa. Esta vez lo digo literalmente crio. Siempre hablas de la cocina de tu madre, sobre todo cuando agradeces que me corra en tu boca. Tenía que probar esos platos de primera mano. Además, papá Arkwright trae regalos – señalo indirectamente con la mirada el maletín repleto de billetes. – Papá y mamá no sufrirán grandes daños hoy – sonrío - Solo se les tocará lo justo. Si se portan bien tendrán suficiente dinero para salir de toda esta puta cloaca. Te aseguro que con lo que van a vivir y presencia hoy aquí no querrán volver a aparecer por aquí. Joder crio. Vivís en una puta pocilga rodeados de mierda y ratas. Con razón me la chupas así por un par de miseros billetes. – doy otra calada al cigarro – En parte me alegro de esto último, mi regalo te va a encantar.

Desafiante clavo mi mirada en los padres de mi prostituta. Lo hago mientras me desabrocho el cinturón del pantalón. Daryl, el delgaducho muchacho que sujeta el regalo hace el amago de acercarse con el paquete. Con la palma extendida le hago el gesto para que se detenga. Aún es demasiado temprano para la segunda sorpresa. Al bajar la cremallera la prenda cae hasta la mitad de mis muslos. Cuesta que baje de ahí debido a la corpulenta musculatura de mis piernas. Tirando un poco consigo que baje. Consigo que la prenda ennegrecida y mugrienta salga al exterior. La puta peste llena la sala. Alguno de mis hombres gira la cabeza como queriendo evitar el hedor. Me deshago por completo de los pantalones y permanezco en ropa interior. Toda la sala está cerrada bajo mis órdenes. No solo para apreciar más el hedor, sino para que nadie vea, como parece bastante obvio, el esperpéntico espectáculo que ocurre dentro. Espero al chico. Supongo que se va a controlar, pero ante la duda doy la orden. Dos pistolas pasan a encañonar a papá y mamá Lewinston. Guiño un ojo a Kristoff y sonrío - Solo por si acaso. Te veo muy diferente. Ya sabes, uno tiene que tener cuidado con la boca en la que mete uno su polla – debo confesar que una vez casi intentan arrancármela. No quiero tener a una puta con esa idea en mente. – Quizás deba arrancarte los dientes. – con un gesto indico a Shitskin a que acerque al chico. Un empujón de la mala bestia lanza al chico al centro de la sala. Mamá parece ni querer mirar. Acaricio su pelo, entremezclo mis dedos entre su cabello y finalmente lo sujeto con dureza. – Dime. Por qué estás disgustado. Tienes el trabajo perfecto. Te pago de maravilla. Tu vida antes era una puta mierda – el chico no parece reaccionar. Agarro con mi otra mano su rostro con violencia. Le escupo, como suele gustarme hacerle, en toda la puta cara. Un lapo salido desde la garganta y cargado con flema. - ¡¡¡QUE ME LO DIGAS DE UNA PUTA VEZ!!! ¡TIENES UN TRABAJO PERFECTO JODER KRISTOFF! ¡NO SÉ QUE MIERDAS TE PASA JODER! ¡ENCIMA TE HAGO HASTA REGALOS! – Mi mano se separa de su cara y baja por su cuello, ejerce cierta presión sobre este y continúa bajando. Siento su pecho, su abdomen. Siento su respiración. Finalmente llego a su bulto. Lo que encuentro no me gusta. En absoluto.

