I.
II.
III.
IV.
V.
Hasta hace cinco años las disputas entre la comunidad judía cristiana y la comunidad LGBT crearon un caos por la dominación de Beverly Hills pero la sociedad LGBT de Los Ángeles y todo California se aliaron a dos diputadosen su afán por crear una igualdad en todo en California, por lo que apoyados por un grupo de empresarios, atletas, músicos y atletas fue que lograron una legislación para la creación de una zona exclusiva para esa comunidad.
El principal activista de ese movimiento y ahora alcalde de Beverly Hills, Travis Denker ha estado acondicionando una ciudad perfecta donde la igualdad prospera, pero lo que no se sabe era que en parte ese proyecto fue para encubrir ciertos negocios ilícitos que tenía con ciertas mafias internacionales. ¿Qué pasaría si la mafia decide cobrar favores?
ambientación
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Paparazzi y Staff de Beverly Paradise, por la historia y trama.
Damien Aubriot : Modificaciones al skin, tablillas, tablones, y otros códigos.

También agradecemos los tutoriales de Glintz
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Mensaje por Simon D. Arkwright el Jue Dic 01, 2016 5:19 pm
Era un monstruo, una bestia con dos penetrantes ojos brillantes que amenazaban con succionar tu alma. Sus garras habían dejado marcas sobre mi piel, señales que reflejaban el dolor por el cual me había hecho pasar, marcas que se quedarían ahí y en algún momento desaparecerían pero los rastros emocionales se mantendrían y me perseguirían por largo tiempo.

Siempre me había considerado un ser astuto, alguien inteligente e independiente que se encontraría con la solución a sus obstáculos. Estaba claro que mis planes habían fallado en algo importante, pues ahora estaba aquí, con mis opciones desintegrándose ante mis ojos y con mi cuerpo claramente transformado por el resto de mi existencia en el plano físico. Aquel espejo con el que me habían dejado me había servido para torturarme a mí mismo, observando el reflejo con asco y desesperación, todavía confundido de que eso fuera posible, de que yo hubiera caído víctima de ello, ¿cómo había pasado? ¿por qué me había dejado? Ya nada iba a ser como antes, no podría salir de aquí y pretender que las cosas mejorarían, no podría pretender que esto no había ocurrido, no podría pretender que Griffon Arkwright no existía.

Pues lo hacía, él, sus compañeros, su malicia, el pecado que había traído a la ciudad que siempre había considerado como bella. Cada rincón de la habitación en la que estaba encerrado era el recordatorio perfecto de la crudeza de este mundo, del infierno ocasionado por el rubio. El hedor y los gritos lejanos me recordaban que no estaba solo, y que, aunque pretendiera estarlo, sería una tarea fallida. ¿Cómo hacerlo cuando fuera de mi habitación se encontraba uno de los guardias que de vez en cuando abrían la puerta para escupir en el suelo sucio y hacerme lamer tierra, polvo y saliva espesa? Ahora había un toque extra de humillación, pues me miraban, desnudo como casi todo el tiempo, abierto de piernas como algunas veces me dejaba Griffon, y llorando, como él siempre me dejaba, y se vanagloriaban del estado de la nueva fémina del lugar. Presumían no haber visto antes a otra muchachita con un coño más apretado, o como Griffon se divertiría a lo loco por el resto de mis días aquí.

Aquella mañana fui despertado por la comida que fue arrojada al colchón en el suelo y miré que ahora venía acompañado de algo extra, un par de objetos y prendas que llamaron mi atención al instante. Una nota indicaba que debía ponerme aquellos accesorios o terminaría sin lengua y que tal vez se la mandarían a mi abuela con lo que había quedado de mi miembro. Me estremecí al pensarlo y no tuve más opción que aceptar aquel mandato grotesco que se me imponía.

Las prendas eran femeninas en su totalidad. Una camisa oscura con estampado brillante sobre las palabras "I love cum" me quedó exageradamente ajustada sobre mi abdomen. Una falda corta de mezclilla se encargó de tapar mis piernas pálidas y esa escondida nueva zona que tenía en mi cuerpo, medias se ajustaron a mis lampiñas piernas largas y el collar con incrustado de diamante fue aferrado alrededor de mi cuello como si fuese la mejor muestra de dominación. Sabía que tenía que recibir al rubio con ese dildo metido en mi coño y el butt plug de perro metido en mi culo pero no me sentía preparado aún para ese doble estimulo, por lo que me quedé parado, pensando en lo alejado que estaba de toda la vida que conocía, de la nueva persona que era.


