I.
II.
III.
IV.
V.
Hasta hace cinco años las disputas entre la comunidad judía cristiana y la comunidad LGBT crearon un caos por la dominación de Beverly Hills pero la sociedad LGBT de Los Ángeles y todo California se aliaron a dos diputadosen su afán por crear una igualdad en todo en California, por lo que apoyados por un grupo de empresarios, atletas, músicos y atletas fue que lograron una legislación para la creación de una zona exclusiva para esa comunidad.
El principal activista de ese movimiento y ahora alcalde de Beverly Hills, Travis Denker ha estado acondicionando una ciudad perfecta donde la igualdad prospera, pero lo que no se sabe era que en parte ese proyecto fue para encubrir ciertos negocios ilícitos que tenía con ciertas mafias internacionales. ¿Qué pasaría si la mafia decide cobrar favores?
ambientación
▲ Tu Pj debe tener un Nombre+Apellido o en su defenco un Pseudónimo.
▲ Debes subir tu ficha para obtener color
▲ Después de que tu ficha es aceptada, debes realizar tus Registros
▲ El mínimo de líneas por post es 10.
▲No olviden postear on-rol para mantener sus Pbs, 15 días sin actividad on-rol y perderás tu color
▲ Avisen sus ausencias y eviten perder sus Pbs
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Censo Obligatorio

Octubre - 2014

Apertura foro

25 - 10 - 2014

El foro está inspirado en las series de televisión "Desperate Housewives" y "Devious Maids", sin embargo la trama actual y el enfoque que se le ha dado corre a cargo del staff de Beverly Paradise. Así mismo se agradece a:
Paparazzi y Staff de Beverly Paradise, por la historia y trama.
Damien Aubriot : Modificaciones al skin, tablillas, tablones, y otros códigos.

También agradecemos los tutoriales de Glintz
Savage Themes
The Captain Knows Best y Foroactivo

Algunos recursos gráficos e imágenes han sido tomados de
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Mensaje por Laurent Blackthorne el Jue Dic 01, 2016 7:29 am
El día de la boda. Uno con el que muchas mujeres sueñan. Pasan parte de su infancia anhelando la fantasía, esperando ser como papi y mami, felices y enmarcados en una foto familiar. Durante la adolescencia afinan detalles, cambiándolos tanto como su humor por las hormonas. Ya entrada en la adultez comienzan a ser razonables, desechando lo que no puede ser y aun así queriendo lo que no pueden tener. Para los hombres es mucho más sencillo. Para ellos también es un día especial en esencia, siempre y cuando no hayan embarazado a alguien descuidadamente. En vez de preocuparse por pormenores como los centros de mesa y las flores que decoraran el pasillo de la iglesia – que tienen combinar con el vestido de la novia -, su mentes se adelanta a todo ellos visualizando el costo del sueño de su esposa. Esperando que el cheque entre sus piernas en la noche de bodas sea suficiente para soportar los meses venideros en los que tendrían que pagar la deuda.

Laurent debía admitir que si bien nunca se detuvo un momento a idealizar aquel día, tampoco esperaba que fuese como lo era ahora. El único motivo para que estuviese ahí, arreglándose para el mayor evento de la ciudad en décadas, era la ambición de su padre. Todo se reducía a dinero. El dios verde. Una simbiosis peligrosa entre los billetes y el poder que limitaba al hombre, siendo también su liberación. Los planes familiares apuntaban grandes, un negocio como jamás se habían embarcado. Su padre quería construir casinos alrededor de la ciudad, en un terreno en específico, con la intención de hacer crecer la economía turística de la ciudad, por ende la suya prominentemente. Una cobertura para lavado de dinero, más drogas y ahora uniéndose al catálogo, prostitución. El castaño frunció el ceño al repetir la palabra mentalmente. No se involucraron con esa clase de negocio en el pasado, pero los números que él mismo revisó no mentían. Era un imperio rentable y absurdamente explotable. Una fuente de dinero que su familia no estaba dispuesta a desaprovechar.

Se contempló en el espejo un momento, desnudo aún indeciso. Seguía molesto de que fuese él quien tuviese que pasar por toda esta charada y no otro de sus hermanos. Más cuando lo piensa detenidamente sabe que él era la única opción. Junior, aunque robusto y musculoso, era feo igual que su padre. Tenía el encanto de una roca y sufrió la crisis del pene pequeño cuando comenzó a subir masa muscular. Compensaba lo que él creía que era una herramienta corta con sobre entusiasmó y rudeza, siempre la bestia. Laurent había visto a su hermano desnudo, no tenía el pene tan pequeño, pero tampoco era nada espectacular. Se veía así al lado de su enorme ego. Francesco por otro lado era un completo idiota, opacado por la gran sombra llena de esteroides de Junior. Su padre juraba que él no podía ser gay porque no tenía esas características. Por ello se refería al pésimo gusto en sus ropas. Trajes deportivos de colores chillones y tenis que no usaba para correr. Francesco no era feo, más su gusto desmesurado por el jugo vaginal resultó el mayor impedimento.

Eso lo dejo a él como la carta ganadora. Los otros tres no lo reconocerían, de hecho no se habían dado cuenta hasta ese momento, pero Laurent era lo que se podía decir, follable. Heredado los rasgos de su madre, su rostro era agraciado y estéticamente agradable. Ciertamente masculino, por el corte de su quijada y la barba que él mismo gustaba tener, poseía rasgos que estaban más pulidos que sus hermanos: su nariz afilada y recta, los labios delgados y rosas, las cejas que no desentonaban con el resto de su cara. Además de eso trabajo su cuerpo adecuadamente. Fibroso y musculoso, no al grado de Junior, más como el típico cuerpo de modelo en ropa interior. Se preocupó más por tener un buen par de piernas y por extensión, un trasero que pudiese cerrar cualquier negocio cuando las negociaciones fuesen turbulentas. Nunca hasta ahora había fallado, cuando se lo proponía. Con uno autoimpuesto, perdía la desmotivación considerablemente. Era casi aburrido, muy tedioso.