Tres o cuatro putos pasos me separan del sofá. Aquel que minutos antes comparto con papá y mamá. En el hueco en el que permanecía sentado yace aún el arma con la que presionaba el coño de su madre. A las putas les gustaba eso y su madre lo era. La agarro. No me tiembla el pulso. No dudo. El destello ilumina la sala. Mamá Lewinston grita tanto que enseguida ordeno a que vuelvan a ponerle aquella venda en la puta boca. La bala atraviesa la pierna del padre de mi prostituta. La sangre tiñe de rojo el sofá. – Joder Kristoff. ¿en serio? – hago una pausa y me llevo, decepcionado, las manos a la cabeza. No sé por qué, pero me altero. Sudo y mi cara se descompone. Mis ojos se vuelven vidriosos de la impotencia. En el fondo creo saber el por qué. Estoy encaprichado. Creo que está con otro. Se ha quitado mi puto regalo. Joder se lo ha quitado. – Te dije – hago una pausa y le señalo con el dedo índice – Joder, te dije que no lo hicieras –  sin más preámbulos le proporciono un fuerte bofetón seguido de un jalón de pelo. Nunca antes le he pegado. Lo tiro al suelo y le vuelvo a agarrar. Acerco su cara al pestilente tejido que llevo como ropa interior. La mejilla y sobre todo, la boca del chico se acercan y pueden saborear la mezcla de esperma de los anteriores propietarios. Incluida la mía, la más reciente y fresca de todas; la que aún, permanece húmeda en el tejido. Dejo que huela aquello. Aprieto mi rabo y huevos contra su nariz y boca. Mi polla empieza a latir y bombardear toda aquella sangre que la endurece. Dejo que Kristoff se impregne bien de aquella esencia. En definitiva, que saboree bien su regalo. Lo mantengo bastante tiempo. Al chico comienza a faltarle la respiración. La noche acaba de empezar para aquel traidor. – Será divertido. Te lo prometo.

AQUÍ TU PRIMER REGALO:
OFF: Ponle un +18 beibi, que la cosa se va a poner fea. O no, según se mire. Mad


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Mensaje por Kristoff S. Lewinston el Miér Nov 16, 2016 11:23 am
Kristoff se ha esperado muchas cosas en su vida pero nunca algo similar a esto. De entre todas las posibilidades que su vida podía darle el imaginarse a sus padres en aquella posición, con el tipo que le había degradado una y otra vez, nunca había aparecido en su cabeza. Usualmente le importaba poco lo que pudieran pensar sus padres de él, después de todo no le dieron nada en la vida después de la vida misma, ¿por qué debían tener relevancia sus preocupaciones y pensamientos sobre el hijo del medio? De eso se había convencido Kristoff, de que solo eran un pequeño motel al que llegar en el gran camino de su vida, y no un templo en el cual buscar refugio cada vez que las cosas se ponían complicadas. Eso, sin embargo, no evitaba que justo en este momento su desesperación fuera en aumento, ¿qué estarían pensando de él? ¿Qué estarían pensando de su hijo al estar involucrado de esta forma con una persona tan ruin como Griffon? ¿Cómo lo verían ahora que sabían a lo que se había rebajado por unos billetes? Seguro estaban decepcionados, de ellos mismos y de él, sobretodo de él.

- No… no llores, todo estará bien. – Kristoff llega a prometer a su madre, mirándola con temor por las consecuencias de la rabia del imbécil de turno. Las palabras de Griffon pronto llenan la habitación y Kristoff no puede evitar sentirse desgraciado al ser referido como si fuese una puta chica en lugar del hombre que era. Le hierve la sangre al ser llamado chica, hija y ser referido como cara. Sus ojos se llenan de lágrimas de rabia y tristeza, humillado por completo frente a las personas que le dieron la vida. El pelinegro escucha el resto del asqueroso discurso y mira de reojo a sus progenitores, puede notarles tan deshechos como él se encuentra, y quiere decirles cuánto lo siente pero no quiere darle a Griffon ese placer de escucharle tan destrozado. - ¿Por qué no entiendes esto? – Le pregunta de manera fugaz antes de ver la desagradable acción con su ropa interior. Kristoff cierra los ojos por el ardor que aquel aroma llega a manifestar en la habitación, le recuerda mucho a las pestes de imbéciles en callejones abandonados, está acostumbrado a ello, pero no así, no de esta forma.