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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Dom Ene 15, 2017 4:06 pm
Los perros se alborotan al verme bajar los escalones del sótano. Me saludan. Agitan la cola y se pelean entre ellos. El ruido de abrir y cerras puertas se escucha por todo lo largo y ancho del lúgubre lugar. Bajo en albornoz. Como suelo hacer siempre que bajo a esta puta estancia. La gente suele bajar así a pasear a sus perros por la mañana. Yo acudo a ver los míos, pero no los que ahora me saludan, sino los de dos putas patas. Un ajustado bóxer oscuro y algo sucio de varios días de uso es todo lo que llevo debajo. El albornoz, simple y rojo oscuro, está ligeramente desatado a la altura de mi pecho. Deja entrever mi tonificado pectoral y parte superior del mi labrado abdomen. Bajo también, descalzo al sótano de los horrores. Me disgusta pisar la mierda de los canes, pero, por el contrario, disfruto impregnando de sangre la planta de grandes pies. Avanzo mientras uno de mis chicos llama por fin a los perros. Está resultando sumamente difícil avanzar con la presencia de aquellos guardas caninos posando sus patas delanteras sobre mis piernas. Doy una calada más al pitillo mientras me dirijo a la habitación anhelada. Hay gritos. Lamentos. Lloros producidos por el dolor y el sonido de algún que otro bate rompiendo una o varias costillas. Innegable es también, el característico sonido de giros de llaves que hay siempre en mi sótano. Me encanta que se así. Me encanta que se respire sumisión, terror y puro miedo entre el hedor a sangre, orines, cadáveres en descomposición, sexo y mierda de perros.

Con la mano que el cigarrillo me deja libre sujeto una bolsa. Pequeña, con inscripciones propias de una farmacia impresas a cada lado. Pese al poco peso del contenido, sostengo la bolsa por una sola aza. Una se ha partido dejando en desequilibrio el contenido de esta; contenido guardado minuciosamente en cada una de aquellas pequeñas cajas de cartón precintadas. Doblo la esquina del pasillo principal y escupo con potencia y grumos al suelo. El hedor de aquel cubo de basura me provoca algo que no resulta ser nada bueno. Llego por fin al número de habitación que tanto deseo encontrar. El chico que se encuentra al otro lado no es un juguete nuevo. Ambos sabemos cómo ha llegado a estar en esta situación. Ambos sabemos la clase de juegos que me divierten. Las cosas que he obligado a hacer a uno de mis más rastreros perros y esclavos. Estoy frente al umbral de su puerta. Miro al guarda que la custodia. Me mira y se extraña. Me ve dudar. Nada volverá a ser lo mismo entre el inquilino y yo. No tiene por qué saberlo, pero puedo que lo acabe sabiendo. Todo llegó por lo acontecido semana y media atrás en el quirófano improvisada en aquel mismo sótano. El momento crítico de la intervención y el estado de riesgo por falta de sangre que sufrió el muchacho. Una posible donación de sangre por asegurar su vida. Falta de donantes compatibles. Un análisis. Se buscó entre mis hombres que resultaron tener distinto grupo sanguíneo. Un sacrificio, ofrecer mi propia sangre. Un resultado. Y no solo de compatibilidad. Sino una confirmación de uno de los rumores que habían llegado a mis oídos.

Siento un irrefrenable sentimiento de que no seré capaz. Que entraré en la sala y no seré capaz de verle con los mismos ojos. No podré hacer lo que venía haciendo. Violarle, golpearle, humillarle, preñarle la boca y el culo, patearle, vestirle de lo que me apeteciera, apagar cigarrillos sobre su cuerpo, defecar y mearle encima, escupirle y volver a golpearle… No sé si seré capaz. Había rumores. Eso es cierto. Pero ahora no hay duda alguna. Soy el padre del chico del que llevo abusando cerca hace de siete meses. Padre del crio al que he privado de libertad. Padre del chico, al que, por una insolente negativa, ordené cortar el pene y construirte, a golpe de corrupción y talonario, una majestuosa vagina. El análisis de sangre fue completo. Ya que me extraían sangre por aquel perro, debía asegurarme de que aquel bulo no fuera cierto. Pensé que era hijo del amante. Pensé que era fruto del perro aquel que me hizo cambiar mis gustos y mi vida. De ahí el trato que le había dado. De ahí todo aquel odio hacia el menor. Un chico sumamente atractivo e irresistible. Un chico con piel perfecta y ano escueto y prieto. Un perro al que me había follado decenas de veces a cuál más dura, violenta y cruel. Un mísero esclavo sin valor del que desconocía ser padre biológico.