Es por eso que contemplaba el vestido Vera Wang sobre la silla. Si su familia buscaba convertirlo en una esposa trofeo, bien podría comenzar como una. Usar un vestido de novia era un acto de rebeldía que se le antojaba solo por la impresión que causaría en todos. Casi podía escuchar el shock de la audiencia. El traje a medida que le compraron estaba al lado. Quizás al verlo detendrían todo, especialmente su padre quien en su indignación gritaría alto y fuerte para detener la música. Lo deseaba, más no así la furia que vendría por su jugarreta. Laurent tomó la primera prenda, su ropa interior. Blanca y con un encaje floral, no formaba parte de su plan, sino de sus gustos personales. No dejaría de ser él solo porque estaba a punto de tomar otro apellido. La suavidad al ponerse la pantaleta erizo sus piernas, lo hacía cada vez. Eran mucho más tersas que cualquier bóxer, y embellecían su trasero también. La tela se transparentaba justo lo suficiente para dejar entrever la piel que yacía tras de ella, como la línea entre sus nalgas, provocadoramente. Se puso también el negligé, blanco por igual y se lo acomodo con los seguros. Se miró de nuevo al espejo, una sonrisa de satisfacción pequeña en su rostro. La manera en la que sus músculos estiraban la tela, jugando al borde de lo masculino y femenino era tan encantador de ver para él. No se preocupó por el reloj. Quedaba tiempo aún. Si las quejas aparecían, al diablo, después de todo era la novia, y estas siempre tardan en arreglarse. 
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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Dom Ene 15, 2017 4:19 pm
Dos dinastías unidas en un solo evento. Resulta normal que la prensa se haya matado por intentar obtener una acreditación para mi boda. He dado preferencia a los medios corruptos y a los que más simpatizan con la causa. También a aquellos a los que hemos tenido que enviar algún que otro agente para ponerlos así, de nuestro lado. Por el contrario, también hacen presencia determinados fotógrafos sujetos a intereses de clanes rivales. No importa. En absoluto importa. Nada mejor que enviar uno o dos sobres a los archiconocidos enemigos. Una invitación inesperada siempre sienta mucho peor. Es un juego de ajedrez. Mi puta boda y todo este decorado lo es. Un evento majestuoso y perfectamente organizado, cierto, pero nada más que puro decorado. Puro teatro. Todos y cada uno de los invitados son meros actores. Algunos presencian mi boda por miedo, otros por obligación y otros, por puro interés.

La lluvia de flashes me rodea nada más llego al recinto seleccionado para unirme en matrimonio con uno de los hombres más influyentes de la ciudad. Debo reconocer que no resultó ser mi primera opción, pero había salido ganando con el cambio. Quizás su apellido no estuviera tan involucrado en el mundo oscuro como lo era el mío, el de Mr. Arkwright. Lo que queda claro es que mi esposo Laurent, incitado quizás por su familia, ha visto en esta propuesta una buena razón para acercarse al suculento proyecto de casinos que pronto llegaría a la ciudad. Hablo de tener suerte con el cambio. No conozco demasiado a mi supuesto marido y temo que sea un hombre al que le pueda dar poco uso. Joder menuda sorpresa. Mi futuro esposo podría ser penetrado fácilmente durante horas. No me importaría hacerlo. No me importará intentarlo esta misma noche en el hotel donde celebraremos nuestra noche de bodas. Es un hombre indudablemente atractivo y ligeramente más joven que yo. Imagino mi polla vertiendo regueros de cálida leche entre las paredes de sus nalgas. La idea me estremece. Puedo casi recrearlo al cerrar, durante un instante, los ojos.

Muchos comentan y saben que esto es una boda de interés. Una que ha puesto realmente nerviosos a mis rivales más directos. Me he asegurado que la prensa de suficiente bombo al evento. A priori tampoco resulta difícil que se hable de ella, que dos hombres se casen siempre suele bastar per se. Igualmente, lo he reforzado como mejor se me da, a base de miedo y a base de talonario. Todos en la puta ciudad deben hacerse eco de la noticia. Todos y cada uno de los habitantes de Beverly Hills sabrán de esta unión entre dos fortunas, dos verdaderos imperios y símbolos en la ciudad. Sabrán de la unión, de dos poderosos apellidos, que les hará prácticamente imparables. Con gafas caras de sol decido atravesar la especie de capilla improvisada en el recinto. A mi paso compruebo que los invitados más ansiosos comienzan a llegar. Entre ellos uno de aquellos perros italianos que controlan el noreste de la ciudad. Le esbozo una sonrisa, pues sé que viene nervioso ante el cerco creado gracias a mi sublime movimiento en nuestro particular tablero. La distancia que recorro me basta para darme cuenta de que todo está en su sitio. Los grandes ramos de rosas blancas decoran la especie de altar, los músicos comienzan a colocar sus atriles, la prensa recibe lugares concretos desde los que transmitir el evento, los últimos nombres de los invitados se colocan en pequeños carteles sobre los que serán sus asientos.