La idea de arrancarle la polla se le pasa por la cabeza, sabe que moriría pero no le importaría si le quitara aquel miembro, aunque no quiere que le pase lo mismo a su familia, es lo único que le detiene.

Kristoff es lanzado contra el suelo y mira con ira a su supuesto dueño en aquella entrega de palabras tan aceleradas. Siente el espejo y viscoso escupitajo cubrir su rostro, deslizándose por sus mejillas y pestañas, llegando a integrarse con sus labios, asqueado en su totalidad por esto. La voz alta del hombre le aterra pero trata de mantenerse como todo un macho, como el macho que cree ser a pesar de todo. Se queda en silencio para no darle el placer, hasta que finalmente nota la ausencia de su jaula del pene, algo que al parecer no le agrada en nada al hombre severo que le abandona de pronto del agarre tan salvaje. Se espera muchas cosas pero no aquel grito desgarrador que le hace mirar a sus padres, completamente aterrado. Trata de levantarse pero Shitskin se lo impide y lo vuelve a empujar, y lo único que Kristoff puede hacer es balbucear entre lloriqueos, demostrando lo rápido en que puede llegar a romperse una persona. Su rostro es cubierto por lágrimas de impotencia que se expresan sin miedo. - ¡Joder, déjalos ir! ¡Todo esto es conmigo, no con ellos! –Le ruega entre llantos antes de ser abofeteado y jalado del cabello.

No protesta demasiado, sabe que eso podría poner todavía más en riesgo a sus padres, así que permite que su rostro sea empujado contra aquella sucia entrepierna y la mezcla impresionante de aromas y sabores que inundan sus sentidos. Sus labios se abren en algún momento, no porque quiera sino porque debe tomar más aire, y es cuando llega a saborear semen con antigüedad variada, el escupitajo y las lágrimas humedecen todavía más toda el área, haciendo, por supuesto, que sea mucho más fácil capturar todos los estímulos que se encuentran ahí.

- Por favor, por favor… detente, no hagas esto. –y vuelve a rogar, es un niño pequeño de nuevo.

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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Jue Nov 17, 2016 6:18 pm
Respeto. Todo lo hago por respeto. Me gusta que me respeten. Joder que si me gusta. Cuando doy una puta orden me gusta que sea precisa. Me gusta que se siga al pie de la letra. Si indico algo, pues joder, así debe ser. No parece tan complicado. No lo es para mí. Cuando ordeno algo no admito ni la más pequeña variación. Pensé que Kristoff era lo suficientemente inteligente como para entenderlo. Solo me queda claro una cosa. No tengo duda alguna. Hoy Kristoff entenderá por fin de que va todo esto. Entenderá el verdadero significado del camino, que, por voluntad propia, ha decidido tomar. Ya no hay vuelta atrás, está metido en esta mierda. Está salpicado de mierda de arriba abajo. Puede que pronto esa expresión sea completamente literal. El chico hoy va a aprender que con Mr. Arkwright no hay vuelta atrás. Fue, es y será parte de mi jodida propiedad. – Todo esto pasa por tu culpa – disfruto de sus lágrimas y le hago sentir mucho más culpable, si aún cabe. La putita, siempre humillada, se viene abajo. Disfruto cuando corrompo a una persona por completo, cuando se arrastran y apenas llegan a alcanzar la mitad de mi estatura. Resulta mucho más fácil penetrar la puñetera boca de un crio que se haya venido abajo. Le consuelo sarcásticamente con las caricias que realizo sobre su enmarañado pelo. Aprovecho el grueso de mi rabo para sobarlo, a través del asqueroso tejido que llevo, sobre su rostro. La chica llora y aprovecho para frotar mi polla y hacer desaparecer de sus facciones cualquier lagrima o mucosidad depositada sobre sus labios. Los mocos del crio ya dan el útimo toque que faltaba al pestilente par de ajustados bóxer que llevo. – Chica, chica, relax – digo cuando hace mención a sus papis. – Papá y mamá se lo están pasando de puta madre aquí entre nosotros – algunos de mis chicos se ríen. Mamá llora y papá Lewinston abre y cierra la boca, sin pronunciar sonido alguno, intentando controlar el insoportable dolor del disparo. - ¿A que os lo estáis pasando bien? – provoco mirando a los padres – Joder Kristoff, eres tan llorona como tu madre.