Dudo si se puedo llegar a dar marcha atrás ahora. El daño está hecho. No veo salida ni solución. Si cambio en mi forma de actuar el crio, que espera la nueva y dura embestida, verá algo extraño. Me verá diferente. Me verá dudar, ser y actuar como un extraño desconocido. Dudo instantes antes de entrar, justo cuando el guarda desbloquea la puerta. La puerta finalmente cede. Entro y veo al chico con el regalo que había hecho llegar antes de saber todo aquello. No veo al menor desde el día de la operación, entre diez y quince días atrás. Mi hijo joder, el puto crio es mi hijo joder. Sigo viéndole igual de irresistible, inocente, niñato y preñable como siempre. Me duele admitirlo. O no. De haberme acordado de aquel humillante regalo hubiera dado marcha atrás. Se me había pasado por alto cancelar el pedido. No soy capaz de pronunciar palabra. Solo quiero estar cerca de mi hijo. Quizás debería empezar a utilizar el término de hija. Sí, me acerco a mi hija. Veo el terror en su mirada. El dolor de la reciente operación. Sumiso y complaciente, no duda. Se acerca cuando me ve entrar. No puedo hablar. No sé qué podría decir.

Estoy tan cerca que puedo sentir su respiración. Le rodeo y observo aquella ajustada prenda que cubre su torso. Mi hija está temblorosa, creo que ella misma sabe que ya no puede haber nada peor que aquella humillación que incluía la mutilación de su miembro. Doy una última calada y el aire que expulso golpea su rostro. La bolsa que porto cae hacia sus pies. Aún debe sentir dolor. Debo intentar cambiar. Debo ayudar a aliviar el dolor de mi niña. Pobre. Mi pobre pobre niña. Mi heredera. De haberlo sabido... Joder, ahora es demasiado tarde. – Chsss- indico a la menor depositando mi dedo índice sobre sus labios. – Hoy no quiero lastimarte. Me lo ha indicado el cirujano. Vengo a ayudarte – del bolsillo de mi bata extraigo un calmante de medio gramo. Lo agarro y lo deposito entre la comisura de sus labios. Siento la calidez de estos. Siento su miedo bien de cerca. Mi mano baja lentamente por su cadera y acaricia la media de su pierna derecha. Por el otro lado de la cadera, mi otra mano hace lo mismo y se coloca a la misma altura de la otra pierna. Bajo un poco las medias y acaricio, esta vez con más inocencia, la tez pálida de sus piernas tan musculadas para un niñato de su edad. Me agacho un poco delante de ella. Miro por debajo de su falda. Mi mano derecha sube lentamente por la parte interior de su muslo. Sube hasta aquella inversión. La mano izquierda levanta la corta falda. Mi hijo no lleva bragas. Supongo que para el dolor está mejor así. Joder. Es tan real que me da hasta susto. Aún está hinchado y existe tejido por cicatrizar. De no ser por pequeños detalles como el clítoris o el realismo de los labios, el coño de mi hijo parecería el de una puta mujer de verdad. Me atrevo a decir que resulta más bonito que el de su propia madre. El vello, rasurado por la intervención comienza a brotar por la zona. He follado cientos de coños en el pasado, el de mi hija es realmente hermoso. Le miro a los ojos. Sigo sin ser capaz de decir demasiado.