La noche anterior decido reservar una de las salas para hacer el cambio de vestuario allí. Una mundialmente conocida firma de moda me cede uno de los mejores esmóquines que jamás me hubiese probado. La prenda me va como un dichoso guante. Tela de colores oscuros y camisa clara. Desnudo en la sala decido qué ropa interior ponerme mientras uno de mis ayudantes decide dar los últimos retoques a mi indumentaria. Con vistas a la luna de miel, y fantaseando con que Laurent tuviera sentimientos recíprocos, decido no arriesgar y usar un entallado slip de algodón negro. Cierto es que no puedo tratar a mi esposo como a uno de mis perros, pero al menos, si confirmo que fuera verdaderamente homosexual, podría intentar cumplir fantasías que desde días rondaban mi cabeza. Me encantaría humillarle, mear sobre su cuerpo e incluso defecar dentro de su boca. Me gustaría tratarle como alguno de los perros que guardo en mi sótano, pero su apellido me lo impide. Su estatus y entorno me dan absolutamente igual, salvo por el pequeño detalle de la supuesta alianza que he firmado con todos aquellos que portan su mismo apellido. Si no fuera por el interés económico ya me hubiera perdido entre sus abultadas nalgas. No me importaría matarle si no siguiera mis juegos ni caprichos. Pero la situación es ahora diferente. Si algo ocurre entre el joven millonario y yo debe ser consensuado. Al menos, en un principio hasta que me sintiera capaz de someterle a mi voluntad. Al menos durante un tiempo hasta que ya no me hiciera falta seguir determinados intereses comunes con miembros de su familia. El tiempo transcurre en la sala. Tan rápido que apenas me doy cuenta del revuelo que ya se comienza a formar fuera. La música de los chelos y otros instrumentos de viento comienza a sonar en la sala contigua. Supongo que hay cierto nerviosismo, incluso en un evento meramente burocrático como lo es esta farsa de boda.

Tocan a la puerta. Apresuro y justo, termino de cerrar las empuñaduras de mi camisa antes de infundirme el chaleco y encima, la entallada chaqueta solo disponible para bolsillos de unos pocos. Sigo todo tal y como indica el protocolo. Un hermano de la criatura es el que me acompaña hasta uno de los extremos del altar. Los compases de los violines y aquel solitario piano acompañan mis torpes pasos. Hacía tiempo que no olía tan bien. Hacía tiempo que no me daba un baño así. Hacía tiempo que no me perfumaban tanto. Por lo general solía oler a hombre. A obrero con cierto aroma a roña y sudor de axila. Mis visitas al sótano, mis adicciones y mis prácticas sexuales extremas no ayudaban nunca a suavizar mi característico olor. A un lado del adornado altar espero a quien será mi esposa. Digo esposa pues Laurent, tal y como indican las leyes del Estado, ha sido el que da el paso de adoptar mi apellido. Está claro quién es el hombre de la relación, quien va a llevar la batuta en todo lo que refiera a nuestra aparente historia de amor. Estoy ansioso. Me dejan solo. Espero y espero. Laurent debe estar a punto de aparecer. Las cámaras se preparan y los objetivos que segundos antes me retrataban, se centran ahora en la puerta desde donde hará acto de presencia mi futura esposa.



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Mensaje por Laurent Blackthorne el Mar Feb 14, 2017 8:15 am
-¿Qué carajos crees que haces? – preguntó su padre en el momento en que lo atisbo. Laurent se regocijo de la reacción.
-Na-ah papi – esbozó con un todo pacificador. Su padre lo tomó fuertemente del brazo, y el castaño sin inmutarse continuo con su posición retadora – es el día de mi boda, no querrás hacer drama y echarlo a perder.
-Si crees que jugando estos estúpidos juegos… - la cara de su padre se estaba tornando peligrosamente roja. La vena de su frente se hinchaba hasta un grosor no antes visto.
-No estoy jugando a nada – le cortó en seco, para soltarse de su agarre y acomodarse propiamente a su lado, entrelazando sus brazos como debía ser – me vendiste como una esposa, ¿por qué no he de tomar el papel? – Laurent le sonrió déspota, ambos ya a las puertas de la iglesia. Los que estaban ahí de chalanes solo le miraron de reojo, sin atreverse a prolongarse temiendo que sus caras delatasen lo que estaban pensando.

Sintió en el momento en que su padre cedió, perdiendo la batalla. Laurent estiro el cuello, enderezando su espalda. La música comenzó a escucharse del otro lado y entonces, las puertas se abrieron. Fue cegado momentáneamente por la luz, lo que le impidió ver la multitud, pero  pudo escuchar su sorpresa. Ninguno de los invitados ahí imaginó que esto sucedería, y varios aún estaban indecisos de cómo es que debían reaccionar. Laurent absorbió la incertidumbre de la capilla, alimentándose de ella. Dio el primer paso sobre la alfombra escarlata, lamentando que esta ahogase el sonido de sus zapatillas. Una suave sonrisa en su rostro, mientras avanzaba por el pasillo, casi arrastrando a su padre quien tampoco sabía muy bien cómo actuar, más hacía el intento de parecer orgulloso y feliz de que fuesen a celebrar tan especial día.