Dentro del ajustado bóxer mi polla empieza a cobrar vida. La sangre bombardea aquel enorme filete de carne de primera. La fricción de mi polla con su frágil cara, a través de aquella cochina prende me pone realmente cachondo. Acerco la cara del chico y la presiono entre mi pestilente entrepierna. – Me pica un puto huevo – digo mientras intento rascarme con la nariz del menor. Sin éxito. – Cuando acabe todo esto tendrás que limpiar toda la zona con tu propia boca, joder que puto escozor – La zona sobre la que ahora descansa mi glande es la zona más perjudicada por los vertidos. Hay como dos corridas, una más amarillenta que la otra. Se intuye una zona con ciertos retos de excrementos. La humedad de mi polla cobrando vida también impregna ahora el ennegrecido tejido. La zona de mi glande es la que ahora más presiono sobre los labios del chico. Aún con su dentadura cerrada consigo hacerme una especie de paja entre sus labios. Estos están húmedos y aprovecho y disfruto de la sensación. Debo cederle ya el regalo. Apoyo mi glande cerca de la comisura derecha de sus labios. Aprovecho que mi rabo está orientado hacia la izquierda. Orino. Joder menuda meada me echo. Al principio un circulo pequeño humedece el tejido cerca de mi glande. Cada vez el circulo se hace mayor. El ritmo de crecida es cada vez más incontrolable. Cuando empiezo, la pestilente prenda es capaz de contener mi puta orina, finalmente acaba perdiendo la batalla. El preciado líquido dorado comienza a brotar a través del algodón. La cara del chico se hace pronto un poema. De su barbilla cae orina. Mis meados, cada vez más abundantes, caen sobre su cuello y recorren su pecho. El líquido sigue cayendo sobre sus rodillas al encontrarse el menor apoyado sobre estas en el suelo. Mi orina hace su ropa un verdadero despropósito. La camisa que lleva se ciñe sobre su magnífico cuerpo. Al hacer aquello, portando yo aún mi camisa, noto como esta se empapa también por la parte de abajo. Es blanca así que trasparenta. Joder, ahora sí que huelo a hombre. El vertido va acabando, pero todavía es suficiente. Aprieto todo lo que puedo la punta de mi monstruoso rabo sobre la comisura de su boca. Parte del chorro se filtra sobre el tejido y salpica a mi puta en uno de sus ojos. El vertido restante, debido a la orientación de mi apetecible rabo, se cuela y filtra al interior de la boca del muchacho más puta de toda la ciudad. Aún con la boca cerrada la violenta meada se filtra por sus labios. Disfruto cada puto momento. Sacio su sed.