Qué demonios he hecho a mi hijo. Mi mano acaricia incrédula y con suma delicadeza lo que ahora es la raja de su vagina. Por un momento olvido que quiero que algo cambie en nuestra relación ahora que sé que es mi hijo. La intervención ha sido realmente cara así que entiendo que es normal querer tocar y comprobar bien de cerca el resultado de la intervención. Debe dolerle cuando las yemas de mis dedos recorren su vulva y raja. Debe hacer demasiado que no me follo una de esas. Eso debe ser la causa por la que mi polla se pone, incontrolablemente dura, debajo del albornoz. El coño de mi hija quema y arde. La operación está demasiado reciente. Lo observo al meter mi dedo, el más pequeño, en la grieta que ahora han formado sus antiguos testículos. El chico ha conservado la sensibilidad según el corrupto cirujano, las terminaciones nerviosas y sensibles de su polla han sido guardadas minuciosamente en el interior más profundo de su coñito. Quiero cambiar, pero una parte de mi moriría por estimular aquellas profundas terminaciones nerviosas. Mi dedo sale impregnado de sangre. Las cicatrices de su interior aún llevan puntos. Está reciente, pero debo hacerlo – Siento hacerte daño. Esta vez de verdad – confieso y me agacho para rebuscar en el interior de la bolsa que portaba. Cuando obtengo la caja más pequeña la abro mientras observo la reacción de mi hija. Se lo podía oler, pero creo que no imaginar. El dilatador más pequeño es de color anaranjado. Lleva el tamaño de un pene de tamaño medio bajo. Parece un consolador, pero es mucho más humilde y sencillo en detalles. En el interior del envase debía venir un pequeño lubricante. No hay, así que improviso un lubricante escupiendo un potente lapo sobre el aparato. Siento estar resfriado y que algo de flema y moco cayera sobre la superficie de plástico del dilatador. Indico a mi hija que apoye las manos contra la pared más cercana. Levanto su falda y libero sus labradas nalgas. La falda reposa ahora sobre sus duras y mordisqueadas nalgas. Para ver mejor me agacho agarrándome un poco en una de sus nalgas. Al agacharse mi hija hacia adelante, puedo ver ahora la hamburguesa que le ha dejado la operación. Por un instante, creo manchar mi prenda interior de la excitación. De las terribles ideas que pasan por mi cabeza y que involucran a mi polla y a mi dulce hija. Separo con dos dedos su nueva rajita. – Te va a doler, pero es mejor que te ayude alguien. Debes hacerlo a diario. Sino, esto se cierra – Tome aire como si fuera yo el que fuera a sentir el dolor. El dilatador comienza a separar la rajita de la vagina y se adentra poco a poco en el interior del coño de mi hija. Las piernas de mi pequeño tiemblan. Se estremece todo su armonioso cuerpo de puro dolor. Noto que mi flema se queda en los bordes de la grieta. Solo la saliva lubrica y se adentra. Fantaseo con follarme de nuevo a mi hijo. Ahora convertido en hija. Si no lo sabe puede que no sea tan malo. Todo seguiría igual, al menos para él. Quien puede juzgar después de todo el daño que ya le he provocado. Es mi hijo. Es mi coño. Para algo lo he pagado joder. No debo dudar. O sí. Ya no sé. Se supone que soy un monstruo. Siempre me han llamado monstruo. Se supone que no tengo ni ápice de moralidad. Pese a todo dudo. Dudo pues es mi hijo. Dudo porque mi polla se calienta debajo de la prenda interior de algodón que llevo. Dudo. Porque dudar es jodidamente humano. Humano o monstruo, dudo. Lo hago. Dudo.


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Mensaje por Simon D. Arkwright el Jue Ene 19, 2017 11:40 am
Las palabras ajenas carecen de la habilidad para confiar en ellas. ¿Cómo se suponía que tenía que creer en lo que me decía el monstruo a mi lado? Me había arrebatado partes colosales de mi ser, de mi alma, de mi cuerpo, y creer que no quería hacerme daño sería un tonto pensamiento que debía pertenecer más a los otros esclavos o gorilas que tenía repartidos por el lugar.  

Por inercia trago el calmante que termina entre mis labios, después de sentir la rudeza de sus dedos acariciar zonas íntimas como es mi boca, o incluso mis propios muslos, lentamente siendo despojados de las humillantes prendas que había sido obligado a usar. Mi cuerpo se estremece cuando el tacto continúa, sin consideración alguna por mi bienestar o mis preferencias, eso está claro que ha desaparecido desde el primer día en que terminé aquí, siendo usado repetidamente como un retorcido medio para expresar sucias fantasías.

No puedo evitar soltar un pequeño gemido cuando la invasión del primer dedo tiene lugar en aquella zona prohibida, en aquella zona que no debía existir en mi cuerpo, no es que creyese que los hombres sólo debían tener pollas, ¿pero qué era esto? No era mi cuerpo, había sido destrozado y utilizado. Lágrimas recorren mis mejillas cuando siento pulsaciones ardientes alrededor de los dedos ajenos, y mi pánico crece al ver que el dedo ha salido teñido en rojo. Relamo mis labios y niego con la cabeza con velocidad, sé que no puede ser honesto, sé que no puede estar sintiendo remordimiento por lo que está haciendo. No tengo el valor para responderle, tal vez por miedo a que decida hacerme algo mayor, tal vez por el pavor de que las personas de mi vida sean afectadas por mis tontos impulsos.

Es imposible no estremecerme cuando veo los preparativos para la siguiente actividad. Muerdo mi labio y cierro los ojos, juntando valor suficiente para colocar mis manos en la pared mientras ignoro el grotesco sonido de aquel gargajo cubriendo el pequeño aparato que terminaría dentro mío, rompiendo con el templo privado que Griffon había formado para su propio bienestar. — Por favor… —alcanzo a rogar entre mis lamentos antes de que la punta sea introducida, arrancando un gemido de dolor de mi ser. Probablemente no era comparable a un par de accidentes que había tenido en mi vida, pero seguía siendo algo que entraba en el umbral de dolor más alto. No podía comprender cómo seguía consciente, sin haber caído desmayado por sentir como la piel era jalada con la intromisión de aquel falso falo.