Laurent sabía que se veía bien. A pesar de su figura indudablemente masculina, el vestido que portaba se ceñía a su cuerpo jugando con las formas a las que debía adaptarse. Con una silueta de sirena, y una copa que caía en capas de encaje, era el perfecto vestido para él. Seguro de que esperaban verle con un esmoquin, era solo natural que muchos no pudiesen cerrar la boca. El velo que lo cubría de los demás, no le impedía ser testigo del debate interno que los carcomía. Habiendo visto la lista de invitados, Laurent sabía muy bien que las personas más poderosas de la ciudad estaban presentes, como las más peligrosas. Los fotógrafos no se detuvieron ni un solo momento, tomando fotos desde todos los ángulos posibles. El castaño intento dar pasos lentos para permitirles atrapar cada instante. Se preguntó en cuanto es que tendrían que pagar de más para hacer de las noticias más favorables. Tendrían que escribir bien acerca de ellos, elogiar lo bien que se veía en ese vestido, que no era para nada extraño que un hombre decidiese usar uno en el día de su boda, que estaba imponiendo una nueva moda, y por supuesto, hablar de la diseñadora y lo que todas las aspirantes a esposas debían buscar si querían considerar su boda un éxito.

Un pequeño movimiento del peón, y el tablero se descontrola. Mira aquellos a los que reconoce, los otros mafiosos y rivales que han decidido acompañarlos. Bajan el rostro apenas hace contacto visual con ellos, y no sabe la razón aunque puede imaginarla. Lo que Laurent no sabía, es que temían faltarle al respecto, con el hombre que lo esperaba en el altar, viendo a cada uno de ellos. Entonces dirigió su atención a él, al rubio que yacía al final del pasillo. En su rostro, no había nada que pudiese leer, quizás en sus ojos, pero el velo no le permitía ser certero. Su padre a su lado, quizás ya habiendo aceptado que no podía cambiar lo sucedido, se mostró más complaciente, sonriendo de lado a lado. Debía estar imaginando lo que estaba ganando con aquella boda, en vez de tener que reconocer que su hijo estaba vistiendo un vestido de novia. Lo que sirviera para que durmiese tranquilo en las noches, caviló Laurent.

Estando al pie del altar, se detuvieron. Laurent giró hacía su padre, quien después de un segundo cayó en cuenta de lo que pretendía. En sus labios se dibujó: debes estar jodiéndome, pero no lo dudo mucho para cederle el capricho. Tomo el velo con más cuidado del que esperaba, para pasarlo por encima de su cabeza, hacía atrás. Laurent iba maquillado muy tenuemente, solo una capa de polvo para eliminar el brillo en las fotos. Si sus labios brillaban de más, bueno, ese era su secreto. Con la bendición forzada de su padre, se colocó frente al hombre con quien iba a casarse. Aquel sujeto podía haber sido más feo, eso lo haría más fácil para Laurent. Podría odiarlo si fuese horrible, más no era el caso. El rubio delante de él era todo menos eso. Un hombre muy atractivo que se antojaba peligroso. Una bestia que decidió jugar a ser hombre por un día, y atarse en anillos dorados en una promesa que pretendía ser para siempre. 
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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Vie Feb 17, 2017 11:06 am
Los músicos saben que no debe haber margen de error. La gran puerta de acceso principal al salón se entreabre. Los compases de la marcha nupcial aparecen en escena. La música deja de ser la principal protagonista en el desfile de mi futura esposa. Miro hacia la puerta, la reacción del público me obliga a apresurar mi mirada hacia el foco que produce aquellos variopintos rostros entre los asistentes. Murmullos hay muchos, tantos que disminuyen la apreciación de la música. En los rostros que analizo hay cabida para todo. Incredulidad, vergüenza ajena, estupefacción, sorpresa, devoción, humillación, atrevimiento y por supuesto, diversión. Supongo que la cara del archiconocido padre refleja gran parte de aquellos adjetivos. Está entregando y exponiendo a su hijo al público, a las cámaras, a todos los medios del jodido país. Mi futura esposa, Laurent Blackthorne me decepciona. Me deja en evidencia. Me deja absolutamente hundido en el mayor de los ridículos. Yo, el puto amo y señor de la ciudad. Yo. Ese que se ha ganado su puñetera reputación a base de hacerse respetar. A base de hacerse ganar un mínimo respeto. Siento bochorno, en muchas ocasiones me siento incapaz de sentir nadar. Esto me demuestra que tengo un lado humano, que pese a ser un verdadero monstruo sigo vivo.

Analizo la cara del funcionario que dirige la ceremonia. El perro vendido no se atreve ni a mirarme directamente a la cara. No sabe que expresar. Yo quiero pagarlo con alguien. Mi rostro se enrojece de furia y mis ojos se vuelven cristalinos. Intento aflojar un poco el dichoso nudo que estruja mi garganta. Unos cuantos van a pagar por esto. Muchos lo saben. Mi esposa sigue avanzando por el pasillo, orgullosa posiblemente de su acto de rebeldía ante la venta pactada por su padre. Parece desconocer las grotescas consecuencias que su acto esta noche va a tener. Hijo de la gran puta. El viejo Blackthorne percibe mi ira. Tiene miedo, me entrega a su hijo en el altar con sumo cuidado. Teme que le reviente la cabeza a patadas en medio del glamuroso acto. Las lluvias de flases me ciegan por completo cuando la pasiva novia llega a mi altar. La instantánea ocupará mañana la plana principal de los diarios más prestigiosos de todos los Estados Unidos. Se supone que esto era una alianza. Mostrar poder hacia lo demás. Mierda. Mierda, mierda y mierda. Mi mirada se dirige a aquellos peligrosos rivales a los que invito a la puta ceremonia. Se están riendo del espectáculo en mi puta cara. Soy el hazmerreír de parte de los asistentes. Analizo esas caras que sonríen. Recuerdo los detalles desde el altar, cada detalle, cada arruga y, sobre todo, cada diente. Aquellos que les haré arrebatar uno a uno y a patadas. La situación se escapa de mi control. Observo a la radiante novia mientras su padre le retira el velo. El hermano de la zorra a la que voy a tomar por mujer parece estupefacto. Nadie da crédito.