Suelto una terrible risotada cuando termino aquella obra maestra – ¡¡¡¡¿¿¿Joder lo habéis visto???!!!! – grito, pregunto y festejo todo al mismo tiempo mientras miro a los señores Lewinston. – ¡¡A eso lo llamo yo una buena meada joder!! – sigo eufórico por el momento. – Pese a ser tan llorona, cuando quiere, vuestra puta hija es muy obediente. No se ha podido resistir a probar la meada. Que le gusta beber mierdas joder – sonrío por última vez antes de darme cuenta que todos mis pies están orinados. – Qué puto asco joder – Harto ya de llevar mi regalo decido dárselo a la problemática prostituta. Le agarro del pelo. Me agarro con fuerza de sus cabellos mientras el chico sigue llorando. Mi mano me ayuda a mantener el equilibrio mientras intento deshacerme de la prenda. Es complicado. El sudor, la orina, la lefa y mi última meada hacen que el tejido no se quiera separar de mi piel. Mis grotescas nalgas y rabo no ayudan a que la prenda descienda por mis piernas. Finalmente, con esfuerzo, el bóxer consigue realizar todo el recorrido y se desliza hasta mis pies. Una vez toca el suelo acaba por empaparse de meados. Mi polla, semi erecta, queda ahora completamente libre. Estoy prácticamente seguro de que papá y mamá Lewinston nunca han visto un par de pelotas tan grandes como de las que presumo sin tener nada en la parte de abajo. Mi pie empuja la cabeza del chico y le doy la orden de sujetar el tejido entre sus dientes. Temiendo represalias lo hace. Aprovecho para incorporarlo y dejarlo totalmente desnudo. La prenda se la arrebato de sus gruesos labios. Le obligo a que levante primero una pierna y luego la otra. Los músculos de sus cuádriceps tampoco ayudan a que aquella sobeteada y minúscula prenda tape sus partes más íntimas. El cuerpo de un Dios adornando exclusivamente por un bóxer completamente arruinado y de color blanco. Blanco eso sí, cuando fue comprado. El color que tuvo en otra vida ayuda a que transparente parte por donde salió, previamente, mi potente meado. Le agarro por detrás. Le inclino hacia sus padres y le hago que le observen así. Humillado. Vestido como una puta. Con una prenda marcada por mi meado y por la lefa propia junto a las de mis perros. De llegar a tener algún sentimiento, llegaría a sentir cierto grado de pena. Por suerte soy Mr. Arkwright, un hombre sin putos escrúpulos.

Con empujones y agresividad obligo al menor a sentarse entre sus padres. – Mirad chicos joder. Menuda puta estampa – me meo literalmente de la risa. Alguna gota, escasa, cae de mi polla dura. Hago tanta fuerza que sale un poco más de orina de mi uretra. El show es grotesco, tanto el mío como el de los señores Lewinston maniatados y liderados por su hijo; hijo desnudo y con ropa interior empapada en orina. La peste en el sillón se puede oler a kilómetros de distancia. Aprovecho la libertad que me da la ausencia de la prenda para introducirme un dedo entra mis nalgas y rascarme placenteramente el culo. Cuando acabo con el agujero del culo decido rascar bien la parte posterior de mis pelotas. Una espesa masa de lefa, mezclada con sudor se encuentra impregnando la zona. Ahora también, mis dedos. Tomo decenas de fotos del momento. Me rio y tomo muchas muchas fotos. – Alguna de estas os la haré llegar. Puede que ponga alguna por vuestro vecindario. – me vuelvo a descojonar pensando simplemente en aquella idea. - ¿La queréis tamaño poster? – Cuando termino de humillarles verbalmente, decido que es ahora momento de hacerlo de otra forma. No solo con preñar a la chica delante de sus padres me voy a conformar. Me dirijo a papá Lewinston. Uno mi dedo índice y anular, aquellos que minutos antes impregno con la mezcla que había detrás de mis pelotas. Extiendo la mano y los dedos justo delante de su rostro. - ¿Usted sabe tomarse un helado verdad? – sonrío por la nueva genialidad que tengo en mente – Pues bien, hágalo. Simule que mis dedos son un helado. – me resulta prácticamente imposible contener la carcajada. Mamá puta está aterrorizada. El chico tampoco sabe que pollas ocurre. Papá lo hace bien. Me hace cosquillitas entre mis dedos con aquella áspera lengua. Ni siquiera pone un poco de resistencia. Que aburrido. Que atemorizado están los tres. – Pues bien. Papá sabe chupar – digo sonriendo y guiñando un ojo al pequeño Kristoff. Tomo a papa también por el pelo. Lo tiro al suelo y le lastimo su pierna. La sangre ahora llega a la moqueta llena de mierda – Joder – me quejo. La cabeza de papá se para delante de la entrepierna de su hijo quien yace con las piernas entreabiertas sentado normal en el sofá. Agarro la cabeza del patriarca y la pego por completo con la entrepierna del menor. Papá está oliendo y saboreando también toda aquella esencia. Un silbido me vale para volver a sujetar una puta pistola entre mis manos. – Vamos papá. Céntrate en el rabo de la putita de tu hija. Quiero que hagas lo mismo que hiciste con mis dedos – hago una pausa sobre emocionado por la maquiavélica idea. – Vamos papá. Recuerda a tu hijo como coño te comes un bonito helado – la mirada me cambia por completo. Ya no soy Mr. Arkwright. Son un puto y retorcido monstruo.