La saliva caía por la comisura de mis labios, al igual que mis lágrimas, y necesité apoyarme mejor en la pared, recargando más mis brazos para no caer al suelo desesperado, no quería darle el beneficio de derrotarme tan rápido, aunque ya estaba más que vencido, me encontraba vestido como una puta barata, y mi miembro había desaparecido, ¿qué más podía perder?

Puedo chuparte, puedo… puedo ser tu esclavo perfecto todos los días, no hagas esto, te lo ruego… —pedí, traicionando muy rápido mis intenciones de mantenerme resistente y vencer la bestia que quería conquistarme.


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Mensaje por A. Griffon Arkwright el Mar Feb 07, 2017 1:12 pm
Escucho los lamentos de mi hija. Los tomo e interpreto como propios. Qué clase de monstruo soy, cómo he sido capaz de hacerle todo esto. Una parte de mí no se arrepiente. Una parte de mi desea adentrarse ahora en lo más profundo de la nueva cavidad de la joven. – Chss, chsss – intento silenciar aquellas palabras de súplica que salen de sus gruesos labios. En mi dedo índice y corazón aún noto el calor que me produce la sangre que impregna estos. Los dedos que tuve que introducir en la vagina de mi pequeña hija. Noto incluso mis propios latidos. Los dedos quieren volver a estar dentro, así que ayudan esta vez al dilatador que introduzco cada vez más hasta tocar el fondo de su nuevo coño.

No sé diferenciar hasta qué punto las caricias rozan lo paternal. Intento no hacerle demasiado daño, pero a veces lo consigo. No sé diferenciar las caricias que hacen mi lado más pervertido y sádico de aquellas que tienen un matiz más paternal. Confundo cosas cuando jugueteo con el conejo de mi puta cría. Ese que tanto dinero, y nunca mejor dicho, sangre me ha costado. Mientras mi hija parece incapaz de soportar todo aquello. Se reclina más contra la pared. De sus labios caen largos hilos de saliva, aquella que en más de un centenar de veces ha impregnado y bañado mi duro y venoso rabo. Sus nalgas se ponen aún más provocadoras. Adopta una postura que endurece y eleva sus nalgas. Las deja en pompa. Excitado noto el desperdicio que yace ahora en mi prenda interior de algodón. He vertido sobre esa prenda mucho líquido pre seminal. Ese que el joven tanto ha succionado.

Me incorporo un poco. Echo otro fuerte lapo sobre la superficie de plástico de aquel puto dilatador. Veo el grueso escupitajo caer lentamente por la superficie. Está algo ensangrentado. Al levantarme no puedo evitar que mi abultado miembro haga contacto con las nalgas de mi hija. – Menuda hamburguesa se te ve desde aquí detrás – musito sin querer que mi hija me oiga, aunque no sé si consigo evitarlo. Paso mi mano por su boca, como tratando de disculparme. Mi mano izquierda se posa sobre sus labios. Los sella y aprieto con fuerza. Mi mano derecha se apoya un instante sobre su labrado abdomen. Dejo caer mi peso sobre el suyo. Me recuesto lo suficiente como para que el dilatador pueda entrar de nuevo en su coño. Mi mano lo introduce ahora desde adelante, consiguiendo quizás un ángulo más recto. – Chsss, chsssss- vuelvo a indicar mientras contemplo como se agita mi pequeña. La embestida del dilatador ha sido demasiado violenta. No sé si estos chismes verdaderamente van a ayudar. Puede que solo haya una solución. Puede que no deba hacerlo. Está mal. Lo sé. Pero esto hace demasiado daño a mi pequeña. No sé si debo hacer ese terrible sacrificio. Usar mi joya. Dilatar su coño con mi largo y grueso miembro. Mi muñeca se mueve de arriba abajo mientras Simon se agita y sus piernas tiemblan. Intento sujetarlo, pero no sé por cuanto tiempo podré controlarlo. Follarme a mi hija está mal. Joder sí que lo está. Pero no quiero verla sufrir, el contacto de la carne puede aliviar su escozor, su dolor. Mi corrida caliente podría calmar sus heridas. Podría refrescar las cicatrices que abarcan todo el interior de su coño. Un padre es capaz de hacer cualquier cosa por sus hijos. Por primera vez en mi puta vida debo portarme como tal. Debo ser un buen padre.


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