Cuando mi novia está lista aprieto con fuerza los puños. Miro a mis chicos y en ellos no veo ni ápice de sonrisa. Me conocen y saben muy bien lo que pasa por mi cabeza. Se cagan encima de pensar posibles consecuencias. Muchos miran al suelo, otros en cambio muestran semblantes serios y largos. Parece que eviten respirar. Joder, que sí lo hacen. Las uñas quedan marcadas en las palmas de mis manos. No sé si seré capaz de contenerme, pero debo intentarlo. Muchos altos cargos, gente influyente y seguridad privada. Asesinar con mis propias manos a la vergüenza de los Blackthorne es algo que me debo guardar para un evento menos retransmitido y público. — Que sea rápido – insto al funcionario que pronto abre sus anotaciones y se acerca al micrófono. En ese momento me acerco al patriarca de los Blackthorne y le hago severas declaraciones al oído. La novia parece ajena a todo. Ajena hasta que le tomo firmemente y con cierta agresividad de la muñeca. Debo reconocer que hasta de mujer está para preñarle. Me recuerda tanto a mi hija… Pienso si debe correr su misma suerte, quizás deba pensar algo todavía peor. Los dos extraños, marido y mujer, nos ponemos de frente al altar. La voz del funcionario retumba por toda la sala — “Queridos hermanos, estamos aquí reunidos…”


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Mensaje por Laurent Blackthorne el Sáb Feb 25, 2017 9:35 pm
A pesar de haber obtenido lo que quería, el enojo de su padre y la reacción del público; Laurent no se sentía victorioso. Algo dentro de él supo que había hecho algo que puso las fichas a caer. Vislumbro cuando su esposo a ser se acercó a su padre, dirigiéndole unas palabras que no logró alcanzar. La expresión que vio en su rostro, una que jamás presenció antes, le hizo saber que cometió un error demasiado grande. No es sino que hasta el ministro comienza a hablar que sopesa las consecuencias de sus acciones. Su alto de rebeldía, que pretendía demostrar su valor más allá del significado de esa boda, no la nulificaba por completo, sino todo lo contrario. No estaba ahí representándose así mismo. No era un trofeo a obtener. Era una pieza del tablero, un alfil que fue demasiado tonto para verse atrapado ahora entre la torre y la reina. Las manos que sujetaban fuertemente las suyas, solo aumentaban su preocupación. Laurent cayó en cuenta que no le faltó el respeto solo a su padre, sino al hombre que estaba delante de él y lo que representaba. La reputación que el rubio ostentaba era demasiado llamativa como para no saber que era un tipo peligroso. Se mordió el labio, mortificado. Ni siquiera pudo disfrutar de la cara de idiota que su hermano aún tenía, no siendo capaz de asimilar la imagen delante de él. Era como ver intentar ver a un pez sumar dos más dos.

Su mente inmediatamente inició a idear todos los posibles escenarios en que su acto de rebeldía afectaría esta nueva alianza. El fuerte agarre que sostenía el otro sobre él no lo intimidaba más que la fuerza escondida que yacía en el alcance de ese hombre. Intentó dulcificar como se veía hacía terceros, no queriendo darles una falsa imagen de lo que acontecía en el altar, aunque algunos de ellos sabían que era un matrimonio arreglado. La reina con el alfil, eso eran en ese momento. No podía considerar al rubio como el rey, porque sabía que su contraparte femenina era la que realmente poseía todo el poder. Mientras que el monarca dependía de la protección de otros, la reina puede moverse con libertad sobre el tablero, comiendo y acechando. Laurent se preguntó que era lo que estaba pensando el otro en ese momento. Si lo odiaba, y de que maneras ideaba matarlo para enviar un mensaje. No puedo hacerlo, caviló, sería demasiado sospechoso, muy obvio deshacerse de él. Apuntaría por uno de sus familiares más cercanos. Sus hermanos eran unos idiotas, pero jamás les desearía una muerte a manos de una persona así. Había presenciado ya unas cuantas veces la manera en que se despachaban a las personas en su línea de negocios. Un balazo entre las cejas funcionaba muy bien la mayoría de las veces, y el odio variaba entre el calibre del arma. Más cuando la creatividad se dispara, Laurent juraría que un balazo en la frente es más misericordioso.

Laurent no dejo sin embargo que su rostro mostrase alguna seña de preocupación, mostrándose circunspecto, más no orgulloso. Estaba en los terrenos de una bestia furiosa, y ya había sangre de por medio.  La ceremonia continúo sin interrupciones, rápidamente como pidió el rubio. Laurent no preparó sus votos para ello, ninguno de los dos al parecer, así que se saltaron esa parte. Cualquier discurso o poesía que pudiesen soltar se sentiría falsa en sus labios. No era capaz de vender amor fingido, ni siquiera a punta de pistola. El castaño mantuvo la mirada en la de aquel hombre, procurando ser consciente de lo que yacía detrás del color de sus ojos. La sangre que estos habían visto ser derramada por sus manos, y las muchas atrocidades que le acompañaban. No portaba orgullo en su pose, se podía leer una docilidad que pretendía ser casi una disculpa, pero solo por un segundo. Habiendo cometido ya una falta, no tenía sentido fingir condolencias. Laurent podría ser una oveja en las fauces del lobo, pero no moriría corriendo, no huiría cobardemente. Alzó el rostro, sin ser altivo, tampoco condescendiente. Soy la persona que tomaras por esposo, sin otra razón más que el poder que nos une. El ministro comenzó a dirigirse a él exclusivamente, había llegado el momento en que debería aceptar su destino, y no por ello significa que me rendiré a ti. No te tengo miedo.