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Mensaje por Kristoff S. Lewinston el Vie Nov 25, 2016 2:21 pm
La culpa aumenta y se desliza entre cada fibra de su ser, Kristoff nunca se ha sentido peor en su vida, ni siquiera durante aquel fuerte invierno en que creyó moriría por falta de hambre y cobijo, ni tampoco la ocasión en que le recriminó a su padre la desgracia que era la familia y como todo era culpa suyo por no ser un hombre más trabajador, por ser solo un perezoso sin oficio ni beneficio. Si ahora tuviera la oportunidad lo arreglaría todo, se quedaría en casa para trabajar por sus padres, por su futuro también, pero más que nada para sacrificar un poco de su vida por ellos y entregarle estabilidad más que necesaria. Era extraño que la presencia del hombre estuviera cambiando la opinión y perspectiva del chico hacia las personas que le dieron la vida, tanto como si se acercara a la muerte.

El rostro del pelinegro se contagió de aquella tóxica mezcla apestosa que prometía mantenerse pegada a él, era una ostentosa promesa que requería de la dignidad destruida del joven, quien tenía el rostro empapado en una combinación desagradable de fluidos, texturas y aromas que nunca en su vida creyó sentir tan cerca. La humillación llega con más fuerza cuando los padres del chico admiran con asco el acto de lluvia dorada, una que cubre a Kristoff prácticamente de pies a cabeza con aquella sustancia pesada y salada que se está vertiendo entre oportunidades robadas dentro de su boca. Kristoff debe cerrar los ojos, no solo por la vergüenza, sino por el hecho de aquella meada ha entrado a uno de sus ojos y el ardor es tan descomunal que provoca carcajadas en algunos de los empleados del tirano que está destrozando la vida de la familia pobre de este vecindario basura.

Hay muchas cosas que el moreno quiere hacer en aquella terrible ocasión. Kristoff desearía tener la fuerza suficiente para abatir contra Griffon, desearía ser capaz de destrozarlo por completo, de joder con su existencia, de arruinarle frente a sus hombres, desearía tener el mismo poder que el hombre rico para humillarle, hacerle sentir de la misma forma en que él se siente frente a sus padres ahora, tan terriblemente furiosos, decepcionados, asqueados y sorprendidos de lo que estaba ocurriendo. Pero no llega a salir nada de su boca, ni tampoco algún movimiento es dado por sus manos, al menos no ninguno que fuese prohibido. Él levanta sus piernas tras cargar con la prenda empapada en orina y asquerosidades entre sus dientes y deja que Griffon le trate como a una perra tonta, dándole cada paso para que aquella prenda terminara como parte de su atuendo. Aborrece el hecho de que ese pedazo de tela era probablemente el más costoso que alguna vez había llevado, pero estaba arruinado, y era solo el inicio del fin de la vida como la conocía.