-Laurent, ¿tomas por esposo a Griffon?- preguntó el mayor, viéndolo nerviosamente.
-Acepto – respondió con una sonrisa, dirigida a él, su esposo.
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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Dom Feb 26, 2017 6:03 pm
Nunca en mi vida me he sentido tan avergonzado. Intento aflojar todavía un poquito más el nudo de mi corbata. Pese a intentarlo una y otra vez, no consigo hacer desaparecer la enorme presión que siento en mi garganta. Hay una especie de nudo que definitivamente no parece ser producto del estrangulamiento provocado por aquella prenda de cara seda. Miro a mi nueva esposa. Miro al desvergonzado hombre que hoy me toma como su legítimo esposo. Mi mano sigue ejerciendo una fuerte presión sobre su muñeca. Ligeramente sudorosa, mi mano no deja de ejercer presión sobre su piel. Su maquillaje es tenue y resalta alguna de sus facciones. Es mi segundo matrimonio, la segunda vez que tomo a alguien como esposa. Laurent Blackthorne está casi tan radiante como mi primera mujer el día de su boda. Parte del hermoso vestido tiene transparencias. Mi nueva esposa se muestra sugerente con un tejido que acentúa su delicada musculatura. Yo soy un hombre no solo más alto, sino también más musculado y corpulento.

Su escote es sugerente y su retaguardia queda abultada bajo la elegante tela. Debo confesar que de blanco está más guapa que mi anterior mujer. Por un momento olvido la rabia y el odio que le tengo. Olvido las represalias que ya guardo y que le tengo juradas. Olvido que estoy a punto de darle el sí quiero a alguien que me ha dejado en evidencia ante los más influyentes de esta puta ciudad. Olvido que siento unas ganas enormes de romperle la cara a puñetazos, consiguiendo borrar así, su aparente orgullo por semejante acto de rebeldía. Olvido e imagino que me puedo encontrar debajo de aquel traje. Durante largos minutos me quedo en blanco. Mi mujer parece haber dado ya el paso. Ha dicho que acepta. Yo en cambio imagino si llevará puesto algo de encaje. Imagino si lleva o no un minúsculo y ajustado tanga. Fantaseo con la idea de imaginar si tiene un coño tragón y prieto. Imagino mis bruscas manos haciendo a un lado el hilo del pequeño tanga. Imagino mi polla humedeciendo la prenda. Imagino mi monstruoso rabo adentrándose en su prieta cavidad y rebozando esta de mi cuantioso, grumoso, pegajoso y sumamente cálido vertido. Imagino pues me gusta hacerlo. Imagino que cantidad de leche puedo derramar antes de preñar duramente su coño. La mera idea hace que mi polla comience a latir con fuerza debajo de mi cremallera.

El funcionario sigue la orden a rajatabla. Se apresura y parece que quiere acabar cuanto antes. Como muchos habitantes de la ciudad, el muy cobarde teme posibles y duras represalias. Cuando mi esposa da el ‘sí, quiero’ una potente lluvia de flashes alumbra el altar. Dedico una última mirada a mi querido suegro. Miro a mi esposa y pronuncio sus mismas palabras. Le doy también el anhelado ‘sí, quiero’. Con mis palabras se firma y sella un poderoso y ambicioso pacto. Se gestan los cimientos de un poderoso matrimonio de conveniencia. Dos apellidos importantes en la ciudad dejan casi noqueados, de golpe y plumazo, a todos sus rivales. Aquellos que también anhelan y desean el suculento proyecto que está a punto de llegar a la ciudad. Puede que esos hijos de putas ahora mismo se estén riendo de mí. Pero si algo sé de antemano, es que quien ríe último ríe doblemente mejor. El joven Blackthorne me ha dejado en evidencia, pero con nuestra unión he conseguido lo buscado. He conseguido convertirme uno de los hombres más ricos e influyentes de toda la puta ciudad. Los males menores provocados por su osadía serán solventados muy pronto. Espero que muy, pero que muy pronto. << Y con esto os declaro marido y marido >>. Mi boda se convierte en un puto circo mediático. Mi boda acaparará ahora, todavía más portadas y cabeceros dentro de la prensa nacional. Antes de que el funcionario continúe con las siguientes y conocidas palabras, me lanzo. Mis labios se sellan con los cálidos labios de mi esposa. Siento la humedad y el calor de estos en los míos, los más agrietados. Durante medio minuto nuestros labios permanecen sellados y nuestras bocas se unen ante un sagrado voto. Siento su calor e imagino el uso que podría dar a esos labios. A mi aberrante polla le gusta estar en sitio así. Laurent Blackthorne renuncia a el apellido que lleva de cuna. Renuncia a una herencia porque así lo considera relevante su familia. Mi esposa, la señora Laurent Arkwright está a punto de firmar aquellos documentos que harán ineludibles sus últimas palabras. Me despego de mi mujer. No sin antes, propiciarle un pequeño mordisco en su labio inferior. Un mordisco que suena a clara sed de venganza. Sonrío, pues sé que me están grabando.


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Mensaje por Laurent Blackthorne el Vie Mar 10, 2017 7:38 am
Lo que Laurent quiso probar con su desafío, se sintió insulso al pronunciar aquellas palabras. Era una rendición de su persona, una entrega mucho más personal que los papeles que harían de todo aquella escena tangible y legal. El beso fue quedo, correspondiendo a la actuación, fingiendo amor donde no lo había. No pudo probar en los labios ajenos rencor u odio, el hombre delante de él seguía sin darle nada, un atisbo de su destino por lo que había hecho. Tragó con dificultad, tomando la pluma con una mano más firme que cualquiera de sus pensamientos en ese momento. Caóticos, se arremolinaban incitándolo a desobedecer. Podría no firmarlos, salir corriendo. Mira hacía la puerta, preguntándose que tan lejos llegaría. Podría imaginar el fatídico destino que sufriría su padre, sus hermanos si es que no eran ejecutados en el momento, y él, bastaría un disparo en la espalda. Mejor no manchar este hermoso vestido con sangre, cavilo Laurent, subyugado al juego de poder en el que formaba parte y lo reclamaba ya no como un alfil. Se sentía diminuto, apenas un peón. El que abre la partida, sabiendo que va a morir. Los fotógrafos no han parado de tomar fotos, y él se ha perdido por unos segundos. Vuelve así mismo, firmando con su nombre el acta de matrimonio que sella el máximo propósito de su unión. El poder de ambos ha crecido, el de su padre, y el de ahora su esposo. Aunque en la cadenas el rubio es quien poseía el terreno más alto. Laurent agachó el rostro, derrotado y sin ganas de encararlo.

Abandonaron la iglesia, Laurent siguió a su padre y se fue con él en la camioneta junto con sus hermanos. Durante el trayecto al hotel más caro de la ciudad, donde se festejaría la fiesta, su padre no paro de gritarle, rojo del enojo por lo que había hecho. Enlistó todas las razones por las cuales era un estúpido, y que tuvieron suerte que Griffon no hubiese decidido terminar con todo eso en el momento. El castaño no estaba realmente prestándole atención, solo veía por la ventana el mundo que parecía estar escapándosele de las manos. Era un prisionero en una jaula dorada, sino es que un hombre sentenciado con uniforme de diseñador. Su hermano el mayor quien conducía, no podía evitar regresar a verlo por el retrovisor. Aún parecía confundido por el vestido. Al menos eso le robó una sonrisa. Cuando llegaron, se metieron por el estacionamiento subterráneo, donde ya estaban su esposo y sus hombres. A pesar de que se habían ido separados, entrarían juntos al gran salón, como la pareja que son. Anduvieron todos juntos hasta la primera planta. El hotel fue reservado con anticipación, y se tomó las medidas para que fuese una fiesta en su totalidad exclusiva. Tan siquiera alguien intentaba robar un canapé, y terminaría frío en el callejón adyacente con el resto de la basura.

Laurent se reprimió de decir algo cuando los dejaron solos, a él y su esposo. Debían esperar a ser anunciados. La presencia de aquel hombre, como una manada de lobos en la oscuridad era peligrosa y atemorizante. Lo mantenía al suspenso esperar por la mordida que desgarraría su cuello. Se acercó entonces a él, a su lado, tomándolo del brazo con cuidado, sus movimientos visibles al otro. No quería darle una intención equivocada, no tenía cuchillos que sacar de ese vestido. A su lado, Laurent era más pequeño. Tan solo tomarlo del brazo le hizo darse cuenta de lo ancho que era. Un hombre así le hubiese hecho flaquear inmediatamente, queriendo arrodillarse para apreciarle como es debido. Se preguntó entonces si podría usar el sexo como disculpa, si ofrecerse ahí mismo serviría para borrar la gran deuda que tenía encima, y la marca en su espalda. Se mordió los labios, hincando los dedos débilmente sobre el bíceps del rubio.

La puerta se abrió de par en par, no escuchó nada de lo que acontecía del otro lado. Los aplausos llenaron el salón, y ambos entraron en escena. Laurent proyecto una sonrisa jovial. Había sobrevivido unos minutos a solas con Griffon. A su lado, como su esposa, caminaron hasta la mesa principal, donde tomaron sus respectivos lugares. No pudo distraerse con todo el lujo que abundaba, no se midieron en algo tan tonto como el dinero. Era una proyección de su status. En su pecho, Laurent podía sentir una molesta sensación que arraigada, no iba irse fácilmente. Se intensificaba con la cercanía de Griffon, una a la que cedía, buscándolo. Se dieron los brindis, su padre fue el primero en hablar. Logró engañarlo con su discurso, quizás se había tomado algunos tragos en lo que estaban en el recibidor. Después hablo un hombre que era de los círculos de su esposo, deseándoles buena suerte y todo eso. Laurent podría sobrevivir a la fiesta, la disfrutaría incluso, al menos las pequeñas cosas; el pastel se veía delicioso. Jugaría a la esposa en lo que caía la noche porque cuando todo eso acabase, ya no se iría con su padre, sino con Griffon. La oveja caminaría dentro de la cueva del león, voluntariamente, esperando no ser devorada. 
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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Sáb Mar 25, 2017 2:27 pm
El beso que planto a la señora Arkwright parece ya un lejano recuerdo. Plantado en el altar, me limito a observar como a mi esposa parece temblarle el pulso ante la firma de los burocráticos documentos. Los objetivos de más de medio centenar de cámaras parecen también interesados en retratar para la posteridad aquel bochornoso momento. Mientras se agacha mi flamante esposa, puedo notar como en su retaguardia se marca aquella delicada ropa interior de encaje femenina que lleva. Sin duda alguna, una mucho más sugerente que la que llevaba mi primera mujer en el día de nuestra fatídica boda. Mi vista se centra en aquel prieto culo, el cual ya tomo como pago particular ante la ofensa que sufro durante la ceremonia. Cuando llega mi turno, yo también me agacho ante el notario e impreso mi firma en la esquina inferior derecha de cada página de la que consta el matrimonial documento.