La desesperación toma una nueva apariencia al ser empujado entre sus padres, puede sentir la cercanía de su madre y las plegarias silenciosas que comparten con él, totalmente atemorizados, parece inminente la muerte que Griffon podría lanzar sobre los tres, y sinceramente Kristoff ya no reconoce a su supuesto jefe, ya no ve en él a alguien a quien pueda traicionar, ya no observa en su mirada a alguien que debe tener un corazón en alguna de sus miles de capas internas, no, en su lugar solo yace una bestia sedienta por sufrimiento ajeno, alguien invencible, alguien con quien nunca debió de haberse metido. Kristoff, en su solitaria compañía, se dedica a continuar sollozando justo antes de que su padre se encuentre lamiendo los dedos del hombre. Tuerce su nariz, culpándose a sí mismo una cantidad colosal de veces, pero esto no se compara al momento en que sus muslos son tocados por la cabeza del hombre que le dio la vida. El joven puede mirar hacia abajo y notar la calva del hombre, puede ver ese masculino bigote restregarse contra su humedad y la orden de Griffon sentencia a toda la familia al mismísimo infierno.

Kristoff niega desesperación  y mira hacia arriba, esperando toparse de nuevo con alguna parte de la esencia que creía conocer de Griffon. – Por favor, no hagas esto, no… te lo pido, te lo estoy rogando, seré lo que quieras, haré lo que quieras por ti, ¿sí? Voy a venderme, voy a trabajar gratis para ti, o puedes… o puedes matarme, no hagas esto, no, no… -repitió un centenar de veces entre el llanto que revelaba lo roto que estaba, pero su padre parecía dispuesto a recordar que sus sacrificios por su familia siempre eran prioritarios, y como tal, el hombre se encargó de lamer aquella sucia prenda jalando con sus dientes descuidados la tela hacia abajo, la polla de Kristoff había retomado su estado anterior, flácida ante el espectáculo grotesco que pareció aligerarse de manera biológica cuando la lengua del patriarca tocó el glande de Kristoff, enviando al hijo a una zona retorcidamente placentera.
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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Dom Nov 27, 2016 8:54 pm
No me tiembla el pulso. No muestro ningún grado de empatía o consideración. Soy un monstruo. Soy un puto monstruo. Disfruto del espectáculo. Me limito a disfrutar de la grotesca escena en el que un padre juguetea con el rabo de su propio hijo. Lo hace con la boca. Saborea el mejunje que impregna el tejido. Su lengua recorre la zona donde se oculta el pene de su pequeño. Una zona llena de manchas. Manchas que abarcan el esperma de más de cinco hombres. No solo la madura corrida de varios machos, sino su sudor, sus orines e incluso, sus restos de heces. La tela está empapada por mi potente meada. Sus bordes aún amarillentos gracias a mi última corrida, la que comenzaba a acartonarse sobre la prenda de algodón. Papá mordisquea mi antigua prenda. Obediente, y sin que haga falta decirle nada más, papá decide por su propia cuenta dejar al descubierto el rabo inerte de su hijo. Lo destapa. Lo expone. Lo vuelve sumamente vulnerable. Tiene miedo. Su hijo en estos momentos aún más. El más joven suplica, pero hago caso omiso a sus lamentables plegarias. Mi rabo, aún al descubierto, se endurece todavía más. De mi uretra brotan espesas gotas de líquido pre seminal; una mezcla densa, transparente y grumosa.

El hedor de la prenda me produce alguna que otra arcada. Llega hasta mí. Me imagino como se tiene que estar sintiendo el señor Lewinston. Mamá se ahoga en su propio llanto. Se lleva las manos, aún atadas, a su rostro. Con el puño delante de sus labios llora. De su garganta apenas sale sonido. Solo un largo y angustioso lamento. Papá está haciendo un asco la moqueta. Su pierna debe dolerle demasiado. Teme futuras represalias. Papá no duda. Acata mis órdenes. Es sumamente obediente. La sangre del veterano adulto impregna el suelo. Sangra mucho. No tiene buena pinta. Sigo escuchando a Griffon de fondo – Señor Lewinston. ¿Seguro que no ha hecho esto antes? – me río, más bien me burlo. – Parece que tiene practica comiendo pequeños rabos – el coño del menor comienza, inevitablemente a endurecerse. Me acerco y le propio al viejo una patada en el costado. Suena con violencia. Suena a hueso roto. Se estremece. Le miro a los ojos y le hablo en imperativo – Continúe – sus ojos cargados de temor preceden a una parálisis momentánea – Por favor – insisto – ¡¡Continúe joder!! – elevo la voz. La boca de papá ya no duda. Mamá parece no querer ni mirar. Me toco un poco la polla y la descapucho de nuevo ahora que vuelve a endurecerse. Una, dos, hasta un total de cuatro gotas caen al suelo. La última cae de un largo rastro que estaba anclado a mi glande y uretra. Como un hilo de saliva que une un labio con el otro, el rastro de esperma es prácticamente igual. Planeo mi siguiente movimiento. Debo hacerlo ya. La boca del padre de Kristoff abarca ahora la totalidad de la polla de su hijo. Su lengua, las cálidas paredes interiores de sus mejillas… toda su cavidad estimula ahora el rabo del menor. El pene de su propio hijo.