Por desgracia, mi esposa decide abandonar la ceremonia a toda prisa. Una lástima que, junto al resto del clan de los Blackthorne, el señor que me la entrega decida arrebatármela tan pronto. Una parte de mí se alegra, la distancia hace posible calmar mis nervios. Para la atractiva y flamante señora Arkwright ya tenía una pequeña primera sorpresa preparada. Tras la breve ceremonia y de haber decidido acompañarme Laurent a la sala en donde me pongo el traje previamente, no creo que me hubiese podido contener ante la humillación que en este día tan señalado sufro. Posiblemente, hubiera aprovechado la hebilla de mi pantalón o quizás, mis propios puños. Con las manos desnudas o con cualquier otro artilugio, lo cierto es que le hubiera golpeado por todos lados. Lo hubiese hecho con tanta fuerza que parte de los asistentes aún presente en la sala contigua de la ceremonia se hubiesen percatado de nuestro pequeño malestar. Hubiesen sido testigos de las voces de lamento y suplica de mi nueva y bella esposa. Casi puedo imaginarlo, pero por desgracia todo queda en eso. En una efímera ilusión. Uno de mis chicos me alcanza un pañuelo al ver que aún estoy bastante alterado. Con este, decido apartar de mi frente alguna que otra gota de sudor que cae ya por esta. Mis chicos me indican que los buitres me esperan. Con una de mis mejores e inexistentes sonrisas, decido avanzar para atender a los alborotados medios. Una vez más en esta puñetera ciudad, soy el puto foco de atención. En estos momentos, lamento haber invitado a tantos al evento.

Los minutos que permanezco sentado en la parte de atrás de uno de mis coches de alta gama me sirven para recomponerme. Un poco de magia blanca hace el resto. La idea de golpear a mi prometida hasta decir basta hubiese acontecido de ser las circunstancias diferentes. Supongo que debo dar las gracias a mi suegro, supongo que este advierte y entiende a la perfección el peligro de mis temibles miradas durante la ceremonia. Ahora respiro aliviado. Lo hecho, hecho está, además no creo que me hubiese interesado presentar a mi bella esposa ante el resto de invitados de nuestro banquete completamente amoratada. Los golpes y las embestidas las dejaré para después. La noche aún es joven y larga. Muy, pero que muy larga para mi nueva esposa. De eso último, estoy ya prácticamente seguro. Las luces se vuelven a volver tenues cuando Shitskin conduce uno de mis mejores coches al subterráneo de aquel caro hotel. Me bajo y espero en el recibidor junto a mi nueva esposa. Hay gente que nos rodea y por desgracia, no puedo disfrutar de la intimidad que ahora mismo me gustaría tener con ella. Me doy cuenta de lo que llevo haciendo durante todo el trayecto, así que uso los dedos de mi mano para sacudir lo que pueda haber quedado acumulado justo debajo de mi nariz.

Percibo su aroma estando tan de cerca. Por mucho que se vista de putita, puedo percibir el olor de sus masculinas feromonas. Está nerviosa y espero que, en un par de horas, completamente húmeda y excitada. Me muero por saber cómo tendrá la entrada de su prieto coño. Si tendrá vello o si por el contrario, lo tendrá completamente rasurado. Le miro a los ojos y le hago entrega de una aterradora y oscura sonrisa. Nada más, pues el tiempo que compartimos es sumamente escaso y breve. Mi bella esposa se agarra fuerte de mi brazo, la zorra parece disfrutarlo. El salón que acoge el banquete es justo lo que espero. Todo está en su sitio. Todo está perfectamente adornado. Todo, hasta la ubicación de los invitados que nos rodean, aquellos que se sientan más próximos a los protagonistas del evento. Veo como mi chica intenta hablar con parte de mis representantes. Yo me centro sobre todo en el clan de los Blackthorne. Especialmente, me gusta centrarme en mi suegro. Con mi esposa apenas intercambio palabras. Tan solo algún que otro beso o gesto cargado de una inexistente y falsa complicidad. Gestos que nos piden tanto el público como los asistentes más entregados. Hoy es el día de aparentar y de poner sonrisas para todos así que como se espera de mí, cumplo con todo lo esperado. Durante las charlas bebo y bebo. Lo hago porque me gusta y porque quiero olvidar parte del bochorno experimentado. Algunos de mis hombres más cercanos me notan más violento que de costumbre. Las rayas de coca y el alcohol no me suelen sentar demasiado bien. Intento calmarme y agradezco que, con la llegada de la tarta, por fin llegue el punto y final del banquete. Sonreímos y repartimos los primeros trozos. Lo hacemos haciendo uso de aquella afilada y pesada espada. Como mujer y marido damos las gracias a los asistentes. Agradecemos sus mierdas y su compañía. Por fin llega el momento que tanto anhelo, el momento de estar solo junto a mi flamante esposa. Agarro la cola de su vestido mientras se adentra en mi coche. Atrás dejamos a toda su familia. Hay miedo en los ojos de estos últimos, pero, sobre todo, hay miedo en los ojos de mi guapísima mujer. Cuando cierro la puerta de la señora Arkwright me giro y entrego una sonrisa llena de significado a mi suegro y a cada uno de mis avergonzados cuñados. Por fin puedo quedarme a solas con mi mujer. Por fin puedo mostrarle como me siento ante lo ocurrido. Repito, la noche es joven y afortunadamente no ha hecho más que empezar.


TEMA FINALIZADO.



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