Miro a Kristoff – No puedo matarte. Eres una puta que no merece si quiera eso. Hacer esto con tu cadáver no sería tan divertido – sentencio antes de encender un último cigarrillo. Suelto el humo y me lo vuelvo a llevar a los labios. Acaricia mis agrietados y resecos labios. – No eres nadie. Absolutamente nadie – doy una nueva calada - ¡¡¡¿Te quieres callar de una puta vez?!!! – me altero y grito por sus constantes interrupciones.  - ¡Eres basura! Joder Kristoff eres un montón de mierda. No mierda cualquiera. Un montón de mierda reseca – paro ante la distracción que me supone escuchar a su padre succionar su miembro. - ¡Joder crio! ¡has caído en los putos escombros del olvido! ¡toma el peor de los castigos! ¡todo esto será, incluso peor que tu propia muerte! – vuelvo a dar una calada y tiro la colilla al suelo. – ¡Tu peor castigo sería ahora tener que vivir eternamente! Vivir eternamente y tener que recordar esto… ¡¡recordar la cálida lengua de la zorra de tu padre trabajando tu rabo!! ¡siempre! ¡¡recordarlo siempre joder!!– escupo al suelo y muevo ficha. Sin interrumpir demasiado al padre decido tomar al chico por los brazos y levantarlo del asiento. Mis dedos dejan marca en sus antebrazos. Arrebato el asiento al crio y me siento, semidesnudo, entre sus dos padres. Desde mi nueva posición tenga vistas privilegiadas. Su espalda, su labrado culo y su papá felando su miembro. Mi polla parece una enorme y dura estaca. Me quito la camisa y al desprenderme de ella revelo un característico olor fuerte a axilar. Hedor a sudor de puro hombre. Huelo la prenda como también puedo percibir el aroma de mis axilas. Tomo a Kristoff por la altura de sus codos y le obligo a sentarse sobre mí. Mi polla casi taladra su prenda. Noto la humedad de las corridas y del orín de esta sobre mi pelvis. Noto el tejido pegajoso embadurnando mis pelotas. Una de mis manos se desliza debajo de la prenda. Empieza a retirarla de una de sus nalgas. Esta queda descubierta. Aprovecho la raja del culo del crio para depositar ahí la tela que he conseguido doblar. Agarro del centro y consigo dejar entrever su grieta. Tengo espacio para deslizar mi polla por el hueco. Mi glande acaricia y humedece su nalga descubierta. Se choca contra la tela del calzoncillo que queda atrapada en su raja. Presiono y consigo dejar la tela atrás. Encuentro el calor de la piel que habita entre sus nalgas. Encuentro con mi glande ese vello rasurado que tanto conozco y añoro. Golpeo con fuerza la puerta de su ano. Un par de embestidas más y sé que esa puerta caerá. Papá sigue succionando. No. Definitivamente no tiene mucha experiencia. Al menos lo intenta. En vez de mamar va a dejar a su hijo sin polla. Menuda puta forma de succionar. El ruido comienza a ponerme nervioso. A nadie le gustaría verme aún más nervioso.


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